IV.
LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES
30. En la Rerum novarum León XIII afirmaba enérgicamente
y con varios argumentos el carácter natural del
derecho a la propiedad privada, en contra del socialismo
de su tiempo [65].
Este derecho, fundamental en toda persona para su autonomía
y su desarrollo, ha sido defendido siempre por la Iglesia
hasta nuestros días. Asimismo, la Iglesia enseña
que la propiedad de los bienes no es un derecho absoluto,
ya que en su naturaleza de derecho humano lleva inscrita
la propia limitación.
A la vez que proclamaba con fuerza el derecho a la propiedad
privada, el Pontífice afirmaba con igual claridad
que el «uso» de los bienes, confiado a la
propia libertad, está subordinado al destino primigenio
y común de los bienes creados y también
a la voluntad de Jesucristo, manifestada en el Evangelio.
Escribía a este respecto: «Así pues
los afortunados quedan avisados...; los ricos deben temer
las tremendas amenazas de Jesucristo, ya que más
pronto o más tarde habrán de dar cuenta
severísima al divino Juez del uso de las riquezas»;
y, citando a santo Tomás de Aquino, añadía:
«Si se pregunta cómo debe ser el uso de los
bienes, la Iglesia responderá sin vacilación
alguna: "a este respecto el hombre no debe considerar
los bienes externos como propios, sino como comunes"...
porque "por encima de las leyes y de los juicios
de los hombres está la ley, el juicio de Cristo"» [66].
Los sucesores de León XIII han repetido esta doble
afirmación: la necesidad y, por tanto, la licitud
de la propiedad privada, así como los límites
que pesan sobre ella [67].
También el Concilio Vaticano II ha propuesto de
nuevo la doctrina tradicional con palabras que merecen
ser citadas aquí textualmente: «El hombre,
usando estos bienes, no debe considerar las cosas exteriores
que legítimamente posee como exclusivamente suyas,
sino también como comunes, en el sentido de que
no le aprovechen a él solamente, sino también
a los demás». Y un poco más adelante:
«La propiedad privada o un cierto dominio sobre
los bienes externos aseguran a cada cual una zona absolutamente
necesaria de autonomía personal y familiar, y deben
ser considerados como una ampliación de la libertad
humana... La propiedad privada, por su misma naturaleza,
tiene también una índole social, cuyo fundamento
reside en el destino común de los bienes» [68].
La misma doctrina social ha sido objeto de consideración
por mi parte, primeramente en el discurso a la III Conferencia
del Episcopado latinoamericano en Puebla y posteriormente
en las encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo
rei socialis [69].
31. Releyendo estas enseñanzas sobre el derecho a la
propiedad y el destino común de los bienes en relación
con nuestro tiempo, se puede plantear la cuestión
acerca del origen de los bienes que sustentan la vida
del hombre, que satisfacen sus necesidades y son objeto
de sus derechos.
El origen primigenio de todo lo que es un bien es el acto
mismo de Dios que ha creado el mundo y el hombre, y que
ha dado a éste la tierra para que la domine con
su trabajo y goce de sus frutos (cf. Gn 1, 28-29). Dios
ha dado la tierra a todo el género humano para
que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir
a nadie ni privilegiar a ninguno. He ahí, pues,
la raíz primera del destino universal de los bienes
de la tierra. Ésta, por su misma fecundidad y capacidad
de satisfacer las necesidades del hombre, es el primer
don de Dios para el sustento de la vida humana. Ahora
bien, la tierra no da sus frutos sin una peculiar respuesta
del hombre al don de Dios, es decir, sin el trabajo. Mediante
el trabajo, el hombre, usando su inteligencia y su libertad,
logra dominarla y hacer de ella su digna morada. De este
modo, se apropia una parte de la tierra, la que se ha
conquistado con su trabajo: he ahí el origen de
la propiedad individual. Obviamente le incumbe también
la responsabilidad de no impedir que otros hombres obtengan
su parte del don de Dios, es más, debe cooperar
con ellos para dominar juntos toda la tierra.
A lo largo de la historia, en los comienzos de toda sociedad
humana, encontramos siempre estos dos factores, el trabajo
y la tierra; en cambio, no siempre hay entre ellos la
misma relación. En otros tiempos la natural fecundidad
de la tierra aparecía, y era de hecho, como el
factor principal de riqueza, mientras que el trabajo servía
de ayuda y favorecía tal fecundidad. En nuestro
tiempo es cada vez más importante el papel del
trabajo humano en cuanto factor productivo de las riquezas
inmateriales y materiales; por otra parte, es evidente
que el trabajo de un hombre se conecta naturalmente con
el de otros hombres. Hoy más que nunca, trabajar
es trabajar con otros y trabajar para otros: es hacer
algo para alguien. El trabajo es tanto más fecundo
y productivo, cuanto el hombre se hace más capaz
de conocer las potencialidades productivas de la tierra
y ver en profundidad las necesidades de los otros hombres,
para quienes se trabaja.
