El
mes pasado ingresó a nuestro país Ronda
nocturna, el primer trabajo de Mijaíl Kuráyev
en ver la luz en castellano. El relato se sitúa
en Rusia, en los años posteriores a las tres décadas
de represión stalinista. Narrada en forma de diálogo,
aunque en verdad se trata más bien de un monólogo,
la obra es presentada como un "nocturno para dos
voces…".
Comienza con una descripción poética, casi
lírica, de las noches blancas de San Petersburgo.
La prosa utilizada en la descripción del paisaje
urbano bien podría ir de la mano con la obertura
más emotiva de las óperas de Mussorgski,
pero la atmósfera se quiebra con la afirmación
"—… ¡sí que estaría bien
salir en una noche así a hacer un registro o a
detener a alguien!". De esta manera nos presenta
el autor a la primera voz, el camarada Polubolótov,
ex agente de la Policía Política de Stalin,
quien manteniendo aún un trabajo relacionado con
la seguridad, aprovecha la conversación durante
una ronda nocturna para rememorar su pasado de represor.
El logro de Kuráyev no está sólo
en su exquisita prosa y en los dos registros de la misma,
sino en la verosimilitud de su personaje. Polubolótov
no es la maqueta de torturador a la que nos tiene acostumbrados,
salvo destacadas excepciones, la literatura moderna; es
un personaje de carne y hueso, un hombre mundano cuya
banalidad ilustra a la perfección la monstruosidad
de lo cotidiano.
Agradecemos a Anabel Jurado el permitirnos reproducir
el fragmento que ofrecemos a continuación.

VI
…
Pues, eso. Estábamos allí, el detenido y
yo, parados junto a la salida de los retretes y, como
decía, escuchando el canto de los ruiseñores.
Es curioso cómo, en la ciudad, podía escuchados
sin que me embargara ningún temor.
"No recuerdo que hubiera tantos ruiseñores
aquí antes de la guerra", comenté.
Y me aclaró: "Eso es porque no hay gatos.
Por eso cantan a gusto. Los ruiseñores ponen sus
nidos muy bajos. De ahí que sus principales enemigos
urbanos sean los gatos".
Y era cierto. Con el paso de la guerra, la ciudad se quedó
prácticamente sin gatos, y los ruiseñores
campeaban a sus anchas. ¿Qué clase de animales
son los gatos? ¿Es que no les basta con todas las
ratas que hay en una ciudad? ¿O con los ratones?
Pues no: ¡tienen que ir a zamparse los ruiseñores!
No recuerdo cómo fue que de hablar de los gatos
pasamos a hablar del amor.
No quería parecer un idiota parado allí
en silencio, así que dije que, a fin de cuentas,
los ruiseñores son aves muy pequeñas, y
sin embargo albergan dentro de sí un fuerte sentimiento
amoroso y lo saben transmitir.
"Eso no es más que una idea preconcebida",
me replicó el detenido. "¿De qué
amor se puede hablar, si en apenas unos días verá
a sus polluelos salir del cascarón? Es curioso
cómo de entre todos los animales, las aves son
las que más tenemos a nuestro alcance, las observamos
y escuchamos, y, sin embargo, somos incapaces de entenderlas.
Por eso hay tantas ideas obsoletas y erróneas sobre
ellas…". La conversación se tornaba
interesante.
Sin ánimo de molestarlo, le pregunté suavemente:
"Por lo que veo, duda que los ruiseñores canten
por amor, ¿no?".
El detenido no me miró, como si no hablara conmigo,
y dijo: "La gente es muy rara: basta con que alguien
les diga una mentira hermosa y van y la repiten y la repiten
sin parar, y no hay Dios que pueda obligarlos a usar la
mollera… ¿Qué pinta el amor en todo
esto? ¡Pero si es la típica canción
que se canta en un puesto de guardia! Es una canción-advertencia:
¡ésta es mi casa!, ¡mi familia!, ¡mi
nido!, ¡no te acerques o te las tendrás que
ver conmigo! ¡Es una llamada de atención!
"y ese aviso, ¿vale también para los
gatos? ¿También a ellos los llama?".
Ahora sí que el detenido se volvió hacia
mí y me dijo secamente: "También llama
a los gatos…". "Volvamos —le dije— no
sea que nos acusen de fuga a los dos". Era una broma,
claro.
