Evaristo
cultural: ¿Por qué una nueva biografía
de Perón?
Horacio
González: Bueno, en realidad jugué con la idea de biografía.
No lo es exactamente, aunque es cierto que hay muchas
biografías de Perón en las cuales me basé.
Me pareció muy interesante la biografía
más tradicional, la más oficial, la más
canónica, que es la de Pavón Pereyra; la
más cuestionada siempre, por ser una biografía
que sale del Estado; porque llega hasta el '52; es la
que aprobó Perón, o sea, es como Perón
escribiéndose a sí mismo. Esa biografía
la consulté mucho porque en realidad es un testimonio
irremplazable. Nuestro Pavón querido no era un
gran historiador, pero tuvo el cuidado de consultar y
entrevistar a todos los compañeros de camada de
Perón. En ese sentido, se trata de voces extintas
ya, de modo que esa biografía tiene un valor testimonial
enorme. No es un escrito que pueda estar en la primera
fila de la autobiografía argentina; sin duda no
lo es, pero su valor testimonial es enorme; por eso la
tuve muy presente. En realidad, escribí en las
entrelíneas del libro de Pavón Pereyra.
Hay otras tantas más como la de Galasso, en dos
tomos, que tiene una gran importancia sobre la visión
última de lo que podríamos llamar la izquierda
nacional, el ámbito en que se movió Galasso,
y después están las biografías más
profesionales, hechas por especialistas en Argentina.
Joseph Page hizo también dos volúmenes adversos
a Perón, pero con muy buena información
y la perspectiva del Departamento de Estado. Eso también
es interesante porque el Departamento de Estado siempre
tuvo en Perón una incógnita, y obligó
a estudiar los temas del peronismo a los especialistas
en Argentina en cuestiones de Estado, una de las cuales
era Jane Kirkpatrick, la especialista en peronismo del
grupo Bush (no sé si todavía lo es), que
tiene un libro importante sobre Perón. Y después, La novela de Perón, de Tomás Eloy
Martínez, que es una especie de coletazo al realismo
mágico; no es que me guste, pero revela un empleo
legítimo de la biografía de Perón,
el mundo de Perón, en el campo de la ficción.
Sin duda podría citar muchas más, pero quiero
decir que mi libro no es necesariamente una biografía,
aunque coqueteé con la idea de biografía
para poder, en realidad, releer el conjunto de libros
que hay sobre el peronismo. Son los libros que leí
a lo largo de todas estas décadas, de modo que
mi libro se trata en realidad de una biografía
del acervo bibliográfico que hay sobre Perón.
EC: Claro, yo te iba a decir esto. De hecho, más que
una biografía de Perón, tu libro tiene la
forma de una biografía del pensamiento peronista,
o de la cultura alrededor de Perón, a favor y en
contra.
HG: Sí, sí, sí. Incluso, en el caso de
los que están en contra, tuve que revisar el interés
que tienen, como el caso de Martínez Estrada, que
para mí tiene un interés y una relevancia
que no puede sustituirse por ningún otro autor
y que, justamente, forma parte de
una gran discusión en el peronismo. Martínez
Estrada, en el Qué es esto? [1],
que —aprovecho para decirlo— reeditó la Biblioteca
Nacional, escribe, a seis meses de caído
Perón en el '55, un libro formidable que tiene
una superficie primera totalmente adversa al peronismo,
con frases muy duras, y una capa segunda que es una profunda
comprensión de Perón y el peronismo, ahí
no hay ningún ataque injusto de los que podríamos
considerar provenientes del mundo antiperonista más
radical o más drástico. En realidad, ese
libro le vale la quiebra de los sistemas de solidaridad
que había con el grupo de Borges, con la revista Sur, con todo el mundo de la Revolución
Libertadora. Por eso, lo que también intenté
hacer con Martínez Estrada fue ponerlo como una
voz de profunda originalidad y llamar a una lectura que
no sea la lectura trivial sobre Martínez Estrada,
que consiste en ponerlo en un campo de hostilidad hacia
la liga popular. No es así de ninguna manera porque
tiene una visión muy original. Lo que hago con
el libro es llamar a nuevas lecturas de la cultura argentina
y las trincheras clásicas que hubo en Argentina
y alertar que sin esas nuevas lecturas, como herencia
del peronismo, no se puede constituir una nueva vida popular
emancipada. Más bien, ése era mi tema y,
por lo tanto, eso exige la revisión de los grandes
legados de autores que durante los años '50 y '60
fueron vistos como adversarios del campo popular, adversarios
intelectuales del campo popular. Ahora bien, es necesario
interrogar esos autores (entre los cuales incluyo a Borges
también, quien me parece que es un intelectual
de primera magnitud en Argentina) para revelar que las
grandes tradiciones populares, y lo que significó
el peronismo, tienen también instrumentos de lectura
muy planificado.
EC: Ahora que lo nombrás a Borges, ¿no encontrás
en Borges, a través de sus opiniones sobre el peronismo,
un trasfondo de profunda admiración?
HG: Sí, pero eso es Martínez Estrada. Él
dice: "Perón poseía la palabra. Si
la hubiera volcado en el sentido que a mí me gustaba…"
(risas). Se trata, en realidad, de un diálogo del
reconocimiento. O sea, el tema existe como discusión
con Perón y, en el caso de Borges, estamos frente
a un pensador. En sus Ficciones pensó
ideas que están en el peronismo, de otra manera
pero están, como ser la idea de destino, la idea
de la secreta comprensión del adversario, toda
esa estructura que tiene Borges de oponer la complementariedad
de una oposición. Todo eso Borges lo siente muy
íntimamente en relación con el peronismo;
cuando escribe cuentos como "La fiesta del monstruo",
con Bioy Casares, es el Borges más hiriente, sin
dudas. No hay por qué no discutir con ese Borges,
ni hay por qué no presentar otra versión
de la historia; pero las grandes estructuras ficcionales
de Borges corresponden a la época del peronismo,
es decir, corresponden a una Argentina escindida donde
el pensamiento de Borges, con lo profundo que es, no puede
ser descalificado de inmediato. Su pensamiento, no su
ficción, que —me parece— está fuera de discusión.