32. Existe otra forma de propiedad, concretamente en nuestro
tiempo, que tiene una importancia no inferior a la de
la tierra: es la propiedad del conocimiento, de la técnica
y del saber. En este tipo de propiedad, mucho más
que en los recursos naturales, se funda la riqueza de
las naciones industrializadas.
Se ha aludido al hecho de que el hombre trabaja con los
otros hombres, tomando parte en un «trabajo social»
que abarca círculos progresivamente más
amplios. Quien produce una cosa lo hace generalmente —aparte
del uso personal que de ella pueda hacer— para que
otros puedan disfrutar de la misma, después de
haber pagado el justo precio, establecido de común
acuerdo mediante una libre negociación. Precisamente
la capacidad de conocer oportunamente las necesidades
de los demás hombres y el conjunto de los factores
productivos más apropiados para satisfacerlas es
otra fuente importante de riqueza en una sociedad moderna.
Por lo demás, muchos bienes no pueden ser producidos
de manera adecuada por un solo individuo, sino que exigen
la colaboración de muchos. Organizar ese esfuerzo
productivo, programar su duración en el tiempo,
procurar que corresponda de manera positiva a las necesidades
que debe satisfacer, asumiendo los riesgos necesarios:
todo esto es también una fuente de riqueza en la
sociedad actual. Así se hace cada vez más
evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado
y creativo, y el de las capacidades de iniciativa y de
espíritu emprendedor, como parte esencial del mismo
trabajo [70].
Dicho proceso, que pone concretamente de manifiesto una
verdad sobre la persona, afirmada sin cesar por el cristianismo,
debe ser mirado con atención y positivamente. En
efecto, el principal recurso del hombre es, junto con
la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que
descubre las potencialidades productivas de la tierra
y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer
las necesidades humanas. Es su trabajo disciplinado, en
solidaria colaboración, el que permite la creación
de comunidades de trabajo cada vez más amplias
y seguras para llevar a cabo la transformación
del ambiente natural y la del mismo ambiente humano. En
este proceso están comprometidas importantes virtudes,
como son la diligencia, la laboriosidad, la prudencia
en asumir los riesgos razonables, la fiabilidad y la lealtad
en las relaciones interpersonales, la resolución
de ánimo en la ejecución de decisiones difíciles
y dolorosas, pero necesarias para el trabajo común
de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses
de fortuna.
La moderna economía de empresa comporta aspectos
positivos, cuya raíz es la libertad de la persona,
que se expresa en el campo económico y en otros
campos. En efecto, la economía es un sector de
la múltiple actividad humana y en ella, como en
todos los demás campos, es tan válido el
derecho a la libertad como el deber de hacer uso responsable
del mismo. Hay, además, diferencias específicas
entre estas tendencias de la sociedad moderna y las del
pasado incluso reciente. Si en otros tiempos el factor
decisivo de la producción era la tierra y luego
lo fueel capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria
y de bienes instrumentales, hoy día el factor decisivo
es cada vez más el hombre mismo, es decir, su capacidad
de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el
saber científico, y su capacidad de organización
solidaria, así como la de intuir y satisfacer las
necesidades de los demás.
33. Sin embargo, es necesario descubrir y hacer presentes
los riesgos y los problemas relacionados con este tipo
de proceso. De hecho, hoy muchos hombres, quizá
la gran mayoría, no disponen de medios que les
permitan entrar de manera efectiva y humanamente digna
en un sistema de empresa, donde el trabajo ocupa una posición
realmente central. No tienen posibilidad de adquirir los
conocimientos básicos, que les ayuden a expresar
su creatividad y desarrollar sus capacidades. No consiguen
entrar en la red de conocimientos y de intercomunicaciones
que les permitiría ver apreciadas y utilizadas
sus cualidades. Ellos, aunque no explotados propiamente,
son marginados ampliamente y el desarrollo económico
se realiza, por así decirlo, por encima de su alcance,
limitando incluso los espacios ya reducidos de sus antiguas
economías de subsistencia. Esos hombres, impotentes
para resistir a la competencia de mercancías producidas
con métodos nuevos y que satisfacen necesidades
que anteriormente ellos solían afrontar con sus
formas organizativas tradicionales, ofuscados por el esplendor
de una ostentosa opulencia, inalcanzable para ellos, coartados
a su vez por la necesidad, esos hombres forman verdaderas
aglomeraciones en las ciudades del Tercer Mundo, donde
a menudo se ven desarraigados culturalmente, en medio
de situaciones de violencia y sin posibilidad de integración.
