Evaristo
cultural: Amalia, desde el 94 sos la directora de la revista Tokonoma,
una revista-libro sobre traducción y literatura.
Hiciste traducciones de varios libros clásicos
japoneses, entre los que se encuentra la primera traducción
completa de El Libro de la almohada, de Sei Shonagon.
También te dedicás a la traducción
de literatura brasileña, ¿Cuál dirías
que es actualmente el rol del traductor? ¿Es la
figura olvidada del campo literario?
Amalia
Sato: Mirá, en el 2006 estuve en un congreso de traductores
literarios en Rosario, organizado por la Universidad de
Rosario, el Centro Cultural de España en Rosario
y eran todos traductores al español de lenguas
extranjeras. Y ahí nos pasaba una cosa muy curiosa
porque cuando estábamos en las mesas compartiendo
y nos preguntábamos qué estás traduciendo,
y bueno, aparecían Thomas Bernhardt, Cervantes,
Jorge Amado, todos grandes nombres y en realidad era como
si los traductores…
EC: ¿Cervantes?
AS: Cervantes. Una traductora alemana de El Quijote.
Y la sensación era que los traductores movían
el mundo realmente. Trasladaban las lenguas, si vale la
redundancia de traducir y trasladar. Pero al mismo tiempo,
eran oficiantes del oficio de traductor. Eso era lo que
se notaba. O sea, trabajar con las lenguas pero con una
noción de oficio, de cómo manejarlas, de
cómo trabajar ciertas técnicas, del efecto
de traducción, de legalidades, etc. Fue muy interesante
ese congreso. Por eso cuando vos me decís que el
traductor es una figura olvidada, menospreciada en el
sentido que siempre se gana poco dinero, de que en la
cadena editorial el traductor nunca cobra derechos sobre
la obra, por más reediciones que tenga el libro.
Y aún siendo el autor de un texto en otra lengua,
eso no es reconocido, y generalmente no figura en la tapa
su nombre o a veces ni en la portada. Pero vuelvo a eso
que te decía, hay como una enorme conciencia de
oficio en el traductor, de orgullo, de filiaciones que
van haciendo como una especie de linaje literario. Así
que sí. Una figura olvidada y menospreciada, tenés
razón, en cuanto a la cadena editorial, pero con
interesantes rasgos de conciencia de "clase".
Se dijo también, y me pareció una cosa interesante,
que en los libros debería figurar (como en las
películas) todo el montaje. Así como cuando
terminan las películas aparecen todos los nombres
de todos los que entraron en la producción, sería
muy justo que en un libro, con el tamaño de letra
que correspondiera a ese elenco, figure el corrector de
estilo, el editor, el traductor, en fin todos los que
entraron en la producción de ese libro. Cosa que
no sucede. Y algo que sucede es que esa figura del traductor
resulta resaltada cuando la traducción es muy buena
o muy mala. Y se percibe su presencia o su ausencia cuando
uno siente que está leyendo un libro que está
fallando, que no se está disfrutando.
EC: Esta relación que me estás diciendo, es
una relación entre el lector y el traductor ¿Por
qué pensás que no se da esa relación
entre la editorial y el traductor?
AS: Es interesante la pregunta. Fijate. Generalmente las editoriales
valoran mucho a los escritores que traducen. Cuando un
escritor, pongamos Borges o quien sea traduce, hay como
un reconocimiento, como un plus. Hay alguien que es escritor
y además traduce. Pero al traductor de oficio no
se le da ese lugar. Digamos, el prestigio lo da cierta
figura literaria. Y cuando conocés a los traductores
que realmente trabajan de traductores no están
imbuidos de un halo literario. Pero, cuando un escritor
traduce, se valora su entidad de escritor. Yo creo que
la complicidad está con el lector. Vaya a saber
uno quién es el lector. Creo que el lector es el
que reconoce una buena traducción. Muchas veces
el lector, el bueno, corrige, tiene todo el derecho a
corregir una traducción, que vuelve a reescribir,
cosa que creo que a todos nos pasó alguna vez,
algo que no nos convence y escribimos algo arriba del
texto, el lector se transforma también en una especie
de supratraductor. El subrayado entusiasta, la pregunta,
marcar una palabra y reemplazarla por otra para darle
un sentido. Hay una complicidad, una complicidad del buen
lector que sí reconoce al traductor. Yo creo que
ahí sí hay un verdadero reconocimiento.
