evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 2
 
Indice
* Portada/ Staff
* Editorial
* Entrevista a Juan Villoro
Enamorado del control, enamorado del extravío
*

Entrevista a Sebastián Edwards
El señor de las Tanias

* Entrevista a Gabriel Reches
El corrosivo encanto de la lucidez
* Entrevista a Fernando Quiroz
Escribir sobre Escrivá...
* Rodolfo Walsh
Literatura, periodismo y militancia
por Christian Lourido
*

Susana Thénon
Extranjera en su propia tierra
por Laura Mazzocchi

* Tips ganadores para que te digan que sí
por Federico Navarro
* Pescado Rabioso
por Sergio Marcial
* Serengueti
por Roxana Artal
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* La casa de Dostoievsky
por Jorge Edwards
* La propiedad privada y el destino universal de los bienes
por Juan Pablo II
* Intersticial
por Roxana Artal
* La risa de Foucault
por Rafael Cippolini
* La columna del reptil anarquista
por Marcelo Da Cunha
* Con todo respeto
por Osvaldo Gallone
* Hors Champ
por Mario Levin
* Los pasos perdidos
por Mauricio Rongvaux
* Cajón desastre
por Amalia Sato
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* Reseñas
Intersticial
por Roxana Artal

Nada, esta espuma

POR enfrentamiento del deseo
insisto en la maldad de escribir
pero no sé si la diosa sube a la superficie
o apenas me castiga con sus aullidos.
Desde la amura de este barco
quiero tanto los senos de la sirena.
Ana Cristina Cesar

No, no voy a escribir literatura. No se puede escribir literatura sin saber qué es lo que se va a escribir; un pedacito, una pista, un algo a lo lejos llegando. No se puede confiar tanto en el lenguaje cuando uno no sabe siquiera dónde guarda las palabras, dónde se esconde el orden de las propias impresiones, o dónde se transfigura para convertirse en algo flotando entre los dedos.
Si escribo es para justificarme, ante quién o por qué son cuestiones que no vienen al caso; si escribo es para sostenerme mejor entre unos brazos invisibles que siempre están a punto de dejarme caer pero me salvan; por alguna razón me redimen. La escritura presagia, es profecía y recuerdo; experiencia y ficción. Escribo para dialogar con la muerte, para que el silencio deje de susurrarme al oído.
Pero escribir es también una fiebre que te va alejando del mundo. Y uno se queda solo, como desintegrado de un tren que, ajeno, vemos pasar llevándonos en él. La escritura es lo que se pierde en ese espacio indefinible que tirita entre los ojos que pasan y ese tren que observa, inasible. Transportar la palabra. Interpretar la desnudez del mundo. Escribir es también estar debajo de la lámpara. Riesgo de perder; audacia de perder. La escritura fortalece la fragilidad de un mundo roto, debilita su fortaleza. Dispara balas de sal a los tobillos de quienes la muerden.
Y escribir es, también, volver a la infancia en un movimiento concéntrico; o no haber salido de ella, y respirar esa agonía. Saberse extraña en un mundo de andamios que se repiten, desaparecen y se repiten. Ser lava de un volcán que lame el interior del tiempo, que se diluye en las imágenes perdidas del futuro, en la gramática de una sensibilidad baldía. Una queja elevada a destiempo. La persecución absurda del origen: un ardor genuino, aunque huérfano. O un consuelo de ultratumba. Escribir es un consuelo. Porque el silencio, por imperfecto, es siempre contradictorio. La búsqueda del vacío absoluto no puede más que quemar; el intento de recuperar la nada misma, ahogarnos.
Y a su vez, el secreto tráfico de la biografía, la mentira descarada de quien se sabe afuera, esconde el eco de un sonido indescifrable que se filtra y gime la derrota. El dolor de la ruptura, la esencia del fragmento, la especificidad del instante. Vestir de blanco la carencia para que pueda verse en la oscuridad. Puesto que no hay biografía.
Y por eso, la incapacidad de nombrar lo concreto es el alma del ancla que arrastro, el peso insoportable de lo indecible. El mismo deseo perpetrado, la misma resistencia. Pues nombrar es decir lo irreparable, que permanece siempre suspendido en la piel. Volverse guardián de la herida, atravesarla a gusto, no querer que cicatrice, curarla en un grito y dejarla que sangre ya en el dique de su propia expresión.
Escribir no es un juego meramente cerebral. Hay un antes y un después interrumpiendo siempre. La voluptuosidad de una patología; síntoma de una sintaxis que ha de romperse para dejar diseminadas las esquirlas del sentido. Aunque quizás se trate simplemente de una táctica para disimular la ausencia. La sequedad de una voz que nunca viene al encuentro y horada el único refugio, la palabra. Habrá entonces que erguirse sobre la catástrofe del lenguaje, como un rehén que con la soga al cuello coloca los puños en la cintura y escupe a su carcelero.
Desisto, pues, de una propuesta concreta. Nada, esta espuma.


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