Pero su pensamiento —también me parece— debe ser
interrogado de una manera mucho más dúctil
hoy, sin contar con que en el caso de ambos hay lecturas
y temas comunes. Uno de ellos es Spinoza, a quien cita
Perón en el discurso de La comunidad organizada.
Si uno se detiene en la discusión sobre la autoría
de ese discurso, verá que se cierra con una cita
de Spinoza, que es un autor de Borges —al que Borges conoce
mejor que Perón, sin dudas—. Pero de todas maneras
estamos hablando de qué signos culturales se movían
en esa época, que es una forma de que perdure la
tradición popular argentina y lo que ocurrió
bajo el nombre de peronismo. Sobre todo en este momento
actual tan difícil, me parece que ese tipo de interrogación
sobre las grandes corrientes culturales argentinas y el
modo en que se enfrentaron en décadas pasadas debe
ser revisto hoy ante nuevos enfrentamientos, inesperados,
como los que han aparecido y estamos viviendo ahora. En
ese sentido, la capacidad de interrogar esas grandes vetas
de la cultura nacional, exige mover un poco las piezas
con las que compusimos el enfrentamiento de décadas
pasadas, no para una reconciliación, sino para
ver cuáles son las nuevas contradicciones y de
qué nos sirve investigar con más serenidad
lo ocurrido en los años ‘50 y ‘60 en
la cultura política argentina.
EC: Cuando analizás la figura de Perón en el
libro, con respecto a su triunfo popular, hablás
de una estructura de pensamiento o de un background cultural de raíz estratégico militar enunciado
al vulgo como una especie de aforismo utilitarista según
el caso.
HG: Sí, no utilitarista, lo tomo a Perón como
un gran lector. Perón es un intelectual del ejército,
de un ejército argentino donde no hay mucho intelectual,
que no se caracterizaba por eso, aunque se pueden citar
muchos, por supuesto. De la línea liberal, los
nacionalistas: Rattenbach, Mosconi, de la línea
nacional industrialista, y muchos otros. Es una historia
importante, pero no abundosa. Perón es un lector
de los grandes clásicos militares de la antigüedad
y de los clásicos modernos, sobre todo Clausewitz,
mariscales prusianos, Von der Goltz, que había
visitado Argentina, Von Schlieffen, que fue el jefe de
Estado Mayor durante la Primera Guerra Mundial, Khomeini,
funcionario de la época; son todos los ídolos
de Perón. Pero después es un lector de las
grandes historias; desde joven, Perón es un lector
de las grandes historias clásicas: Plutarco, que
siempre lo acompaña con una cita. Perón
es muy citador. De ahí su propensión a hacer
distintos trabajos retóricos con el lenguaje. Cita,
después borra las citas. Es un gran apropiador
de los textos. Como lector es rápido, ligero, pero
agudo, de modo que se puede decir que es posible seguir
la formación del peronismo a través de las
grandes lecturas de los clásicos militares, que
son clásicos humanistas, marciales, sin duda, pero
clásicos del humanismo al fin. Se trata de grandes
filósofos de la guerra, no de simples operadores
técnicos de la tecnología militar; sin duda
conocen esos temas también, pero son grandes filósofos.
Es el caso de Clausewitz, que para muchos está
a la altura de Hegel. Perón es un lector atento
de Clausewitz, hizo cursos en los años '30 de los
cuales resulta el libro Apunte de historia militar,
curso que llama la atención a los militares de
renombre de la época, entre los cuales Perón
hace un juego de construcción de su propia biografía
muy complejo. Ese curso son los apuntes de un profesor
destacado de la camada de jóvenes profesores de
la Escuela de Guerra, y ahí están todas
las fuentes del pensamiento militar, incluso lecturas
de la época, como Spengler. Uno podrá decir
que no es un lector profesional de los grandes textos
de la época, pero es un lector atento, curioso.
Su curiosidad intelectual lo acompañó hasta
el final de sus días.
Decía que Perón tiene, en esa época
en la que es un joven profesor, un modelo que nunca fue
el de Uriburu, pero fue sí el de algunos militares
que participaron del Golpe, como es el caso de Fasola
Castaño, un militar con simpatías hacia
la política italiana de la época. Perón
también las tiene, quizás más moderadas,
a pesar de su viaje y su aprendizaje de la economía
política en la Italia de Mussolini. Después
están los militares liberales de los que Perón
nunca se separa, eso también es importante, porque
Perón no es alguien que haya resuelto inclinarse
hacia una ideología consumada. Un militar liberal
que lo acompaña, en el que él se inspira
también, es José María Sarobe, que
es importante en la época, amigo de Palacios y
que, por lo tanto, era un liberal socialista; o Bartolomé
Descalzo, son todos militares del Golpe de Uriburu, pero
enseguida ese Golpe se escinde. Agustín P. Justo,
que era parlamentarista, pedía elecciones y, por
otro lado, estaba el corporativismo de Uriburu que finalmente
Perón termina abandonando. De modo que ésa
será la historia de un joven intelectual del ejército
en esa época, que escribe una crónica formidable
del Golpe, una crónica como no hay ninguna otra
del Golpe del '30, llena de chispa, de ingenio y de una
aguda visión de cómo se comportan los hombres
en una circunstancia tan vertiginosa como un Golpe de
Estado. Y no necesariamente con simpatía hacia
el Golpe, porque Perón no lo llama Golpe en principio,
lo llama Revolución. En realidad, es una meditación
revolucionaria y, ante la revolución, reflexiona
sobre el juego de las pasiones. Por eso me parece que
ese texto es muy interesante y excede lo que habitualmente
forma parte del debate político argentino sobre
el Golpe y demás.
EC: Incluso con el tiempo, después, hasta hace una
autocrítica de ese mismo movimiento.