No se les reconoce, de hecho, su dignidad y, en ocasiones,
se trata de eliminarlos de la historia mediante formas
coactivas de control demográfico, contrarias a
la dignidad humana.
Otros muchos hombres, aun no estando marginados del todo,
viven en ambientes donde la lucha por lo necesario es
absolutamente prioritaria y donde están vigentes
todavía las reglas del capitalismo primitivo, junto
con una despiadada situación que no tiene nada
que envidiar a la de los momentos más oscuros de
la primera fase de industrialización. En otros
casos sigue siendo la tierra el elemento principal del
proceso económico, con lo cual quienes la cultivan,
al ser excluidos de su propiedad, se ven reducidos a condiciones
de semi-esclavitud [71].
Ante estos casos, se puede hablar hoy día, como
en tiempos de la Rerum novarum, de una explotación
inhumana. A pesar de los grandes cambios acaecidos en
las sociedades más avanzadas, las carencias humanas
del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas
sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido;
es más, para los pobres, a la falta de bienes materiales
se ha añadido la del saber y de conocimientos,
que les impide salir del estado de humillante dependencia.
Por desgracia, la gran mayoría de los habitantes
del Tercer Mundo vive aún en esas condiciones.
Sería, sin embargo, un error entender este mundo
en sentido solamente geográfico. En algunas regiones
y en sectores sociales del mismo se han emprendido procesos
de desarrollo orientados no tanto a la valoración
de los recursos materiales, cuanto a la del «recurso
humano».
En años recientes se ha afirmado que el desarrollo
de los países más pobres dependía
del aislamiento del mercado mundial, así como de
su confianza exclusiva en las propias fuerzas. La historia
reciente ha puesto de manifiesto que los países
que se han marginado han experimentado un estancamiento
y retroceso; en cambio, han experimentado un desarrollo
los países que han logrado introducirse en la interrelación
general de las actividades económicas a nivel internacional.
Parece, pues, que el mayor problema está en conseguir
un acceso equitativo al mercado internacional, fundado
no sobre el principio unilateral de la explotación
de los recursos naturales, sino sobre la valoración
de los recursos humanos [72].
Con todo, aspectos típicos del Tercer Mundo se
dan también en los países desarrollados,
donde la transformación incesante de los modos
de producción y de consumo devalúa ciertos
conocimientos ya adquiridos y profesionalidades consolidadas,
exigiendo un esfuerzo continuo de recalificación
y de puesta al día. Los que no logran ir al compás
de los tiempos pueden quedar fácilmente marginados,
y junto con ellos, lo son también los ancianos,
los jóvenes incapaces de inserirse en la vida social
y, en general, las personas más débiles
y el llamado Cuarto Mundo. La situación de la mujer
en estas condiciones no es nada fácil.
34. Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones,
como de relaciones internacionales, el libre mercado es
el instrumento más eficaz para colocar los recursos
y responder eficazmente a las necesidades. Sin embargo,
esto vale sólo para aquellas necesidades que son
«solventables», con poder adquisitivo, y para
aquellos recursos que son «vendibles», esto
es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen
numerosas necesidades humanas que no tienen salida en
el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad
impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas
fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por
ellas. Además, es preciso que se ayude a estos
hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar
en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar
sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades
y recursos. Por encima de la lógica de los intercambios
a base de los parámetros y de sus formas justas,
existe algo que es debido al hombre porque es hombre,
en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva
inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar
activamente en el bien común de la humanidad.
En el contexto del Tercer Mundo conservan toda su validez
—y en ciertos casos son todavía una meta
por alcanzar— los objetivos indicados por la Rerum
novarum, para evitar que el trabajo del hombre y el hombre
mismo se reduzcan al nivel de simple mercancía:
el salario suficiente para la vida de familia, los seguros
sociales para la vejez y el desempleo, la adecuada tutela
de las condiciones de trabajo.
35. Se abre aquí un vasto y fecundo campo de acción
y de lucha, en nombre de la justicia, para los sindicatos
y demás organizaciones de los trabajadores, que
defienden sus derechos y tutelan su persona, desempeñando
al mismo tiempo una función esencial de carácter
cultural, para hacerles participar de manera más
plena y digna en la vida de la nación y ayudarles
en la vía del desarrollo.
En este sentido se puede hablar justamente de lucha contra
un sistema económico, entendido como método
que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión
de los medios de producción y la tierra, respecto
a la libre subjetividad del trabajo del hombre [73].
En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo
alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un
capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el
trabajo libre, en la empresa y en la participación.
Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige
que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas
sociales y por el Estado, de manera que se garantice la
satisfacción de las exigencias fundamentales de
toda la sociedad.
La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios,
como índice de la buena marcha de la empresa. Cuando
una empresa da beneficios significa que los factores productivos
han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes
necesidades humanas han sido satisfechas debidamente.
