
Evaristo
Cultural: Todas tus novelas están encaradas
en cierta clave de comedia, sea cual fuere el tema, ¿por
qué esta recurrencia al humor?
Sealtiel
Alatriste: Porque creo que esencialmente
el tono narrativo que me sale es humorístico. Cuando
yo empecé a escribir, le daba mis cuentos a un
amigo y él me decía 'son muy divertidos',
yo le contestaba 'no son divertidos, son trágicos';
entonces me decía, 'bueno, pero están contados
de manera divertida', y entonces yo le decía '¿pero
no te das cuenta de que lo que lo que estoy contando es
tal cosa?'; y me quedaba muy extrañado de que a
él le resultara divertido algo que para mí
no lo era, yo estaba tratando de imitar a Edgar Alan Poe,
a Kafka, y resultaba en este tono. Muchos años
después, cuando escribí mi primera novela,
que se llama Por vivir en quinto patio, me di
cuenta de que en realidad el tono que yo podía
abordar era el humorístico, que mi misión
era de comedia y que si yo no partía de la comedia
no podía contar las cosas que quería contar,
y entonces descubrí que el humor. La comedia es
una manera de asaltar el drama, la tragedia, desde otro
punto de vista que es una manera diferente y que es la
que yo podía investigar; mi tono es así,
y en el caso de Besos pintados de carmín,
fue más complicado porque la situación era
una situación fantástica y erótica
que no se prestaba mucho para el humor aparentemente,
pero yo sabía que si no lo hacía con humor
me iba a salir otra cosa, yo quería que el tono
de comedia fuera el que pudiera darle carácter
particular a la novela, aunque la situación era
más complicada.
EC: Cuando vos en tu vida personal recordás el pasado,
los momentos más tristes, ¿lo hacés
también desde un costado irónico, con cierto
sentido del humor?
SA: En general sí. El tono humorístico es un
tono que me viene de mi padre, mi padre es un tipo de
muy buen humor, muy jocoso, que siempre está haciendo
bromas, chistes, y viendo las cosas con seriedad; mi papá
es dibujante de comics, entonces me enseñó
este lado de la comedia para hacer esto. Lo que sucede
es que a mí el humor no me parece una canalización
de las cosas, que es lo que suele suceder. Escribí
una vez un artículo que se llama "¿Por
qué los historiadores no tiene sentido del humor?",
el tema es, por qué el registro de la historia
no tiene un registro humorístico sino grandilocuente,
y una de las conclusiones a la que llegaba es que el humor
no está bien valorado por la crítica, la
gente dice, por ejemplo después de ir a ver una
película del género comedia, 'me la pasé
muy bien, nos reímos mucho', como si la comedia
pudiera crear una mayor distancia en la que eso ya no
importa porque lo que importa es el tono serio y grandilocuente;
y yo creo lo contrario, creo que es el humor el que muchas
veces permite esa seriedad; yo no creo que el Quijote pudiera ser la importante novela que es si no tuviera
esa profunda dosis de humor. Hay un momento brillante
en la segunda parte del Quijote, cuando Sancho
Panza le dice al Quijote 'ya salieron nuestras aventuras'
y entonces el Quijote le dice 'sí, ya me dijeron',
y Sancho Panza le dice 'pues fíjese que nos sacan
en Sierra maestra yo diciéndole tal cosa y usted
diciendo tal otra... lo que me pregunto es cómo
supieron que estábamos diciendo esas cosas si nada
más estábamos usted y yo'. Hay un juego
de distancia humorística en ése, que es
el momento más profundo, literariamente, de la
novela. A esa manera de ver el pasado me parece que es
a la que yo normalmente recurro por propia naturaleza.
EC: ¿Besos pintados de carmín es una
novela de ausencias?
SA: No, más bien creo, al contrario, que es una novela
de presencias, de la presencia del amor, de la historia,
de la presencia de los sentimientos y de la posibilidad
de que ciertas presencias, ciertas evocaciones, nos permitan
entender el pasado.
La novela empieza con una primera intención de
Cástulo de entender su presente y su futuro, ya
que hace que su mujer regrese, que sea un fantasma pero
que esté aquí, y que aparte no se quiera
ir, que se quiera quedar, porque le dice 'ya que nos costó
tanto trabajo hacerme venir pues me voy a quedar un tiempito'...
