Marcos
Ana es de aquellos personajes a los que uno quiere sin
conocer. Sus poemas y su biografía nos acercan
a una historia que es la de una lucha constante por la
libertad y un ejemplo de resistencia política.
Sus textos, que parten de una España atravesada
por la guerra civil y el franquismo, disparan hacia todas
las latitudes, hacia cualquier pueblo que haya sufrido
la opresión de una dictadura por lo que, sin duda
(salvando las distancias correspondientes), cala hondo
en ésta, nuestra tierra.
Nacido en Salamanca en el año 1921 bajo el nombre
de Fernando Macarro Castillo, vivió una infancia
marcada por la humildad de sus orígenes. Al estallar
la Guerra Civil en 1936, con sólo 16 años,
ya miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas, no
pudo marchar al frente por ser menor de edad y se dedicó
al trabajo político. Dos años más
tarde, se incorporaría al ejército hasta
el final de la guerra. Al poco tiempo, víctima
de una traición, es capturado, enviado a la cárcel
de Porlier y condenado a muerte por primera vez (condena
que habría de repetirse más tarde). Allí,
entre la lucidez y la tortura, comenzó el encierro
que habría de durar 23 años. Fue el hombre
que más tiempo seguido ha pasado en las cárceles
franquistas.
En la década del '50, inspirado en lecturas de
Rafael Alberti y Pablo Neruda, a las que por supuesto
accedía clandestinamente, comenzó a escribir.
Sus textos lograron salir al exterior y empezaron a circular
entre los opositores al régimen. Amnistía
Internacional consiguió, en 1961, su liberación.
Una vez libre, se instaló en París. Recién
en 1976, año de la declaración de la amnistía,
pudo volver a España.
La cárcel fue su escuela, su universidad; las piedras
entre las que le tocó crecer. Una vez afuera, lo
más difícil fue la libertad. "Fue como
si me hubieran abandonado en un planeta extraño",
dice. Sus memorias, que son las de un poeta, abarcan hasta
el año 1977, y dan cuenta, desde el dolor, aunque
en ningún momento desde el resentimiento o el odio,
de un profundo amor a la vida. La solidaridad, la lucha
por los derechos de los presos políticos y la democracia
son y han sido siempre su bandera.
Ofrecemos aquí la presentación de su biografía Decidme
cómo es un árbol. Memoria de la prisión
y la vida, que tuvo lugar el lunes 28 de abril en
la 34a Feria Internacional del Libro. Esta obra es, en
palabras de su autor, un regalo para las nuevas generaciones:
"Las ideas están por encima de los hombres
y sus organizaciones, su esencia sigue siendo la misma
y hay que seguir luchando por un mundo diferente".
Que así sea.

Buenas
noches, gracias por asistir a este nuevo encuentro. He
visto también rostros de compañeros, de
amigos entrañables que vienen repitiendo su presencia
en los diversos actos que he tenido aquí en Buenos
Aires desde que llegué hace algunos días.
Yo no encuentro nunca palabras para expresar la felicidad
que siento de estar con vosotros y, en este caso, en esta
bella Feria del Libro, que es una expresión evidente
y curiosa de Cultura y Libertad.
La Cultura es una eterna alborada siempre naciente e invencible.
Tiene poderosos enemigos, sin embargo, que van con su
noche a cuestas, descargando su oscuridad sobre toda luz
que nace o permanece. Muchas veces la Cultura ha sido
secuestrada y quemada viva, porque la Cultura es ante
todo una vocación de libertad, una lucha que viene
desde hace siglos derribando sombras y patíbulos
para abrir nuevos y más anchos caminos al pensamiento
y a los sueños de la humanidad, por ello es una
alegría participar en esta Feria del Libro en Buenos
Aires que es una fiel exponente de la libertad de creación
y de la luz felizmente rescatada.
Ha pasado ya mucho agua y mucha sangre bajo los puentes
de la historia, pero los que sufrimos durante tantos años
la pérdida de la libertad, vosotros y nosotros,
valoramos estos acontecimientos culturales con orgullo
y con una sensibilidad muy especial. Yo agradezco a los
editores de mi libro, al grupo Urano y a Umbriel Tabla
Rasa, que me hayan dado la oportunidad de estar hoy con
vosotros presentando mis memorias que, repito, es un exponente
de cultura y de felicidad para todos.
Sabéis que yo en Buenos Aires estuve hace muchos
años, cuarenta y cinco ya, casi una vida, pero
sin embargo para mí ha sido muy entrañable
encontrarme con los amigos aquí, los que me acompañaron
entonces. Algunos ya ven blanquear sus cabezas, pero sin
embargo, su corazón sigue joven porque mantienen
las mismas ideas, son perseverantes en la lucha por un
mundo mejor. Yo vine, entonces, a traer la gratitud de
mis hermanos, los presos políticos españoles,
por la solidaridad que el pueblo argentino nos había
prestado siempre, al que le debemos mucho y, en este caso,
vengo para presentar mis memorias, que son las memorias
de toda una generación, la generación de
los vencidos, los que perdimos la guerra en el año
1939. Estas memorias tienden sobre todo a cooperar en
la recuperación de la memoria histórica.
Una memoria, la de la represión franquista; hay
intereses oscuros que pretenden ocultarla y lo llevan
haciendo ya durante más de dos décadas,
en muchos casos adulterando la verdadera historia para
que no la conozcan nuestros hijos ni nuestros nietos.
Ahora, por ejemplo, en España hay un movimiento
muy simpático y muy entrañable de nietos
y nietas que ahora, a los treinta años de democracia,
se han enterado de que sus abuelos han sido fusilados;
ellos no sabían si habían muerto de una
pulmonía o los había atropellado un automóvil
y ahora se están enterando. Es un movimiento muy
vivo que se llama "Memoria y Libertad", que
trabaja mucho por internet, que va recuperando cada día
más pistas para encontrar el lugar en donde fusilaron
a sus abuelos y que, al mismo tiempo, está tratando
de agrupar en torno a esta memoria y a esta libertad,
a muchos jóvenes que, aún no teniendo familiares
fusilados, están de acuerdo con estas ideas y son
solidarios con nuestro presente frente a aquel futuro
terrible para España.
He escrito este libro de la manera más sencilla
posible. Podría haber sido un libro complicado,
como ha sido mi vida, pero he trabajado mucho para que
el libro sea sencillo y se pueda leer como se lee una
novela, aunque hay acontecimientos trágicos y momentos
estremecedores, pero en todos he encontrado la solución,
repito, para que la gente lo lea con sencillez y, sobre
todo, para que los jóvenes lo lean con interés.
