¿Es
posible relatar un enigma? "Yo soy mi propia mujer"
se presenta como el relato de un relato. En el comienzo
de la pieza, desde el escenario, una puerta, un gramófono,
una mesita, una silla, otra mesa, aguardan ser contados.
Y serán, junto a los protagonistas, registro de
una vida, testimonio de un tiempo. El espectador no terminará
nunca de saber cuál de todos es el artificio, dónde
empieza la verdad, dónde acaba la ficción.
Se trata de la puesta en escena de una gran puesta en
escena.
La obra, ganadora de premios como el Tony Award y el Pulitzer
Prize for Drama, escrita por el estadounidense Doug Wright,
conocido por obras como Quills, que retrata los últimos
días en la vida del Marqués de Sade (llevada
al cine en el año 2000), "Interrogating the
Nude", "Watbanaland" y "The Stonewater
Rapture", entre otras, parte de una serie de entrevistas
realizadas a Charlotte von Mahlsdorf a lo largo del año
1990 en Berlín ("Usted despertó en
mí intereses que nunca supe que tenía",
le escribiría en su primer carta). Pero sería
el año 1992, cuando los archivos de la Stassi fueron
dados a conocer, el que marcaría el punto neurálgico
de la obra. A través de dichos informes, el autor
descubre que su personaje habría sido informante
y colaborador del servicio secreto alemán. Comenzará
allí un camino de preguntas, dudas y confusiones
que no hará más que desembocar en la imposibilidad
de reconstruir la historia de Charlotte. Así, la
pieza es atravesada por dos cuestiones centrales, la vida
de Charlotte y la búsqueda del autor, que lo convertirá
en personaje de su propia obra. Ambos serán protagonistas.
Ambos serán víctima y victimario.
Charlotte

Charlotte
von Mahlsdorf es, en palabras de Doug Wright, el individuo
más peculiar y excéntrico que ha producido
la guerra fría. Lothar Berfelde, hijo de un padre
déspota de ideas nacionalsocialistas y una madre
dulce, nació mujer allá por el año
1928 en Berlín. Incapaz de tolerar a su padre,
lo mató a los dieciséis años en defensa
propia. Luego se refugiaría en su tía, quien
sería su guía y, como tal, lo acercaría
al libro que según ella habría de acompañarla
siempre, un libro sobre el uranismo autografiado por el
mismísimo Magnus Hirschfeld. Con esta complicidad,
instalada ya en la adolescencia y luego de confesar a
su madre que ella es "su hija mayor", forjará
el cambio que comenzará a definirla. Será
para siempre un travestido, alguien que busca la consonancia
consigo mismo.
Así, atravesará la constante segregación,
desde la lucha contra nazis y comunistas, desde su exquisito
oficio de coleccionista que da cuenta de su obsesión,
su pasión, su amor (¿alguien es capaz de
explicar la diferencia?) por muebles y objetos de la llamada
Grûnderzeit, corriente alemana de diseño
industrial de fines del siglo XIX, desde la apertura,
en el sótano de su casa, de un espacio que la convertiría,
con el tiempo, en portavoz de una comunidad clandestina
gay, lésbica y transgénero de Alemania del
Este. Sin dramatizar (al menos desde el discurso) encarcelamientos,
persecuciones, palizas y represión, Charlotte organizaba
en su colección lo que luego sería un testimonio
histórico y estético importantísimo
para la Alemania de post-guerra, el célebre Museo
Grûnderzeit. Por este aporte al patrimonio cultural
alemán habría de ser distinguida con la
Orden Alemana del mérito, luego de la caída
del muro.
Dadas las acusaciones de complicidad con la Policía
secreta alemana, sus años finales serían
altamente controvertidos; razón por la cual decide
refugiarse en Suiza. Sin embargo, la muerte (ese otro
rostro tan propio) la encontrará en una visita
a su museo, en el año 2002.
El
hecho teatral

Sabemos
que cada historia exige su género. Esta exige teatro.
Charlotte es pura materia expresiva.
Bajo la dirección de Agustín Alezzo, Julio
Chávez se pone en la piel de Doug Wright, quien
se pone, para contárnosla, en la piel de esta mujer
encantadora quien a su vez (como en un sistema de cajas
chinas) representará algunos otros personajes.
¿Cuántos personajes se ponen en escena?
