
3
En
el patio de la Escuela de Derecho, durante uno de los
recreos de la mañana, el Chico Adriazola le hablo
del Poeta a Eduardito Villaseca.
—¿Conoces al Poeta? —preguntó Eduardito,
y el Chico observó muy bien que había disimulado
su asombro, pero que estaba asombrado, con todas sus antenas
sobre aviso.
—Sí —respondió el Chico, y agregó,
exagerando, pero consciente de que era el momento de exagerar—:
Soy amigo suyo.
Eduardito
guardó silencio. Dio la impresión de que
husmeaba el aire, y de que percibía un vientecillo
más o menos juguetón, un revoloteo nuevo,
el anuncio de algo silbado desde alguna parte.
—¿Por
qué no van a mi casa en la tarde —dijo—, como a
las seis de la tarde?
A
las seis de la tarde en punto, el Chico y el Poeta tocaron
el timbre del caserón de Eduardito. Alguien, una
sombra femenina que se adivinaba a través de cristales
esmerilados, bajo por una larga escalinata y les abrió:
era una mujer de color ceniza, entrecana, con un delantal
negro y un cuello blanco almidonado. Y arriba de la escalinata,
junto a una mesa de mármol, debajo de una pesada
lámpara que parecía de basílica o
de sepulcro, los esperaba Eduardito. El Chico notó
que estaba nervioso, con un tic a la orilla del ojo izquierdo
y un ligero temblor en las manos, y que la presencia del
Poeta lo dejaba sin habla. El Poeta, por su lado, miraba
el vasto espacio del vestíbulo, la entrada de un
salón en penumbra, con el perfil de cortinajes
pesados, de grandes jarrones de porcelana china, de vitrales
coloreados con figuras pastoriles de épocas pretéritas,
y daba la impresión de hacerse preguntas de toda
especie, y de articular respuestas atropelladas, confusas,
aparte de tener ganas, quizá, quién sabe,
de empuñar un grueso bastón, o un garrote
de raíz de lingue, para emprenderlas contra todo,
vitrales pastoriles y jarrones chinos, a garrotazos o
a bastonazos. Eduardito, entonces, que probablemente esperaba
una reacción parecida y cuyo ojo izquierdo ya temblaba
menos, propuso que bebieran unos tragos de whisky.
—¡Whisky! —exclamó el Chico Adriazola.
—Whisky —confirmo Eduardito, impertérrito—. ¿No
te gusta el whisky?
—No he tomado nunca en mi vida —dijo el Chico.
El
Poeta, entonces, le palmoteó el hombro y casi lo
desarmó. Miró, enseguida, a los ojos, con
una pizca de burla, al hijo de los dueños de casa.
—Venga el whisky —dijo.
Supieron
a los pocos minutos, los dos que llegaban de visita, que
era una operación más bien complicada. Porque
había que entrar al sector de la mansión
ocupado por don Ramiro Villaseca, el dueño (que
alguna gente conocía, supieron después,
por el sobrenombre de Harpagón), y por su mujer,
dona Victoria de tanto y tanto, a quien sus amigas llamaban
Toyita y a veces Tolita, la Tolita de tanto y tanto. Pues
bien, ahí, en esa parte sombría de la casa,
a la salida del dormitorio de don Ramiro, en un recodo
estratégico, había un armario de madera
noble, oculto por cortinas verdes, siempre cerrado con
doble llave, pero de cuyas llaves Eduardito había
conseguido en un boliche cercano que le hicieran una copia.
Cerró, entonces, todas las puertas que daban al
vestíbulo, sacó un manojo de lo más
profundo de un bolsillo y abrió con gran sigilo,
mirando por encima de los hombros para todos lados, como
si fuera un ladrón de su propia familia, de su
propia herencia. Destapó, enseguida, el contenido
de un botellón de veinte años de antigüedad,
almacenado en la hilera del fondo, y colocó en
su lugar una botella de whisky nacional, marca chancho,
que se encontraba en la parte de adelante.