En la editorial, puede ser como vos marcás, yo
también lo creo, que a veces se saltea la figura
del traductor en cuanto a prestigio; se lo da como un
hecho, un traductor traduce, es obvio, pero es maravilloso
que un escritor traduzca, es un plus. En la cadena de
producción el trabajo se vuelve más o menos
anónimo.
EC: Recién decías que el escritor, la figura
literaria del escritor tiene mucho peso pero no la del
traductor. Sin embargo, en los últimos años
vos te convertiste en un referente tanto por la revista Tokonoma como por diversos proyectos en los que
participaste y en especial por tus traducciones. Aparecés
citada en varios suplementos literarios, cuando escriben
sobre literatura japonesa generalmente te llaman y te
hacen alguna pregunta. El otro día saliste citada
en un texto sobre "portuñol". ¿Cómo
surge el personaje Amalia Sato?
AS: Quitemos lo de personaje. En realidad, creo que tuve mucha
suerte en este sentido. Muchos de los libros que vos mencionaste,
fueron propuestos por mí para su traducción. El libro de la almohada, El gran espejo de
amor entre hombres, Cerezos en tinieblas, Almohada de hierbas, En construcción, Lo próximo y lo distante, no sé
si se me escapa algún otro, fueron libros que yo
propuse. Pude traducir los libros que a mí me gustaban,
que yo valoraba. Creo que, por ahí, eso generó
una especie de diferencia respecto de las cosas que yo
hacía. Y, el hecho de anticipar muchas veces las
traducciones en la revista ayudó. El libro
de la almohada, por ejemplo, fue primero publicado
en fragmentos en la revista, eso interesó a la
editorial y, a partir de ahí… Por eso hay
que apostar por las revistas literarias. Me parece que
las revistas literarias mueven curiosidad por textos,
adelantan cosas que después pueden ver su lugar
en las editoriales, en un catálogo. Se dio esa
especie de operación, de proceso. Y, sobre todo,
lo que se proponga en literatura japonesa atrae, porque
siempre estamos en atraso. Obras fundamentales de la literatura
japonesa todavía no están traducidas. El
libro de la almohada estaba en el aire, había
que traducirlo desde mucho antes que la película;
es un clásico del siglo X. ¡Imaginate! Tendría
que haber estado traducido hace muchísimo tiempo
y, sin embargo, una especie de disparador fue la película
de Peter Greenaway por esos separadores que usaban textos
de El libro de la almohada. Los huecos son enormes
e imperdonables. De golpe se traducen algunos autores
y otros no, que sería muy interesante conocer.
Realmente, es bastante errático el catálogo
de literatura japonesa. Si uno sabe defender la sugerencia,
encuentra su eco en las editoriales.
EC: Recién distinguías el hecho de que, cuando
el traductor propone, está mezclado su deseo, está
mezclada la pasión y eso genera un mejor resultado.
En las últimas décadas, las editoriales
dejaron de funcionar como lo hicieron históricamente,
los editores pasaron de ser jueces de los originales de
los escritores a proponer el tema a escribir. Surgieron
muchas colecciones donde primero se desarrolla la colección
y los temas y después los temas se asignan a diferentes
escritores. ¿Te parece que eso generó que
mengüe la calidad literaria en este país?
AS: Las editoriales tendrían que tener muy buenos lectores,
o sea, me imagino la cantidad de material que reciben
para considerar. Yo creo que una editorial tiene que estar
muy atenta al deseo de lo que alguien viene trayendo como
propuesta. Porque siempre el que propone algo para traducir,
para publicar, viene con algún deseo, alguna lectura
personal propia que hay que saber escuchar. De ahí
a que lo publiques o no es otra historia. Pero tendría
que existir esa permeabilidad de ver "esta persona
que está trayendo una propuesta, qué hueco
me está cubriendo que no está cubierto".
Yo creo que, a veces, el problema es que las colecciones
se vuelven un poco rígidas o demasiado funcionales
respecto de teorías, o modas o tendencias y puede
que se coarte esa especie como de fluidez o de libertad
que tendría que tener una editorial. Para mí
una editorial maravillosa de verdad, la voy a nombrar,
es Taschen. La libertad de Taschen para armar y desarmar
colecciones… es fantástica. Y el precio también
porque no son libros caros. Para mí sigue siendo
un modelo de editorial. Una editorial que abarató
el libro de arte como lo hizo Taschen, que presenta un
catálogo con la libertad con que lo propone Taschen.
