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"Bloomsday"
del libro Dublín y otras
pasiones,
publicado por editorial De los cuatro vientos
por Gonzalo Feijó
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"El
mejor amigo del hombre"
del libro Estación Malvinas,
publicado por ediciones Deldragón
por Darío Villar
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"Un
primer libro se escribe desde la precariedad más
absoluta; sin importamos la tan estereotipada figura
que
se pueda tener del lector ideal o eventual, nos
entregamos ciegamente a una tarea que es la única
manera posible de reaccionar estando en una habitación
llena de silencio y dudas, de obstáculos
y adjetivos…", dice Gonzalo Feijó
en el prólogo a Dublín y otras
pasiones.
Difundir, desde nuestra revista, la pluma de estos
dos autores que comienzan y se suman sin mengua
a la
dinastía literaria de los cuentistas argentinos,
es nuestra forma de reconocerlos como tales. Esperamos
contarlos pronto entre nuestros colaboradores.
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"Bloomsday"
del libro Dublín y otras
pasiones,
publicado por editorial De los cuatro vientos
por Gonzalo Feijó

a
james joyce
Abriendo
la ventana de su habitación con estudiada y fingida
espontaneidad —hacía meses que en silencio y minuciosamente
imaginaba los pormenores de esa esperada ceremonia—, Brian
Kendall apoyó los codos sobre el marco de madera
y observó cómo el mar verdoso y el rezagado
amanecer se disputaban el dominio de la costa de Dublín.
Antes de abandonar la ventana, la brisa suave elevó
la bata amarilla prolijamente desceñida, y recién
entonces recordó que su caracterización
primera lo transformaba en Buck Mulligan, y que por lo
tanto su habitación era —en el cómplice
juego de la fantasía— la fortificada torre circular
de Sandycove. Sabía que su representación
era pueril y hasta intrascendente, pero poco le importaba.
Ingresó al baño y antes de afeitarse la
barba débil de su adolescencia tardía, entonó,
previsiblemente:
— lntroibo ad altare Dei.
Al terminar, se enjuagó la cara y observó
el reloj: las ocho y tres minutos. Volvió a la
habitación y mientras se vestía, sacó
del bolsillo lateral del saco el grueso folleto donde
se detallaban las actividades oficiales del día
para conmemorar el centenario ficcional del Ulysses. Llegó
al borde de la escalera, y antes de bajar encendió
la vela que estaba al pie de la foto de Joyce, la iconográfica
imagen en la cual se lo ve inclinado sobre un escritorio
escrutando un texto con una lupa. Al llegar a la cocina
su idiosincrasia ya estaba acaparada por la figura de
Leopold Bloom. Antes de salir lo esperaba un desayuno
con té y riñón de cerdo asado.
En un primer momento solo decidió trasladarse hasta
el centro de la ciudad, sin convencerse todavía
a formar parte de una actividad determinada. Su única
decisión previa fue la de vestirse íntegramente
de negro, por si durante el transcurso de la mañana
le daban ganas de participar en el apócrifo y ya
cíclico entierro de Paddy Dignam. Ya en camino,
volvió a observar la hora en un antiquísimo
reloj que había pertenecido a su abuelo y al fin
optó por visitar el cementerio. Sabía muy
bien que el instante culminante tendría lugar a
las once, cuando el lugar se vería abarrotado de
gente y murmullos; sin embargo esto no lo condicionaba
porque desde hacía ya unos años visitaba
solo algunos de los puntos neurálgicos del itinerario
joyceano y en horarios cambiados, para escaparle al ruido
y al chauvinismo de los dublineses, quienes optaban por
el bullicio festivalero del feriado sin importarles el
mero acontecimiento literario; así, Kendall había
hecho del Bloomsday una cuestión estética,
ya que al desechar algunas posibilidades y enaltecer otras,
se sentía parte del ritual de una forma más
legítima y duradera.
Si bien no eran más de las nueve, en el cementerio
ya había demasiada gente. Todos hacían tiempo
y conversaban incómodos con sus trajes de época.
Un mimo de a pie y otro con zancos sazonaban la espera
con su acostumbrado patetismo y en detrimento de un espeso
colchón de flores que sobre un fondo verde hacía
resaltar en naranja y blanco la inscripción "Bloomsday
2004". Desde un costado, una viuda auténtica,
arrodillada y llorosa, observaba la escena con esperable
recelo.