Sin embargo, los beneficios no son el único índice
de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances
económicos sean correctos y que al mismo tiempo
los hombres, que constituyen el patrimonio más
valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en
su dignidad. Además de ser moralmente inadmisible,
esto no puede menos de tener reflejos negativos para el
futuro, hasta para la eficiencia económica de la
empresa. En efecto, finalidad de la empresa no es simplemente
la producción de beneficios, sino más bien
la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres
que, de diversas maneras, buscan la satisfacción
de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo
particular al servicio de la sociedad entera. Los beneficios
son un elemento regulador de la vida de la empresa, pero
no el único; junto con ellos hay que considerar
otros factores humanos y morales que, a largo plazo, son
por lo menos igualmente esenciales para la vida de la
empresa.
Queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación
de que la derrota del socialismo deja al capitalismo como
único modelo de organización económica.
Hay que romper las barreras y los monopolios que colocan
a tantos pueblos al margen del desarrollo, y asegurar
a todos —individuos y naciones— las condiciones
básicas que permitan participar en dicho desarrollo.
Este objetivo exige esfuerzos programados y responsables
por parte de toda la comunidad internacional. Es necesario
que las naciones más fuertes sepan ofrecer a las
más débiles oportunidades de inserción
en la vida internacional; que las más débiles
sepan aceptar estas oportunidades, haciendo los esfuerzos
y los sacrificios necesarios para ello, asegurando la
estabilidad del marco político y económico,
la certeza de perspectivas para el futuro, el desarrollo
de las capacidades de los propios trabajadores, la formación
de empresarios eficientes y conscientes de sus responsabilidades [74].
Actualmente, sobre los esfuerzos positivos que se han
llevado a cabo en este sentido grava el problema, todavía
no resuelto en gran parte, de la deuda exterior de los
países más pobres. Es ciertamente justo
el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es
lícito, en cambio, exigir o pretender su pago,
cuando éste vendría a imponer de hecho opciones
políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación
a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas
contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables.
En estos casos es necesario —como, por lo demás,
está ocurriendo en parte— encontrar modalidades
de reducción, dilación o extinción
de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de
los pueblos a la subsistencia y al progreso.
36. Conviene ahora dirigir la atención a los problemas
específicos y a las amenazas, que surgen dentro
de las economías más avanzadas y en relación
con sus peculiares características. En las precedentes
fases de desarrollo, el hombre ha vivido siempre condicionado
bajo el peso de la necesidad. Las cosas necesarias eran
pocas, ya fijadas de alguna manera por las estructuras
objetivas de su constitución corpórea, y
la actividad económica estaba orientada a satisfacerlas.
Está claro, sin embargo, que hoy el problema no
es sólo ofrecer una cantidad de bienes suficientes,
sino el de responder a un demanda de calidad: calidad
de la mercancía que se produce y se consume; calidad
de los servicios que se disfrutan; calidad del ambiente
y de la vida en general.
La demanda de una existencia cualitativamente más
satisfactoria y más rica es algo en sí legítimo;
sin embargo hay que poner de relieve las nuevas responsabilidades
y peligros anejos a esta fase histórica. En el
mundo, donde surgen y se delimitan nuevas necesidades,
se da siempre una concepción más o menos
adecuada del hombre y de su verdadero bien. A través
de las opciones de producción y de consumo se pone
de manifiesto una determinada cultura, como concepción
global de la vida. De ahí nace el fenómeno
del consumismo. Al descubrir nuevas necesidades y nuevas
modalidades para su satisfacción, es necesario
dejarse guiar por una imagen integral del hombre, que
respete todas las dimensiones de su ser y que subordine
las materiales e instintivas a las interiores y espirituales.
Por el contrario, al dirigirse directamente a sus instintos,
prescindiendo en uno u otro modo de su realidad personal,
consciente y libre, se pueden crear hábitos de
consumo y estilos de vida objetivamente ilícitos
y con frecuencia incluso perjudiciales para su salud física
y espiritual. El sistema económico no posee en
sí mismo criterios que permitan distinguir correctamente
las nuevas y más elevadas formas de satisfacción
de las nuevas necesidades humanas, que son un obstáculo
para la formación de una personalidad madura. Es,
pues, necesaria y urgente una gran obra educativa y cultural,
que comprenda la educación de los consumidores
para un uso responsable de su capacidad de elección,
la formación de un profundo sentido de responsabilidad
en los productores y sobre todo en los profesionales de
los medios de comunicación social, además
de la necesaria intervención de las autoridades
públicas.
