evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 2
 
Indice
* Portada/ Staff
* Editorial
* Entrevista a Juan Villoro
Enamorado del control, enamorado del extravío
*

Entrevista a Sebastián Edwards
El señor de las Tanias

* Entrevista a Gabriel Reches
El corrosivo encanto de la lucidez
* Entrevista a Fernando Quiroz
Escribir sobre Escrivá...
* Rodolfo Walsh
Literatura, periodismo y militancia
por Christian Lourido
*

Susana Thénon
Extranjera en su propia tierra
por Laura Mazzocchi

* Tips ganadores para que te digan que sí
por Federico Navarro
* Pescado Rabioso
por Sergio Marcial
* Serengueti
por Roxana Artal
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* La casa de Dostoievsky
por Jorge Edwards
* La propiedad privada y el destino universal de los bienes
por Juan Pablo II
* Intersticial
por Roxana Artal
* La risa de Foucault
por Rafael Cippolini
* La columna del reptil anarquista
por Marcelo Da Cunha
* Con todo respeto
por Osvaldo Gallone
* Hors Champ
por Mario Levin
* Los pasos perdidos
por Mauricio Rongvaux
* Cajón desastre
por Amalia Sato
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* Reseñas
Hors Champ
por Mario Levin

No son pocas las veces que uno tropieza no con una falsa discusión sino con una cuestión mal planteada. No se trata de hacer entendible nada, sino de decir porqué, algo como la noción de "autor", desemboca cuando cae en lenguas argentinas en un atolladero del que se intenta salir a los empujones, o sea dramatizando y exagerando para tratar de saber qué se quiere decir cuando se dice "un autor" en cine.
Quintín recuerda (recuerdo que cuelga en su blog), que Rodrigo Taruella, acorralado, trataba de decir qué quería decir la noción de "autor" pero sólo podía adjetivar, hasta quedarse sin adjetivos. Era algo que parecía, y aun parece ser —entre nosotros— indefinible.
El autor en cine es algo que se discutía en los Cahiers de Cinéma hace más de cuarenta años, pero nunca se lo intentó definir positivamente. Cuando se tira un nombre en una polémica nunca se hace de manera ingenua, es un naipe, una ficha más que puede cobrar, pero mientras tanto, para sostenerla, se evita explicarlo demasiado. Y esto pasaba durante la formación de la Nouvelle Vague, ya que si bien el nombre de "autor" formaba parte de un discurso que lo valorizaba asumía diferentes sentidos. (Un autor era un nombre pero un film de autor funcionaba como adjetivo).
Si bien no oculta la maniobra al otorgar al realizador un estatuto definitivamente por fuera de la terminología de la industria, el término autor termina "cerrando" cuando se pluraliza en una política: La Política de los Autores. Así se llama un libro publicado por la editorial de Cahiers en 1984, con un prólogo de Serge Daney en el que se refiere a "la política de los autores" como a una "máquina de guerra": pero también "… (a contrario), —al hecho de que— un joven que quisiese hacer cine en los '60 dificilmente encontraría la fuerza necesaria si admiraba a alguien como René Clair. El destiempo funcionaba solo".
El libro al que hago referencia es una serie de reportajes. Están los nombres de la Nouvelle Vague (todavía como críticos), que se constituye cuando se apropia de sus propio pasado y crea (como decía Borges hablando de los escritores) sus propios precursores. Esta "política" no sólo rechaza cierto cine francés llamado de qualité, sino que al mismo tiempo —y esto es lo importante— se piensa el cine en relación a algunos nombres, que en el caso del libro de Douchet son: Renoir, Rossellini, Lang, Hawks, Hitchcock, Buñuel, Welles, Dreyer, Bresson y Antonionni. Por una cuestión de edad y temperamento creo que el nombre de Antonionni, realiza el pasaje de crítico a realizador. Los otros nombres ya estaban totalmente perfilados. Y la política era justamente esa, hacer una lista de la que uno es el autor, a partir de la cual se define el cine y desde luego a la que se aspira pertenecer, como una nouvelle vague, que entonces se define positivamente y no sólo contra algo (que se considera viejo). Y sostenerla ante amigos y enemigos, desde los Cahiers y haciendo cine. La cinefilia (via la cineamteca de Langlois), es lo que anudó todo.
En la Argentina , la ultima corriente crítica que más o menos hace capilla para mantener un lobby, desestimó por completo "la política de los autores", en la media en que su ignorancia le impedía establecer una filiación. A mediados de los '90, aquí, se dijo que había un nuevo cine, y que este cine era el cine hecho por gente joven (si se aceptó a alguien que no lo fuese se lo hizo benevolentemente a título irrisorio de decano). Pero nunca se estableció una genealogía; que desde luego implica una estética a la que la cinefilia no es ajena. Si alguien era joven y hacía cine (aunque esto no es del todo cierto, porque se excluía —desconocía— a la gente que hacía cine bizarro), se formaba parte de algo que huía de un pasado que se ninguneaba y se desconocía. "El cine joven" (quizá deberíamos llamarlo "cinetécnica"), se debía a grandes ideales que cuando no son sociales al menos sirven como tarjeta de presentación en los festivales internacionales ávidos de "nuevas figuras". Hoy todavía se escucha el clamor que reclama "una nueva camada". El cine —para esta gente— es sólo cuestión de tiempo.
Y esa política no se hizo porque no pudieron pensar qué es el cine. (Quizá ni sabían que eso fuese necesario). No habian visto cine, y esa falta impidió pensar un red de filiaciones donde articular —si es que eso era posible— las nuevas películas. Hicieron del nuevo cine argentino un slogan.
El cine fue el cómo se hacía cine saliendo de la escuela de cine, casi como una "salida laboral". Nunca se dijo por qué estas películas eran buenas.o merecían ser vistas. No hubo ninguna argumentación desde donde pensar lo nuevo, y dejaron eso en manos de la técnica que desconocían.
Cuando en Alemania los jóvenes de comienzos de los '60 dijeron que iban a crear el "nuevo cine alemán", sabían que la hipoteca que les dejaba el pasado no era fácil de levantar: aborrecieron del cine nazi, pero tampoco nombraron a Lang, Murnau, Pabst. La tentación debe haber estado. (Quizá no estaría mal ensayar sobre Murnau-Fassbinder, Lang-Wenders, Herzog y el expresionismo...). Sí es cierto, que esos jóvenes también se dieron cuenta de que debián pasar por el cine y no pensar que una película nace de un repollo o sea como el producto de una técnica; así Fassbinder nombra a Sirk o Wenders a Ford, para pensar con otros nombres —como si se tratara de un desfiladero fundante y por lo tanto obligatorio— otra política de los autores.


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