Y hasta ahora las pruebas que tengo dan cuenta de que
este libro está llamando la atención de
la juventud sobre todo, que es lo que me interesa más;
esto no quiere decir, por supuesto, que no respete a los
veteranos y a las personas mayores, pero es claro que
nosotros, no es que seamos ya el pasado, pero no somos
tampoco el futuro. El futuro representa a las nuevas generaciones
y para mí el interés mayor está en
llegar con este libro, con estas memorias, al corazón
y al pensamiento de las nuevas generaciones para que continúen
nuestra lucha por un mundo mejor.
Repito que recibo cartas hermosísimas y he contado
sobre todo la anécdota (la repito siempre porque
es impresionante) de que en Madrid, luego de presentar
mi libro, cuando estaba firmando los ejemplares, se me
acercó una mujer con los ojos arrasados en lágrimas
para decirme: "Dedique este libro, por favor, a un
muchacho que tiene veinticuatro años y se ha intentado
matar". "¡¿Cómo que se ha
querido matar?!". "Sí, ya intentó
suicidarse una vez y lo salvamos por milagro". Entonces,
yo dedique ese libro y además de la dedicatoria
puse mi dirección y mis teléfonos para que
recurriera a mí si me necesitaba y en algo le podía
ayudar. A los quince o veinte días este muchacho
me llamó para decirme que agradecía el libro
que había recibido, la dedicatoria, que se había
aprendido de memoria, y me prometía que iba a vivir,
porque si un hombre como yo había sido capaz de
sobrevivir a tantos sacrificios, a tantas vicisitudes,
pues él se consideraba una basura si no era capaz
de resolver sus problemas; volvió a la universidad
(que había dejado), comenzó a vivir con
intensidad y lo que me pedía a cambio por haberle
sacado del pozo era que, si podía, lo recibiera
un día en mi casa para estrecharme entre sus brazos
y agradecerme lo que había significado para él
leer este libro. Entonces eso me ha hecho pensar —hay
una historia dramática de por qué este chico
quería quitarse la vida, que ahora no viene al
caso—. Pero el hecho de que yo le salvase la vida, el
hecho de que recuperase la capacidad para vivir y para
ser feliz, me ha llevado a pensar en cuántos jóvenes,
que a lo mejor piensan que su vida es una vida sin sentido,
vacía y llena de evasión, leyendo este libro
comprenden que hay otros caminos más hermosos,
que es la lucha por la libertad de un pueblo, la lucha
por un futuro mejor, por un mundo distinto, más
humano, del que nos ha tocado vivir.
Yo estoy contento porque en la cárcel, por ejemplo,
hacíamos muchos manifiestos políticos; pero
yo he visto y comprobado que la poesía, la que
hice en las prisiones, me llevó directamente al
corazón de los otros y, en este caso, este libro
que se titula Decidme como es un árbol,
está llegando al corazón de la juventud
sobre todo, y para los mayores es un premio también
porque habla de las consecuencias de la lucha, de los
valores que nosotros hemos llevado a la juventud, del
sacrificio que hemos tenido en esta lucha. Yo creo que
para todos es una buena cosa que haya escrito este libro,
que haya vencido las resistencias personales que tenía
para hacerlo, sobre todo porque en esta época en
que está el tema de la Memoria Histórica
en España, aquí en Argentina y en otros
países latinoamericanos, este libro es la contribución
que yo podía hacer a esta memoria, con mi vida,
que es la vida de muchos (nunca he pensado que mi vida
sea muy singular, pienso que es la vida de una generación,
la de los vencidos); y me parece que ha sido importante
que me decidiera a escribirla. Es un libro que, como decía
antes, he procurado hacer con la mayor sencillez, he relatado
incluso los momentos más dramáticos de mi
vida por el costado más humano y más cercano
al corazón de la gente. Porque quiero que la gente
lo lea y disfrute con ello y aprenda también lo
que hemos vivido y lo que no puede volver a pasar nunca
más en nuestro país ni en ningún
otro lado, la pérdida de la libertad.
El libro, como veis, tiene una portada que es una fotografía
que hizo mi hijo —para lo cual pedimos permiso a la Dirección
Nacional de Prisiones, para ir a la prisión de
Ocaña—. Esta puerta es la puerta de una celda ciega
donde yo pasé ciento siete días castigado,
no entraba la luz nada más que cuando abrían
un pequeño portillo que tenía aquella puerta
de hierro, por donde pasaba el plato de aluminio con mi
comida. Precisamente allí es donde sacamos esta
fotografía para que figurase en la portada del
libro.
El libro, como veis, tiene un título aparentemente
un poco difícil, Decidme como es un árbol;
no se explica por qué, y alguno puede pensar que
se trata de un tratado de botánica, pero es el
primer verso de un poema que yo escribí en la prisión
de Burgos, cuando llevaba ya veintidós años
encarcelado y comprobé con tristeza que me costaba
recordar las cosas más simples y más normales
de la vida, que ya ni los sueños me llevaban a
la libertad. Años antes, a través de los
sueños, volvía a la familia, volvía
a realizar mis sueños virtualmente; pero llegó
un instante en el que ya comprobé con tristeza
que la cárcel se impuso definitivamente en la noche
y en los días de mi cautiverio. En ese momento,
escribí un poema que se titula "La vida",
y que dice así:
Decidme
cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme
del mar, habladme
del olor ancho del campo,
de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte,
sin cerradura y sin llaves,
como la choza de un pobre.
Decidme
cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor, no lo recuerdo.
¿Aún
las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O
sólo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?
Veintidós
años… Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo
a
tientas: "el mar", "el campo"…
Digo "bosque" y he perdido
la geometría del árbol.
Hablo,
por hablar, de asuntos
que los años me borraron.
(No
puedo seguir, escucho
los pasos del funcionario). |
El
libro, como veis, los que lo hayáis leído,
los que lo leáis en el futuro, termina justamente
el 9 de abril de 1977; esa es la fecha en que fue legalizado
el Partido Comunista de España. El problema de
la transición en nuestro país fue muy difícil
porque no hubo una ruptura política, es decir,
no acabamos con el Régimen; Franco murió
de una enfermedad y desapareció hecho cachos, pero
no tuvimos nosotros fuerza suficiente para derrotarle
y, por lo tanto, tuvimos que negociar con los llamados
"reformistas del régimen", los que comprendían
que había que encontrar una salida para ser compatibles
con Europa, ¿no? Y ellos buscaban una salida que
fuera lo más tenue posible y, de ser posible, sin
los comunistas, y todos los procesos de la transición
estribaban en eso, el nudo gordiano de la transición
era ver si se podía conseguir que los comunistas
no participaran de la legalidad democrática. Eso
fue muy difícil, aunque se hicieron grandes esfuerzos
para tratar de conseguirlo, incluso nos propusieron que
renunciáramos a nuestro nombre de comunistas y
nos presentáramos como independientes para salvar
las dificultades que había, naturalmente nosotros
no aceptamos y no lo aceptó tampoco Europa, porque
era inadmisible que el partido que más había
luchado por la libertad en España durante cuarenta
años de represión fuera excluido de la legalidad
democrática y, finalmente, no tuvieron más
remedio que legalizar nuestro partido. Yo termino allí
este libro, primero, porque ya era suficientemente voluminoso
pero, sobre todo, porque ya íbamos a entrar en
una etapa distinta para la que no servía el lenguaje
que yo utilizo en Decidme cómo es un árbol.