Al
día siguiente, el Chico Adriazola sólo se
acordaba del comienzo de todo el proceso, del trasvasije
de licores en la oscuridad, porque había sido necesario,
en realidad, pasar con gran cuidado el licor nacional
a la botella importada, cuyo contenido había sido
previamente trasladado a sendos vasos, y de la astuta
colocación de esa botella llena de pergaminos en
un fondo donde se suponía que las manazas de don
Ramiro Villaseca, el Harpagón de la Alameda, no
llegarían nunca, y después se acordaba,
el Chico bienaventurado, de unos tableros forrados en
raso oscuro y atiborrados de brillantes algo amarillos
colocados en fila, manifestaciones de la riqueza secreta
del dueño de la mansión, y tenía,
junto con ese recuerdo algo extraño, un dolor que
le partía la cabeza y un cototo grande en la parte
de atrás del cráneo, una protuberancia que
remataba en una herida sangrante.
—Es que de repente —le dijo el Poeta—, se te trabó
la lengua, y los ojos se te pusieron vidriosos, y cuando
salimos a la carrera, porque los viejos podían
llegar de un momento a otro, te diste una vuelta rara,
como muñeco que gira en banda, y te azotaste contra
la baranda de fierro y de bronce de la escalinata de salida.
Te azotaste con tanta fuerza, con un ruido terrible, como
de tablas resecas resquebrajadas, que creímos,
Eduardito y yo, que te habías matado.
Levantaron
al Chico entre el Poeta y Eduardito, le sacudieron la
ropa, le mojaron la cabeza en el baño de visitas,
y después bajaron los escalones alfombrados, tropezando,
bufando, llegaron a la calle, y el Chico, que iba pálido
como un papel, se puso a vomitar debajo de uno de los
plátanos orientales de la Alameda, a la altura
del edificio de la Falange Nacional (menos mal que no
había carabineros por ahí cerca), y Eduardito
Villaseca divisó en ese momento, con terror, la
máscara inconfundible del Hudson gris de su padre,
que se acercaba desde el poniente, raudo, manejado por
Filomeno, el chofer, con su cara protuberante y alargada,
caballuna, y su gorra negra, y alcanzo a ver detrás
de Filomeno, en la oscuridad del asiento trasero, a don
Ramiro con su cara ancha, con su mirada de dominio, que
parecía barrer la vastedad de la Alameda de Norte
a Sur y de Oriente a Poniente, y junto a él, con
un alto sombrero que tenía, en la negrura de ese
fondo, hasta frutas y pájaros artificiales, a misiá
Toya de tanto y tanto, es decir, Tolita, la Tolita, que
era una señora de mirada triste, de expresión
compungida, víctima de los arrebatos y los gritoneos
de su marido, pero que iba a heredar, contaban, de su
señor padre, que todavía estaba vivo, algo
así como cinco fundos de la zona central de Chile,
lo mejor del riñón agrícola chileno,
hectáreas planas y regadas de migajón puro,
de puro bizcochuelo.
Eduardito
se escondió en la sombra de las rejas exteriores
del edificio de la Falange Nacional, que tenía
una esbelta y antigua palmera en el centro del patio,
una palmera que había visto pasar el desfile de
las tropas victoriosas en Yungay, al final de la guerra
contra la Confederación Perú-Boliviana,
encabezadas por el general Manuel Bulnes, y don Ramiro,
quizá, desde la profundidad de su asiento, habrá
divisado a un chicoco que vomitaba contra el tronco de
un árbol y se habrá dicho que este país
de salvajes no tenía remedio.
—Eduardito —le dijo el Poeta al Chico, por teléfono,
al mediodía siguiente—, nos citó para hoy
a las cinco de la tarde en el Parque Forestal.
—A mí se me parte la cabeza —protestó el
Chico.
—Pero tienes que ir. Porque nos citó para leernos
un poema suyo.
—¡Un poema!
—Sí —dijo el Poeta—. Un poema que acaba de escribir.
Y no podemos defraudarlo. Para él es una cuestión
de vida o muerte.
—¿Y si el poema es malo?
—¡Ah! —exclamó el Poeta—. Si el poema es malo...