HG: Sí, Perón hará una autocrítica
porque Perón, en realidad, no es un golpista, es
un jefe de Estado, un hombre del orden, pero como gran
figura clásica del orden, es el que más
comprende los conflictos, el que más se mueve en
el interior de los conflictos. Es un error pensar que
el orden de Perón es inmutable. Perón es
un hombre que pensó con agudeza el conflicto. Con
tanta agudeza lo pensó, que es un poco lo que explica
la turbulencia de los '70 y el modo en que Perón
—creo— siente que el conflicto que lo estimuló,
se le escapa de las manos.
EC: Justamente con respecto a eso te iba a preguntar. A grandes
rasgos, ¿cuáles son las diferencias entre
el Perón del '45 y del '74, y cómo se manifiestan
en la bibliografía peronista?
HG: Bueno, como te decía, Perón fue hasta los
'40, un gran lector de historia, de textos militares,
y te aclaro que como tal tampoco fue un revisionista.
Eso es lo que hace a la sutileza de Perón, que
en los ‘60 se revirtió hacia un Perón
revisionista y rosista, que no lo fue porque Perón
era un poco discípulo de Ricardo Levene. De hecho
cuando Levene, que era un historiador eminente, un gran
conocedor del siglo XIX, un morenista liberal, comenzó
su famoso tomo de la Historia Argentina, que
es el clásico que el revisionismo siempre repudió,
Perón iba a escribir la parte de la campaña
de San Martín, el cruce de los Andes, no lo hizo
porque lo mandaron a Mendoza. Hubiera sido un problema
para el revisionismo histórico: el gran clásico
liberal con un capítulo de Perón (risas).
Ahora se acaba de publicar ese escrito de Perón
sobre Bolívar y San Martín, es un escrito
que hereda del general Mitre. Pero Perón tiene
una formación. Todo esto exige rever las líneas
de la historia argentina hoy y, por eso, es interesante
reverlas cómo las quiso ver Perón, que no
era alguien que temía el conflicto. En el '60 revisó
su propia concepción e hizo una lectura diferente
del siglo XIX. Pero hoy creo que tenemos que tomar una
actitud en cuanto a eso, volcada hacia revisar las grandes
líneas del conflicto, de lo contrario esta situación
nos va a sorprender sabiendo muy pocas cosas sobre los
nuevos tipos de conflicto. Bueno, en los años '60,
sobre todo en el exilio, Perón sigue siendo un
gran lector, un gran curioso, tiene el tema ontológico;
piensa en la globalización de un modo crítico.
Es alguien a quien le interesa un nuevo universalismo.
Tiene sus viejas lecturas, no de Hegel sino de lo que
queda de Hegel a través de la divulgación,
siendo que Perón también es un gran divulgador
y obtiene sus lecturas de los maestros de la divulgación
filosófica; en ese sentido, todo lo que lee en
esos años lo convierte en un anticipador de una
modernidad argentina que lamentablemente se frustró
por el modo que tenían el combate de ideas, el
combate político y militar de los '70.
Se puede decir que, más allá de cómo
lo valoremos o interpretemos, Perón incluso se
vio obligado a retroceder en muchas visiones que tenía,
por ejemplo el Mayo del '68. Lo vio con mucha simpatía
e hizo una apología. Después, cuando volvió
a Argentina, vio que tenía que disputar el Mayo
del '68 con las fuerzas insurgentes que llevaban su propio
nombre y en ese intento de recuperar su nombre, reprueba
el Mayo del '68 con la misma frase que lo había
elogiado, o sea, tiene que hacer esas operaciones. Perón
estaba acostumbrado a manipular en forma plástica
el lenguaje, lo que le mereció la admiración
de muchos y las críticas de tantos otros, pero
nunca es grato para una persona sentirse en un cambio
de ideas brusco con el mismo enunciado, las mismas frases,
Perón hizo eso con muchísimos temas.
Mientras estaba exiliado en Madrid los tenía ya
como los temas del progreso de la humanidad, y después
los retira de su acervo en las conversaciones apenas percibe
el conflicto que se ha dado en Argentina. Es difícil
saber si hubiera podido ocurrir otra cosa porque en realidad
era una disputa sobre las diferentes herencias militares.
Perón conocía a Clausewitz, conocía
a Mao, no sé si lo había leído, no
hay evidencia de una gran lectura de Mao, pero Mao es
un estratega militar importante del siglo XX, aunque Perón
lo cita con simpatía, por su lado tercermundista,
por su enfrentamiento con la Unión Soviética…
EC: Hay una frase muy graciosa que se le atribuye a Perón
sobre Mao. Dice algo así como: "… este
chinito me robó las ideas".
HG: Sí, Perón consigue ver a Mao como el problema
de la Nación China. Perón privilegia siempre
el problema de la nación como la sede específica
en que se desarrollan los problemas sociales. China siempre
le parece un ejemplo de una nación campesina que
entra a la modernidad. Visto así, Perón
concibe la guerra, como Clausewitz, como una gran construcción
política. Cuando percibe las guerrillas en los
'70, en todo el mundo y en Argentina, lamenta las guerrillas
que se consideran la base de un ejército completo,
y eso es una discusión que está en los libros
de texto que Perón lee. Perón aprueba la
forma de guerrilla, las llama "formaciones especiales".
Las llamadas "formaciones especiales" se sentían
relativizadas con ese nombre y postulaban ser un ejército
completo, un ejército en la clandestinidad, con
sus aristas en la superficie. En realidad la discusión
de aquélla época, es una discusión
clásica de una historia de la guerra. Es una discusión
de fuerte carácter intelectual; no hay por qué
necesariamente verla así, en vistas de una discusión
en medio de la sangre y una lucha muy cruenta, que se
puede decir que era lamentable. En ese sentido, hubo un
desentendimiento que pudo haber sido otra cosa.
EC: ¿Qué es lo que desencadena este desentendimiento
entre un grupo de la juventud que ayudó a que Perón
volviese?
