evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 3
 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Antonio Orlando Rodríguez
En la isla de Liliput
*

Entrevista a Antonio Lozano
Thomas Sankara, el "Che Guevara" negro

* Entrevista a Gabriela Massuh
Intemperie por partida doble
* Entrevista a Daniel Sorín
El proyecto Huemul o ¿El nuevo traje del rey?
* Entrevista a Sealtiel Alatriste
Una de fantasmas enamorados
* Rodolfo Walsh
Literatura, periodismo y militancia (segunda parte)
por Christian Lourido
* La pasión del párpado
por Laura Mazzocchi
* Actualidad literaria. La ley de alquileres
por Enrique Wernicke
* El señor Tao
por Sergio Pángaro
* Entrevista a Marcos Franciosi
por Bruno Gallo
* Ver a: Eric Rohmer
por Germán Kijel
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* Nadar de noche
por Juan Forn
* O-Yoné y Ko-Haru
por Wenceslao de Moraes
* Intersticial
por Roxana Artal
* Tan rápido como puedas, total tengo todo el tiempo para mí
por Rafael Cippolini
* Con todo respeto
por Osvaldo Gallone
* Hors-cadre
por Mario Levin
* El elogio como forma
por Mauricio Rongvaux
* De sastre
por Amalia Sato
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* Reseñas
Con todo respeto
por Osvaldo Gallone

José María Eça de Queiroz, uno de los más grandes novelistas del siglo XIX (El primo Basilio, La reliquia o El crimen del padre Amaro, entre otras, son obras maestras del género), alguna vez acuñó una frase para todos los tiempos: "Yo no sé escribir. Nadie sabe escribir". En una época en la que pululan los talleres literarios, la sentencia de Eça de Queiroz debería estar grabada en relieve en la puerta de entrada de cada uno de ellos.
Resulta, por lo menos, extraño que alguien (generalmente denominado "coordinador") se arrogue el derecho de "enseñar a escribir". Tal extrañeza se funda en diversas razones que se intentará, brevemente, enunciar.
La dinámica de la enseñanza se sostiene en un principio elemental: para que alguien enseñe o transmita debe, necesaria y previamente, saber la materia que está dispuesto a abordar en calidad de docente. Si esto es así (y no se ve que pueda ser de otra manera) resulta lícito preguntarse quién puede afirmar que sabe escribir. La escritura es una práctica dominada por la incerteza. Difícilmente alguien pueda decir: "Soy escritor", previsiblemente todos pueden arriesgar: "¿Soy escritor?". En un cuaderno fechado en 1908, Marcel Proust se pregunta: "¿Soy novelista?". Si incluso después de escribir En busca del tiempo perdido Proust no responde la pregunta a satisfacción, acaso sería imprudente que tanto escritor que festeja hasta el paroxismo la obtención de algún premio espurio y luego establece su taller literario contestase sin ambages: sí. Acaso no resulte perjudicial postular, para todos aquellos cuyo afán se oriente a la práctica de la escritura, que hay dos libros cuya lectura resulta imprescindible a tal fin: la Correspondencia, de Gustave Flaubert, y Contra Sainte-Beuve, de Marcel Proust. En ambos se pone de manifiesto de modo acabado el concepto de que el genio es el fruto acendrado de una larga paciencia, y que la única ética posible es la del trabajo: la corrección infinita, la insatisfacción permanente. La intención didáctica de ambos textos es nula, tal vez por ello constituyan la mejor propedéutica posible.
En términos generales, los pronunciamientos estético-literarios (de los que abreva la mayoría de los talleres) suelen ser lamentables. En Los libros de los otros —compilación de cartas remitidas por Italo Calvino a diversos escritores en su calidad de asesor editorial—, Calvino le reprocha a un autor interpolar "continuamente en tu narración referencias a literatura, libros y autores, cosa que va en contra de todas mis sacrosantas reglas"; reglas en virtud de las cuales, se podría agregar, sería del todo coherente rechazar de plano un manuscrito de Borges. No es menos memorable otro dictum de Calvino: "Si no, lo que usted escriba, por bueno o malo que sea, no entra en el discurso general, es decir, no sirve"; cabe preguntarse: ¿Beckett, Clarice Lispector, Rimbaud o Guimaraes Rosa, por mencionar sólo a algunos, entran en “el discurso general” o meramente se los puede desechar por inútiles?
Algún resultado, con todo, han tenido los talleres literarios: aquello que podría denominarse una "escritura de taller" y que es la sustancia de muchos de los libros publicados en los últimos años: una escritura correcta. Vale decir, lo que los españoles traducirían con una frase del refranero popular: un canto que no abriga ni despierta.
El novelista norteamericano John Barth —autor, entre otras, de Quimera y La ópera flotante— sostiene: "Tanto para escribir como para hacer el amor se requiere mucho más que una técnica; desafortunadamente, sólo se puede transmitir la técnica". A fuer de ser sincero, se puede pensar que acaso no valga la pena ni el tiempo asistir a un taller literario para aprender una técnica, puesto que lo esencial (por serlo) es constitutivamente intransmisible.


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