Catálogo lujoso por la libertad de ideas, de modernidad
que tiene. Puede ir en un sentido o en otro en el tiempo.
Hacia atrás o hacia adelante. Anticiparse. Con
una especie de velocidad como de revista casi te diría,
en cuanto a las tapas, a la dinámica. Me parece
que es interesante eso. Que una editorial se permita esa
libertad. No ceñirse tanto a esquema, colecciones.
En todo caso, si usa la palabra colección, que
sea lo suficientemente abierta como para ir modificándola
en el camino.
EC: Con los escritores, muchas veces sucede que la editorial
sugiere, más o menos, fervientemente, algunos cambios
en la estructura, en la resolución del drama, en
el estilo, ¿cómo es con los traductores?
AS: Bueno, ahí hay una cosa curiosa. Yo creo que uno
entrega la traducción a la editorial y después
nunca te la dan a revisar. O sea, nunca sabés cómo
va a salir en realidad la traducción porque pasa
por la mano del corrector, a veces se hacen algunos otros
cambios y el libro sale editado. No vuelve al traductor.
Al traductor no se le vuelve a consultar qué se
va a modificar. La traducción sigue su ruta. No
vuelve al traductor por más que muchas veces los
traductores ofrecen "la última lectura la
hago yo y si hay algún cambio lo discutimos"
para ver cómo quedó, chequear un poquito
o supervisar esa salida del libro, eso no suele suceder.
O sea, es como una cadena de producción unilateral
que empieza y termina en una punta de la que vos no ves
al final. No se consulta al traductor. Por eso es muy
importante también la figura del corrector. Pero,
yo creo que sería interesante que corrector y traductor
no perdieran el vínculo y que si el corrector se
queda con alguna duda consulte con el traductor. Y, también,
que no se deje desamparado al traductor. El traductor
tiene que ser también protegido te diría.
A veces hay textos muy dificultosos. Habría que
seguir, una vez que se entregó la traducción,
con cierta discusión para que ese libro salga perfecto,
para que no queden dudas, para que se puedan limar cosas.
Para que esa cocina de la editorial que nadie ve, que
es como cierta ética de trabajo, genere un buen
producto que es un buen libro.
EC: ¿Hay una suerte de estandarización del español
como para que el libro pueda cruzar diferentes fronteras?
Como en las series de televisión dobladas, en las
que la gente habla un español que no habla nadie
en ninguna parte del mundo.
AS: Bueno, esa pregunta es muy importante. Realmente, yo creo
que eso va en cuanto a la política de lengua y
la política editorial. Cuando me tocó traducir,
nunca me planteé un español neutro, ni universal,
ni nada. Traduje en mi español. Obviamente, por
ejemplo, el tema de los pronombres, uno usa el Tú.
Porque el voseo de golpe para ciertos textos clásicos
es una cosa que queda demasiado local y, aparte, totalmente
como fuera de contexto, fuera del tiempo, fuera de lugar.
Pero nunca me planteé un español neutro
ni una especie de lengua estandar. Obviamente hay muchas
traducciones hechas en España que resultan muy
localistas para nosotros, y puede darse la inversa, que
nuestro español cree dificultades a los lectores
castizos. En el caso de la traducción de Cerezos
en tinieblas que hicieron unas colegas de México,
cuando yo tuve que editar el libro, la verdad es que dejé
algunas cosas que eran más de México que
del español de Argentina. Pero me pareció
que ese tono comprensible, le daba también un encanto
a la traducción. O sea, que se mantuviera un tono
también con ciertas palabras que le daban una especie
de aire de extranjería, de otra geografía.
EC: Vos me decías esto y yo, ahora no estoy seguro,
pero creo haber escuchado o leído en alguna entrevista
que se le hizo a Herralde, en la que él hablaba
del momento de oro de la traducción argentina,
donde las principales o las más importantes traducciones
para habla hispana se hacían en el país,
de choques culturales como la palabra "pollera"
en vez de "falda". Ahora que, a partir del 2001,
editar en Argentina es más barato que editar en
España, ¿qué criterios puede emplear
un traductor?