Un ejemplo llamativo de consumismo, contrario a la salud
y a la dignidad del hombre y que ciertamente no es fácil
controlar, es el de la droga. Su difusión es índice
de una grave disfunción del sistema social, que
supone una visión materialista y, en cierto sentido,
destructiva de las necesidades humanas. De este modo la
capacidad innovadora de la economía libre termina
por realizarse de manera unilateral e inadecuada. La droga,
así como la pornografía y otras formas de
consumismo, al explotar la fragilidad de los débiles,
pretenden llenar el vacío espiritual que se ha
venido a crear.
No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado
el estilo de vida que se presume como mejor, cuando está
orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más
no para ser más, sino para consumir la existencia
en un goce que se propone como fin en sí mismo [75].
Por esto, es necesario esforzarse por implantar estilos
de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la
verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión
con los demás hombres para un crecimiento común
sean los elementos que determinen las opciones del consumo,
de los ahorros y de las inversiones. A este respecto,
no puedo limitarme a recordar el deber de la caridad,
esto es, el deber de ayudar con lo propio «superfluo»
y, a veces, incluso con lo propio «necesario»,
para dar al pobre lo indispensable para vivir. Me refiero
al hecho de que también la opción de invertir
en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez
de otro, es siempre una opción moral y cultural.
Dadas ciertas condiciones económicas y de estabilidad
política absolutamente imprescindibles, la decisión
de invertir, esto es, de ofrecer a un pueblo la ocasión
de dar valor al propio trabajo, está asimismo determinada
por una actitud de querer ayudar y por la confianza en
la Providencia, lo cual muestra las cualidades humanas
de quien decide.
37. Es asimismo preocupante, junto con el problema del consumismo
y estrictamente vinculado con él, la cuestión
ecológica. El hombre, impulsado por el deseo de
tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume
de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra
y su misma vida. En la raíz de la insensata destrucción
del ambiente natural hay un error antropológico,
por desgracia muy difundido en nuestro tiempo. El hombre,
que descubre su capacidad de transformar y, en cierto
sentido, de «crear» el mundo con el propio
trabajo, olvida que éste se desarrolla siempre
sobre la base de la primera y originaria donación
de las cosas por parte de Dios. Cree que puede disponer
arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin
reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía
propia y un destino anterior dados por Dios, y que el
hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe
traicionar. En vez de desempeñar su papel de colaborador
de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta
a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza,
más bien tiranizada que gobernada por él [76].
Esto demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de
miras del hombre, animado por el deseo de poseer las cosas
en vez de relacionarlas con la verdad, y falto de aquella
actitud desinteresada, gratuita, estética que nace
del asombro por el ser y por la belleza que permite leer
en las cosas visibles el mensaje de Dios invisible que
las ha creado. A este respecto, la humanidad de hoy debe
ser consciente de sus deberes y de su cometido para con
las generaciones futuras.
38. Además de la destrucción irracional del
ambiente natural hay que recordar aquí la más
grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo,
se está lejos de prestar la necesaria atención.
Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos
de lo necesario, de preservar los «habitat»
naturales de las diversas especies animales amenazadas
de extinción, porque nos damos cuenta de que cada
una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio
general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar
las condiciones morales de una auténtica «ecología
humana». No sólo la tierra ha sido dada por
Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención
originaria de que es un bien, según la cual le
ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo
un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura
natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que mencionar
en este contexto los graves problemas de la moderna urbanización,
la necesidad de un urbanismo preocupado por la vida de
las personas, así como la debida atención
a una «ecología social» del trabajo.
El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella
la capacidad de trascender todo ordenamiento de la sociedad
hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está condicionado
por la estructura social en que vive, por la educación
recibida y por el ambiente. Estos elementos pueden facilitar
u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones,
gracias a las cuales se constituye un ambiente humano,
pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo
la plena realización de quienes son oprimidos de
diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras
y sustituirlas con formas más auténticas
de convivencia es un cometido que exige valentía
y paciencia [77].
39. La primera estructura fundamental a favor de la «ecología
humana» es la familia, en cuyo seno el hombre recibe
las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende
qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente
qué quiere decir en concreto ser una persona. Se
entiende aquí la familia fundada en el matrimonio,
en el que el don recíproco de sí por parte
del hombre y de la mujer crea un ambiente de vida en el
cual el niño puede nacer y desarrollar sus potencialidades,
hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar
su destino único e irrepetible. En cambio, sucede
con frecuencia que el hombre se siente desanimado a realizar
las condiciones auténticas de la reproducción
humana y se ve inducido a considerar la propia vida y
a sí mismo como un conjunto de sensaciones que
hay que experimentar más bien que como una obra
a realizar. De aquí nace una falta de libertad
que le hace renunciar al compromiso de vincularse de manera
estable con otra persona y engendrar hijos, o bien le
mueve a considerar a éstos como una de tantas «cosas»
que es posible tener o no tener, según los propios
gustos, y que se presentan como otras opciones.
