Martín
Murphy ganó con esta eximia ficción sobre
la deconstrucción de un hombre y la vida moderna
el "Premio Juan Rulfo de Novela Breve" y llega
a nosotros gracias a Adriana Hidalgo editora. Agradecemos
a Alejandro Cánepa el permitirnos reproducir a
continuación el siguiente fragmento de la obra.

III
Ojeda
pasó los próximos días inmerso en
la rutina del trabajo y el hogar. En la oficina se rumoreaba
que el anuncio de los despidos era inminente; la lista
negra ya había sido confeccionada, decían
las voces oscuras de los pasillos, y además de
los despidos habría cambios de envergadura. Ojeda
no les prestaba atención a los rumores. Una vez
que ingresaba en su mundo de números y cuentas,
nada lo distraía.
El malestar siguió apareciendo, a veces una sola
va al día, otras veces cada hora, aunque por lo
general era más bien una sensación de incomodidad
que le recorría el cuerpo como una serpiente silenciosa.
Ojeda no le comentó nada a Betina, no quería
preocuparla. La presencia de su mujer cuando llegaba a
casa le producía la misma tranquilidad que los
números, y no quería arruinar esas preciadas
horas de paz.
La rutina, que dicho sea de paso no molestaba a Ojeda,
tuvo su primer paréntesis cuando un grupo de compañeros
de Betina organizó una fiesta. Ojeda y Betina llegaron
una hora después de que había comenzado
la reunión; no fueron los primeros ni tampoco los
últimos. Betina presentó a Ojeda a cada
uno de los que estaban allí, hombres y mujeres
en igual proporción, todos de alrededor de treinta
y tres años de edad, todos psicólogos. Ojeda
conocía a algunos de ellos de nombre —nombres que
no le decían nada. Ojeda no lo hubiera admitido
en voz alta, pero el hecho de encontrarse rodeado de tantos
psicólogos lo incomodaba. O tal vez fuera el hecho
de que todos se conociesen entre sí y de que él
fuera el único extraño.
Lo mismo las parejas de los otros compañeros de
Betina, gente que como él estaba allí de
acompañante, parecían conocer al menos a
otra persona en la reunión. Pronto fueron llegando
más invitados y el living del departamento, un
tres ambientes en pleno centro, no dio abasto para acomodar
a tanta gente. Los invitados comenzaron a desplazarse
por los pasillos y cuartos. Ojeda permaneció cuanto
pudo junto a Betina, pero como estaba parado en un punto
de mucho tráfico terminó siendo arrastrado
por la creciente marea. Apareció en la cocina,
junto a la heladera, al lado de una rubia que sostenía
el cigarrillo en la boca mientras trataba de desenroscar
una cerveza. Ojeda, más por instinto que por educación,
le quitó la cerveza de las manos, la abrió
y se la entregó. "Gracias, bombón",
le dijo la rubia, y desapareció entre la gente.
En ese momento a Ojeda le hubiera gustado que le gustara
el alcohol, o al menos tener algún otro vicio que
lo ayudara a acomodarse mejor a la situación. Sus
manos, salvo para estrechar la de algún desconocido,
no habían abandonado sus bolsillos. De ser posible,
también hubiera mecido allí su cabeza.
En la cocina, y en el departamento en general, había
demasiada luz. Ni siquiera el humo generado por cientos
de cigarrillos podía disimular la cercanía
de los rostros. Ojeda vio detalles que hubiera preferido
no ver: una gota de sudor resbalando por una mejilla,
un resto de carne incrustado en una carcajada estentórea,
labios y párpados maquillados al extremo. Pensó
en la quietud de su departamento, en el silencio que en
ese momento imperaba en su living, y por varios minutos
recordó sus rincones preferidos, abrió cajones
y trató de enumerar lo que había allí
adentro. Sabía que en el tercer cajón de
la cómoda del cuarto, donde guardaba las medias
y calzoncillos, del lado izquierdo, hacia el fondo, yacía
el cuerpo de una mosca muerta. Ojeda llevaba meses viéndola
todas las mañanas antes de bañarse. Había
pensado en sacarla varias veces, pero como sólo
abría la cómoda justo antes de ducharse,
mientras buscaba un calzoncillo o un par de medias y el
agua seguía corriendo, siempre terminaba postergándolo.
¿Cómo había hecho esa mosca para
meterse allí? El cajón no se abría
más que unos pocos segundos por día, entre
las seis y media y las siete menos veinte de la mañana,
una hora poco propicia para las moscas. De la cómoda
pasó al baño, en especial a la parte trasera
del bidé, donde éste formaba una curva que
llegaba al piso, y donde con el pasar de los días
se acumulaba capa tras capa de polvo, hasta que a la empleada
se le daba por pasar un trapo húmedo y el proceso
de acumulación de polvo volvía a comenzar.