¡Ojalá que no sea demasiado malo!
—¡Ojalá!
Hubo
un silencio más o menos largo en el teléfono,
y el Chico después le informó al Poeta que
ya estaba leyendo Miércoles de ceniza de T. S. Eliot en la traducción de un tal Jorge
Elliot y no sabía cuánto más.
—Es distinto de todo lo que había leído en
mi vida —dijo el Chico.
—Es que tienes que ponerte al día —resopló
el Poeta por el otro lado—. ¡Porque te faltan siglos!
¡Siglos!,
repitió el Chico Adriazola para sus adentros, varias
veces, ¡siglos!, y casi se le soltaron las lágrimas.
4
El
Chico Y el Poeta esperaron sentados en un banco, a la
sombra frondosa de un castaño, entre castañas
medio abiertas o reventadas repartidas por el suelo, entre
pedruscos y hojas secas, cerca de la estatua de homenaje
a Rubén Darío: un adolescente de bronce
oscuro que toca una flauta de pan, una fuente de agua
que corre, unos versos inscritos en una placa de mármol
negro: y el agua dice el alma de la fuente / en la
voz de cristal que fluye d 'ella...
Eduardito
llegó desde la calle Merced. Cruzó Monjitas
con sumo cuidado, con una mano en el pecho, mirando para
un lado y para otro, y no se sabía si tenía
miedo de morir atropellado, o de leer sus versos, o de
ambas cosas. Después entró al sendero con
su paso típico, un poco arrastrado, y ellos notaron
que venía con una mirada huidiza, entre nerviosa
y ausente.
Se
saludaron, dijeron algo sobre la tarde, sobre las castañas,
sobre el flautista rubendariano, y Eduardito movió
la cabeza, con un gesto resignado, como si la lectura
fuera una condena que él mismo se había
impuesto, y sacó el poema del bolsillo interior
de la chaqueta: tres o cuatro hojas de cuaderno escritas
con tinta negra por el derecho y el revés.
—Leo, entonces —dijo.
Estaba
mirando en dirección a la calle Merced, a las buganvillas
de la embajada norteamericana, a la orilla del río,
pero dijo lo anterior, clavó la vista en sus papeles
y se puso a leer. Leyó con un poco de apuro, sin
toda la calma que se necesitaba, pero con buena dicción,
con un temblor de la voz que apenas se advertía.
Algunos opinaron más tarde, porque el rumor se
difundió por la Escuela de Leyes y por sus alrededores,
por la Fuente Alemana y hasta por algunos salones de los
prostíbulos de la calle San Martín, que
el poema no estaba mal, que tenía un lenguaje más
o menos logrado, una escritura interesante, por así
decirlo, producto, quizá, de las lecturas en inglés,
en castellano, incluso en francés, que hacía
Eduardito en noches interminables, en la soledad del tercer
piso del caserón de su familia, frente a los caprichos
arquitectónicos del cerro, a sus escalinatas ceremoniales,
a vuelos de palomas y otros pajarracos en la oscuridad,
aparte de alguna repentina pelea de borrachos en la distancia.
Eduardito
terminó su lectura, y el Chico Adriazola, mirando
al cielo a través de las ramas del castaño
y de unos pimientos vecinos, musitó elogios más
bien confusos, enrevesados, tartamudeando. El Poeta, por
su lado, mientras el Chico decía sus cosas, movía
la cabeza, se agarraba la barbilla, daba la impresión
de que meditaba antes de adelantar una opinión.
Al final, con una cara de asco que era bastante frecuente
en él, con los labios gruesos medio torcidos, con
el pecho hundido, optó por decir algo. Lo que esperaba
Eduardito, en realidad, era el juicio de él, y
una vez que el Poeta abrió la boca, el Chico se
quedó callado de inmediato. Por uno de los senderos
se divisaba a Manuelito el Tonto, personaje habitual del
centro de la ciudad, entre bufón y mendigo, con
su pierna coja y sus brazos paralizados, y hacia el sur
habla niñeras uniformadas al cuidado de tres o
de cuatro niños cada una, y ancianas que parloteaban
entre los niños y las niñeras.