Tomó varias fotos y salió. Caminó
durante horas, llevado por la lenta felicidad de observar
las manifestaciones populares, que después de todo
eran bastante pintorescas. Sin darse cuenta desembocó
en Parnell Square, donde se sentó a descansar y
a tomar a sorbos la litúrgica Guinness, siempre
observando atentamente lo que sucedía a su alrededor
pero sin involucrarse demasiado.
Después de un largo rato y ya habiendo perdido
la noción del tiempo, tomó O'Connell Street
en busca del puente y el Liffey. La llovizna de siempre
lo sorprendió al cruzar Abbey Street, y Brian abrió
feliz el paraguas porque desde siempre pensaba que la
conjunción de Dublín y la lluvia daba a
las calles un aspecto que, a falta de una palabra más
atinada, él llamaba literario. Al llegar al puente,
un joven ebrio de cara roja que a juzgar por su abrigo
intentaba en vano ser el misterioso señor MacIntosh,
intentó arrebatarle la cerveza.
Cruzó el puente y deteniéndose en un costado
se puso a observar la caída lateral de la lluvia
que ya arreciaba sobre el río. Comenzó a
observarla con detenimiento, porque la lluvia en Dublín
es un espectáculo digno de ser observado, porque
es un manto que fluye sucesivo, desvanecido y unánime,
una ráfaga lenta de agua, tiempo, musgo y piedra,
un rostro poco frecuentado de la felicidad, la misma estirpe
y prestigio de un crepúsculo veneciano. Él
exaltaba estas notorias cualidades, pero sabía
que hacerlo lo emparentaba con el fanático localismo
que lo rodeaba y que él mismo se encargaba de criticar.
El viento manipulaba a su antojo la caída del agua,
que ahora era todavía más sesgada y le empapaba
los zapatos. Entendió que permanecer en esa posición
y con el paraguas sobre la cabeza era poco menos que una
ironía. Del otro lado del puente y desde lo bajo
brotaba un humo denso. Ahora avanzaba pegado al muelle
observando el vuelo huidizo de las gaviotas, que parecían
surgir desde las paredes oscuras. Siguiendo su aleteo
acompasado y débil, tropezó con el puesto
de manzanas de una anciana, que, estoica, resistía
los embates de la lluvia. Esquivó a un enigmático
hombre de oscuro que arrojaba galletas a las gaviotas
extasiadas y continuó, confundido por el estrépito
que parecía manar de su paraguas. Sin volver a
mirarlos, Kendall pensó que en la ambigua y arbitraria
realidad de la ficción, esos dos personajes tan
bien caracterizados eran, a su modo, perfectos y reales.
Conjeturó por un segundo la idea de volver el rostro
para observarlos nuevamente, pero siguió adelante,
llevado por su sorda confusión; su atención
se perdió ahora en la observación de los
infaltables hombres-sándwich de Hely's, que avanzaban
en fila graciosamente. Ahora la lluvia era un golpeteo
sordo que lo colmaba y cegaba. La fila quedó atrás
y Kendall continuó, buscando el castillo de Dublín.
El señor Bloom, desentendido, continuaba con la
cabeza gacha e inmerso en sus hondas cavilaciones, mientras
observaba distraidamente el alboroto producido por las
gaviotas. Antes de llegar a la esquina Kendall comenzó
a percibir el estrépito creciente que producían
los cascos de los caballos al retumbar en el empedrado
húmedo. Ensimismado, dejó atrás la
estrecha vereda y antes de dar un segundo paso percibió
un relinchar seco y una creciente sombra negra que lo
libraron de ser arrollado.
Junio
de 2004 |
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"El
mejor amigo del hombre"
del libro Estación Malvinas,
publicado por ediciones Deldragón
por Darío Villar

Lo
que la humanidad temía en sus noches de pesadilla,
pero no podía admitir racionalmente, se produjo.
Las diferencias irreconciliables entre dos culturas hicieron
eclosión fatal con el estallido de una guerra que
se había cobrado millones de víctimas.
Con la vigencia de una provisoria tregua firmada entre
las dos coaliciones en pugna, en las Naciones Unidas se
discute una posible salida del conflicto. La población
mundial espera aterrada algún arreglo diplomático
que aleje el peligro de un nuevo choque bélico
con terribles consecuencias.
