evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 1
 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Horacio González
La vida intelectual argentina a la luz de la biografía de Perón
*

Entrevista a Rafael Cippolini
El hijo del fracaso del pop

* Entrevista a Amalia Sato
El goce de traducir
* Marcos Ana
Poética de la resistencia. Presentación de su autobiografía
* Entrevista a Leandro Natale
Retrato de un artista adolescente
* Antonio Gamoneda
El ardor del silencio
* Descubriendo los caminos de la sombra
por Susana M. Alza
* Dos autores que comienzan
Gonzalo Feijó y Darío Villar
* Holodomor. A 75 años del genocidio en Ucrania
por Oleksandr V. Khrypunov y Nicolás Szafowal
* La alegría es sólo brasilera...
por Francisco Campos
* Biografía de una ficción. Judas, o la heroína vestida de negro y collar de perlas
por Roxana Artal
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* El encierro de Ojeda
por Martín Murphy
* Ronda nocturna
por Mijaíl Kuráyev
* Reseñas

"Bloomsday"
del libro Dublín y otras pasiones, publicado por editorial De los cuatro vientos
por Gonzalo Feijó

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"El mejor amigo del hombre"
del libro Estación Malvinas, publicado por ediciones Deldragón
por Darío Villar

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"Un primer libro se escribe desde la precariedad más absoluta; sin importamos la tan estereotipada figura que se pueda tener del lector ideal o eventual, nos entregamos ciegamente a una tarea que es la única manera posible de reaccionar estando en una habitación llena de silencio y dudas, de obstáculos y adjetivos…", dice Gonzalo Feijó en el prólogo a Dublín y otras pasiones.
Difundir, desde nuestra revista, la pluma de estos dos autores que comienzan y se suman sin mengua a la dinastía literaria de los cuentistas argentinos, es nuestra forma de reconocerlos como tales. Esperamos contarlos pronto entre nuestros colaboradores.


"Bloomsday"
del libro Dublín y otras pasiones, publicado por editorial De los cuatro vientos
por Gonzalo Feijó

 

 

