Hace
varios meses que me molestaba (y mucho) la persistencia
de una sensación: las imágenes de mis recuerdos
me regresaban demasiado posadas, editadas, actuadas. ¿Cómo
podía ser que mi memoria imitara los para nada
satisfactorios resultados de una dudosa producción
fotográfica y se fijara en gestos de los que no
estaba en absoluto seguro? ¿Tanto los intervenía?
Y de ser así ¿por qué y de qué
modo los modificaba?
No es algo demasiado nuevo, pero sí lo es la insistencia
de ese efecto tan poco natural. Lo cierto es que toda
mi infancia está registrada en películas
de ocho milímetros. Mi papá es el responsable
de eso, al punto que me veo como un niño actor
de una realidad de la que sólo reconozco (y no
siempre) los decorados. Si alguien me los narrara sin
que yo los hubiera visto, juraría que es pura fabulación.
Puede ser que los actores de cine estén acostumbrados;
en lo que me respecta, llevo toda una vida sin adecuarme
del todo.
En la actualidad los síntomas se han intensificado
y multiplicado. Las cámaras y filmadoras digitales,
los millones de Fotologs y Flickrs permiten que más
de una generación crezca percibiendo su propia
vida como una alarmante inflación de visualidad.
Todo eso ¿desaparecerá, se olvidará?
Mi hija tiene seis meses y ya le sacamos literalmente
miles de fotografías y decenas y decenas de pequeños
videos.
Entre la realidad y la ficción se expanden cada
vez más desvíos. Sólo que, tengo
cada vez más la certeza, cambian los estilos de
invención, o lo que es la contracara de lo mismo:
la memoria se inventa en otras artimañas.
Siempre inventamos. Por más pruebas que tengamos,
éstas son una suerte de ficciones materializadas.
Tamara Kamenszain me contó que, cuando fue a visitar
a Juanele Ortiz con la intención de entrevistarlo,
ni bien entró a su casa el grabador se le cayó
al piso y ya no hubo caso: no funcionaba. Fue entonces
cuando el viejo poeta le dio la clave: "Invente,
m'hijita. Pero sin tergiversar".
Inventamos todo el tiempo. Lo que cambian son las leyes
de la invención, las convenciones del inventar
y no por otra causa, cuando las invenciones envejecen,
llamamos inverosimilitud a su vetustez.
Para cuando mi papá llevaba dos años filmando,
Foucault publicó Las palabras y las cosas.
En su prólogo da cuenta de su risa al leer El
lenguaje analítico de John Wilkins, la estrambótica
clasificación china que remite a Borges a repasar
las ambigüedades, redundancias y deficiencias de este lenguaje inspirado en el sistema decimal de numeración.
Muy rápidamente olvidamos que todos los saberes
son invenciones, artificios tan consensuados como la cotidianeidad.
A propósito, dice la leyenda que cierta vez Jack
Nicholson aseveró "la realidad es ese efecto
tan extraño que comienza cuando se acaba el alcohol".
En el editorial del primer número de Evaristo,
Damián Blas Vives arremetía con un llamado
a desarmar la realidad, que por otra parte fue
la función que Henri Michaux esperaba de la poesía.
Me sumo a su propuesta y agrego: también debemos
desnudar las invenciones que nos constituyen.
Y digo desnudar en el mismo sentido de provocar una acción
de strip tease. Tengo en mente la reciente relectura de La invención de la Argentina, de Nicolás
Shumway, libro que, más allá de sus puntuales
hipótesis y aseveraciones, me proporcionó
una alegría cercana al entusiasmo de Foucault por
el texto borgeano. Cuando una certeza envejece, supera
la graciosa eficacia de cualquier ficción. Vivimos
en un reino de realidades arcaizadas que no son sino antiguos
y también venerables inventos.
Parece a propósito, pero no puedo encontrar en
mi biblioteca el libro de Foucault ni consigo chequear
en internet mi recuerdo de la narración de su risa.
¿Lo estaré inventando? |