La ciudad está en ruinas como tantas otras, y parece
habitada sólo por el humo y la desolación.
No hay gas ni electricidad y los pocos víveres
que quedan los tienen los grupos poderosos en sus bunkers subterráneos. El resto de los sobrevivientes deambula
por las calles o se refugia en cavernas de las montañas.
En una de las avenidas, Walter está sentado en
un umbral, lastimado, hambriento, atontado, pero sobre
todo muy solo. Ha perdido el contacto con su grupo, no
sabe nada de sus seres queridos…, quizás
estén todos muertos.
Lo invaden recuerdos: Ana, su bella mujer, llega del colegio
donde ejerce como profesora de Lengua y trae las masas
artesanales que a él tanto le gustan; los paseos
por el lago en su pequeño bote azul y la pesca
de truchas que terminaban regalando a sus compañeros
del club de remo; sus tres pequeños hijos jugando
al fútbol en el fondo de la casa con una vieja
pelota blanca, la misma que él usara siendo niño
en los partidos nocturnos de la playa, alumbrados solamente
por una gran luna redonda. Añora el calor de su
hogar, el olor a pan recién horneado, las vacaciones
en las pintorescas playitas de Buzios y la casa tan sólida
y segura que diseñara apenas recibido de arquitecto
y que ahora no era más que un esqueleto cubierto
de cenizas. Piensa en su pueblo natal, en sus padres,
en la maestra rural que recorría varios kilómetros
a caballo para llegar a la escuela… Hace
varios días que no come, su estómago se
sacude en un grito y siente una soledad infinita. Se lleva
las manos a la cara y llora, llora con desconsuelo.
De pronto percibe que alguien se mueve cerca de él.
Levanta la vista y ve un perro, un pastor alemán,
que lo mira y se acerca tan amigable que Walter se atreve
a acariciar su pelaje oscuro. Solos en el mundo, se comunican
a través del idioma de los afectos.
En el collar del perro descubre su nombre: "Lobo",
quien avanza y se detiene como indicándole un camino.
Walter no entiende, apenas puede incorporarse, pero reacciona
y con esfuerzo lo sigue.
Atraviesan juntos la ciudad destruida, oyendo sólo
el sonido de sus propios pasos. La noche lo obliga a buscar
reparo para descansar y encuentra un hueco en un edificio
semidestruido. Walter se duerme mientras Lobo, sentado
frente a él, lo observa. Presintiendo peligro,
el animal se tensa y luego se incorpora rugiendo. De la
oscuridad surgen atacando velozmente tres perros de menor
tamaño que Lobo. Uno de ellos le muerde la pierna
derecha a Walter, quien consigue detenerlo al estrellar
una piedra en su cabeza. Los dos restantes se trenzan
en feroz lucha con Lobo que, batiéndose con furia,
mata a uno de sus contrincantes. El tercero, más
asustado que vencido, logra huir.
Desgarrando su ya raída camisa, Walter improvisa
una venda para su pierna sangrante. Lobo está muy
cansado, pero no herido. Se le acerca y le lame la cara
para reanimarlo. Walter lo abraza y se duermen juntos,
agotados por la terrible batalla. El sol los despierta
y continúan el viaje. Se alejan de la ciudad, pero
al poco tiempo Walter ya no aguanta más. Camina
con mucha dificultad, se siente demasiado débil
y, al llegar a un pequeño río, desfallece
en su orilla. Lobo le salpica agua con sus patas y logra
que vuelva en sí, lentamente reanudan la marcha.
Después de andar por caminos pedregosos, llegan
agotados a la zona de montañas. Cruzan por un desfiladero
y al final penetran en una caverna. Cuando están
atravesando un puente de madera improvisado sobre una
fosa profunda, Walter tropieza con una pelota blanca y
cae. Desde el suelo observa en el fondo unas sombras que
se mueven tras el humo de una fogata. Con esfuerzo se
levanta y vislumbra una mujer de aspecto salvaje y tres
niños sucios. Apenas dos pasos después siente
un fuerte golpe en la cabeza y vuelve a caer. Detrás
de él se escucha el grito cavernario de un hombre
que enarbola un garrote en su mano derecha. Triunfal y
agradecido le dice al perro:
— ¡Bravo Lobo! ¡Has vuelto a traer comida! |
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