Hay que volver a considerar la familia como el santuario
de la vida. En efecto, es sagrada: es el ámbito
donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida
de manera adecuada contra los múltiples ataques
a que está expuesta, y puede desarrollarse según
las exigencias de un auténtico crecimiento humano.
Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye
la sede de la cultura de la vida.
El ingenio del hombre parece orientarse, en este campo,
a limitar, suprimir o anular las fuentes de la vida, recurriendo
incluso al aborto, tan extendido por desgracia en el mundo,
más que a defender y abrir las posibilidades a
la vida misma. En la encíclica Sollicitudo rei
socialis han sido denunciadas las campañas sistemáticas
contra la natalidad, que, sobre la base de una concepción
deformada del problema demográfico y en un clima
de «absoluta falta de respeto por la libertad de
decisión de las personas interesadas», las
someten frecuentemente a «intolerables presiones...
para plegarlas a esta forma nueva de opresión» [78].
Se trata de políticas que con técnicas nuevas
extienden su radio de acción hasta llegar, como
en una «guerra química», a envenenar
la vida de millones de seres humanos indefensos.
Estas críticas van dirigidas no tanto contra un
sistema económico, cuanto contra un sistema ético-cultural.
En efecto, la economía es sólo un aspecto
y una dimensión de la compleja actividad humana.
Si es absolutizada, si la producción y el consumo
de las mercancías ocupan el centro de la vida social
y se convierten en el único valor de la sociedad,
no subordinado a ningún otro, la causa hay que
buscarla no sólo y no tanto en el sistema económico
mismo, cuanto en el hecho de que todo el sistema sociocultural,
al ignorar la dimensión ética y religiosa,
se ha debilitado, limitándose únicamente
a la producción de bienes y servicios [79].
Todo esto se puede resumir afirmando una vez más
que la libertad económica es solamente un elemento
de la libertad humana. Cuando aquella se vuelve autónoma,
es decir, cuando el hombre es considerado más como
un productor o un consumidor de bienes que como un sujeto
que produce y consume para vivir, entonces pierde su necesaria
relación con la persona humana y termina por alienarla
y oprimirla [80].
40. Es deber del Estado proveer a la defensa y tutela de los
bienes colectivos, como son el ambiente natural y el ambiente
humano, cuya salvaguardia no puede estar asegurada por
los simples mecanismos de mercado. Así como en
tiempos del viejo capitalismo el Estado tenía el
deber de defender los derechos fundamentales del trabajo,
así ahora con el nuevo capitalismo el Estado y
la sociedad tienen el deber de defender los bienes colectivos
que, entre otras cosas, constituyen el único marco
dentro del cual es posible para cada uno conseguir legítimamente
sus fines individuales.
He ahí un nuevo límite del mercado: existen
necesidades colectivas y cualitativas que no pueden ser
satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas
importantes que escapan a su lógica; hay bienes
que, por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender
o comprar. Ciertamente, los mecanismos de mercado ofrecen
ventajas seguras; ayudan, entre otras cosas, a utilizar
mejor los recursos; favorecen el intercambio de los productos
y, sobre todo, dan la primacía a la voluntad y
a las preferencias de la persona, que, en el contrato,
se confrontan con las de otras personas. No obstante,
conllevan el riesgo de una «idolatría»
del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por
su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías.
41. El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas,
reprochándoles la mercantilización y la
alienación de la existencia humana. Ciertamente,
este reproche está basado sobre una concepción
equivocada e inadecuada de la alienación, según
la cual ésta depende únicamente de la esfera
de las relaciones de producción y propiedad, esto
es, atribuyéndole un fundamento materialista y
negando, además, la legitimidad y la positividad
de las relaciones de mercado incluso en su propio ámbito.
El marxismo acaba afirmando así que sólo
en una sociedad de tipo colectivista podría erradicarse
la alienación. Ahora bien, la experiencia histórica
de los países socialistas ha demostrado tristemente
que el colectivismo no acaba con la alienación,
sino que más bien la incrementa, al añadirle
la penuria de las cosas necesarias y la ineficacia económica.
La experiencia histórica de Occidente, por su parte,
demuestra que, si bien el análisis y el fundamento
marxista de la alienación son falsas, sin embargo
la alienación, junto con la pérdida del
sentido auténtico de la existencia, es una realidad
incluso en las sociedades occidentales. En efecto, la
alienación se verifica en el consumo, cuando el
hombre se ve implicado en una red de satisfacciones falsas
y superficiales, en vez de ser ayudado a experimentar
su personalidad auténtica y concreta. La alienación
se verifica también en el trabajo, cuando se organiza
de manera tal que «maximaliza» solamente sus
frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador,
mediante el propio trabajo, se realice como hombre, según
que aumente su participación en una auténtica
comunidad solidaria, o bien su aislamiento en un complejo
de relaciones de exacerbada competencia y de recíproca
exclusión, en la cual es considerado sólo
como un medio y no como un fin.