HG: Bueno, esa historia está en revisión hoy,
es la que se discute en esta Argentina que emerge un poco
de ese gran desentendimiento, ¿no? Es difícil
imaginar si Perón fue excesivamente astuto y pensó
en términos muy instrumentales. Hay escritos sobre
ese tema, sobre todo el de Verón y Sigal, Perón
o muerte. Es un libro que pone un Perón astuto,
un Perón basado en una especie de sutileza para
el engaño, y grupos políticos que lo apoyaban,
que también eran instrumentales o que se dejaron
llevar por ese malentendido. Si pensamos menos que fue
un malentendido y más que era una situación
abierta que podía resolverse de otro modo, quizás
podemos rever también esos años; es un poco
necesario rever esos años y dejar claro que no
hay que repetir nada pero que al mismo tiempo hay que
ser justo con la historia. Y digo esto porque buena parte
de lo que pase en Argentina, más allá de
lo que está ocurriendo en este conflicto con el
campo, tiene que ver con lo que hemos construido, una
épica, un país contundente con una fuerte
bibliografía pública sobre la etapa anterior,
hecha sin prejuicios y con un fuerte reconocimiento de
lo que se jugaba en todos los campos del país,
¿no? El hecho de que la gran represión que
siguió después no permita hacer tranquilamente
esto, esto que no debe confundirse con una reconciliación
absurda, abstracta y forzada, pero sí deben examinarse
todas las raíces de la violencia. Eso exige fuerzas
intelectuales que hoy no están presentes en el
momento que estamos viviendo.
EC: Teniendo en cuenta que planteás que Perón
es un gran lector, que abarca no sólo lo militar
sino también lo económico-político,
pasando por Hegel, Lenin, Gramsci, hasta el propio Mao…
HG: Sí, no es lector de ninguno de ellos, es un intuitivo
receptor…
EC: Exacto, un gran intuitivo, esta fue la palabra que utilizaste…
Sobre este tema concreto y la posible utilización
que podría haber hecho de estos grupos armados
de la década del '70, peronistas o no peronistas,
¿no te parece que más que pensar en una
actitud excesivamente astuta, podría haberse tratado,
en virtud de esa gran intuición, en determinado
momento de la historia, de que él estuviera convencido
de que éste era el camino y, llegado a otra etapa
en donde él vuelve al poder como presidente, hubiera
decidido encaminar diciendo "bueno, hasta acá
se utilizaba este camino; a partir de ahora la nación,
la sociedad, el país, requiere de otro camino"?
HG: Bueno, eso lo dijo, sí. Llamó a la desmovilización,
lo que pasa es que sonaba muy abrupto el llamado a la
desmovilización en los '70, después de haber
estimulado fuerzas insurgentes; eso creo que quizás
exigía una reflexión más cuidadosa,
convertía los grupos insurgentes en instrumento
de un órgano central que era su propia cabeza.
Eso quizá hubiera merecido otro cuidado —me parece—,
pero es fácil decirlo ahora. En realidad, el Perón
tercermundista no me parece que fuera un invento de las
circunstancias, creo que no había leído
los textos tercermundistas habituales de la época.
Su natural evolucionismo (en realidad era menos un dialéctico
que un evolucionista) lo llevaba a tratar de integrar
las formas más vivas del horizonte contemporáneo;
por lo tanto, el socialismo aparecía como un problema
en Perón. De ahí que la izquierda nacional
de la época, más allá de cierto dogmatismo
que tuvo la izquierda nacional, fue un interesante espacio
intelectual para entender a Perón, y Perón
se basó mucho en ese grupo. Ramos quedó,
en sus últimos períodos, muy atado a Perón.
Por eso es difícil decir hoy que lo que pasó
pudo no haber pasado; pero lo cierto es que había
bases más profundas de comprensión mutua.
Los lectores de la época (me refiero no a lectores
de biblioteca, sino los que leían los signos de
la época) no tuvieron, quizás en su momento,
los instrumentos para realizar un camino común
más amplio. Veo que hay un peligro actual de esta
misma índole respecto a muchos pensamientos que
tienen a la situación del gobierno de Kirchner
como una impostura, típico de ciertas tradiciones
argentinas que, pasado cierto tiempo, perciben con simpatía
la tradición nacional popular, realizando sus propias
elaboraciones más abstractas. Pero al mismo tiempo
hay otro sector del que me llama la atención la
dureza con la que ataca al gobierno, considerándolo
como un impostor, que es un poco el extremo liberalismo
de los años '60 y '70, tal como lo vio Perón;
lo tenían como un impostor que guiñaba el
ojo, que tomaba cualquier cosa en cualquier lado, sin
conocer su real formación intelectual y el hecho
de que se trataba de un teórico, sin duda, de una
persona que tenía un conocimiento profundo de la
historia de las naciones contemporáneas, un conocimiento
de profesor de una Escuela Militar que, en realidad, lo
que hacía era elaborar cartillas, libros de texto
y, el mismo lector de grandes relatos de la Historia,
era muy joven pero le daba una especie de acentuación
historicista y evolucionista.
En fin, el libro que escribí es para llamar la
atención en estos problemas, y lo hice con un ojo
en la actualidad. No me gusta decir "el libro que
escribí", no me jacto de nada. Por supuesto
que jugué con la biografía de Perón,
pero fue, ya a mi edad, un poco un balance personal de
todo lo que vi, lo que leí, en lo que participé.
EC: Ahora bien, volviendo al tema del llamado a la desmovilización.
En un momento en el libro vos planteás si lo abrupto
de ese llamado a la desmovilización no le da a
Perón una culpa sobre la sangre derramada en la
década del '70…
HG: No, eso es difícil decirlo porque lo que podríamos
llamar "la subjetividad de Perón" es
difícil analizarla, dado que él no cultivó
ese tema. Él era un militar de escuela, basado
en conceptos del honor. Se puede decir que había
una picaresca en Perón, todos la conocemos. La
picaresca en Perón estaba en su lenguaje, que un
poco la hereda de la picaresca de Martín Fierro,
porque su personaje es Martín Fierro pero no deja
de ser el viejo Vizcacha y su picardía, también.
Pero con lo cual se crea una situación interesante
en Perón que es "hijo del ideal de honor",
como todo militar. Por lo tanto, la subjetividad del militar
hasta interpreta las cuestiones amorosas, que Perón
las tuvo muchas, bajo la luz de la idea del honor, ¿no?
