Nada,
esta espuma
POR
enfrentamiento del deseo
insisto en la maldad de escribir
pero no sé si la diosa sube a la superficie
o apenas me castiga con sus aullidos.
Desde la amura de este barco
quiero tanto los senos de la sirena.
Ana
Cristina Cesar
No,
no voy a escribir literatura. No se puede escribir literatura
sin saber qué es lo que se va a escribir; un pedacito,
una pista, un algo a lo lejos llegando. No se puede confiar
tanto en el lenguaje cuando uno no sabe siquiera dónde
guarda las palabras, dónde se esconde el orden
de las propias impresiones, o dónde se transfigura
para convertirse en algo flotando entre los dedos.
Si escribo es para justificarme, ante quién o por
qué son cuestiones que no vienen al caso; si escribo
es para sostenerme mejor entre unos brazos invisibles
que siempre están a punto de dejarme caer pero
me salvan; por alguna razón me redimen. La escritura
presagia, es profecía y recuerdo; experiencia y
ficción. Escribo para dialogar con la muerte, para
que el silencio deje de susurrarme al oído.
Pero escribir es también una fiebre que te va alejando
del mundo. Y uno se queda solo, como desintegrado de un
tren que, ajeno, vemos pasar llevándonos en él.
La escritura es lo que se pierde en ese espacio indefinible
que tirita entre los ojos que pasan y ese tren que observa,
inasible. Transportar la palabra. Interpretar la desnudez
del mundo. Escribir es también estar debajo de
la lámpara. Riesgo de perder; audacia de perder.
La escritura fortalece la fragilidad de un mundo roto,
debilita su fortaleza. Dispara balas de sal a los tobillos
de quienes la muerden.
Y escribir es, también, volver a la infancia en
un movimiento concéntrico; o no haber salido de
ella, y respirar esa agonía. Saberse extraña
en un mundo de andamios que se repiten, desaparecen y
se repiten. Ser lava de un volcán que lame el interior
del tiempo, que se diluye en las imágenes perdidas
del futuro, en la gramática de una sensibilidad
baldía. Una queja elevada a destiempo. La persecución
absurda del origen: un ardor genuino, aunque huérfano.
O un consuelo de ultratumba. Escribir es un consuelo.
Porque el silencio, por imperfecto, es siempre contradictorio.
La búsqueda del vacío absoluto no puede
más que quemar; el intento de recuperar la nada
misma, ahogarnos.
Y a su vez, el secreto tráfico de la biografía,
la mentira descarada de quien se sabe afuera, esconde
el eco de un sonido indescifrable que se filtra y gime
la derrota. El dolor de la ruptura, la esencia del fragmento,
la especificidad del instante. Vestir de blanco la carencia
para que pueda verse en la oscuridad. Puesto que no hay
biografía.
Y por eso, la incapacidad de nombrar lo concreto es el
alma del ancla que arrastro, el peso insoportable de lo
indecible. El mismo deseo perpetrado, la misma resistencia.
Pues nombrar es decir lo irreparable, que permanece siempre
suspendido en la piel. Volverse guardián de la
herida, atravesarla a gusto, no querer que cicatrice,
curarla en un grito y dejarla que sangre ya en el dique
de su propia expresión.
Escribir no es un juego meramente cerebral. Hay un antes
y un después interrumpiendo siempre. La voluptuosidad
de una patología; síntoma de una sintaxis
que ha de romperse para dejar diseminadas las esquirlas
del sentido. Aunque quizás se trate simplemente
de una táctica para disimular la ausencia. La sequedad
de una voz que nunca viene al encuentro y horada el único
refugio, la palabra. Habrá entonces que erguirse
sobre la catástrofe del lenguaje, como un rehén
que con la soga al cuello coloca los puños en la
cintura y escupe a su carcelero.
Desisto, pues, de una propuesta concreta. Nada, esta espuma. |