Yo aquí hablo de mi infancia, hablo de las prisiones,
de la vida y las dificultades que me produjo adaptarme
a las mismas, y por lo tanto he podido utilizar un lenguaje
poético para tratar esas circunstancias y esos
períodos de mi vida; sin embargo, si yo hubiera
continuado describiendo lo que fue la transición,
el problema de la situación política en
el país a partir de la transición, pues
lógicamente hubiera tenido que utilizar otro lenguaje,
un lenguaje más frío, más estadístico,
propio de historiadores y de analistas. Por lo tanto,
yo preferí terminar este libro aquí y luego,
si tengo fuerzas, veré si hago la segunda parte;
pero, repito, tendría que haber utilizado un lenguaje
que no es el más propio mío, que es el lenguaje
de la poesía, el lenguaje del corazón.
Éste es un libro que hay que leerlo con los ojos
del corazón, de verdad, para que pueda ser entendido
y, hasta ahora, la prueba que tengo es que la gente lo
lee casi de un tirón, porque tiene todos los elementos,
hasta suspense; está muy cerca de la novela,
aunque es una historia verídica. Pero está
escrito de tal manera que es para llegar lo más
directamente posible al corazón de la gente. Y
es un libro que no es iracundo, que no es rencoroso, es
un libro que es excesivamente generoso, si queréis,
incluso para analizar los momentos más extremos;
y lo he hecho así porque es mi naturaleza, es mi
manera de entender la vida y la lucha. Yo creo que me
sentiría profundamente desgraciado, un poco mísero,
si pensara que después de veintitrés años
de prisión lo que iba a buscar era la venganza
personal, tratando de hacer que los que me torturaron
fuesen torturados, que los que me hicieron sufrir sufrieran
como yo lo hice. No, a mí me parecía que
eso no correspondía a las personas que tenemos
un ideal, porque la venganza no es un ideal político
ni es un fin revolucionario. Por eso, cuando me preguntan
si tengo deseos de venganza yo digo que podría
haberme convertido en una bestia, porque he sido bárbaramente
torturado, he sido dos veces condenado a muerte, he sufrido
nada menos que veintitrés años de prisión…
Pero me sentiría mal, yo creo que la única
venganza que puede compensar los años de cárcel
y los sufrimientos pasados es ver triunfante un día
los ideales por los que yo luché y por los que
tantos miles de hombres y mujeres en España y en
el mundo han luchado y siguen luchando.
Este es un libro que no está escrito pensando en
mis camaradas, es decir, pensando en mis correligionarios
(aunque también, por supuesto); sino que fundamentalmente
está escrito pensando en esa inmensa mayoría
que no nos conoce y que tiene de nosotros una imagen prefabricada
y a veces infame de lo que somos y de nuestra lucha, y
es a ellos a quienes yo quiero llegar, para conseguir
una relación de fuerzas mayor que nos permita llevar
adelante con más éxito la lucha que tenemos
planteada.
Yo vivo en Madrid, en una calle que es pequeño
burguesa, que tiene muchos ciudadanos de derecha; allí
yo hago una vida de barrio, porque me gusta charlar con
todo el mundo y todos saben que soy comunista. Y es curioso
que cuando les digo que soy comunista me dicen: "¡Ay!,
si todos fueran como usted…". Porque tienen
esa imagen que les han dado, esa imagen del anticomunismo.
Cuando yo presenté el libro, en Madrid, en el Circulo
de Bellas Artes, que por cierto se quedaron más
de quinientas personas fuera, me encontré con mucha
gente de mi barrio, que eran de derecha, pero conocidos
incluso como miembros del PP, y estaban ahí; y
yo decía: "Pero si venís a escuchar
la historia de un comunista", "No, no, venimos
a escuchar la historia de una gran persona, de una persona
muy buena". Y por eso digo que a veces no nos conocen
y hay que lograr que nuestras ideas luchen por nosotros
también y lleven a los demás lo que somos,
por lo que hemos luchado, y lo que queremos para el futuro
del mundo.
He escrito también el libro, sobre todo, pensando
en la juventud. Porque, queramos o no, ellos son el futuro,
y si no somos capaces de comprender a la juventud pues
no podemos pensar en el porvenir, porque ellos son nuestro
porvenir. Desgraciadamente no lo soy yo ya, mi futuro
se va achicando y el de mucho de nosotros también,
y son ellos a quienes tenemos que conquistar para nuestras
ideas y para nuestra lucha, y los tenemos que conquistar
de una manera que tenga respeto hacia la juventud pues
muchas veces los veteranos, que estamos cargados de historia,
tenemos la tendencia de hablarles a los jóvenes
como apóstoles o como mártires, dándoles
lecciones y hablándoles de nuestro sacrificio,
y así no podemos conseguir que nos comprendan.
Podrán tener piedad de nosotros, pero no quiere
decir que compartan nuestras ideas. Tenemos que colocarnos
al nivel de la juventud, saber cómo es, cómo
piensan, y partiendo de cómo son, aunque a lo mejor
no son como nosotros quisiéramos que fuesen, pero
partiendo de cómo son hay que tratar de hacerles
que sean como queremos y para eso, repito, hay que comenzar
por comprender los problemas que tiene la juventud de
hoy. Hoy hay una gran parte de la juventud que busca los
caminos de la evasión, los caminos de la litrona,
como decimos en España, incluso más tristemente
los caminos de la droga, y yo quiero que cuando lean este
libro lleguen a la conclusión de que hay una vida
más hermosa, hay una vida mucho más noble,
como es la vida de luchar por algo que vaya más
allá de nosotros mismos, por un mundo mejor, por
un mundo posible, como muchos jóvenes de vanguardia
hoy dicen. Y yo creo que esa es la tarea principal que
tenemos hoy los veteranos y que tienen también
los partidos políticos que deben tender a rejuvenecerse
en las ideas y en la práctica de las ideas porque
sino es muy difícil que la juventud nos comprenda,
porque ellos parten de la idea de que los partidos políticos
han fracasado, que no hemos sido capaces de resolver los
problemas que tiene la vida y que tiene la juventud y
buscan otros caminos que son respetables, aunque muchas
veces no tengan razón, pero nosotros tenemos que
prestar oído a lo que piensan, a su lucha porque,
repito, ellos son el futuro.