a james joyce

Abriendo la ventana de su habitación con estudiada y fingida espontaneidad —hacía meses que en silencio y minuciosamente imaginaba los pormenores de esa esperada ceremonia—, Brian Kendall apoyó los codos sobre el marco de madera y observó cómo el mar verdoso y el rezagado amanecer se disputaban el dominio de la costa de Dublín.
Antes de abandonar la ventana, la brisa suave elevó la bata amarilla prolijamente desceñida, y recién entonces recordó que su caracterización primera lo transformaba en Buck Mulligan, y que por lo tanto su habitación era —en el cómplice juego de la fantasía— la fortificada torre circular de Sandycove. Sabía que su representación era pueril y hasta intrascendente, pero poco le importaba. Ingresó al baño y antes de afeitarse la barba débil de su adolescencia tardía, entonó, previsiblemente:
— lntroibo ad altare Dei.
Al terminar, se enjuagó la cara y observó el reloj: las ocho y tres minutos. Volvió a la habitación y mientras se vestía, sacó del bolsillo lateral del saco el grueso folleto donde se detallaban las actividades oficiales del día para conmemorar el centenario ficcional del Ulysses. Llegó al borde de la escalera, y antes de bajar encendió la vela que estaba al pie de la foto de Joyce, la iconográfica imagen en la cual se lo ve inclinado sobre un escritorio escrutando un texto con una lupa. Al llegar a la cocina su idiosincrasia ya estaba acaparada por la figura de Leopold Bloom. Antes de salir lo esperaba un desayuno con té y riñón de cerdo asado.
En un primer momento solo decidió trasladarse hasta el centro de la ciudad, sin convencerse todavía a formar parte de una actividad determinada. Su única decisión previa fue la de vestirse íntegramente de negro, por si durante el transcurso de la mañana le daban ganas de participar en el apócrifo y ya cíclico entierro de Paddy Dignam. Ya en camino, volvió a observar la hora en un antiquísimo reloj que había pertenecido a su abuelo y al fin optó por visitar el cementerio. Sabía muy bien que el instante culminante tendría lugar a las once, cuando el lugar se vería abarrotado de gente y murmullos; sin embargo esto no lo condicionaba porque desde hacía ya unos años visitaba solo algunos de los puntos neurálgicos del itinerario joyceano y en horarios cambiados, para escaparle al ruido y al chauvinismo de los dublineses, quienes optaban por el bullicio festivalero del feriado sin importarles el mero acontecimiento literario; así, Kendall había hecho del Bloomsday una cuestión estética, ya que al desechar algunas posibilidades y enaltecer otras, se sentía parte del ritual de una forma más legítima y duradera.
Si bien no eran más de las nueve, en el cementerio ya había demasiada gente. Todos hacían tiempo y conversaban incómodos con sus trajes de época. Un mimo de a pie y otro con zancos sazonaban la espera con su acostumbrado patetismo y en detrimento de un espeso colchón de flores que sobre un fondo verde hacía resaltar en naranja y blanco la inscripción "Bloomsday 2004". Desde un costado, una viuda auténtica, arrodillada y llorosa, observaba la escena con esperable recelo.
Tomó varias fotos y salió. Caminó durante horas, llevado por la lenta felicidad de observar las manifestaciones populares, que después de todo eran bastante pintorescas. Sin darse cuenta desembocó en Parnell Square, donde se sentó a descansar y a tomar a sorbos la litúrgica Guinness, siempre observando atentamente lo que sucedía a su alrededor pero sin involucrarse demasiado.
Después de un largo rato y ya habiendo perdido la noción del tiempo, tomó O'Connell Street en busca del puente y el Liffey. La llovizna de siempre lo sorprendió al cruzar Abbey Street, y Brian abrió feliz el paraguas porque desde siempre pensaba que la conjunción de Dublín y la lluvia daba a las calles un aspecto que, a falta de una palabra más atinada, él llamaba literario. Al llegar al puente, un joven ebrio de cara roja que a juzgar por su abrigo intentaba en vano ser el misterioso señor MacIntosh, intentó arrebatarle la cerveza.
Cruzó el puente y deteniéndose en un costado se puso a observar la caída lateral de la lluvia que ya arreciaba sobre el río. Comenzó a observarla con detenimiento, porque la lluvia en Dublín es un espectáculo digno de ser observado, porque es un manto que fluye sucesivo, desvanecido y unánime, una ráfaga lenta de agua, tiempo, musgo y piedra, un rostro poco frecuentado de la felicidad, la misma estirpe y prestigio de un crepúsculo veneciano. Él exaltaba estas notorias cualidades, pero sabía que hacerlo lo emparentaba con el fanático localismo que lo rodeaba y que él mismo se encargaba de criticar.
El viento manipulaba a su antojo la caída del agua, que ahora era todavía más sesgada y le empapaba los zapatos. Entendió que permanecer en esa posición y con el paraguas sobre la cabeza era poco menos que una ironía. Del otro lado del puente y desde lo bajo brotaba un humo denso. Ahora avanzaba pegado al muelle observando el vuelo huidizo de las gaviotas, que parecían surgir desde las paredes oscuras. Siguiendo su aleteo acompasado y débil, tropezó con el puesto de manzanas de una anciana, que, estoica, resistía los embates de la lluvia. Esquivó a un enigmático hombre de oscuro que arrojaba galletas a las gaviotas extasiadas y continuó, confundido por el estrépito que parecía manar de su paraguas. Sin volver a mirarlos, Kendall pensó que en la ambigua y arbitraria realidad de la ficción, esos dos personajes tan bien caracterizados eran, a su modo, perfectos y reales. Conjeturó por un segundo la idea de volver el rostro para observarlos nuevamente, pero siguió adelante, llevado por su sorda confusión; su atención se perdió ahora en la observación de los infaltables hombres-sándwich de Hely's, que avanzaban en fila graciosamente. Ahora la lluvia era un golpeteo sordo que lo colmaba y cegaba. La fila quedó atrás y Kendall continuó, buscando el castillo de Dublín. El señor Bloom, desentendido, continuaba con la cabeza gacha e inmerso en sus hondas cavilaciones, mientras observaba distraidamente el alboroto producido por las gaviotas. Antes de llegar a la esquina Kendall comenzó a percibir el estrépito creciente que producían los cascos de los caballos al retumbar en el empedrado húmedo. Ensimismado, dejó atrás la estrecha vereda y antes de dar un segundo paso percibió un relinchar seco y una creciente sombra negra que lo libraron de ser arrollado.