Se llevó las manos a la espalda y echó a
andar unos tres pasos por delante de mí. Los entiendo,
a los detenidos, después de todo.
En cuanto salimos del "rincón rojo" a
la avenida, el detenido ya se había llevado las
manos a la espalda y se me había adelantado tres
pasos. Me descubrí preguntándome cómo…,
qué orden le podía dar para que caminara
con normalidad. Hay una orden, la de "imanos!",
con la que se llevan inmediatamente las manos a la espalda.
Ésa la conocen muy bien. Pero ahora estábamos
en plena calle, no en una cárcel para prisioneros
políticos. La gente podía vernos desde las
ventanas de las casas, o alguien podía salir a
la calle y tropezarse con nosotros. Y no había
toque de queda ni nada parecido. ¡De pronto se me
ocurrió una idea! Al verlo adelantarse con las
manos a la espalda le dije, como sin tal cosa: "No
tiene que llamar la atención". "Mueva
los brazos libremente", añadí.
Déjame decirte que esto no le sucedía únicamente
a él. Vamos, que no es que pretendiera nada especial
con ese comportamiento. Una vez nos dieron la explicación
científica: se trataba de lo que llaman estado
reactivo, que se produce cuando el organismo, bajo ciertas
circunstancias y sin responder al control de la mente,
actúa siguiendo un determinado hábito. Mira
que también yo tuve que trabajar cuando comenzaron
a rehabilitar a los presos. Les daba los certificados
para las ayudas sociales. A los que ponían en libertad
se les daba tres veces el salario que se estimaba que
recibían cuando los arrestaron… No, daba
igual cuántos años habían permanecido
encerrados, si diez o quince o los que fueran. No me vas
a creer: recuerdo a un viejo que había sido profesor,
ya lo habían rehabilitado, y le hacías una
pregunta cualquiera, por ejemplo el lugar de nacimiento…
Y pegaba un salto, se ponía firme y respondía.
Le decías: "siéntese, siéntese".
Y le sonreías. Y él sonreía también.
E ibas y le hacías la siguiente pregunta, pongamos,
en qué dirección residía en la fecha
del arresto, y vuelta a ponerse en firme y responder.
Sí que era curioso el vejete aquel. ¿Que
por qué lo habían encerrado? Pues, porque
había escrito un librito sobre las acciones de
los comandos ingleses, un resumen sobre las actividades
de éstos durante la Segunda Guerra Mundial, y eso
bastó para que le endilgaran el sambenito de entreguismo
al enemigo extranjero, y, de paso, de propaganda contrarrevolucionaria
y agitación, con lo que no se escapó del
mismo artículo cincuenta y ocho, inciso diez, que
mencionaba antes. He ahí lo que puede acarrearte
la dedicación a la ciencia. Todo por haber pretendido
aprovechar experiencias ajenas para difundirlas entre
nosotros. Saltaba como impulsado por un resorte, a pesar
de que en los certificados se hacía constar que
era un hombre muy enfermo. Y a éste, al de las
manos pequeñas, le pasaba lo mismo. No lo hacía
a propósito. Era, simplemente, una cuestión
de hábito. Continuamos andando y decidí
seguir hablando de los ruiseñores para que la situación
pareciera normal. "Sin embargo, se trata de un ave
algo temeraria… En lugar de estarse tranquila, dándoles
de comer a sus polluelos y cuidando su casa. Tal vez así
conseguirían vivir en paz con los gatos…".
"Hace ya doscientos años que los ruiseñores
y los gatos conviven en esta ciudad. Y no en paz precisamente.
Los primeros cantan, los segundos maúllan y buscan
con qué alimentarse; unos vuelan, los otros se
esconden por los rincones…". Íbamos
caminando con total normalidad. Cualquiera que nos viera
pasar podía pensar que se trataba de dos amigos
que habían alargado demasiado la noche del sábado,
habían perdido el último tranvía,
entrado un instante en los retretes públicos, y
ahora se paseaban tranquilamente por la calle, charlando
animadamente; una situación normal, que no llamaba
la atención de nadie…
Biografía
Mijaíl
Kuráyev nació en San Petersburgo (entonces
Leningrado) en 1939. Después de trabajar varios
años como guionista cinematográfico, publicó
su primera novela, El capitán Dikshein,
en 1987. De entonces a esta parte se ha convertido en
uno de los más importantes escritores contemporáneos. |