Para Cástulo la novela empieza con la idea de comprender
su presente y su futuro y explicarle a su mujer ya muerta
su pasado, él le ha hecho una confesión
en el velorio y ahora tiene la necesidad de hacerse entender
y de ser aceptado de esa manera, y aparte seguir con su
mujer, lo cual sería la situación ideal.
'Ahora te puedo explicar que yo era un mujeriego, ya no
tengo celos porque ya estás conmigo, y aparte te
puedo decir que tengo dos amantes', ese es su momento
de plenitud, su gloria. Y sin embargo, al final, la novela
termina con una reexplicación de todo el pasado.
Cástulo se queda asombrado de no haber visto ese
pasado, más allá de tener todas las claves
para poder entenderlo. La presencia fantasmal de su mujer
—porque hay un momento en el que Cástulo dice que
ella siempre ha sido un fantasma, aún cuando estaba
en vida— es un punto muy importante; en ese momento en
donde la novela se tuerce y se golpea, él ve un
pasado ciertamente deslumbrante. Entonces, desde el principio
de la novela, hay una fotografía que por casualidad
ve otro personaje, Felipe, y la describe; y esa pequeña
fotografía del pasado va creciendo en la novela
hasta dominar toda la escena y significar otra cosa totalmente
diferente.
EC: ¿Cómo surgen todos los personajes de ésta,
tu nueva ficción?
SA: La anécdota primera es de índole familiar;
mi padre, cuando quedó viudo, un día tuvo
un ataque de celos supraterrenos, como yo los
clasifiqué, porque me llamó un día
para decirme que mi mamá estaba con Gregorio. Me
dijo que lo había soñado y estaba seguro;
y a pesar de que era una situación risible, él
la vivía de una manera muy dramática. A
partir de esa pequeña anécdota se me ocurrió
la novela, ninguno de los personajes es auténticamente
un personaje real, todos son ficcionales, porque cuando
empecé a escribir la novela me di cuenta de que
los personajes requerían ser inventados, imaginados,
porque están haciendo una vida fantástica.
Entonces me tuve que inventar a Cástulo. Edelmira
no es ni de lejos mi madre, la tuve que inventar también.
El único personaje que tiene una cierta huella
personal es Felipe, porque para construir a Felipe dije
'a ver, cómo sería yo si no hubiera sido
como fui, —yo era muy tímido de joven—, si hubiera
seguido siendo ese chico tímido, lector, oculto...
¿cómo sería?'. Entonces me traté
de imaginar a mí mismo en esa situación
de otra vida, como si mi vida hubiera sido otra...
EC: ¿Y el personaje del falso chino Lee?
SA: Al falso chino Lee me lo imaginé todo; está
tomado originalmente de una película de Woody Allen,
de "Alice", donde sale un chino que es una especie
de doctor que diagnostica, ese es el modelo. Por otro
lado, se me ocurrió de repente que podía
ser vietnamita en lugar de chino, que era chino pero no
era chino, y por otro lado si era vietnamita podía
tener un ayudante que fuera Phuong, que es un personaje
de una novela de Graham Greene, pues cuando leí El americano impasible, donde los dos personajes
se pelean por ella, —estaba escrita de manera tan fantástica
que yo dije 'yo también me pelearía por
ella...'—. Entonces, hay este juego de imaginación
con una realidad virtual personal, con personajes que
vienen de otras novelas para jugar, así se arma
el equipo; y después están Carmelita y Liz,
que fueron dos novias que mi papá tuvo más
tarde, el poema no es exactamente un poema que recibió
mi padre pero sí es bastante parecido...
EC: Vos tenés una imagen de intelectual descontracturado
y me parece que te animás a diferentes cosas: desde
el registro humorístico, hasta las citas que ponés
en tus libros. Uno de los capítulos de Besos
pintados de carmín empieza con una cita de
Murakami, que es un autor que tiene mucha aceptación
desde los lectores y poca desde la crítica, incluso
en su país. ¿Qué pensás del
arquetipo social de intelectual dogmático, la persona
seria que cultiva la compostura ante todo?