A mí estos días, aquí y en Madrid,
me da por hablar de una cosa que resulta muy polémica
para los veteranos, para los que hemos combatido tantos
años y que estamos cargados de historia, y me da
por decir que la experiencia puede ser a veces conservadora
y, en algunas ocasiones, contrarrevolucionaria porque
si esa experiencia que nosotros tenemos no la actualizamos,
no la ponemos en nuestro tiempo, pues puede ser un tapón,
una dificultad para que se abran paso nuevas ideas y nuevos
intentos de encontrar caminos de progreso y de libertad.
Y por eso digo yo que a los jóvenes no les podemos
hablar así, como si nosotros supiéramos
todo, sino que hay que aprender de la juventud, saber
cuáles son sus ideas. Ellos parten de que hemos
fracasado como partidos políticos, lo cual no es
una verdad absoluta porque una democracia tiene que basarse
forzosamente en un régimen de partidos políticos.
Que lo hagan mal es una cosa, pero evidentemente una sociedad
democrática está basada en diversos intereses.
Hay distintos sectores de la sociedad con intereses diversos
y tiene que haber lógicamente partidos que representen
esos intereses, y eso nosotros lo aceptamos porque queremos
que esas diferencias se hagan con ideas constructivas
y no como está haciendo el Partido Popular en España,
que está sembrando el terror todavía y diciendo
que volvemos al pasado, que estamos tratando de avivar
las cenizas de la Guerra Civil y no sé cuántas
cosas más. Yo creo que es muy importante que nosotros
cambiemos un poco las cosas; y repito, que es hora no
de comunicar solamente, porque comunicar es una idea vertical,
sino de comunicarse; hay que comunicarse con los demás.
No sólo comunicar, que es lo que hemos hecho muchas
veces hasta ahora sino comunicarse, comunicarse con los
demás, y eso es lo importante para que nuestras
ideas salgan adelante.
Yo he procurado en este libro, como decía antes,
suspender la realidad por el costado más humano,
porque sé que a veces la gente tiene cierta prevención
a leer los libros biográficos e históricos,
les parece que son un poco pesados, se inclinan más
comúnmente a la ficción porque les entretiene
más; y por eso yo he tratado de que este libro
sea no una novela pero sí que se lea como tal,
para que se pueda llegar al corazón del libro de
la mejor manera. Podría pensarse que la creación
de un libro tan sencillo como es éste es más
fácil que hacer un libro un poco subido. Yo recuerdo
que he contado algunas veces una anécdota: el Premio
Nobel guatemalteco, Miguel Ángel Asturias, me contaba
en una ocasión, yo era miembro de la Presidencia
Mundial de la Patria —también lo era él,
lo era Neruda, lo era Alberti—, y después de las
sesiones que teníamos en cualquier parte del mundo,
cuando nos reuníamos (pues siempre quedábamos
de tertulia y ellos me tenían un gran cariño
por saber que yo había salido de las cárceles
y que me habían rescatado ellos mismos con su trabajo
solidario). Me acuerdo de que un día charlando
con Miguel Ángel Asturias me decía que él,
cuando escribía, tenía siempre una preocupación
por enriquecer el idioma, lo cual me parece razonable
y justo, y que siempre tenía a su lado un diccionario
de sinónimos para que cuando encontraba un adjetivo
o una frase que le parecía muy común, pues
buscaba siempre en el diccionario un adjetivo que fuese
más inédito, menos conocido; yo lo he hecho
justamente al revés, yo tenía también
un diccionario de sinónimos, pero cuando encontraba
un adjetivo en el que tenía interés porque
conocía su significado, pero no era común,
para que fuera accesible a todos, iba a buscar en el diccionario
el más popular, el más sencillo y el más
comprendido por la mayoría. Y repito que hacer
un libro sencillo es bastante difícil, pero la
prueba que yo tengo ahora es la de cientos y cientos de
cartas y correos electrónicos que me escriben saludando
y felicitando por el libro, agradeciéndome que
lo haya escrito, y lo que más me gusta es la cantidad
de cartas de gente joven que recibo, que es a los que
más les impresiona lo que he escrito. Y eso es
lo más interesante para mí, que la juventud
me comprenda, me lea, y luego del boca a boca haga que
este libro sea un mandamiento de compromiso para la mayoría
de los jóvenes. Yo hago una vida casi entre la
juventud, porque por mi mentalidad soy bastante joven,
aunque tenga ya la figura de ochenta y ocho años,
a pesar de que digo que tengo ochenta y ocho de edad pero
sesenta y cinco solamente de vida, porque no me cuento
los de prisión, ¿no? Pero, aparte de eso,
porque de verdad tengo un temperamento joven, me siento
muy feliz entre la juventud y no soy un extraño
para ellos. Yo una vez al mes tengo una comida con un
grupo de jóvenes estudiantes que tienen un club
y me invitan siempre, y el único que tiene más
de veinticinco años soy yo, y sin embargo me siento
muy bien entre ellos, no me siento un personaje extraño
allí, y es porque utilizo su lenguaje, el lenguaje
de la juventud, y aprendo mucho de ellos, me intereso
por escucharles, no porque me escuchen a mí, dedico
más tiempo a escucharles a ellos, y creo que eso
es lo que deberíamos hacer en general. El otro
día visité la sede del Partido Comunista,
pues me invitaron a tomar una copa y fui, como a todo
lo que me inviten, yo no hago diferencias para nada, y
les explicaba lo importante que es atender a la juventud,
ganar la batalla de la juventud, que es la batalla de
nuestro tiempo, porque han pasado muchos años,
hemos sufrido muchos naufragios, muchos contratiempos
y tenemos que tratar de rejuvenecer nuestra lucha y eso
sólo es posible si conseguimos que la juventud
se coloque a nuestro lado y sean hombres de lucha por
la libertad y por un mundo más humano.
A mí me preguntan muchas veces, después
de estos años que hemos tenido, que son evidentemente
de un gran fracaso, si yo sigo siendo comunista, y yo
les digo que sí, que sigo siendo comunista porque
la bondad de las ideas, la sustancia de las ideas, está
por encima de los hombres y sus equivocaciones, de los
partidos y sus errores y de los llamados países
socialistas que malversaron el tesoro de nuestro ideal
y, en algunos casos, lo constituyeron ensombreciendo la
esperanza de la humanidad. Y yo sigo siendo comunista
porque me imagino una sociedad comunista, un mundo sin
hambre y sin guerra, sin desigualdades sociales donde
el sol salga caliente para todos; es un ideal hermoso.
Entonces, cuando me preguntan si yo sigo siendo comunista,
les digo: "Bueno, si usted me ofrece algo mejor,
lo pensaré; pero va a ser un poco difícil".