AS: Te cito Doña Flor y sus dos maridos, que
fue mi último trabajo. Es un caso muy interesante
porque la primera traducción, la única que
hubo al español, se hizo en la década del
60 para la edición de Losada. Por supuesto que
cuando yo traduje el texto de Jorge Amado tuve en cuenta
la primera traducción al español. Y por
un lado, me di cuenta del momento en que estaba trabajando
este traductor que evitó con mucha elegancia, con
criterio de época, muchos términos sexuales
muy duros que aparecen en el vocabulario de Jorge Amado,
que es uno de los escritores brasileños que más
malas palabras utiliza. Es famoso por eso. A tal punto
que un diccionario de malas palabras era elemento de constante
consulta. O sea, tuve que trabajar con un vocabulario
muy popular, muy local, de Bahía, términos
del sexo, etc., etc., que eran de cierta geografía
de Brasil. Ahora, con el avance también del conocimiento
que hubo respecto de Brasil me sentí con derecho
de incluir muchas palabras del portugués que ahora
son absolutamente comprensibles en español. Por
ejemplo, en el caso de cachaza, no puse aguardiente,
por boteco no puse taberna, o sea, muchas
cosas que ya la gente tiene incorporadas. Ese tipo de
elecciones son para mí las más emocionantes
que puede hacer un traductor, cuando traslada una palabra,
esa bastardilla, para mí abre como una galaxia,
un nuevo agujero negro en la lengua. Cuando trasladás
una palabra, porque sabés que el lector la va a
entender en otra lengua y te lo permitís, ahí
te estás jugando.
EC: Casi políticamente.
AS: Políticamente, sí. Ahí te jugás
como traductor, decís "esto se va a entender
y no lo traduzco, lo dejo" y pongo esa bastardilla,
pongo la palabra en lengua extranjera y ahí yo
estoy conectando dos universos como estableciendo una
especie de corriente. Estoy liberando fronteras y me doy
ese permiso pero porque sé que ya se instauró
una legibilidad compartida. Eso es importante porque obviamente,
en una traducción literaria, no se puede abusar,
no se debe abusar de la nota al pie de página.
Eso es para ensayos, una traducción literaria se
tiene que leer con fluidez. Es un paso de un texto a otro,
eso lo sabemos. Así que en el caso de Doña
Flor…, que fue una traducción muy difícil,
que me llevó mucho tiempo y muchas elecciones,
como traductora me permití dejar palabras en portugués,
pues ya se iban conociendo en el español, cuánto
más después del MERCOSUR y todos estos nuevos
contactos con Brasil. Hubo una cosa que yo propuse a la
editorial, que no fue aceptada aunque también entiendo
por qué, que era que en lugar de "Doña"
se dijera "La Señora Flor". Pero fijate
lo interesante de esto: después hablaba con Lidia
Blanco, del Centro Cultural de España, y ella me
decía que en el español de España
"Señora" es el honorífico y "Doña"
el coloquial. O sea, fijate las dificultades del español.
Cuando para nosotros en Argentina "Doña"
suena a honorífico, arcaico o popular, y "Señora"
como coloquial, que es exactamente lo que pasa con "Dona"
en portugués. La editorial consideró que
"Doña Flor" ya era una marca en el título
y se dejó "Doña"… Es un
criterio también.
EC: ¿Alguna otra anécdota de alguna otra traducción
interesante? ¿Tuviste suerte, te manejaste con
editoriales "piolas" realmente?
AS: Sí. Y la verdad que traduje muy buenos textos.
Porque, a lo mejor, al traductor le tocan algunos textos
que por ahí no le gustan o no le agradan pero hasta
ahora no fue mi caso… Una experiencia muy linda
fue ver publicados los cuentos de Mori Ogai, que tradujimos
con un grupo de alumnas de español, a partir del
original japonés. Lo que eran galimatías
trasladados a la fonética japonesa con los katakana,
se transformaron en términos de francés,
alemán o inglés que le daban un tono mundano
y pedante al texto. Y al trabajo de base de traducción
hay que biselarlo, engarzarlo, pues traducir no es sólo
saber la gramática de una lengua y redactar, sino
calcular todos los efectos. Si estás traduciendo
literatura el efecto en la traducción tiene que
ser literario. Y tiene que pasar por muchas "lavadas"
la traducción, y sería genial que al traductor
le dieran mucho tiempo, para que deje reposar un texto
meses, lo pueda retomar con otros ojos y ahí haga
una corrección implacable y con mucha saña
de su propio trabajo. Pero los tiempos editoriales, sabés,
no son así tampoco. Las entregas siempre son muy
apuradas. Eso sería lo ideal. Dejar reposar la
traducción, añejarla como un buen vino el
tiempo necesario, retomarla como si fuera un trabajo ajeno
y corregirla.
