Dos
temas vinculados, sin ligadura:
El
recuerdo, la historia y el mascarón de proa
Desde
hace ya varios años, viene cobrando cada vez más
fuerza una tendencia, por demás interesante, que
refleja la irrupción de hechos históricos
recientes, en las novelas. Así, la historia va
dejando de ser el escenario que permita evocar otras épocas
con la finalidad de ubicarnos en determinado tiempo y
espacio, para pasar a ser el verdadero eje de la obra,
el tema principal de la novela.
Obviamente, la creatividad de los autores, narrativa mediante,
ofrece galerías de personajes, hechos y circunstancias
que, hacen de sus libros una serie de viajes al pasado,
atrapando el interés del lector.
Ahora bien, ¿desde qué lugar aborda la historia
el autor de una novela?, ¿cuál sería
la acción para intentar desentrañar los
misterios de una historia que no ha terminado de escribirse?;
¿observar?, ¿imaginar?, ¿acompañar
una verdad formal?, ¿una verdad a medias?
El historiador debe indagar con rigor; el novelista no,
no necesariamente, no, pero…
Varias novelas nos llevan a incursionar en la década
del '70, posiblemente porque los años '70 siguen
perturbando, siguen despertando pasión y, por lo
tanto, siguen siendo una inagotable fuente de inspiración;
sin embargo parecería ser que de esta fuente, por
ahora, una inspiración basada en el "recuerdo";
un recuerdo más o menos nítido para algunos
y, más o menos confuso para otros.
Esta parte del pasado que nos duele queremos conservarla
así, a punto tal que, la encerramos en un museo,
haciéndola estática, impermeable y, de este
modo, de alguna manera también, inconducente.
Pero hoy, por primera vez, el discurso oficial comienza
a correr un velo; por primera vez el pasado podría
llegar a verse despojado de esa rigidez impuesta y, quizás,
la verdad formal deje de ser una verdad incompleta.
La Señora Presidenta de la Nación, Dra.
Cristina Fernández de Kirchner, estaría
abriendo una nueva etapa, al pronunciar su discurso el
17 de junio, refiriéndose a las Fuerzas Armadas
que usurparon el poder en 1976, calificándolas
como el "mascarón de proa" y, a los militares
involucrados como chivos expiatorios que afrontan las
consecuencias.
En similar sentido se habría pronunciado la Señora
Presidenta, el día lunes 7 de julio, en la cena
de camaradería de las Fuerzas Armadas, al referirse
al golpe de estado de aquel 24 de marzo.
Estas afirmaciones, por venir de quien vienen, no pueden
ser interpretadas como frases descolgadas y, por eso reitero
que, la historia de los años '70 no se ha terminado
de escribir.
En lo personal, me comprometoa realizar un aporte para
que los documentos sigan siendo fuentes de la historia
y, tal vez, por qué no, una fuente más de
inspiración literaria.
La
efectividad de los derechos humanos
¿Cómo
gravita en la sociedad actual una estrategia de prensa?,
¿cómo funcionan los medios de comunicación?,
¿Cómo operan sobre el sistema político
los "operadores simbólicos"? (periodistas,
publicistas, intelectuales, economistas, los formadores
de opinión en general). En definitiva, ¿Qué
"capacidad real" de transformación de
la realidad hoy tiene la política? y, ¿qué
posibilidades ciertas tiene la Democracia, de modificar
una realidad basada en el "fundamentalismo del mercado
y de sus leyes"?
Parecería ser que las alternativas no son muchas.
Una de ellas podría ser oponerle, a este tipo de
fundamentalismo, otro de distinto signo, un "fundamentalismo
democrático" (arengas, presiones, movilizaciones,
exposición de fuerza, fuerzas de choque). Pero
habría otra posibilidad de ofrecer resistencia
al avance del fundamentalismo del mercado, sin ninguna
necesidad de apelar a los recursos recientemente mencionados.
Esta segunda opción estaría dada por la
decisión de oponerle, a las leyes del mercado,
la efectividad de los Derechos Humanos inherentes a la
Democracia.
Obviamente esto exige, previamente, reconocerle realmente
a la persona, a cada individuo, la calidad de sujeto de
derecho y, reconocerle a estos derechos el carácter
de esenciales y "CONSTITUTIVOS" del sistema
democrático (como sugiere el filósofo español
Javier Sádaba).
Personalmente creo que, si los Derechos Humanos representan
en la actualidad la posibilidad de neutralizar los efectos
de las leyes del mercado, que imponen el abismo que impide
alcanzar la justicia distributiva; resulta absolutamente
necesario fortalecer estos derechos, cuantitativa y cualitativamente.
No alcanza con agregar al texto constitucional, ni con
incorporar, al mismo, los tratados internacionales que
los reconocen. La Democracia no es alquimia, ni la Constitución
es Quimérica. Así como los eclesiásticos
se reúnen en congresos, juntas o concilios, para
deliberar sobre cuestiones del dogma y de la disciplina;
los políticos se reúnen en Convención
Constituyente para deliberar y decidir, entre otros temas,
sobre los derechos y garantías de los ciudadanos;
pero esta "declaración de principios"
no puede quedar en eso. Lo peor para la salud de la Democracia
es dejar que la Constitución pierda Vigor, convirtiéndose
en una especie de "lacónico catecismo",
de sucinta explicación de una doctrina, como fue
entre otros, el de aquel P. J. de Ripalda , del siglo
XVI.
En conclusión, si entendemos que los Derechos Humanos
son realmente esenciales para la Democracia; si los respetamos
y los hacemos respetar siempre y en todo lugar; cualquier
intervención al Mercado, cualquier medida de gobierno
que tenga por objeto ampliar estos derechos o hacerlos
efectivos, se justificaría plenamente, si se hace
en un marco de razonabilidad y equidad; porque siendo
estos derechos constitutivos de la Democracia, ignorarlos
sería ignorarla, defenderlos sería defenderla
y atacarlos sería atacarla.
[1]
El Padre Jerónimo de Ripalda: jesuita del siglo
XVI, cuyo catecismo fue publicado por primera vez en 1591
en Burgos. Su antecedente es el catecismo Romano o catecismo
del Concilio Tridentino, publicado por Pío V en
1566. [
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