Una de las pruebas de que el libro ha interesado a la
gente es que ha tenido un éxito editorial enorme,
y que no sólo me llamen de todas partes para que
lo presente, no sólo en todas las capitales y muchos
pueblos de España, sino también en muchas
capitales europeas y latinoamericanas (como está
ocurriendo en este caso). Se han vendido ya más
de 25.000 ejemplares. Y ¿por qué ha tenido
este libro tanta aceptación?, ¿por qué
se ha abierto camino tan fácilmente? Yo creo que,
como comenté al principio, porque es un libro en
el que se ven reflejados los viejos y los jóvenes,
es el libro de una generación, es un libro sencillo,
lo cual facilita la lectura; es un libro generoso en sus
ideas y eso es lo que ha contribuido no sólo a
que sea muy leído sino también a que cineastas,
como por ejemplo Pedro Almodóvar, que es el más
universal de nuestros cineastas, se haya interesado y
hayamos firmado con él un contrato para llevar
mi vida a la pantalla.
También quería decir que, como he dicho
anteriormente, este libro ha sido escrito para contribuir
a la Memoria Histórica, porque, desgraciadamente,
a pesar de que llevamos más de treinta años
de democracia en España, todavía sigue oculta
esa etapa tremenda del franquismo que duró cuarenta
años, además de los tres años de
guerra. No sólo sigue oculta sino que muchos la
adulteran y la falsifican. Y parece mentira que en treinta
años de democracia todavía tengamos que
estar luchando por que se reconozca a los que hemos sido
demócratas, los que hemos sido luchadores por la
libertad, a los que se debe que tengamos en España
un Régimen democrático, y sin embargo parece
que no hay ningún interés en demostrar quiénes
somos, cómo pensamos y lo que hicimos para que
esa realidad en España hoy sea posible. Por ejemplo,
hemos tenido un éxito últimamente, pero
un éxito parcial, y es que a finales del año
pasado, por primera vez en esos treinta años de
democracia, haya aparecido una Ley de la Memoria Histórica,
donde hay cosas positivas, como es algunas reparaciones
que estaban pendientes, como es reconocer que los guerrilleros
que eran considerados como bandoleros sean considerados
como héroes en la lucha por la libertad de España;
se ha conseguido, por decreto, que se retiren todos los
símbolos franquistas, es decir, que desaparezca
la simbología del franquismo, aunque hoy todavía
hay muchas calles y muchas plazas en España que
llevan el nombre de Franco, o el nombre de la Cruzada…
Eso va a costar mucho trabajo porque en muchos sitios
hay resistencia todavía, en los pueblos donde domina
el Partido Popular y la derecha más radical de
nuestro país. Y sin embargo, lo que a nosotros
nos parece que es una insuficiencia de esta Memoria Histórica
es una cosa tan sencilla como anular los procesos y las
condenas dictadas por la dictadura militar y ejecutada
por tribunales que eran ilegales, es increíble
que sea tan difícil de conseguir, que no figure
eso en la Memoria Histórica, ¿no? Yo unos
días antes de venir y de emprender el viaje para
aquí recuerdo que me encontré con la viuda
de Julián Grimau, que fue una de las víctimas
de la Guerra Civil. Ella lloraba como siempre que nos
encontramos y me decía: "Es increíble
que en treinta años de democracia todavía
no se haya reivindicado la memoria de mi marido, que tenga
que figurar como un asesino, que fue juzgado y condenado
como un asesino", su memoria y la memoria de tantos
y tantos, ¿no? Y digo que es incoherente porque
en el año 2002, en España, se aprobó
por mayoría que el Régimen de Franco había
sido un Régimen impuesto por las armas y que, por
lo tanto, era un régimen ilegal. Y si es un régimen
ilegal y fueron ilegales también sus tribunales
militares pues no veo qué dificultad hay en que
no hagamos en España lo que se ha hecho en Alemania,
por ejemplo: cancelar todas las condenas dictadas por
el nazismo. Por lo tanto, en España yo creo que
es incoherente que eso no se haya logrado todavía.
Es una asignatura pendiente por la que seguimos luchando.
La situación nuestra es, claro, diversa a la vuestra,
la de los argentinos, donde el tema es más reciente,
donde duró menos años; pero en España
la diferencia sustancial estriba en que hubo primero una
Guerra Civil, donde España estuvo dividida en dos
bandos y donde hubo muertos, miles de muertos, un millón
de muertos y, claro, había muchas secuelas que
había que superar y cuando se produjo la transición,
pues, algunos nos reprochan que hicimos demasiadas concesiones,
que no colaboramos en restaurar la República, como
forma de Estado, que tuvimos que aceptar la monarquía.
Pero es que de verdad en aquella situación, después
de cuarenta años de dictadura y de terror, el problema
no estaba planteado entre la Monarquía y la República,
el verdadero dilema estaba planteado entre la dictadura
y la libertad, y la gente lo que quería era vivir
tranquila, que llegase la seguridad a todos los hogares
y que no vivieran cómo lo habían tenido
que hacer durante cuarenta años, que volvieran
los presos a sus casas, que hubiera una amnistía,
y hubo que hacer muchas concesiones, porque todo en la
vida es una relación de fuerzas y nosotros tuvimos
que negociar con los reformistas del franquismo, con la
gente del franquismo que veía que el Régimen
tenía que modificarse, que era incompatible con
la Europa de nuestro tiempo y tratamos de buscar las salidas
más tenues; pero mientras nosotros estábamos
negociando con los representantes de esa parte un poco
más liberal del franquismo, pues, en los cuarteles
los militares estaban todavía con las manos en
las empuñaduras de sus espadas vigilando ese proceso
para que no fuera una democracia y una libertad verdadera,
y por eso tuvimos que hacer muchas concesiones. Yo mismo
no estoy seguro si hicimos las necesarias, pero la historia
nos seguirá juzgando. Lo importante es que hoy
vivimos un Régimen de libertades, con una derecha
muy extrema, muy radical, más que la que hubo en
la transición, mucho más, que desarrolla
una política muy obstructora, muy destructiva,
porque no piensa más que en recuperar el poder,
ellos durante dos lustros han perdido el poder y la única
obsesión que tienen es la de volver al poder. En
estas últimas elecciones, una serie de organizaciones
más o menos grandes había conseguido poner
dos diputados, y la causa ha sido, sobre todo, una agrupación
de votos en el Partido Socialista. La gente tenía
tanto miedo a que esos cafres de la derecha llegasen al
poder, que incluso militantes de Izquierda Unida votaban
al Partido Socialista para agrupar allí los votos,
un voto útil que impidiera que esta derecha tan
nefasta que tenemos en España pudiera recobrar
el poder. Eso y luego después una ley electoral
que tenemos en nuestro país, que es una catástrofe,
que consiste en que nosotros para conseguir un diputado
necesitemos medio millón de votos; para los dos
diputados que ha conseguido la Izquierda Unida, han hecho
falta novecientos mil votos, casi un millón, y
sin embargo, el Partido Popular con cincuenta mil votos
puede conseguir un diputado. Pero en fin, de todas maneras
nosotros seguimos luchando por todo lo que hay pendiente
todavía, con la esperanza de ir ensanchando nuestras
fases y tratando de encontrar nuevos lenguajes para que
la gente nos comprenda, y tratar de recuperar fuerzas
para nuestras ideas. De todas formas, nosotros estamos
contentos, por supuesto, de que las elecciones las haya
ganado el Partido Socialista y que hayamos impedido que
esta gente haya regresado al poder.