—Mira, Eduardo —dijo el Poeta, estrujándose el mentón,
colocando el peso del cuerpo en un solo pie, y fue digna
de notarse la supresión del diminutivo—, tu poema
no esta mal. En algunos pasajes, tiene aristas, sonidos,
detalles más o menos buenos. Parece escrito bajo
la influencia de Pedro Salinas, de Jorge Guillen, de Luis
Cernuda, de algunos de ellos. Poetas estimables, digamos
—y se acarició la cara, y sonrió por lo
bajo, como si él, en persona, con debido conocimiento
de causa, no los estimara tanto como pretendía—.
Pero —y este pero abrió todo un abanico de dudas,
de reservas—, creo que le falta algo. Todavía no
sé qué le falta, si quieres que te diga,
pero algo le falta. Y el ritmo sufre las consecuencias.
Está a punto de asomar por algún lado, el
ritmo, y al final no asoma por ninguna parte. En buenas
cuentas, como te dije, no está mal, pero me temo
que sea un poema inútil. ¿Entendís?
Usábamos
mucho en ese tiempo, el Poeta, el Chico Adriazola, una
vez que avanzó en su lectura de T. S. Eliot y de
César Vallejo, Alejandro, todos nosotros, la palabra
inútil. Y calificar una pieza literaria de inútil,
aunque se le concedieran todas las bondades de este mundo,
era su condena más lapidaria. Ahora nos imaginamos
que el Poeta dijo todo esto con la boca seca, en estado
de casi desesperación, a sabiendas de que cada
una de sus palabras era una puñalada, de que su
discurso era un discurso asesino. Pensamos que Eduardito
Villaseca, el hijo de don Ramiro y de doña Tolita
de tanto y tanto, escuchó en silencio, con la vista
clavada en el monumento a Rubén Darío, y
que se guardó el poema, las tres o cuatro hojas
de cuaderno escritas con tinta negra, en el bolsillo interior
de la chaqueta. Se lo guardó, suponemos, con amargura
disimulada, pero terrible, porque nadie podría
describir la intensidad, la profundidad que tenían
entonces aquellas amarguras, aquellas frustraciones. El
Poeta, por cambiar de tema, los invitó a conocer
la casa donde arrendaba una pieza desde que se había
ido e la casa de sus padres, hacía poco tiempo.
—Es como el revés exacto de la casa tuya —le dijo
a Eduardito.
—¿Tú crees que la casa tiene la culpa? —preguntó
Eduardito.
—¿La culpa de qué?
—De que el poema sea tan inútil.
—Vamos a conocer —interrumpió, con voz un tanto
impostada, el Chico—, la Casa de Dostoievsky, y después
sacamos las conclusiones que haya que sacar.
En
el camino entre el Parque Forestal y la famosa casa, el
Poeta propuso que hicieran un aro en la cervecería
subterránea El Bohemio, la de los encuentros de
Fausto y Mefistófeles (según la versión
particular de Teófilo Cid y el Chico Molina), pero
siempre que se mantuvieran a prudente distancia del viejo
de Rokha, que era muy capaz de estropearles la tarde con
sus majaderías.
—De acuerdo —dijo el Chico—, pero, ¿quién
paga? Eduardito Villaseca se metió una mano al
bolsillo del pantalón y sacó un billete
arrugado de cien pesos.
—Yo pago —dijo.
Actuaba,
Eduardito, como si no hubiera pasado nada, pero la verdad
es que estaba pálido: en pocos minutos le habían
salido ojeras, y ellos tuvieron la extraña impresión
de que tragaba bilis por toneladas. Sentían, al
mismo tiempo, que no podían hacer nada. El otro
estaba cerca del suicidio, poco menos, pero a ellos, al
Poeta y al Chico, la situación se les había
escapado de las manos. No había nada que hacer.
Aunque pareciera trivial, era trágica. Ellos habían
asestado una puñalada certera, asesina, ¿sin
proponérselo?, y ahora esperaban un derrumbe, un
descalabro. |