SA: Evidentemente yo no ejerzo ese rol de intelectual. En
mi vida profesional, yo soy un trabajador de la cultura,
creo en el trabajo cultural de difusión para llegar
al mayor número de lectores, no bajar la calidad
pero sí aumentarlos, perder la solemnidad de la
cultura totalmente, creo que este intelectual serio le
ha hecho mucho daño a la cultura, ha hecho que
la cultura fuera una cosa de unos pocos, sólo los
que la entendemos, y los que no la entienden pues pobres,
no están acá, se pierden. Yo creo realmente
en otra cosa, creo que la cultura es divertida, amena,
que lo mismo puede hacer una comedia que una cosa seria,
un poco al estilo Woody Allen, uno puede hacer "Annie
Hall" o "Interiores", o hacer "Crímenes
y pecado", o tener este registro de "Match Point",
que es una tragedia pero que también tiene cierto
tono de comedia.
EC: En este énfasis por difundir la cultura, como funcionario
de la UNAM, el año pasado organizaste la experiencia
del virtuality, ¿cómo fue eso?
SA: Cuando yo llegué a la dirección de literatura
en la Universidad, me di cuenta de que la Universidad
había perdido la capacidad de darles un espacio
a los escritores universitarios. Ser escritor es la única
vocación artística que no tiene carrera,
si tú quieres ser arquitecto pues está la
facultad, si quieres ser pintor pues te vas a la academia,
si quieres ser músico también, pero si quieres
ser escritor pues te quedas en tu casa a leer, porque
si vas a la Facultad de Letras...
Una vez, cuando estudiaba Letras, el maestro McGregor
me dijo '¿y usted por qué estudia Letras?',
y yo le dije 'porque quiero ser escritor'; entonces él
me contestó 'eso no me parece suficiente' y yo
dije 'bueno, es que también me quiero ganar el
Premio Nóbel', y entonces me corrió de la
clase, 'yo creí que ese sí era un objetivo
a la altura', repliqué, y él siguió
'¿pero no se da cuenta de que aquí no enseñamos
a los escritores?'. La dirección de literatura
que yo presidía era un intento en la Universidad
de abrir el espacio a los escritores jóvenes para
poder desarrollar una vocación que no tiene carrera.
Yo
me daba cuenta de que para abrirles un espacio en una
Universidad masiva como la nuestra, que tiene trescientos
mil alumnos, no bastaba con una publicación como
punto de partida de otras cosas y no bastaba para poner
en contacto a los escritores jóvenes con los lectores,
—porque es muy difícil el establecer el contacto—;
entonces me pregunté cómo era que estaban
haciendo otros artistas para ponerse en contacto. Y así
pensé en este concurso de artistas que entran a
cantar y a prepararse y me dije '¿por qué
no hacemos una cosa parecida con escritores jóvenes
y los metemos en una casa virtual?, ¿de qué
manera esto puede no banalizarse?'. Entonces empezaron
a aparecer algunas respuestas, si quitamos el culto a
la personalidad, esta cosa del chisme, y hacemos que el
protagonista del virtuality sea realmente lo
que se escribe y que participen solamente los que leen,
entonces quitamos ciertos elementos de la televisión
y hacemos un Gran Hermano literario. La idea era que se
defendieran con su escritura y nadie tuviera cara ni nombre;
tenían un pseudónimo y un ex libris;
todos los concursantes tenían su ficha pero la
guardamos, nada más el notario verificó
ciertos datos para confirmar que no estuviéramos
haciendo lío, —internet es un lugar un poco peligroso—.
Entonces concursamos de esta manera y fue muy divertido
porque la literatura estuvo al alcance de lectores y maestros,
era muy divertido.
EC: ¿Tuvo aceptación en el público?
SA: Sí, muchísima; en ocho semanas tuvimos doscientas
cincuenta mil visitas, más de cuatro mil visitas
diarias. O sea, si tú piensas que un libro a veces
con dificultad vende mil, mil quinientos ejemplares...
Estos chicos fueron muy leídos durante todo este
tiempo, tuvieron una experiencia con la lectura, con los
lectores, y resultó muy difundido, lo seguían
en los programas de la radio y de la televisión,
una vez que salía alguien los entrevistaban, le
decían 'usted ya salió', le hacían
preguntas y todas esas cosas... Entonces, creo que intentamos
con eso hacer que la lectura fuera un poco más
cercana a un juego, porque una de las cosas que yo me
planteo en ese mismo sentido del humor es esto de que
cada vez se dice más que leer es bueno, que leer
hace mejores hombres; pues leer hace mejores hombre y
fumar mata, pero todo el mundo fuma y nadie lee, entonces
hay algo malo en el mensaje que estamos dando, porque
a pesar de que el cigarro diga 'Si usted fuma le va a
dar todo esto', todos siguen fumando. Entonces estamos
dando un mensaje totalmente equivocado, y con el virtuality tratamos de dar otro mensaje, 'si usted viene aquí,
se va a divertir, va a leer y va a jugar; y si usted escribe
aquí, también'. Ahora vamos a hacer uno
nuevo con novela breve, donde el chiste es que envíen
una novela inconclusa y que la terminen en ocho semanas,
entonces el que la defienda mejor, el que la escriba mejor,
el que tenga mejores consejos y todo, va a ser el ganador,
vamos a ver qué tal sale.