Yo quisiera terminar, como termino siempre que tengo una
presentación, hablando del final de mi libro, que
es una reflexión que yo pienso que es colectiva
porque en estos años de recesión, de naufragios
que hemos tenido, de decepciones personales (puesto que
se acaba nuestra vida sin conseguir lo que queríamos),
mucha gente se ha replegado sobre sí misma y vive
una vida un poco más marginada, pensando que ya
ha contribuido bastante a la lucha y que ya no es su hora.
Yo también he tenido, a lo mejor, ese pensamiento
y lo utilizo aquí para llegar a las reflexiones
finales de mi libro, que es como un pequeño testamento:
Ahora,
al terminar de escribir estas memorias y recuerdos, acabo
de cumplir 87 años de edad. No sé si tendré
tiempo para prolongarlas y para asumir los numerosos compromisos
que me rodean. Sigo viviendo en una vorágine. A
veces me entran deseos de poner punto final, no descolgar
el teléfono, no responder el correo, vivir sin
la angustia de controlar mi tiempo y leer y pasear rompiendo
el aire con la cabeza vacía de preocupaciones…
Mi vida se ha formado en el sacrificio de la lucha, en
una entrega total, sin reservas ni cálculos personales.
Hoy, cargado de años y de heridas, unas tristes,
otras luminosas, con mi espalda reclinada en el atardecer
del otoño "podría decir", frente
a las obligaciones que aun siguen exigiéndome:
dejadme ahora el resto que me queda para vivir o desvivirme,
dueño de mi tiempo, egoísta por primera
vez, encerrado en mi pellejo sin la más leve porosidad.
Dejadme andar por dentro de mí mismo, recuperar
los paisajes perdidos o los sueños que nunca se
hicieron realidad.
Entregué el azul más azul de la primavera,
la roja pasión del estío, la dorada madurez
del otoño. Dejadme ahora, solo y libre, adentrarme
en el invierno final, abrigado por el rescoldo de lo que
fue o pudo ser mi vida.
Pero no tengo derecho ni a pensarlo. La vida y la lucha
por un mundo más justo continúan. Y solamente
el que se excluye se siente verdaderamente solo. He vivido
la vida que he preferido vivir, la vida dura pero noble
de un revolucionario. Y a pesar de los naufragios sufridos
y las decepciones que la lucha y la vida a veces nos deparan,
si mil veces naciera, mil veces volvería a ser
lo que soy y a pensar como pienso.
Replegarme ahora sobre mí mismo sería encerrarme
en la soledad más temible: la de sentirme solo
en medio de los demás. El bosque de mi generación
se va despoblando poco a poco y yo sigo en pie como un
árbol milagroso, quizás porque no he perdido
la apasionante costumbre de vivir y de luchar para algo
que vaya más allá de mí mismo. Sigo
y seguiré en el camino, luchando, amando, repartiendo
las rosas tardías de mi vida "aparcada"
tanto tiempo. Llegué muy tarde a mi juventud, pero
como dijo Picasso "hace falta tiempo, mucho tiempo
para ser joven".
Sería imposible, aunque trate de ocultarlo, que
a mis 87 años no piense en esa sombra oscura que
me ronda y se acerca poco a poco y que me acechó
tantas veces. La siento, percibo sus pasos sigilosos,
ahora no viene armada de fusiles, sino con su inapelable
Ley Natural bajo el brazo…
Cuando recobré la libertad no pensaba en el tiempo
perdido o arrebatado. Tenía cuarenta y dos años,
salía con la juventud intacta, la vida me abrió
sus brazos generosamente y la viví con intensidad,
como la soñaba en la cárcel:
Si
salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves.
Siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.
Que
entren la noche y el día
y la lluvia azul, la tarde.
El rojo pan de la aurora;
la luna, mi dulce amante.
Que
la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.
Mi
casa y mi corazón
Nunca cerrados: que pasen
Los pájaros, los amigos,
el sol y el aire. |
Todo
era futuro para mí y el final del camino estaba
lejos. Me sentía eterno. Los años pasados
en prisión, en lugar de angustiarme, daban más
valor a todo lo que vivía, en una dimensión
especial, con un goce profundo y tembloroso. Sentir la
libertad, pisar la hierba, mirar el azul del cielo o las
estrellas, amar a una mujer, poner mi mano sobre la cabeza
de un niño, estrechar a mi hijo entre mis brazos,
todas esas sensaciones que para los demás son como
bienes naturales, a mí arrebataban de placer y
sorpresa y me estremecía de felicidad al descubrirlas
y poseerlas.
Es ahora, cuando el río está a punto de
llegar al mar y desvanecerse en la nada, cuando me angustian
aquellos 23 años que me robaron, toda mi juventud
y la mitad de mi vida. Aunque quizás no debemos
contar la vida por años, sino por la intensidad
con que la hemos vivido. Y los años sufridos en
prisión fueron más bien ganados que perdidos,
pues los viví con tanta pasión en aquel
crisol de dignidad, que dieron una dimensión especial
y un sentido más profundo a mi existencia. Pero
el tiempo, mi tiempo, se va, no puedo negociar con él,
ni detenerle, me agarro a sus crines y me arrastra desbocado
y silencioso hacia el final de la vida.
Ya no me queda futuro para ver la victoria plena de redentores
y nobles ideales. La verán y la disfrutarán
nuestros hijos, o los hijos de nuestros hijos. Las medidas
humanas no siempre coinciden con las medidas históricas
y es muy difícil que los procesos revolucionarios
de fondo se culminen en el espacio de una vida. Confío
en las nuevas generaciones, en cuyos surcos hemos sembrado
nuestra historia. Ellas proseguirán nuestra lucha
por un mundo más justo y humano, un mundo sin hambres
y sin guerras, sin desigualdades sociales, donde el sol
salga y caliente para todos.
