Monsieur
Homais
Son
clásicos, retóricos y ecuánimes
o anárquicos, insólitos y eclécticos
según soplen los vientos de la Historia.
En
las fotografías satinadas
que ilustran las solapas de sus libros
(henchidas por los premios que obtuvieron
a cambio de prolijos intercambios)
se los ve concentrados, reflexivos
(en raras ocasiones, sonriéndole a la cámara),
la estilográfica Mont Blanc en mano,
o una mano que reposa en la amplia frente,
o la pipa apagada entre los labios
como si en ese gesto se cifrara
la letra de la angustia,
la angustia de la letra
o el laborioso denuedo existencial.
Ninguno
de ellos tiene
el cuello tan robusto
como para atenuar el peso
material y simbólico
de sus tantas medallas académicas;
porque suelen ser miembros
(de número, de honor o de insistencia)
de la Academia de Letras,
del Tango, del Lunfardo,
de Historia, de la Ópera,
de las Artes, del Cine,
del Ocio o de la Ciencia
en forma simultánea, voraz y atropellada.
Andando
el tiempo completan el dibujo
tramado en el telar de la ambición doméstica
y urdido en los diversos pasillos oficiales,
vale decir que acceden
al paraíso del funcionariato;
otorgan becas, subsidios y diplomas,
dirigen Direcciones Generales,
obtienen gastos de representación,
repiten las palabras ad honórem
como si fueran un salvoconducto
y pueblan los espacios culturales
hablando de proyectos, conquistas y esperanzas.
Por
razones de tiempo
(se posterga una cena, se adelanta un almuerzo,
pero la agenda siempre está completa)
declinan escribir
El Aleph o La muerte de Virgilio;
se resignan a empresas más modestas:
tres o cuatro poemas recitados
con voz entrecortada y persuasiva,
antologías que antologan ellos mismos
y en las cuales se incluyen sin desmayo,
un par de libros de divulgación amena
que agrupan bajo el género ensayístico.
Mueren
exactamente el día de su muerte,
pero diez minutos (o cuatro meses) antes
les otorgan la Legión de Honor
o, en su defecto, son nombrados
ciudadanos ilustres. |