CUANDO
MURIÓ EMBESTIDO por un camión de residuos
patogénicos, yo tenía doce años y
él empezaba a abandonar su aspecto de basura. El
cuerpo de Jaime Zar fue destrozado a causa del impacto
que amontonó todas las jeringas usadas en el sector
del acoplado más próximo al gabinete del
conductor. De ese modo tan estúpido mi padre se
fue y vale suponer que no volverá. Pero las secuelas
del accidente quedaron flotando por ahí y aproveché
al máximo mi talento en el arte de absorberlas.
Quién sabe que tipo de herencia primogénita
produce un choque. Sí desde entonces mi conducta
es habitada por una singularidad que no elegiría
como propia: los deseos chocan con un campo traslúcido
—a veces, en los días lluviosos se percibe un plano
gaseoso de baja densidad, perpendicular a la calle, algo
amarillento que se confunde en la bruma pero que no lo
es— que lleva a los actos en el sentido opuesto de la
premeditación, gobernados por una fuerza antiimantada,
una propulsión a la que denominé síndrome
de la voluntad inversa.
Con este párrafo abre Gabriel Reches su primera
novela y es imposible, o por lo menos no deseable si las
circunstancias lo permiten, abandonar la lectura hasta
el punto final de la obra. La evolución de la narración
y la concatenación de las reflexiones de los personajes,
arrastran al lector en el ejercicio de desmembramiento
del manto de mediocridad abúlica imperante.

Evaristo
Cultural: Como lector abordé tu novela como
metáfora de la vacuidad de la vida cotidiana en
este fin del siglo XX, comienzo del XXI. Metáfora
que se desencadena en el relato a partir del despido del
protagonista. Pero más allá de los hipertextos,
si fuera yo un editor que te pregunta cuál es el
argumento de La caja, ¿cuál sería
tu respuesta?
Gabriel
Reches: Bueno, me siento representado
por tu interpretación de la novela. Diría
que es la historia de un tipo que después de perder
cosas irrecuperables, y habiendo decidido apartarse de
cualquier opción barbitúrica, sin quererlo
se ve preso de su naturaleza humana e, influído
por su grupo de pertenencia, intenta sobrellevar el transcurrir
que le queda sobrecargando de sentido la escena estúpida
de haber encontrado un cadáver debajo de una caja
de cartón de la que se deshizo tiempo atrás.
El protagonista pretende ser el portavoz más lúcido
o el delator discursivo de un grupo de lúmpenes
cool que soportan su decisión de no reproducir
ni combatir las prácticas vinculares más
rutilantes de la década —como la delación
y la traición entre pares— y se entregan a los
sobrediagnósticos para contrapesar su renuncia
a cualquier tipo de horror o entusiasmo genuinos. (El
posicionamiento sería "está buena la
revolución pero prefiero que la haga otro").
Pertenecen a la generación del qué loco.
La generación del permanente qué flash.
En la lista de lo irrecuperable podríamos incluir
a las utopías, las vanguardias, el espíritu
progresista —entendido como la ilusión del paraíso
aceptada por la ciencia— la adherencia a la especie, el
padre, la niñez, el futuro de la humanidad y la
vida.
Entre las opciones barbitúricas podríamos
incluir la religión, la militancia ecologista,
la góndola alternativa en las grandes cadenas de
supermercados culturales, el reformismo, los cines debate,
los grupos de solos y solas, el carnaval y las fiestas
rave.
A la vez subyace en el personaje una visión de
supravacuidad; no solo se siente al margen de la vida
cotidiana moderna, sino al margen de la humanidad como
hecho cósmico. Así, si la cultura es apenas
una perversión transicional que permite a las personas
no enloquecer y percibir que dominan algo de lo que el
lenguaje reconoce como mundo, universo, tiempo, historia;
los modos de percepción del personaje no están
atravesados por su resistencia a la época sino
por su perplejidad ante el género humano. Esto
convive con el elogio de la elucubración personal
y el desprecio —algo histérico— por la experiencia
social.
EC: Recién te decía que desde mi punto de vista
la coartada existencial con la que el protagonista (¿el
autor?) enfrenta la realidad se desmorona cuando éste
pierde su empleo. Lo conciso del fragmento que narra esta
pérdida me hizo considerar la posibilidad de la
autoreferencialidad de la misma, ¿Es así?
Y si lo es, ¿esta novela es una especie de exorcismo
del estado de estupefacción resultante?
GR: El estado de estupefacción viene antes de cualquier
desgracia o accidente personal; es condición de
cualquiera que se vanaglorie de mantener códigos
éticos básicos no naturalizar las barbaridades
corrientes con las que se topa, aunque no resulte víctima
directa de ellas. No hay en absoluto autorreferencialidad
en el tema del empleo; ni tampoco el libro funciona como
exorcismo. No perdí trabajo como el protagonista
ni me sentí más tranquilo después
de escribir.