Estoy orgulloso de mi vida, de los camaradas que me acompañaron
en la lucha, de las nobles ideas que dieron sentido a
mi existencia, y sigo pensando que vivir para los demás
es la mejor manera de vivir para uno mismo.
…
Has de saber morir por los hombres,
y además por hombres que quizás nunca
viste,
y además sin que nadie te obligue a hacerlo,
y además sabiendo que la cosa más
real y bella es vivir.
Nazim Hikmet |
Me
ha pedido un compañero, que ha estado en las prisiones
aquí, que recitara "Mi corazón es patio",
y lo voy a dedicar a los que sufrieron cautiverio como
yo, a los hombres y mujeres que carecieron de libertad.
El patio es la cárcel, el patio es la prisión.
Por lo menos en Burgos, donde yo me encontraba los últimos
años de mi cautiverio, los últimos dieciséis
años de mi vida, el patio era el lugar donde nos
encontrábamos; por la mañana nos abrían
las cancelas y nos reuníamos todos. Era cuando
hablábamos de nuestros proyectos, donde clandestinamente
nos pasábamos los materiales; en fin, era media
vida para nosotros, pero todo dependía de la voluntad
o la inclemencia de la naturaleza, porque en Burgos hay
un clima, como sabéis, glacial. Este poema lo hice
porque en una ocasión, María Teresa León
y Rafael Alberti, aprovechando el paso por Buenos Aires
del actor Paco Rabal, me mandaron un yérsey que
María Teresa me había hecho con sus propias
manos y una pequeña nota donde se interesaban por
mi vida y me pedían que les contase cómo
era mi vida. Me pasaron esta nota en un tubo de pasta
de dientes, protegido por un papel impermeable y yo recuerdo
que les contesté con un poema muy breve, y les
dije:
Mi vida
os la puedo contar en dos palabras:
Un patio
y un trocito de cielo
donde a veces pasan
una nube perdida
y algún pájaro huyendo de sus alas. |
Y
este poema, que mandé también clandestinamente
aquí, a Buenos Aires, me dio idea de hacer un poema
con más aliento que es éste, "Mi corazón
es patio", y está dedicado, por eso, a María
Teresa León:
La
tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño.
Soñé que el mundo era
un redondo espectáculo
envuelto por el cielo,
con ciudades y campos
en paz, con trigo y besos,
con ríos, montes y anchos
mares donde navegan
corazones y barcos.
Pero el mundo es un patio
(Un patio donde giran
los hombres sin espacio)
A veces, cuando subo
a mi ventana, palpo
con mis ojos la vida
de luz que voy soñando.
y entonces, digo: "El mundo
es algo más que el patio
y estas losas terribles
donde me voy gastando".
Y oigo colinas libres,
voces entre los álamos,
la charla azul del río
que ciñe mi cadalso.
"Es la vida", me dicen
los aromas, el canto
rojo de los jilgueros,
la música en el vaso
blanco y azul del día,
la risa de un muchacho…
Pero
soñar es despierto
(mi reja es el costado
de un sueño
que da al campo)
Amanezco,
y ya todo
—fuera del sueño— es patio:
un patio donde giran
los hombres sin espacio.
¡Hace
ya tantos siglos
que nací emparedado,
que me olvidé del mundo,
de cómo canta el árbol,
de la pasión que enciende
el amor en los labios,
de si hay puertas sin llaves
y otras manos sin clavos!
Yo ya creo que todo
—fuera del sueño— es patio.
(Un patio bajo un cielo
de fosa, desgarrado,
que acuchillan y acotan
muros y pararrayos).
Ya
ni el sueño me lleva
hacia mis libres años.
Ya todo, todo, todo,
—hasta en el sueño— es patio.
Un
patio donde gira
mi corazón, clavado;
mi corazón, desnudo;
mi corazón, clamando;
mi corazón, que tiene
la forma gris de un patio.
(Un patio donde giran
los hombres sin descanso) |
FRAGMENTO DEL LIBRO:
LA
VIDA
AL
RECOBRAR LA LIBERTAD mi choque con la vida fue lo más
tremendo. Muchas veces, hasta hoy mismo, la gente me pregunta
qué fue lo más duro para mí: los
veintitrés años de prisión, la condena
a muerte, la tortura, la separación de la familia...
Yo respondía y respondo siempre con lo más
inesperado: "Lo más difícil fue la
libertad".
Cuando salí tuve que iniciar un duro período
de adaptación a la vida. Me sentía como
parachutado en un planeta extraño. Devolvía
los alimentos, me mareaba en los vehículos, mis
ojos enrojecieron, quemados por la luz; me aturdían
los espacios abiertos, acostumbrado a las dimensiones
cortas y verticales. Nacía a la vida, una vida
que tenía que ir descubriendo, casi a tientas,
como un recién nacido.
(…)
EL
AMOR. En medio de tanto asombro y deslumbramiento, las
mujeres eran lo que más fascinación me producía,
pero, a la vez, lo que más me intimidaba. Veía
pasar una muchacha, me gustaba, y me iba tras ella como
un niño tras una golosina, pero no me atrevía
a dirigirle la palabra. Era un placer contemplarlas, oír
sus voces, observar el ritmo excitante al andar de sus
caderas. Las seguía de cerca hasta que desaparecían
en un portal o por la boca de un metro. Mi timidez y mi
inseguridad no me permitían pasar de ahí.
Me comportaba como un adolescente. Los tres años
antes de ser encarcelado fueron años de guerra
y anormales, por lo tanto, para mí. El amor lo
conocía de oídas solamente. Pasé
de la adolescencia a la madurez, de los 16 a los 41 años
de golpe y en ese campo estaba lleno de inhibiciones y
complejos.
MI
PRIMER AMOR. Una tarde, casi al anochecer, me encontré
con un amigo de la infancia, hombre de negocios que, sin
participar de mis ideas, me visitó alguna vez en
la cárcel de Porlier. Me invitó a dar una
vuelta por Madrid y me llevó a conocer algunos
cabarets que él seguramente frecuentaba. Yo aparentaba
cierta indiferencia, pues salía un poco chapado
a la antigua y me parecía que no era demasiado
responsable visitar esos lugares. Pero miraba a hurtadillas
y se me saltaban los ojos viendo a aquellas mujeres excitantes
que deambulaban de un lado a otro provocativamente.
En un momento mi amigo miró su reloj y me dijo:
—Debo marcharme, tengo invitados en casa y se me está
haciendo tarde. Dame tu teléfono y nos vemos otro
día con más calma.
Le di un número falso, pues dada mi situación,
pendiente de mi salida clandestina de España, no
era prudente establecer ninguna relación.
—Espérame un minuto —me dijo antes de marcharse.
Se perdió en el fondo del salón y volvió
con una muchacha preciosa, a la que llamó Isabel.