Muchos; aunque uno: el autor nos cuenta su historia. Y
su mirada, como no podría ser de otro modo, es
incompleta, es limitada. Si es cierto que la realidad
es infinita, cualquier recorte debería resultar,
al menos, dudoso. Para poder dar forma a lo que son los
demás —a lo que somos— necesitamos ver el mundo
de la manera más completa posible, más unida
posible; pero esa mirada, en el fondo, no hace más
que simplificar la realidad. Quizá sea por esto
que esta obra impone la necesidad de focalizar en los
detalles. El trabajo de Julio Chávez pareciera
ir en esa dirección; es delicado, minucioso, detallista
al punto de proponer, por momentos, la autonomía
del detalle. Desde la forma de tocar sus preciados objetos,
aquellos que ella elige preservar y colocar, explícitamente,
ante todo (su jerarquización será: "museo-muebles-hombres"),
desde un manejo preciso de la femineidad del personaje,
de una corporalidad que es identidad y habla desde la
manera de caminar, de sentarse, de mover las piernas,
los piecitos, manipular prendas y accesorios (aquel collar
de perlas que la acompañará a lo largo de
la obra), y sin permitirnos olvidar que también
en ese cuerpo habita una genitalidad masculina capaz de
matar, de reaccionar con una violencia animal ante un
mundo que lo rechaza, la composición del personaje
resulta exquisita, íntegra, absolutamente orgánica.
Lo acompañan la música de Diego Vainer y
la iluminación de Félix Monti. Ambas ocupan
un rol marcadamente secundario, aparecen como por detrás
del relato, sin explorar demasiado sus posibilidades expresivas.
Quizás la puesta así lo exija.
El
exhibicionismo de las sombras
Es posible leer en "Yo soy mi propia mujer"
una actitud política bien definida que parte del
travestismo. El travestismo (que no es lo mismo que la
transexualidad o la homosexualidad, valga la aclaración)
se postula como un intento de superación de la
homofobia, una búsqueda del desarrollo pleno de
la libertad del ser. Entre tantos mandamientos que la
sociedad occidental ha intentado exitosamente imponer
a los sujetos para predeterminarlos y coercionarlos, el
de la imposibilidad de la multiplicidad (al menos la de
la imagen) es el que Charlotte, mujer-hombre, se ha propuesto
doblegar. Sin permitir que la humillación silencie
en angustia ese mundo interior ("Con el tiempo me
fui dando cuenta del muro invisible que me separa de las
personas", le diría a Wright en otra de sus
cartas), abriendo la dialéctica del silencio para
poder posibilitar el cambio, ella expone su condición
en su máxima expresión. Y es en esa exposición
donde radica su fuerza. Porque es lo oculto, frecuentemente,
aquello que resulta más amenazador, no lo que se
muestra abiertamente. Quizás haya sido esa su táctica,
su modo de resistir (sino de combatir) al enemigo.
En una sociedad hipócrita, que obliga a la apariencia
a alejarse de toda esencia y la eleva por sobre la verdad,
Charlotte desarrolla una mirada estética del mundo
que le permite, a través de la conservación
de objetos y muebles decimonónicos que se alejan
de un sistema de producción en masa, de una concepción
de sujeto-masa, conservar una identidad propia que explora
matices y formas sin necesidad de sistematizar, paralelamente,
contenidos. Esto, del modo más ajeno posible a
la victimización.
Así, la obra se balancea constantemente, va y viene
dando cuenta de una conciencia (la del autor) vuelta hacia
un mundo complejo que pone de manifiesto la riqueza del
intento de una relación recíproca y orgánica
entre profundidad y superficie.
Moralinas a un lado, Charlotte sobrevive; en su relato,
recuerda y olvida, imagina o inventa, también,
en función de esa supervivencia ("Sé
tan astuta como las serpientes, nunca te olvides de que
estás viviendo en la guarida del león",
le habría dicho su tía en sus años
jóvenes). Pero sucede que, como con una lucidez
admirable expresa el poeta yugoslavo Charles Simic, la
imaginación no es un alejamiento de la realidad,
sino la llave idónea para acceder al mapa de estrellas
de nuestras paredes interiores.
Sin duda, no existe algo así como una oposición
entre realidad y ficción sino un tandem continuo
entre ambas; ningún recuerdo puede ser real, la
memoria opera por selección y construye, gran parte
de las veces, desde la imaginación. Así
pues, en consonancia con su vida, con su historia, con
su relato, hacia el final de la pieza, Charlotte sentencia:
"Las historias no son mentiras per se, son
automedicación". Y que el espectador decida.
“Yo soy mi propia mujer” se presenta en el
Multiteatro, de miércoles a domingos, a las 20.30
hs. Para hacer reservas, llamar al 4382-9140.
FICHA
TÉCNICA
Dirección > Agustín
Alezzo
Diseño de Iluminación > Felix Monti
Diseño de Escenografía > Gabriel Carrascal
Diseño de Vestuario > Cristina
Villamor
Música > Diego Vainer
Asistente de Dirección > Lili Popovich - Emiliano Delucchi
Asistente de Producción > Martín Vatenberg
Fotos > Claudio Divella
Diseño Gráfico > Pablo Bologna
Prensa > Colombo – Pashkus
ES TRES Producciones S.R.L. |
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