Es necesario iluminar, desde la concepción cristiana,
el concepto de alienación, descubriendo en él
la inversión entre los medios y los fines: el hombre,
cuando no reconoce el valor y la grandeza de la persona
en sí mismo y en el otro, se priva de hecho de
la posibilidad de gozar de la propia humanidad y de establecer
una relación de solidaridad y comunión con
los demás hombres, para lo cual fue creado por
Dios. En efecto, es mediante la propia donación
libre como el hombre se realiza auténticamente
a sí mismo [81],
y esta donación es posible gracias a la esencial
«capacidad de trascendencia» de la persona
humana. El hombre no puede darse a un proyecto solamente
humano de la realidad, a un ideal abstracto, ni a falsas
utopías. En cuanto persona, puede darse a otra
persona o a otras personas y, por último, a Dios,
que es el autor de su ser y el único que puede
acoger plenamente su donación [82].
Se aliena el hombre que rechaza trascenderse a sí
mismo y vivir la experiencia de la autodonación
y de la formación de una auténtica comunidad
humana, orientada a su destino último que es Dios.
Está alienada una sociedad que, en sus formas de
organización social, de producción y consumo,
hace más difícil la realización de
esta donación y la formación de esa solidaridad
interhumana.
En la sociedad occidental se ha superado la explotación,
al menos en las formas analizadas y descritas por Marx.
No se ha superado, en cambio, la alienación en
las diversas formas de explotación, cuando los
hombres se instrumentalizan mutuamente y, para satisfacer
cada vez más refinadamente sus necesidades particulares
y secundarias, se hacen sordos a las principales y auténticas,
que deben regular incluso el modo de satisfacer otras
necesidades [83].
El hombre que se preocupa sólo o prevalentemente
de tener y gozar, incapaz de dominar sus instintos y sus
pasiones y de subordinarlas mediante la obediencia a la
verdad, no puede ser libre. La obediencia a la verdad
sobre Dios y sobre el hombre es la primera condición
de la libertad, que le permite ordenar las propias necesidades,
los propios deseos y el modo de satisfacerlos según
una justa jerarquía de valores, de manera que la
posesión de las cosas sea para él un medio
de crecimiento. Un obstáculo a esto puede venir
de la manipulación llevada a cabo por los medios
de comunicación social, cuando imponen con la fuerza
persuasiva de insistentes campañas, modas y corrientes
de opinión, sin que sea posible someter a un examen
crítico las premisas sobre las que se fundan.
42. Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede
decir quizá que, después del fracaso del
comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que
hacia él estén dirigidos los esfuerzos de
los países que tratan de reconstruir su economía
y su sociedad? ¿Es quizá éste el
modelo que es necesario proponer a los países del
Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso
económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo»
se entiende un sistema económico que reconoce el
papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado,
de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad
para con los medios de producción, de la libre
creatividad humana en el sector de la economía,
la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá
sería más apropiado hablar de «economía
de empresa», «economía de mercado»,
o simplemente de «economía libre».
Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema
en el cual la libertad, en el ámbito económico,
no está encuadrada en un sólido contexto
jurídico que la ponga al servicio de la libertad
humana integral y la considere como una particular dimensión
de la misma, cuyo centro es ético y religioso,
entonces la respuesta es absolutamente negativa.
La solución marxista ha fracasado, pero permanecen
en el mundo fenómenos de marginación y explotación,
especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos
de alienación humana, especialmente en los países
más avanzados; contra tales fenómenos se
alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes muchedumbres
viven aún en condiciones de gran miseria material
y moral. El fracaso del sistema comunista en tantos países
elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar
de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso
no basta para resolverlos. Es más, existe el riesgo
de que se difunda una ideología radical de tipo
capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración,
porque a priori considera condenado al fracaso todo intento
de afrontarlos y, de forma fideísta, confía
su solución al libre desarrollo de las fuerzas
de mercado.
43. La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos
reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente
de las diversas situaciones históricas, gracias
al esfuerzo de todos los responsables que afronten los
problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos,
políticos y culturales que se relacionan entre
sí [84].
Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación
ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual
—como queda dicho— reconoce la positividad
del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica
que éstos han de estar orientados hacia el bien
común. Esta doctrina reconoce también la
legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir
el pleno respeto de su dignidad y espacios más
amplios de participación en la vida de la empresa,
de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo
la dirección de otros, puedan considerar en cierto
sentido que «trabajan en algo propio» [85],
al ejercitar su inteligencia y libertad.
El desarrollo integral de la persona humana en el trabajo
no contradice, sino que favorece más bien la mayor
productividad y eficacia del trabajo mismo, por más
que esto puede debilitar centros de poder ya consolidados.