Ojeda trató de calcular la cantidad de polvo que
habría por esos días; la última vez
que se había fijado, no porque fuera algo que hiciera
con regularidad sino porque se le había caído
el cepillo de dientes y había ido a parar justo
allí, apenas si había una costra de polvo.
Del baño hubiera saltado a los azulejos de la cocina,
inclusive a las hojas de la planta que adornaba la mesada,
pero en eso se vio arrastrado por un grupo de gente hacia
el living.
De un segundo a otro pasó de la quietud de su departamento
al maremoto de la fiesta. Ahora que volvía a concentrarse
en lo que sucedía a su alrededor se daba cuenta
de que la cantidad de gente había seguido en aumento.
Toda la facultad de psicología parecía haberse
dado cita en el departamento. Ojeda no pudo evitar pensar
en la tragedia que se desencadenaría si se producía
un incendio; no le costaba mucho imaginarse los diarios
del día siguiente, con fotos de cuerpos calcinados
y epígrafes necrológicos. En la nota se
hablaría de la probable causa del incendio, un
cigarrillo descuidado, un chispazo en el equipo de música,
un pirómano. Por más de diez minutos dio
vueltas en todas direcciones; atravesó diferentes
grupos de gente, escuchó pedazos de conversaciones
que no tenían sentido, y trató de no desesperar.
Cuando vio que pasaba junto a una columna, estiró
el brazo y se aferró con fuerza. Sintió
el roce de varios cuerpos chocando contra su brazo, más
de uno se quejó, pero Ojeda no se inmutó,
su objetivo era pararse junto a la columna y no moverse
de allí. Sentía que si seguía dando
vueltas vomitaría o, lo que más le asustaba,
resucitaría el malestar de esos días, esta
vez quizá disfrazado de un ataque de epilepsia.
Apoyar la espalda contra la columna le dio seguridad —un
punto de referencia desde el cual observar lo que sucedía
a su alrededor. La cantidad de gente era asombrosa. Alguien
había abierto la puerta de entrada y ahora también
se veía gente en el pasillo. Pronto otros pisos
serían tomados, si es que ya no habían sucumbido
a la marea. A pesar del gran número de personas,
existía cierta uniformidad en la forma en que se
movían y comportaban. Aprovechando su posición
estática, Ojeda buscó un rasgo de singularidad
en el enjambre humano: un peinado estrambótico,
un rostro horripilante o en extremo bello, un puñetazo
estallando en una cara ajena. Lo que descubrió
en vez de eso fue a Betina, su mujer, apoyada contra la
columna opuesta a la que se encontraba él, hablando
con un hombre y una mujer.
Para llegar a ella hubiera tenido que saltar por encima
de un sillón y de la mesa ratona, sin contar las
decenas de personas que habría debido esquivar
en el camino. No quería verse nuevamente preso
de la marea, esta vez podría terminar en el baño
o cayéndose por el balcón, por lo que prefirió
observar a su mujer desde lejos. Betina no era en extremo
bella, pero sí llamativa; tenía una linda
cara, el color miel de sus ojos formaba una interesante
combinación con el castaño de su pelo, y
cuando sonreía los pómulos se le hinchaban
de emoción. Se habían conocido en el cumpleaños
de una prima de Ojeda. Betina pertenecía al grupo
de amigas de la prima y ese día había estado
bailando con uno de los chicos de la fiesta cuando Ojeda
la vio por primera vez. Según Ojeda, lo de él
fue amor a primera vista. Pasó toda la noche esperando
el momento para acercarse y hablarle, pero el chico no
se apartaba de ella. Al final tuvo que recurrir a su prima,
quien le comunicó, para su alegría, que
el chico no era el novio. Dos días más tarde
consiguió el teléfono. Tras una semana de
dudas, se animó a llamar. Ojeda siempre decía
que ésa fue la llamada más difícil
e importante de su vida. Hablar con mujeres no era un
tema que le resultara sencillo, más aún
cuando se trataba de alguien que le gustaba. Pero con
Betina fue diferente; no bien la vio supo que debía
hablarle; el solo hecho de pensar que alguien más
pudiera quedarse con ella lo deprimía. Primero
fue una salida a tomar un helado, luego varias idas al
cine; tres meses después de ese primer llamado,
Ojeda la tomó de los hombros en un banco de plaza
y la besó. Tres años más tarde, cuando
Ojeda terminó la universidad, compraron el departamento
y se casaron. De luna de miel viajaron dos semanas a Brasil.