O sea, la idea de la corte, en Perón, la corte
amorosa, es el sitio militar también. Cuando se
pone serio, a veces, cuando cambia su voz, digamos, se
convierte no en un Júpiter tronante, como lo fue
muchas veces en el balcón, sino en una persona
de una jocosidad. Fermín Chávez tiene un
libro entero sobre la jocosidad de Perón, y Perón
pasa del honor a la picardía. Pero la subjetividad
de Perón es difícil de analizar, como la
de todo militar, y ahí entramos en un tema interesante
que es cómo se escribió La razón
de mi vida y qué es La razón de
mi vida. Porque es una persona que estuvo muy atenta
a La razón de mi vida y que de algún
modo fue el autor de La razón de mi vida,
escuchando mucho a Eva Perón. La razón
de mi vida es de una autoría compartida y
allí está la forma que le daba Perón
a su fraseo. Está entero eso y, al mismo tiempo,
hay una tesis que es tomada de uno de los grandes libros
sobre Napoleón que es El alma de Napoleón,
de un escritor francés, un escritor favorito de
Borges, un escritor católico de principios del
siglo XX, no recuerdo ahora su nombre [2].
Toda vez que Evita dice "el alma de Perón",
está tomado de El alma de Napoleón.
En La razón de mi vida hay muchas
referencias, no como citas, sino como citas ocultas, y
ahí está un poco la idea de subjetividad
amorosa en el peronismo. La idea de amor es una idea de
amor frente al mundo público, al mundo estatal.
Creo que ninguno de nosotros tenemos esta idea de amor,
que es un poco más burguesa, atormentada, romántica.
Perón no tiene una idea burguesa del amor, sino
más bien la idea clásica de un amor que
hay que remontar incluso a las tradiciones más
antiguas, helénicas. Por eso, Perón fue
muchas veces acusado de inexpresivo desde el punto de
vista amoroso. Tomás Eloy Martínez, en La
novela de Perón, cita una frase de él,
que no sé si Perón la dijo así, no
sé ni siquiera si lo dijo, pero de algún
modo representa un poco la idea de Perón frente
a Evita al decir "fue obra de mi conducción
política", lo que sería una forma de
desmerecerla, de desmerecer la idea amorosa. Perón
escribe algunas cartas de amor, está la carta famosa
que descubre Félix Luna en los '60, la carta de
Martín García. Es una carta amorosa, pero
las entrelíneas son todas líneas tácticas
de las fuerzas que se están desarrollando en ese
momento: "Decile a tal: estos generales me traicionaron",
entre palabras como "mi chinita, nos iremos a la
Patagonia". No digo que sean meras astucias, instrumentalismo,
pero la idea de Perón es la idea de que si hay
cuestiones subjetivas también pertenecen al honor,
es decir, a la palabra empeñada y a la tragedia
de vulnerarla, porque la palabra empeñada puede
vulnerarse. Es más, se espera vulnerar de alguna
manera.
Bueno, me olvidé ese autor… Es muy importante
porque es este tema: el peronismo popular, la vida popular
del peronismo se siente sorprendida. Es un autor preferido
de Borges, que está en el peronismo como invitado
inesperado; es el que escribió La salvación
por los judíos, un autor tomado por antisemita,
que en el fondo no lo era…
En fin, con respecto a La razón de mi vida,
está la voz de Evita ahí, no es que no esté
Evita, pero es un poco el modo en que el peronismo trabajó
para sus textos. Son textos de las luchas sociales y políticas
y de las naciones del siglo XIX y del siglo XX, y el peronismo
se concibe como un gran operador de esos textos. La
razón de mi vida es uno de los grandes escritos
de la historia de la literatura argentina porque tiene
ese carácter de ser un texto pensado para Evita
y desde Evita. Por eso, el peronismo popular y la forma
educativa del peronismo, la pedagogía del peronismo,
no tenían necesidad de hablar de este mecanismo,
pero este mecanismo existe. Es parte de la madurez, de
la reflexión y el análisis populares del
mecanismo, o sea, los textos del peronismo tienen cierta
santidad desde el punto de vista popular y tienen una
alta fabricación desde el punto de vista del uso
de las citas y de la estructura profesional, laica, desde
otro punto de vista…
EC: Con mi pregunta sobre la culpa, no me refería a
la culpa en sí misma sino…
HG: No, por eso mismo. Perón no era un personaje de
culpas; no es un personaje cristiano. Es un personaje
basado en el honor, quizás hasta anterior al cristianismo…
EC: No, yo hablaba de cuando vos preguntás o te preguntás
o le preguntás, en el diálogo que mantenés
con la biografía, sobre el tema de si Perón
tuvo la culpa sobre la sangre derramada.
HG: No, es un tema en el que no quise avanzar porque es un
tema para el que se precisa quizás más madurez,
¿no? Hay que ver cuál es la responsabilidad
de Perón; es más bien responsabilidad, no
culpa. Veo con desgano, no muy interesado, el debate trivial
que hay en relación a Perón; veo que se
pierde la posibilidad de que se haga un debate más
profundo. Efectivamente, los años de violencia
nos encontraron a todos sin saber con qué fuerza
anímica real opinar sobre los acontecimientos,
¿no? La forma banal de la interpretación
del Perón culpable no la comparto para nada. Sí
comparto la idea de avanzar en la idea de establecer puntos
de vista enérgicos pero que tengan en cuenta las
grandes responsabilidades colectivas de la época.
Quizás no esté madura Argentina para eso.
EC: Yo te quería decir que, cuando te hice esta pregunta
sobre la responsabilidad, no puntualizaba en el tema de
la culpa, la responsabilidad, sino en un debate que vos
esbozás bastante en profundidad y después
queda flotando: el tema de la responsabilidad de la palabra
en ciertos ámbitos. Ese debate, que pareciera no
estar teniéndose en cuanta hoy en día, me
pareció muy interesante.