Junio de 2004


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"El mejor amigo del hombre"
del libro Estación Malvinas, publicado por ediciones Deldragón
por Darío Villar

 

 

Lo que la humanidad temía en sus noches de pesadilla, pero no podía admitir racionalmente, se produjo. Las diferencias irreconciliables entre dos culturas hicieron eclosión fatal con el estallido de una guerra que se había cobrado millones de víctimas.
Con la vigencia de una provisoria tregua firmada entre las dos coaliciones en pugna, en las Naciones Unidas se discute una posible salida del conflicto. La población mundial espera aterrada algún arreglo diplomático que aleje el peligro de un nuevo choque bélico con terribles consecuencias.
La ciudad está en ruinas como tantas otras, y parece habitada sólo por el humo y la desolación. No hay gas ni electricidad y los pocos víveres que quedan los tienen los grupos poderosos en sus bunkers subterráneos. El resto de los sobrevivientes deambula por las calles o se refugia en cavernas de las montañas.
En una de las avenidas, Walter está sentado en un umbral, lastimado, hambriento, atontado, pero sobre todo muy solo. Ha perdido el contacto con su grupo, no sabe nada de sus seres queridos, quizás estén todos muertos.
Lo invaden recuerdos: Ana, su bella mujer, llega del colegio donde ejerce como profesora de Lengua y trae las masas artesanales que a él tanto le gustan; los paseos por el lago en su pequeño bote azul y la pesca de truchas que terminaban regalando a sus compañeros del club de remo; sus tres pequeños hijos jugando al fútbol en el fondo de la casa con una vieja pelota blanca, la misma que él usara siendo niño en los partidos nocturnos de la playa, alumbrados solamente por una gran luna redonda. Añora el calor de su hogar, el olor a pan recién horneado, las vacaciones en las pintorescas playitas de Buzios y la casa tan sólida y segura que diseñara apenas recibido de arquitecto y que ahora no era más que un esqueleto cubierto de cenizas. Piensa en su pueblo natal, en sus padres, en la maestra rural que recorría varios kilómetros a caballo para llegar a la escuela Hace varios días que no come, su estómago se sacude en un grito y siente una soledad infinita. Se lleva las manos a la cara y llora, llora con desconsuelo.
De pronto percibe que alguien se mueve cerca de él. Levanta la vista y ve un perro, un pastor alemán, que lo mira y se acerca tan amigable que Walter se atreve a acariciar su pelaje oscuro. Solos en el mundo, se comunican a través del idioma de los afectos.
En el collar del perro descubre su nombre: "Lobo", quien avanza y se detiene como indicándole un camino.
Walter no entiende, apenas puede incorporarse, pero reacciona y con esfuerzo lo sigue.
Atraviesan juntos la ciudad destruida, oyendo sólo el sonido de sus propios pasos. La noche lo obliga a buscar reparo para descansar y encuentra un hueco en un edificio semidestruido. Walter se duerme mientras Lobo, sentado frente a él, lo observa. Presintiendo peligro, el animal se tensa y luego se incorpora rugiendo. De la oscuridad surgen atacando velozmente tres perros de menor tamaño que Lobo. Uno de ellos le muerde la pierna derecha a Walter, quien consigue detenerlo al estrellar una piedra en su cabeza. Los dos restantes se trenzan en feroz lucha con Lobo que, batiéndose con furia, mata a uno de sus contrincantes. El tercero, más asustado que vencido, logra huir.
Desgarrando su ya raída camisa, Walter improvisa una venda para su pierna sangrante. Lobo está muy cansado, pero no herido. Se le acerca y le lame la cara para reanimarlo. Walter lo abraza y se duermen juntos, agotados por la terrible batalla. El sol los despierta y continúan el viaje. Se alejan de la ciudad, pero al poco tiempo Walter ya no aguanta más. Camina con mucha dificultad, se siente demasiado débil y, al llegar a un pequeño río, desfallece en su orilla. Lobo le salpica agua con sus patas y logra que vuelva en sí, lentamente reanudan la marcha.
Después de andar por caminos pedregosos, llegan agotados a la zona de montañas. Cruzan por un desfiladero y al final penetran en una caverna. Cuando están atravesando un puente de madera improvisado sobre una fosa profunda, Walter tropieza con una pelota blanca y cae. Desde el suelo observa en el fondo unas sombras que se mueven tras el humo de una fogata. Con esfuerzo se levanta y vislumbra una mujer de aspecto salvaje y tres niños sucios. Apenas dos pasos después siente un fuerte golpe en la cabeza y vuelve a caer. Detrás de él se escucha el grito cavernario de un hombre que enarbola un garrote en su mano derecha. Triunfal y agradecido le dice al perro:
— ¡Bravo Lobo! ¡Has vuelto a traer comida!


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