EC: Hace poco, conversando con Juan Villoro y con Fernando
Quiroz, me decían que en España está
resonando el tema de que hay un nuevo boom latinoamericano,
¿vos cómo ves el panorama literario de la
zona?
SA: No sé si haya un nuevo boom latinoamericano,
yo creo que la literatura latinoamericana en general es
una literatura que está muy bien y muy fuerte,
y en un registro muy amplio, con nuevos actores, y sobre
todo es una literatura en donde diversas generaciones
participan en activo de una manera muy importante; lo
mismo Vargas Llosa o Fuentes se juegan con una nueva novela,
siguen sin cuidarse... Fuentes goza de todas las familias
felices entonces hace cuentos sobre familias, coros griegos
y todas esas cosas, le podrá salir bien o mal,
según el lector, —a mí me parece que es
bueno—. Alan Pauls, que escribe al mismo tiempo una novela
sobre el amor al estilo tradicional, o Juan Villoro escribe
sus cuentos o una novela como El disparo de argón que tiene mucho que ver un poco con el humor de la novela
y con estas ciudades fantasmales que se crean a partir
de las mezclas, o Roncangliolo que escribe desde una juventud
muy severa sobre la violencia, o Volpi, que intenta esta
reconstrucción de la historia del siglo XX. Entonces,
más allá de los lectores, me parece que
la oferta de calidad es muy amplia y está muy bien.
Si uno la compara con la española, me parece que
la literatura latinoamericana es menos complaciente, me
parece que la literatura española de los años
'80 y '90 fue una literatura de mucha creatividad, de
gran efervescencia, pero ahora me parece que es un poco
complaciente con sus mismos lectores, muy inserta más
que en una mirada literaria en cuánto se vende,
cuánto no se vende, cuánto se gusta... Y
la crítica también está muy puesta
al servicio de lo mismo; en ese sentido me parece que
sí hay esta especie de nuevo boom, en
el sentido de que hay un montón de escritores latinoamericanos
capaces de aportar literariamente una cosa nueva. Pero,
paradójicamente, ante este nuevo boom,
hay que decir que no hay un boom de lectura en
América Latina y sí lo hay en España,
y uno podría decir cuál es la diferencia
entre Eduardo Mendoza y Piglia. Los dos son muy buenos,
—para no decir cuál es mejor que el otro—, pero
la verdad es que Eduardo Mendoza vende doscientos mil
ejemplares y Piglia veinte mil en el mejor de los casos.
Nos enfrentamos a un mundo de lectura muy reducido, complicado,
en un momento donde la lectura es protagónica del
hecho literario, que no es el caso del viejo boom,
en donde independientemente de que García Márquez
llegara a vender mucho, nadie tenía expectativas.
Mario Vargas Llosa nunca tuvo expectativas de vender La
ciudad de los perros mucho... El mercado no tenía
esa presencia que tiene ahora, para bien y para mal, y
ese mercado los escritores latinoamericanos no lo tienen,
entonces se crea esta situación un poco irreal,
fantástica, de que tenemos que ir a España
o publicar allá para ser leídos, cuando
la verdad es que tampoco somos leídos allá,
somos leídos por una cantidad muy pequeña
de escritores.
EC: ¿Cuál sería, para cerrar la entrevista,
tu recomendación a los escritores jóvenes,
los que están tratando de insertarse?
SA: Yo creo que lo más importante para un escritor
es encontrar su voz, no encontrar a sus lectores; los
lectores los encontrará si encuentra su voz, si
tiene una voz, si tiene un estilo, si sabe qué
va a hacer, qué va a contar, qué quiere
decir. De lo contrario, los buscará desesperadamente
sin encontrarlos, y sobre todo es muy probable que pierda
la poca voz que tenga. Entonces, le diría que escriba,
que encuentre su voz, y que se despreocupe de los lectores,
ellos llegarán. |