Miles
de años que la memoria ya no retiene pasaron desde
mi primera lectura de Los pasos perdidos. Más
de una vez prefiero el recuerdo, en toda su mezquina arbitrariedad,
al puntillismo de un presente plagado de detalles inabarcables.
Prefiero la síntesis que aparece cuando el olvido
redondea los pensamientos. Por que el recuerdo y los pensamientos
coinciden en esta intersección, son vidas mutiladas
y toda forma de vida está falta de la minuciosidad
de pormenores que ostenta la completa transparencia de
una descripción absoluta.
Una
imagen tiene esto, la falta y la completitud defectuosa,
porque una imagen vibra y vive como algo sumamente complejo
hasta que muta o desaparece, una imagen es la invocación
de un temblor en el cuerpo y no se recuerda palabra a
la que no vaya anejo el movimiento de manos que hicimos
la primera vez que la escuchamos.
Así también, como algo presente, la imagen
es deseo, señal y profecía. Y, como alguna
vez dijera Walter Benjamin, utilizarlas o interpretarlas,
la decisión es enteramente nuestra. A la acción
mueve lo primero y por ello apunta al futuro; a la quietud
ascética lo segundo, cuando sólo se dirige
al pasado con afán exegético. Por eso el
límite es como una huella en el agua, tan sólo
el más leve movimiento convierte a la imagen en
un permanente despliegue. No debe asombrarnos, entonces,
que nuestros amigos se sorprendan apenas al ver en qué
nos hemos convertido, y aunque nos esforcemos en mostrarles
cómo pacientemente transformamos esta tierra, no
verán en ello más que la natural continuidad
de signos pasados.
Si digo Rosario, su imagen es la de una mestiza que pasea
su escote tropical por la orilla de un río, avanzando
en la selva, pero también es Luwa, la novia de
Lucas que nunca conocí y que en las fotos se parece
bastante a esa mestiza de la que Lucas se enamoró
leyendo Los pasos perdidos, pero también
es Silvia Iparaguirre hablando de Rosario en el Malba
(Rosario creo que se llamaba la no sé si mestiza
pero sí selvática amazona de Carpentier)
con ese desgano de las repeticiones de ponencias a la
carta carentes de interés particularmente para
quien las escribe. Silvia, a quien imaginaba como a las
mujeres de Castillo, pues por algo sería su mujer,
la imaginaba liviana, danzarina, alegre y no como esas
mujeres, productos en serie de las peluquerías
a la moda. Ese día Silvia parecía haberse
acoplado con el músico de Los pasos perdidos,
hastiados ambos de ver cómo el destino más
románticamente exaltado se convertía, por
la fuerza de las cosas y la ayuda personal, en algo no
muy distinto al del obrero devorado por la abulia de la
repetición mecánica. La esperanza también
es la misma, la de ir a las cosas con el deseo de que
por fortuna éstas devuelvan el brillo perdido miles
de días atrás.
Por eso la imagen, aunque presente, es lo que se intenta
recuperar, ya que a veces, las más de las veces,
no se ancla en una experiencia real. Una imagen es epidérmica,
roza y es rozada, golpea y es golpeada al mismo tiempo,
si la retuerzo se retuerce y me retuerce a su vez. Ya
no seré el mismo y no porque finalmente haya recuperado
algo de ella, sino porque me ha disparado hacia delante.
La promesa está germinando en la imagen. La revolución
no será vuelta al origen, sino proyección
a lo venidero y saber captar eso en la imagen del presente
es todo el desafío, de la vida, la literatura o
la filosofía.
El músico, el sin nombre de Los pasos perdidos,
es arrastrado a la selva y se encuentra con los signos
de su infancia, pero ya no los puede descifrar porque
son los signos del futuro y, aunque todo esté como
en su niñez, el idioma y los olores anuncian otra
cosa.
Aclaremos algo, yo he vuelto a leer sólo los primeros
capítulos del libro y no hablo aquí mas
que de recuerdos parcelados y discontinuos: Rosario, Lucas
y Silvia; un intelectual desencantado de las promesas
de juventud; selvas y ríos, sierras fosforescentemente
verdes; un aventurero en busca de El Dorado; Voltaire,
Cándido y una leyenda amazónica, una imagen
—el diluvio— que muestra cuanto coinciden los orígenes
y cómo su despliegue traza innúmeros destinos. |