La empresa no puede considerarse únicamente como
una «sociedad de capitales»; es, al mismo
tiempo, una «sociedad de personas», en la
que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades
específicas los que aportan el capital necesario
para su actividad y los que colaboran con su trabajo.
Para conseguir estos fines, sigue siendo necesario todavía
un gran movimiento asociativo de los trabajadores, cuyo
objetivo es la liberación y la promoción
integral de la persona.
A la luz de las «cosas nuevas» de hoy ha sido
considerada nuevamente la relación entre la propiedad
individual o privada y el destino universal de los bienes.
El hombre se realiza a sí mismo por medio de su
inteligencia y su libertad y, obrando así, asume
como objeto e instrumento las cosas del mundo, a la vez
que se apropia de ellas. En este modo de actuar se encuentra
el fundamento del derecho a la iniciativa y a la propiedad
individual. Mediante su trabajo el hombre se compromete
no sólo en favor suyo, sino también en favor
de los demás y con los demás: cada uno colabora
en el trabajo y en el bien de los otros. El hombre trabaja
para cubrir las necesidades de su familia, de la comunidad
de la que forma parte, de la nación y, en definitiva,
de toda la humanidad [86].
Colabora, asimismo, en la actividad de los que trabajan
en la misma empresa e igualmente en el trabajo de los
proveedores o en el consumo de los clientes, en una cadena
de solidaridad que se extiende progresivamente. La propiedad
de los medios de producción, tanto en el campo
industrial como agrícola, es justa y legítima
cuando se emplea para un trabajo útil; pero resulta
ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir
el trabajo de los demás u obtener unas ganancias
que no son fruto de la expansión global del trabajo
y de la riqueza social, sino más bien de su compresión,
de la explotación ilícita, de la especulación
y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral [87].
Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación
y constituye un abuso ante Dios y los hombres.
La obligación de ganar el pan con el sudor de la
propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una
sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente
y las medidas de política económica no permitan
a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de
ocupación, no puede conseguir su legitimación
ética ni la justa paz social [88].
Así como la persona se realiza plenamente en la
libre donación de sí misma, así también
la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los
debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo
y crecimiento humano para todos.
[65]
Cf. Enc. Rerum novarum: l. c., 99-107; 131-133. [
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[66] Ibid.: l. c., 111.113
s. [
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[67] Cf, Pío XI, Enc.
Quadragesimo anno, II: l. c., 191; Pío XII, Radiomensaje,
1 de junio de 1941: l, c., 199; Juan XXIII, Enc. Mater
et magistra: l. c., 428-429; Pablo VI, Enc. Populorum
progressio, 22-24: l. c., 268 s. [
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[68] Const, past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69; 71. [
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[69] Discurso a los Obispos latinoamericanos
en Puebla, 28 de enero de 1979, III, 4: AAS 71 (1979),199-201;
Enc. Laborem exercens, 14: l. c., 612-616; Enc. Sollicitudo
rei socialis, 42: l. c., 572-574. [
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[70] Cf. Enc. Sollicitudo rei
socialis, 15: l.c., 528-531. [
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[71] Cf. Enc. Laborem exercens,
21: l.c., 632-634. [
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[72] Cf. Pablo VI, Enc. Populorum
progressio, 33-42: l. c., 273-278. [
volver ]
[73] Cf. Enc. Laborem exercens,
7: l.c., 592-594. [
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[74] Cf. ibid., 8: l.
c., 594-598. [
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[75] Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 35; Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 19: l.
c., 266 s. [
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[76] Cf. Enc. Sollicitudo rei
socialis, 34: l. c., 559 s.; Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz 1990: AAS 82 ( 1990), 147-156. [
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[77] Cf. Exh. Ap. Reconciliatio
et paenitentia (2 diciembre 1984), 16: AAS 77 (1985),
213-217; Pío XI, Enc. Quadragesimo anno, III: l.
c., 219. [
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[78] Enc. Sollicitudo rei socialis,
25: l. c., 544. [
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[79] Ibid., 34: l. c.,
559 s. [
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[80] Cf. Enc. Redemptor hominis
(4 marzo 1979), 15: AAS 71 ( 1979), 286-289. [
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[81] Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const., past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 24. [
volver ]
[82] Cf . ibid., 41. [
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[83] Cf. ibid., 26. [
volver ]
[84] Cf. ibid., Pablo
VI, Cart. Ap. Octogesima adveniens, 2-5: L. c., 402-405. [
volver ]
[85] Cf. Enc. Laborem exercens,
15: l. c., 616-618. [
volver ]
[86] Cf. ibid., 10:
l. c., 600-602. [
volver ]
[87] Cf. ibid.,
14: l. c., 612-616. [
volver ]
[88] Cf. ibid., 18:
l. c., 622-625. [
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