HG: Sí, todo lo que hice lo hice teniendo en cuenta
lo que se debate hoy. Sí, por supuesto, sobre eso
está La sangre derramada de Feinmann,
y otros libros que yo, por supuesto, no comparto enteramente
en el sentido de que una palabra tiene una carga de literalidad
muy grande. Es decir, si alguien dice "aniquilar",
se trata de aniquilar gente. Hay como una distancia metafórica
dentro del lenguaje político, las palabras a veces
no corresponden a la fuerza de una acción real,
en el caso de Perón y el peronismo, no es esencialmente
lo que hay, de modo que postula una historia muy generosa
con los hombres, sobre todo una historia como es la de
Perón, que es una historia que es la complejidad
del siglo XX argentino.
El autor al que me refería antes es León
Bloy, un gran escritor francés, en el que Perón
se inspira, porque muchas de sus frases están tomadas
de El alma de Napoleón. En el caso de
Napoleón, León Bloy lo quiere hacer cristiano
a Napoleón, como de algún modo, en La
razón de mi vida se quiere hacer cristianos
a Perón y Evita y trasciende en el cristianismo,
pero el peronismo popular empalma con el cristianismo
y estaban los sacerdotes (uno de los cuales es muy interesante,
Hernán Benítez, un teólogo que tiene
un lado popular y al mismo tiempo una exigencia de la
alta teología).
EC: ¿Qué clase de gran error sería tratar
de encasillarlo? Porque bien marcás que trasciende
el cristianismo y las ideologías clásicas…
HG: Sí, con un fervor integracionista para el cual
no tuvo tiempo. Esa es la verdad. Por eso mismo son temas
que hoy serían interesantes, no para interrumpir
el conflicto con el campo abruptamente, sino para no destruir
instituciones y países con una forma de conflicto
poco interesante.
EC: Por lo que planteás los escritos del peronismo
son eminentemente formativos.
HG: Sí, Perón es un pedagogo, de eso no cabe
la menor duda. Un pedagogo clásico, no un maestro
de circunstancia, un pedagogo de la paideia, de la idea
de que el Estado no es nada si no se lo educa como Estado,
con o sin universidad, con o sin escuelas. En ese sentido,
uno puede decir hoy que le podemos dar más importancia
a la sociedad civil porque por lo que hay en el Estado,
por la política, y por las voces que emanan del
Estado, uno tiene todo el derecho a no entregarle al Estado
tanta responsabilidad. Esa parte uno la toma del liberalismo
social. De alguna manera, se trata de que haya un fortalecimiento
de la sociedad civil. Pero Perón, cuando piensa
el Estado, lo piensa como un gran movimiento de la sociedad
civil, que contrabalancea al Estado.
EC: Quizás volviendo al tema de la responsabilidad,
creo que uno de los puntos a analizar es que, siendo Perón
el que venía formando desde sus políticas
de acción como presidente, sus políticas
de acción como líder desde el exilio y sus
nuevas políticas de acción como nuevo presidente,
se llega a un punto en que la sociedad del '70 reclamaba
que le siga diciendo o marcando el qué hacer. Creo
que ésta sería la responsabilidad que uno
podría endilgarle.
HG: Bueno, quedan los textos, pero los textos tienen que ser
revisados también. El tema del peronismo hoy, de
la traición y el legado, tema agudo hoy por el
nuevo interés que tiene la forma partidaria, es
dar lugar a la revisión de los textos, sino todo
eso muere en una falsa ortodoxia. Me parece que es necesario
hacerlo con urgencia y por lo tanto avivar la vida intelectual
volviendo a las fuentes intelectuales que originó
el siglo XX, que es, por un lado, las grandes configuraciones
nacionalistas y, por otro lado, el positivismo científico,
del cual Perón es hijo en gran medida. Uno va a
la universidad argentina hoy y lo único que encuentra
es crítica al positivismo, no lo digo para quedar
bien con Mario Bunge que hoy dice que este país
está lleno de charlatanes (risas), en todo caso
él es uno más. Pero Perón es el nieto
de un positivista, no el más notable de la época,
pero que era tenido en cuenta, Tomás Perón,
como un científico de la naturaleza, un médico,
un biólogo que estudiaba la corteza de los árboles.
En fin, de algún modo estaba en el clima de Ameghino,
de Ingenieros; y en Perón hay mucho de eso. Nunca
abandonó el ideal científico y después
la tradición socialista, hasta los años
'40, con el nazismo y el fascismo, donde Perón
se aparta terminantemente del modo con que el fascismo
conjuga la tradición nacionalista, el socialismo
y la ciencia, con su impronta racista. Perón buscaba
otra modalidad de esa lectura de todas las corrientes
del siglo XX, en ese sentido, también, nunca se
aquieta el debate sobre el peronismo y los autoritarismos
europeos de la época. En realidad, Perón
aparta enérgicamente a Argentina y al peronismo
del modo en que se plasman todas esas corrientes en las
figuras que hay en la Alemania nazi o en la Italia fascista.
Esta última, Perón la conoce bien, se formó
como alpinista en el regimiento italiano. De modo que
en realidad el peronismo es un pensamiento de riesgo,
pero de conocimiento de los riesgos y del modo de apartarse
de ellos también, porque la otra corriente con
la que el peronismo empalma, y nunca se lo reconoce enteramente,
es un profundo ideal democrático. O sea que en
el peronismo tenemos: nacionalismo, democracia, socialismo,
ciencias.
EC: ¿Cuál es el saldo cultural de esta pseudo
ruptura o de este enfrentamiento entre peronismos que
hubo una vez fallecido el general Perón? ¿Y
cuál es tu visión de la cultura y de la
discusión política actual?
HG: Bueno, la muerte de Perón es todo un acontecimiento,
que ponía a prueba todo el sistema de procedimiento.