Sin presentármela siquiera le dio un billete de
quinientas pesetas y le dijo: —Toma, para que pases la
noche con este amigo.
Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan
excesivamente joven que en su rostro no había ni
la más leve huella de su profesión.
Me es muy difícil describir ahora cómo pasé
aquel momento, pero lo cierto es que cuando me quedé
a solas con aquella mujer hubiera deseado que me tragase
la tierra. No sabía cómo comportarme. Ella
me dijo con tono indiferente:
—Bueno, vámonos.
Y yo, confuso y con voz entrecortada, le pregunté:
—¿A dónde?
—Pues… al hotel.
—Pero así, ¿sin apenas conocemos? Me gustaría
pasear un poco, saber algo más de nosotros…
Era un lenguaje inusual para una prostituta y me miró
sorprendida.
Y al ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba
el cigarrillo en la mano mientras fumaba nervioso, pensó
que estaba borracho y me devolvió el dinero. Yo,
en lugar de retirar el billete, tomé con mis dos
manos la suya…
—No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo,
pero es que para mí todo esto es muy difícil…
Y balbuceando las palabras, tartamudeando, le conté
que acababa de salir de la prisión, que era un
preso político, que me habían tenido veintitrés
años fuera de la vida, que nunca había estado
con una mujer…
Entonces, aquella muchacha, un poco extrañada,
dulcificó su rostro, sus ojos me miraron de pronto
con afecto, o con piedad, no sé, y me dio una lección
de humanidad, con una ternura y comprensión inesperadas.
—Bueno, mira, yo creí que estabas borracho. Ahora
cambia todo y voy a perder hoy contigo unos cuantos “servicios”
esta noche.
Se refería a que, por estar conmigo, dejaba en
blanco su noche profesional.
Me llevó a pasear por Madrid. Fuimos a la Puerta
del Sol y luego enfilamos la Gran Vía, que entonces
era la Avenida de José Antonio. Hacía frío,
me cogía del brazo y sin parar de hablar se apretaba
contra mí como si nos conociéramos de toda
la vida. Yo la sentía tan cerca que tenía
deseos de besada, pero no me atrevía y para justificar
mi indecisión, acudió en mi ayuda un haykus japonés:
"Es
con los ojos,
no se da con los labios
el primer beso". |
Me
invitó a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid
o en un edificio alto de la Plaza de España, y
viví, entre temblores, las escenas más hermosas
e increíbles.
Cuando le contaba lo que había sido mi vida en
la cárcel y cómo me robaron la juventud,
ella me besaba las manos enternecida como si fuera un
hermano o un novio perdido y encontrado después
de mucho tiempo. Yo estaba asombrado de su dulzura.
—¿Pero por qué, por qué un castigo
tan inhumano? —me preguntó con voz dolorida y triste.
A mi cabeza llegó un poema que escribí en
la cárcel, describiendo "mi delito".
AUTOBIOGRAFIA
Mi
pecado es terrible:
Quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso, aquí, entre rejas,
en veintidós inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
y a muerte mi condena
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas.
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña… |
Ella,
a su vez, me contó con lágrimas en los ojos
por qué había caído tan joven en
la prostitución, en la que llevaba sólo
unos meses. Una historia familiar, deshumanizada y triste.
No sé qué química nos llevó
a esa confianza instintiva entre nosotros. Después
de cenar seguimos un rato charlando hasta que ella me
dijo:
—¿Nos vamos ya al hotel?
El problema para mí seguía siendo el mismo,
era como cruzar un río desconocido, sin saber nadar,
lleno aún de inseguridades. Pero ella, riéndose,
me decía:
—No te hagas problemas, tú no tienes que preocuparte
de nada, lo voy a hacer yo todo.
Y nos fuimos al hotel, donde ella vivía en una
habitación alquilada. Todo resultó más
fácil de lo que yo temía. El mérito
fue de ella. Superé mis inhibiciones y aquella
muchacha, con la mayor sensibilidad y ternura, consiguió
que, por primera vez, conociera el amor en una noche inesperada.
Después, en vez de dar "la sesión"
por terminada, me pidió que me quedase a dormir
con ella.
Lo dudé un poco: la preocupación de la familia
si no volvía a casa, los policías si notaban
mi ausencia... Pero era muy difícil renunciar,
me quedé y seguimos charlando hasta altas horas
de la madrugada.
Por la mañana me despertó con un beso. Traía
una bandeja en sus manos. Había bajado a la calle
a por churros y chocolate, se sentó en el borde
de la cama y desayunamos juntos.
Al despedirnos la estreché con la mayor ternura
entre mis brazos, con el corazón en la garganta,
sabiendo que no la iba a ver nunca más.
Al llegar a casa encontré a mi hermano disgustado
por no haberles avisado que iba a pasar la noche fuera.
Mi cuñada, Lola, que había tomado mi chaqueta
para cepillarla, sacó de uno de los bolsillos un
papel liado como un cigarrillo y me preguntó:
—¿Qué tienes aquí, Fernando?
Tomé el papel, en el que venía enrollado
el billete que le dio mi amigo y una pequeña nota
que decía: "Para que vuelvas esta noche".
Al leer aquellas palabras, que me parecía oírlas
de su propia voz, volvió a mí la fuerza
de la sangre y estremecido por el deseo, me eché
a la calle sin quedarme a comer, aún sabiendo que
el local no lo abrirían hasta las ocho o nueve
de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir
un nuevo encuentro.
Pero mientras paseaba esperando una hora prudencial para
ir al cabaret, me asaltó un pensamiento molesto,
que fue tomando cuerpo y que me llenó de confusión
y contrariedad: la idea de que iba a romper el encanto
de mi primera noche con Isabel. Que al volver y "comprar
su cuerpo" con aquel dinero, que además era
suyo, sería como tomar conciencia de que era una
prostituta y que yo la iba a prostituir aún más,
como un cliente cualquiera y a ensuciar y hacer trizas
un hermoso recuerdo que quería y debía conservar
con toda su pureza y su ternura.
Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi imaginación
se encendía recordando la noche que pasamos juntos.
Y cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrentados
pasé por delante de una floristería y casi
sin pensado, con un impulso instintivo, entré y
le dije a la vendedora:
—Póngame quinientas pesetas de flores.
La mujer me miró sorprendida:
—¿Quinientas pesetas?
—Sí, sí, quinientas pesetas. Escójame
las mejores flores.
Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde
se mezclaban las orquídeas con las magnolias y
las rosas.
Me parecía inadecuado, ridículo sobre todo,
llevárselo al cabaret donde ella trabajaba y ofrecérselo
en aquel ambiente. Tomé un taxi, me dirigí
al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray,
y dejé en la recepción el ramo de flores
y una sencilla nota que decía: "Para Isabel,
mi primer amor". |