Nos
vamos topando, en un rumor que crece de lectura en lectura,
con esa palabra que hace apenas una década resultaba
por demás ausente: infoxicación.
Sin dudas conocíamos el síntoma, pero es
indudable que debido a otras causales: es posible que
entonces optáramos por un término como "sobreinformación",
pero visto a la distancia, en verdad caeríamos
en cuenta que nos referíamos a otra cosa; la intoxicación
informacional que convoca la recién llegada alude
a la violenta irrupción del ciberespacio como pista
de datos poseedora de una velocidad que todavía
no aprendemos a digerir al ritmo adecuado: cauces demasiado
tempestuosos para cualquier rafting mental. Menudo desfasaje
entre aquello que la tecnología nos provee y eso
a lo que nuestra biología está acostumbrada.
En el último número de de la revista Otra
Parte, Marcelo Cohen decide iniciar su ensayo sobre El
hueco que deja el diablo, reciente libro de Alexander
Kluge, con la siguiente y sugestiva invectiva: "Cada
mañana del mundo verificamos lo despacio que pasan
las cosas en los diarios, cómo ciertos sucesos
se arrastran meses enteros por páginas tan parecidas
que la realidad, asfixiada por la repetición, se
vuelve cada vez más inocua. En los libros, en cambio,
las cosas pasan rápido, se diferencian unas de
otras y afectan la emoción y el entendimiento.
Sin duda fue para salvaguardar esa potencia que Italo
Calvino propugnó la velocidad como uno de los atributos
de una literatura venidera".
Quizá para demostrar esta velocidad es que el autor
de Impureza, en tanto co-director de la publicación,
se sirve de un paratexto que nos sorprende: el número
en que este texto fue publicado está fechado en
la "primavera de 2008", o sea, más de
un mes después de que la revista circulara en los
kioscos. Es más, el ejemplar que tengo lo compré
exactamente el 21 de agosto del citado año.
Convención o no, en una época en la cual
las tradicionales redacciones de los diarios comienzan
a mixturarse con los equipos de las versiones on-line,
en el imaginario de muchos escritores la literatura debe
presentarse presta a la tan desigual como difícil
competencia. ¿No será que quizá,
parafraseando a Carl Honoré —a quien no leí—
la literatura debería proporcionarnos, a contrario
sensu, un refugio que se condiga con un elogio a la lentitud?
O mejor, a una indiferencia absoluta por la velocidad.
Fue Blanchot quien definió alguna vez a la escritura
como esa entrega a una ausencia de tiempo.
La escritura, como la lectura, no hacen más que
poner en evidencia nuestra propia velocidad. Ojalá
aprendamos a no encajar demasiado en las dromologías
del mundo. |