La maldición del tiempo
"Lo
otro no existe: tal es la fe racional, la
incurable creencia de la razón humana.
Identidad = realidad, como si, a fin de
cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y
necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro
no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el
hueso duro de roer en que la razón se deja los
dientes."
Antonio Machado
Inventarse
a uno mismo es una tarea compleja. Sin embargo, para quienes
la memoria es un terreno incierto se vuelve una tarea
cotidiana. Nadie puede conocerse, a ciencia cierta, si
no tiene memoria. Pero la memoria no existe si no es definida
por su incapacidad de abarcar lo real, ese todo intangible
que rodea al ser desde el principio de los tiempos. La
memoria opera por selección, recortando necesariamente
fragmentos, deshaciéndonos en el intento absurdo
de retenernos; pues si no se nos haría imposible
seguir adelante, como le sucedía al pobre Funes.
En el sentido literal de las palabras, el tiempo nos hace
pedazos. Ahora bien, una cosa es elegir (como si fuera
posible) los recuerdos sobre los cuales construir un presente,
y otra cosa es mirar hacia atrás y ver a lo lejos
un campo desdibujado que se aleja a medida que uno se
va acercando. Son esas imágenes recortadas en el
tiempo, inmóviles, las que uno tiene que rellenar,
completar de alguna manera; entonces, el estímulo
inicial (la biología) pone en marcha un proceso
de reescritura: inventarse los recuerdos.
Si es cierto aquello de que la vejez nos devuelve los
más extraños y lejanos recuerdos, sea porque
uno se vuelve sobre sí mismo en un movimiento circular
(o cíclico) o porque más bien se aleja de
sí hacia quién sabe dónde, la tarea
interminable de construir a partir de tanta ruina no puede
desconocer la magia. El mito de la redención, la
reconciliación póstuma, o el perdón
de los pecados. ¿Será la muerte quien me
devuelva la infancia?
Entonces, una nostalgia de mí misma; o una saudade,
esa palabra clave de la que sólo un idioma como
el portugués puede gozar. Haberme perdido a destiempo,
antes de la caída del pájaro, o antes del
beso del ángel. El exilio de uno mismo. Las horas
que habito en la orfandad del silencio. ¿Vaciarse
del recuerdo no es una manera de no deberle nada a nadie?
Y sin embargo, en el principio la deuda.
Inventarse a uno mismo es una tarea compleja. Colocarse
una máscara y salir a la calle; intentar sostenerla,
aún cuando pareciera secarse, resquebrajarse y
dejarnos desnudos al borde de un eco indescifrable. El
fuego empieza a quemar. Hay que salir corriendo. Reconstruirse.
Actuar. Interpretarse.
Y actuar es, al igual que escribir, el deseo del deseo.
Comulgar con la carencia. Instalarse en el sí para
desde allí lanzarse; separarse, reposicionarnos
extraños. Buscarnos fuera, buscarnos otro. Aunque
también, claro, la necesidad del aplauso; y la
náusea del aplauso. Mentirnos las únicas
verdades. Ignorarse. Sí. Inventarse a cada instante.
Ser instrumento puro, medio, órgano ejecutable
por un virtuosismo ajeno. Lógica inenarrable. Pues.
No hay técnica de la expresión. No hay tecnología
allí dentro. Sino. Expresividad técnica;
código sagrado. El pozo debiera brillar. Entonces,
una deformación modelada del cuerpo: la creencia
impuesta de un árbol amenazado por el frío.
Sin revelación, ausente. Cacarea. En cambio. El
ritmo de una voz individual acuña más que
la velocidad del ser. No hay identidad sin bocanada. Y
sin embargo, la memoria. No hay más que el territorio
de la propia carne, único universo individual.
La memoria traiciona; la memoria salva; la memoria es
máscara y desnudez dicha sin prisa; terror. Y así:
la sugestividad del aire retumbando, golpeando ahí
fuera razones, acariciando el rifle hacia donde el disparo
puntual
arrojarse
y ser imagen que suena:
recuerdo.
Escuchar.
Despojarse del canto,
ser canto.
Ningún pozo habita el lenguaje original, pues allí
no hay miedo.
Decirnos en otra lengua la experiencia del fracaso. Recordar.
Teatralizarnos.
Transparentar los espejos. Diluir la frontera. Reorientarse
al fin. |