El peronismo es un sistema de procedimientos, muy móviles,
lábiles, él era el operador de esos procedimientos,
los había inventado él, los había
convertido en procedimientos, como dije, entre el honor
y el ingenio político momentáneo. Entonces,
esa idea de que Perón producía un vacío
está presente en la salida al gobierno militar
con la elección consiguiente. Alfonsín utiliza
muy bien una frase que no sé de dónde había
obtenido, con respecto a que el peronismo no era como
el Cid Campeador, que ganaba las batallas después
de muerto. En realidad, el tema del vacío de Perón
es un tema de cómo interpretar su figura hoy, y
éste es el momento de hacerlo de una manera interesante,
que no pasa para mí por el hecho de dejar de mencionar
su nombre (como algunas veces tuvo tentaciones el gobierno)
pero tampoco pasa por lo contrario, es decir, por mantener
una ortodoxia vacía y meramente ritualista. Entonces,
al tema del nombre de Perón yo le dedico en el
libro bastante atención porque Perón mismo
percibe que ese es un tema. Yo incluso participé
una vez en una reunión en la que él profirió
una frase que me causó mucha gracia en ese momento
y en la que hoy noto mucha profundidad. Estaba en una
reunión de las JP territoriales y demás,
en Olivos, y un muchacho (no recuerdo su nombre) le dijo:
"Bueno, general, nosotros en nombre del peronismo,
en nombre de su verdad, en nombre suyo, hemos viajado
a Neuquén, a Santa Cruz, a Pico Truncado, a Salta
y siempre hablando de peronismo…", y Perón
lo dejó hablar y dijo: "Ah, entonces quiere
decir que el gasto lo hago yo", pero no se rió.
O sea que el problema ya se insinuaba, por supuesto había
muchas cosas en el aire, pero el tema de hablar en nombre
de él era algo que todos creímos muy fácil,
pasaba algo y todos hablaban en nombre de Perón.
Tantos acontecimientos de la época, fúnebres,
siempre había una corona que decía "Juan
Perón", que la podía mandar cualquiera,
en realidad, porque estaba sobreentendido que Perón
aceptaba el uso de su nombre en una especie de panteísmo
que flotaba en el ambiente y bueno, de algún modo,
él vino a recuperar su nombre, a no aceptar que
se hiciera lo que ya no le gustaba. Entonces, él
no quería hacer el gasto, no quería gastar
su nombre en cosas que no le gustaban y sí concebía
el nombre como una propiedad colectiva en las cosas que
él avalaba. Eso no quedó claro enteramente,
a mí me quedó claro años después,
pero fui testigo de esa frase. Me parece que ya para esa
época, que era el comienzo de la polémica,
a Perón no le gustaba la idea de que se hablara
en nombre suyo. Eso no parecía que fuera así
porque siempre fue muy famoso el diálogo con el
coronel Cornicelli en Madrid, en donde Cornicelli le dice:
"Pero hablan en nombre suyo, deténgalos",
y Perón le contesta: "Lo van a hacer igual
y el nombre mío pertenece de alguna manera a un
espacio cultural colectivo".
EC: "Peronistas somos todos", dijo en algún
momento.
HG: Sí, sí, todas esas humoradas de Perón,
sus sentencias (a lo mejor tomadas de la vida clásica),
o sea, gobernar con sentencias, con frases que se combinan
y recombinan incesantemente, exige un balance hoy, que
es necesario hacer con todos los instrumentos culturales
e intelectuales que están a disposición
del mundo cultural argentino, que es un mundo altamente
poblado y de mucha calidad. Eso es necesario hacerlo,
y el gobierno tiene un papel en eso. Yo creo que muchas
cosas pasan por no habernos adentrado adecuadamente en
eso. Por otro lado (no sé si estoy respondiendo
a tus preguntas pero no son fácilmente respondibles),
a mí me parece que desde el punto de vista de la
cultura política hoy en Argentina, te diría
lo mismo. Por ejemplo, la expresión "montoneros"
que se utiliza para atacar al gobierno. También
es cierto que muchas personas del gobierno no cuidaron
las palabras de forma tal que quedara claro que no existe
una circularidad histórica y que si la hubiera
no sería conveniente para el país. Al no
quedar claro eso, entonces, una oposición trivial
también, tan trivial como puede ser también
la política del gobierno; nadie se está
luciendo hoy en Argentina, ¿no? Entonces, te arrojan
"montonero". Es muy fuerte esa frase. Cuando
los dirigentes de aquella época, un Firmenich y
demás, se sabe opinan otras cosas, creo que no
opina a favor del gobierno, pero se ha desprendido de
la caparazón, se ha desprendido de esa palabra,
y no se ha desprendido de los actos vinculados a esa época.
Todo ese examen de las palabras también debe llevar
a la pregunta: ¿qué Partido Justicialista
se va a constituir en Argentina? Si es un Partido Justicialista
vivo tiene que armar este debate, si no lo es, va a ser
un mero instrumento de los que hablaba Perón. Pero
Perón tenía otras cosas. Podía darse
el lujo de decir que el partido era un mero instrumento
de lectura. Una Argentina invertebrada exige una refundación
de carácter nuevo, de base democrática y
de ideas que suponen interrogar el legado pero miran al
mundo contemporáneo con ojos nuevos.
EC: Y en cuanto a las políticas culturales, como funcionario,
¿cómo ves la situación hoy?
HG: Hubo ideas interesantes en un marco político del
país, que no permite el desarrollo de grandes políticas
culturales. Hay como una norma cultural; por ejemplo,
el intento de Macri de desfinanciar el aparato cultural
de la ciudad no le dio resultado. Dijo que iba a clausurar
cosas y no las clausuró. No es que no lo piense,
lo intenta hacer cada vez, pero hay como una conquista
en la ciudad, una esfera democrática cultural que
ya es irreversible. Eso es un ejemplo en la ciudad de
Buenos Aires. En la nación no hay tanto de eso
porque, en realidad, hay que seguir trabajando en el sentido
de articular las grandes tendencias de la cultura popular
de Argentina —es muy rica la cultura popular— y las formas
de la cultura erudita. No puede aislarse la forma popular,
ni a la inversa, porque una irriga a la otra. Todos estos
temas son temas gramscianos que han formado parte de un
discurso muy importante que se hizo en un Congreso Cultural
de Mar del Plata, pero las vicisitudes políticas
más inmediatas no dejaron a nadie trabajar sobre
estos temas. Esto es una deuda de todos, del gobierno
y de la oposición, es una deuda del país
con los creadores culturales. Pero no sólo con
los creadores culturales, que no deben pensar sólo
en ser financiados y subsidiados; eso también puede
matar a una cultura si está ese conato de subsidio.