EC: Tu estilo narrativo, por lo menos en este trabajo, está
plagado de sentencias y descripciones lúcidas que
recuerdan los aforismos del Oscar Wilde más cáustico.
Una de ellas es, por ejemplo: Los buenos ejemplares de
la especie buscan, consiguen y conservan empleos de efectos
anestésicos para la angustia familiar, o consumen
vinos caros para entregarle al paladar un estatus que
el resto de las personas no comprende.
¿Existe una lucidez del desencanto? ¿Sos
un desencantado o tan sólo lo es el protagonista
de tu novela?
GR: Para estar desencantado, primero hay que estar encantado.
Y si bien, debo reconocerlo, una vez tuve una okarina
y un morral como el personaje del libro; creo que nunca
me desilusioné sino que, simplemente, corroboré.
Agradezco el término de lucidez, y en mi caso prefiero
el de honestidad. Bogo por un estado de acidez en el que
se elige el blanco sobre el que volcás el solvente.
Corrosión no es cinismo.
EC: En otra parte leemos: "Con la compra de una responsabilidad
precisa, el adulto se lleva aparte un hobby a
elección."
Sabemos que sos un especialista en lo que a televisión
pública se refiere, que tuviste tus coqueteos con
la industria cinematográfica, que sos poeta y ahora
narrador. ¿Cuáles son tus responsabilidades
y cuáles tus hobbies?
GR: No me considero especialista ni coqueto. Más bien
te diría que en lo que se refiere a mis actividades,
no recibo paga por aquello que me apasiona, que es escribir
poesía y narrativa y grabar puestas sonoras de
textos. Y como tampoco estaría dispuesto —si existiera
esa posibilidad— a modificar mi visión autoral
y volcar mis inquietudes como escritor hacia la edición
de libros de terror adolescente o consejos de autoayuda
locos para padres piolas; estoy obligado a la doble, triple
o cuadruple vida. Salvo para casos aislados, es condición
de artista.
En mi caso, según los años, entregué
valiosas horas a la docencia, más tarde al periodismo
y, ahora, a la producción audiovisual, fundamentalmente
trabajando en o para televisiones públicas. No
soy indiferente frente a estas actividades, pero forman
parte de lo que vos llamás responsabilidades.
EC: En un momento hablás del snobismo de las corrientes
culturales y culminás diciendo: "Pero cuando
Buda no llega a la vida de alguien ni siquiera en forma
de dieta, ¿eso no tiene premio? ¿No se considera
como atenuante ausentarse de cada escenario posible de
adoctrinamiento espiritual?"
En la realidad, ¿sos una persona religiosa, agnóstica
o rematadamente atea?
GR: Me inquietan estos temas y ocupan parte de mi obra poética.
Estoy bastante cerca de la visión de Eluard y de
Vian. El hombre siempre responde hasta la anteúltima
pregunta; y no me cabe duda de que Dios existe, pero tampoco
me cabe duda de que él no sabe que existimos. Pero
creer en una fuerza superior, en un diseñador,
en una legislación universal tácita, no
significa suponer intenciones divinas, ni creer en la
redención, ni en el paraíso, ni en la eternidad,
ni en ningún chupetín para diabéticos.
Me siento más desolado que un simple ateo.
EC: Ahora que mencionás tu poesía, en estas
semanas no sólo estás presentando esta primera
novela sino también un nuevo libro de poesía.
¿Nos podés adelantar algo del mismo?
GR: Bueno, el libro llegará dos o tres semanas después
que La Caja, se llama 6 series y está conformado,
justamente, por seis series de poemas de duración
intermedia (boludos de blanco, lauchas, señor córdoba,
el diente, el efecto del viento, y la perra); que abordan
con voces distintas a las del narrador de La Caja, algunos
temas que armonizan con la novela; como el padre, el patetismo
evolutivo y la obediencia social.
EC: Otro fragmento de la novela: "... se parte de la
pequeña cofradía de adolescentes llenos
de talento para llegar a la monarquía sin pueblo
del adulto mediocre que no profundizó en nada."
La mediocridad conciente del protagonista, ¿lo
convierte en espectador pasivo o en amenaza inminente?
GR: El espectador nunca es pasivo. Si es lúcido siempre
representa una amenaza. Por eso los asesinatos perfectos
son los que no tuvieron espectador alguno. El protagonista
delata como un nene frente a un deforme en un colectivo.
Quien narra modifica.
EC: El hecho de que el protagonista sea conciente de lo insustancial
de la existencia moderna, de su falacia inmanente, lo
transforma en una especie de "Neo" impotente
para abandonar la "Matrix", esto hace que acepte
sin chistar los diferentes roles que la cotidianeidad
le impone, como por ejemplo, el rol social de ser el "antisocial"
de las reuniones. ¿Sos vos también el enfermo
en la fiesta?
GR: Bueno, la tercera parte de mi libro Strip se llama "fiestas".
Creo que ahí está la respuesta.
La humanidad es el titanic en que viaja la historia. En
la fiesta, enfermo es el que baila. |