evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 3
 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Antonio Orlando Rodríguez
En la isla de Liliput
*

Entrevista a Antonio Lozano
Thomas Sankara, el "Che Guevara" negro

* Entrevista a Gabriela Massuh
Intemperie por partida doble
* Entrevista a Daniel Sorín
El proyecto Huemul o ¿El nuevo traje del rey?
* Entrevista a Sealtiel Alatriste
Una de fantasmas enamorados
* Rodolfo Walsh
Literatura, periodismo y militancia (segunda parte)
por Christian Lourido
* La pasión del párpado
por Laura Mazzocchi
* Actualidad literaria. La ley de alquileres
por Enrique Wernicke
* El señor Tao
por Sergio Pángaro
* Entrevista a Marcos Franciosi
por Bruno Gallo
* Ver a: Eric Rohmer
por Germán Kijel
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* Nadar de noche
por Juan Forn
* O-Yoné y Ko-Haru
por Wenceslao de Moraes
* Intersticial
por Roxana Artal
* Tan rápido como puedas, total tengo todo el tiempo para mí
por Rafael Cippolini
* Con todo respeto
por Osvaldo Gallone
* Hors-cadre
por Mario Levin
* El elogio como forma
por Mauricio Rongvaux
* De sastre
por Amalia Sato
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* Reseñas
Intersticial
por Roxana Artal

La maldición del tiempo

"Lo otro no existe: tal es la fe racional, la
incurable creencia de la razón humana.
Identidad = realidad, como si, a fin de
cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y
necesariamente,
uno y lo mismo. Pero lo otro
no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el
hueso duro de roer en que la razón se deja los
dientes."
Antonio Machado

Inventarse a uno mismo es una tarea compleja. Sin embargo, para quienes la memoria es un terreno incierto se vuelve una tarea cotidiana. Nadie puede conocerse, a ciencia cierta, si no tiene memoria. Pero la memoria no existe si no es definida por su incapacidad de abarcar lo real, ese todo intangible que rodea al ser desde el principio de los tiempos. La memoria opera por selección, recortando necesariamente fragmentos, deshaciéndonos en el intento absurdo de retenernos; pues si no se nos haría imposible seguir adelante, como le sucedía al pobre Funes. En el sentido literal de las palabras, el tiempo nos hace pedazos. Ahora bien, una cosa es elegir (como si fuera posible) los recuerdos sobre los cuales construir un presente, y otra cosa es mirar hacia atrás y ver a lo lejos un campo desdibujado que se aleja a medida que uno se va acercando. Son esas imágenes recortadas en el tiempo, inmóviles, las que uno tiene que rellenar, completar de alguna manera; entonces, el estímulo inicial (la biología) pone en marcha un proceso de reescritura: inventarse los recuerdos.
Si es cierto aquello de que la vejez nos devuelve los más extraños y lejanos recuerdos, sea porque uno se vuelve sobre sí mismo en un movimiento circular (o cíclico) o porque más bien se aleja de sí hacia quién sabe dónde, la tarea interminable de construir a partir de tanta ruina no puede desconocer la magia. El mito de la redención, la reconciliación póstuma, o el perdón de los pecados. ¿Será la muerte quien me devuelva la infancia?
Entonces, una nostalgia de mí misma; o una saudade, esa palabra clave de la que sólo un idioma como el portugués puede gozar. Haberme perdido a destiempo, antes de la caída del pájaro, o antes del beso del ángel. El exilio de uno mismo. Las horas que habito en la orfandad del silencio. ¿Vaciarse del recuerdo no es una manera de no deberle nada a nadie? Y sin embargo, en el principio la deuda.
Inventarse a uno mismo es una tarea compleja. Colocarse una máscara y salir a la calle; intentar sostenerla, aún cuando pareciera secarse, resquebrajarse y dejarnos desnudos al borde de un eco indescifrable. El fuego empieza a quemar. Hay que salir corriendo. Reconstruirse. Actuar. Interpretarse.
Y actuar es, al igual que escribir, el deseo del deseo. Comulgar con la carencia. Instalarse en el sí para desde allí lanzarse; separarse, reposicionarnos extraños. Buscarnos fuera, buscarnos otro. Aunque también, claro, la necesidad del aplauso; y la náusea del aplauso. Mentirnos las únicas verdades. Ignorarse. Sí. Inventarse a cada instante. Ser instrumento puro, medio, órgano ejecutable por un virtuosismo ajeno. Lógica inenarrable. Pues. No hay técnica de la expresión. No hay tecnología allí dentro. Sino. Expresividad técnica; código sagrado. El pozo debiera brillar. Entonces, una deformación modelada del cuerpo: la creencia impuesta de un árbol amenazado por el frío. Sin revelación, ausente. Cacarea. En cambio. El ritmo de una voz individual acuña más que la velocidad del ser. No hay identidad sin bocanada. Y sin embargo, la memoria. No hay más que el territorio de la propia carne, único universo individual. La memoria traiciona; la memoria salva; la memoria es máscara y desnudez dicha sin prisa; terror. Y así: la sugestividad del aire retumbando, golpeando ahí fuera razones, acariciando el rifle hacia donde el disparo
puntual
arrojarse
y ser imagen que suena:
recuerdo.
Escuchar.
Despojarse del canto,
ser canto.
Ningún pozo habita el lenguaje original, pues allí no hay miedo.
Decirnos en otra lengua la experiencia del fracaso. Recordar. Teatralizarnos.
Transparentar los espejos. Diluir la frontera. Reorientarse al fin.


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