El subsidio es un campo democrático de establecimiento
de justicia para el apoyo y el estímulo, pero lo
que debe hacer el gobierno, me parece, es fomentar los
grandes debates e inventar las grandes palabras de un
nuevo rumbo para un país. Eso se obtiene también
llamando al rigor histórico, llamando a la aparición
de grandes textos. Si uno lee hoy en algunos diarios que
se publican en internet —bueno, en todos— algunos tienen
también la opinión de los lectores detrás;
eso, lejos de parecerme un gran momento democrático,
me parece un grado de degradación, un momento insultante
de la relación entre las personas. Son todos insultos.
Te dicen "si insultan no lo publicaremos", pero
son insultos, ¿qué falta para que piensen
que son insultos? Eso horada permanentemente la interlocución
política. Ahí hay trincheras muy fuertes,
como las hubo siempre en Argentina, que llevaron a guerras
y a Golpes de Estado. No digo que lo puede haber hoy;
no hay ninguna posibilidad, pero los climas están.
Uno lo ve detrás de los comentarios: "Cristina
Kirchner viajó", "¿qué
se cree ésta?". Y del otro lado lo mismo:
"la Carrió tal cosa", etc. El modo del
insulto, o sea de la injuria, ya no es el arte en el que
creyó Borges, sino que son injurias que no tienen
un sujeto de guerra pero que podrían tenerlo en
Argentina. Eso también hay que estudiarlo, pero
el modo de hacerlo no es censurarlo, es pensando en los
rumbos de la palabra colectiva. Eso me parece que es un
poco responsabilidad del gobierno en primer lugar, y de
los funcionarios del área de cultura, sea quien
fuere el que esté. Y en segundo término,
tiene que ser también motivo de debate de la universidad,
de los científicos, de los escritores; de algún
modo lo es pero, casi en estos últimos meses, de
una manera que por momentos parece una manera entre el
conventillo y el salvajismo, ¿no?
EC: Tu experiencia como funcionario en la Biblioteca, ¿te
estimuló para seguir una carrera de funcionario?
HG: No, no, no. No creo que deba haber carrera de funcionario,
eso no me parece. La carrera de funcionario coloca a un
país en manos de expertos que a veces son pseudos
expertos. Me parece que debe haber una fuerte rotación
en funcionarios de la política, no así de
las militancias, de las organizaciones sociales, políticas,
gremiales, eso es otra cosa. Pero el funcionariado, personas
remuneradas, a veces con altos sueldos, deben tener una
fuerte rotación.
EC: ¿No te parece que así también se
puede caer en una excesiva improvisación?
HG: Sí, en algunos casos podría ser. Por ejemplo,
si hablamos de la Biblioteca Nacional, y no lo digo para
preservar mi situación, pero viene de capítulos
anteriores bastante tormentosos. Creo que no estoy diciendo
desmantelamiento, estoy diciendo períodos sensatos,
de permanencia de funcionarios y después fuerte
renovación que no debe ser una renovación
por decapitación, por destitución. Me parece
que así como está hoy, hay una cierta dificultad
de obtener experiencias anteriores, de respetarlas; yo
acá trato de hacerlo, pero me doy cuenta de que
es difícil, porque muchas veces hay enconos, muchas
veces hay desconocimiento de lo que pasó antes.
Yo, ahora que estoy desde hace un tiempo grande para Argentina
—me parece—, veo que todos dejaron algo, no lo digo por
complacencia ni demagogia, y es difícil decirlo.
Aún personas con las que yo puedo decir que no
estuve o no puedo estar de acuerdo, tuvieron muchas cosas,
y más en la Biblioteca Nacional que es un lugar
muy abierto, no es un lugar dogmático, es un lugar
en donde estuvieron todas las corrientes históricas,
políticas e ideológicas del país
desde su fundación. Eso es algo que yo creo hay
que preservar y, al mismo tiempo, tiene que haber un modelo
de gestión que pueda ser acopiado como experiencia
futura. Así como estábamos, o como estamos
de alguna manera, hay una cierta discontinuidad poco interesante.
No existe la situación, por lo menos en este tipo
de gestión, de inventar todo de nuevo; la tentación
de la refundación no es conveniente. Al mismo tiempo,
sí me parece interesante formar cosas nuevas, muchas
de ellas son recuperar lo que se hizo. En el caso de Groussac,
por ejemplo, no es una figura que a mí me interesara
antes, y quizá puedo decir que está en las
antípodas de la mayoría de los temas que
uno piensa, pero su presencia en la Biblioteca Nacional
la veo interesante, al punto de vista de colocarla como
un órgano de intervención en la cultura
de un país. Eso sí lo retomamos de Groussac,
una Biblioteca fuertemente ligada a acciones culturales
que partan de su especificidad pero que intervengan en
el mundo del libro, del lector, las tecnologías…
EC: Quizás sea una política peronista el reconocimiento
del aporte de las diferentes ideologías o posiciones
a lo largo de la historia, porque todos han dejado algo
valioso. Más allá del sector, sea de derecha,
de izquierda, de centro…
HG: Sí, y además los temas pendientes son siempre
los mismos. Uno cree haber encontrado algo y te encontrás
con que es un tema pendiente de hace diez o quince años,
desde que el edificio está acá por lo menos.
Y lo que falta realmente, que es una voluntad colectiva
laboral, falta en todo el Estado. Un Estado es una voluntad
colectiva laboral, no es un disciplinamiento, ni una regimentación,
ni un normativismo, es simplemente lo que surge de una
conciencia colectiva. Eso lo veo en falta.

[1]
Martínez Estrada, Ezequiel; ¿Qué
es esto? Catilinaria; "Colección Los
Raros", Biblioteca Nacional; Ediciones Colihue; 2005. [
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[2] El autor es Léon Bloy, González
lo recordará luego y lo relacionará con
otro fragmento de la entrevista, por esto preferimos mantener
en la versión final le frescura del olvido momentáneo. [
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