EC: Aparte de traductora vos tenés como una capacidad
muy marcada de facilitadora cultural, de gestora. Tanto
en la revista Tokonoma como en otros ámbitos
que fuiste creando, le fuiste dando lugar a mucha gente
que por ahí o venía de otros ámbitos
o no era demasiado conocida, y de repente gente muy valiosa,
que después despegó sola o fue revalorizada
por el resto del medio. Lamentablemente esto no es lo
más común. Por lo general, el ámbito
cultural se caracteriza por la cristalización en
familias ¿Qué opinas de estos conciliábulos
que se suelen formar, estas familias cerradas dentro del
ambiente literario, dentro del ambiente cultural, estético,
artístico, plástico…?
AS: Bueno, mirá, hay una palabra en japonés, bundan que significa "mundo literario".
Esta palabra comenzó a usarse con la modernización
de Japón Meiji, cuando el escritor que trabajaba
en periodismo o como profesor, o como crítico,
o como escritor profesional entendió que pertenecía
a un determinado mundo que era el bundan, que
era ese mundo literario con sus códigos, sus personajes,
sus lugares de encuentro, etc. Me parece que es una palabra
muy interesante. Se armaban bastiones y camarillas, casi
siempre antagonistas y movilizadoras, tal como sucede
ahora. Bueno, respecto a lo que vos decís voy a
citar algo que leí en un artículo de Mario
Levin: "que el psicoanálisis va contra la
lógica del poder". A mí me parece una
frase muy interesante. Si uno pudiera, conociendo esa
lógica que arrasa con muchas cosas, que le quita
frescura, espontaneidad, verdad a muchas relaciones, que
se pliega, que se hinca, que pierde recato cuando se crean
esos grupos que se siguen nombrando entre sí, en
un encuadre claustrofóbico, que creo es lo peor
que puede pasar en el mundo cultura, si uno pudiera mantenerse
aireado, sería genial. Lo de gestora cultural me
queda grande, ni me lo planteo. Lo único que hago
es juntarme con gente que me gusta. Es ese misterio de
las afinidades. Y, aparte, yo no empecé tan "jovencita".
Empecé a los 42 años con la revista. Antes
y también ahora hice mucho trabajo como docente.
Tuve suerte de ir encontrando gente realmente increíble
que se fue nucleando por una cosa o por otra alrededor
de ciertos intereses, ya sea la revista o el grupo de
teatro de papel, espacios de placer.
EC: ¿Cómo ves la actualidad cultural en Argentina?
¿Cambió en las últimas dos décadas?
Vamos más atrás inclusive, desde la vuelta
de la democracia.
AS: Argentina es un país en permanente crisis. Nos
manejamos en escenarios medio fragilizados siempre. No
esperamos mucho de lo institucional, y la gente se siente
habilitada para crear sus propios espacios, cosa que nos
parece muy natural en Argentina pero no es así
en otros lugares. Espacios culturales, revistas, circuitos.
La gente se nuclea y sale adelante con eso, y se crean
circuitos de pertenencia que van fluyendo unos en otros.
Por ejemplo, las revistas, cuantas más, mejor.
Porque cada uno sale con su personalidad, con su intención,
con su grupo, y entre las revistas se crea una camaradería.
Por ejemplo, yo he colaborado en muchas revistas, en Xul, Ricardito, La ballena blanca, Vox, Seda, Sede, Grumo, Ventisca,
etc. Sin competencia sino concurrencia, porque se "surfea"
fuera de un mercado. Van todas juntas y arman un disperso
frente común. Y la cuestión de persistir,
para que las acciones sean conocidas, identificadas. Y
ese es el modo interesante. Gente que tiene distintas
pertenencias pero que puede firmar sin embanderarse y
participar, entrando y saliendo, de espacios, de proyectos. |