Al regresar, Betina se encontró sola en el departamento
y sin nada que hacer. Antes de casarse había trabajado
como vendedora en una casa de ropa de niños, pero
el departamento quedaba en la otra punta de la ciudad
y además con el sueldo de Ojeda les alcanzaba para
pagar el préstamo y vivir bien. Ojeda le sugirió
que hiciera un curso de pintura o fotografía, o
que se dedicara a decorar el departamento. A las dos semanas
Betina le comunicó que se acababa de anotar en
la carrera de psicología. A Ojeda el anuncio lo
agarró por sorpresa, creía que su mujer
se había acostumbrado a quedarse en casa, no porque
él así lo prefiriera, sino porque no veía
razón para que estudiara o trabajara. Nada de esto
salió de su boca, por supuesto, sabía que
su papel como marido era apoyar a Betina y así
lo hizo desde el principio, aunque en el fondo tampoco
entendía por qué había elegido psicología.
La lógica de Ojeda era la siguiente: si iba a estudiar,
que estudiara algo con salida laboral. Esto también
eligió no decírselo.
Cinco años después estaban otra vez en una
fiesta. A Betina le faltaban pocas materias para recibirse,
un año a lo sumo. Ojeda nunca había conocido
a ninguno de sus compañeros. Betina había
pasado varios sábados en casa de algunos de ellos,
estudiando o preparando presentaciones, pero hasta ese
momento no se le había ocurrido que Betina pudiera
tener una relación de amistad con esa gente. Salvo
con su madre, jamás la había visto hablar
con otra persona con tanta soltura y familiaridad. No
eran celos ni envidia lo que Ojeda sentía, más
bien asombro al descubrir una faceta de la vida de su
mujer que jamás se había imaginado, como
si de un día para otro descubriera un lunar enorme
en la parte trasera de su oreja. O tal vez exagerara,
pensó, relajándose contra la columna, tal
vez no fueran más que conocidos que se cruzaron
un par de veces entre clases y ahora se veían obligados
a hablar porque no podían moverse debido a la cantidad
de gente. Pero no, esas risas no eran producto de un encuentro
casual, surgían más bien tras años
de compañerismo y anécdotas, de cafés
y cigarrillos compartidos. Ojeda pensó en su vida:
¿quién le quedaba, además de Betina,
para compartir momentos así?
A Ojeda no le gustaba pensar en cuestiones de esta índole,
menos aún hablar de ellas. Prefería dejar
que su vida tomara el rumbo que fuera, entre otras razones
porque estaba convencido de que no había nada que
pudiera hacer al respecto. Miró su reloj y vio
que era pasada la una de la mañana; había
tenido la esperanza de ver una película cuando
volviera a casa, pero ya se estaba haciendo tarde. Betina
seguía hablando con sus compañeros. Ahora
en vez de un hombre y una mujer había dos hombres,
el mismo de antes y uno nuevo. Ojeda se encontraba a no
más de cuatro metros de ellos, hubiera bastado
que chiflara para que lo vieran allí parado. Prefirió
permanecer quieto en su lugar, invisible. Había
agotado las imágenes de lugares extraños
de su departamento y se entretuvo haciendo cálculos
matemáticos basados en suposiciones que se le ocurrieron
en el momento. Calculó, por ejemplo, el volumen
de carne humana que había en la fiesta. Partió
del supuesto de que los invitados sumaban ochenta y cuatro
y que cada uno pesaba un promedio de setenta kilos. Luego
proyectó esa cifra sobre la superficie aproximada
del departamento y concluyó que si los encerrara
a todos por una semana, incluso dándoles comida
y agua, un tercio de ellos moriría. A partir de
este punto sus pensamientos lo condujeron hacia una zona
oscura y degenerada.
En el auto de regreso a casa, a Betina se le dio por hablar
de sus compañeros y tal vez le contó la
conversación que había sostenido con esos
dos hombres, pero Ojeda no la escuchó. Su mente
seguía presa de pensamientos oblicuos. Era una
sensación cercana al sueño, pero con un
sentido de la realidad que lo asustaba. Lo que más
le preocupaba, aunque no llegó del todo a admitírselo,
era que detrás de esas imágenes de locura
presentía, latente, el malestar. Ojeda guió
el auto de regreso al departamento sin decir una palabra;
pasaba los cambios y frenaba en los semáforos como
un robot; de a ratos miraba a Betina, que ya había
abandonado todo intento de conversación y dormía
con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento. "Tal
vez sea hora de ver a un médico", se dijo.
Biografía
Martín
Murphy nació en la ciudad de Zárate, Provincia
de Buenos Aires, en 1971. Como periodista, trabajó,
entre otros medios, en los diarios El Cronista y The Buenos Aires Herald. En la actualidad,
trabaja para la BBC de Londres. El encierro
de Ojeda es su primera novela y ha sido publicada
en francés por la editorial Toute Latitude. |