José
María Eça de Queiroz, uno de los más
grandes novelistas del siglo XIX (El primo Basilio, La reliquia o El crimen del padre Amaro,
entre otras, son obras maestras del género), alguna
vez acuñó una frase para todos los tiempos:
"Yo no sé escribir. Nadie sabe escribir".
En una época en la que pululan los talleres literarios,
la sentencia de Eça de Queiroz debería estar
grabada en relieve en la puerta de entrada de cada uno
de ellos.
Resulta, por lo menos, extraño que alguien (generalmente
denominado "coordinador") se arrogue el derecho
de "enseñar a escribir". Tal extrañeza
se funda en diversas razones que se intentará,
brevemente, enunciar.
La dinámica de la enseñanza se sostiene
en un principio elemental: para que alguien enseñe
o transmita debe, necesaria y previamente, saber la materia
que está dispuesto a abordar en calidad de docente.
Si esto es así (y no se ve que pueda ser de otra
manera) resulta lícito preguntarse quién
puede afirmar que sabe escribir. La escritura es una práctica
dominada por la incerteza. Difícilmente alguien
pueda decir: "Soy escritor", previsiblemente
todos pueden arriesgar: "¿Soy escritor?".
En un cuaderno fechado en 1908, Marcel Proust se pregunta:
"¿Soy novelista?". Si incluso después
de escribir En busca del tiempo perdido Proust
no responde la pregunta a satisfacción, acaso sería
imprudente que tanto escritor que festeja hasta el paroxismo
la obtención de algún premio espurio y luego
establece su taller literario contestase sin ambages:
sí. Acaso no resulte perjudicial postular, para
todos aquellos cuyo afán se oriente a la práctica
de la escritura, que hay dos libros cuya lectura resulta
imprescindible a tal fin: la Correspondencia,
de Gustave Flaubert, y Contra Sainte-Beuve, de
Marcel Proust. En ambos se pone de manifiesto de modo
acabado el concepto de que el genio es el fruto acendrado
de una larga paciencia, y que la única ética
posible es la del trabajo: la corrección infinita,
la insatisfacción permanente. La intención
didáctica de ambos textos es nula, tal vez por
ello constituyan la mejor propedéutica posible.
En términos generales, los pronunciamientos estético-literarios
(de los que abreva la mayoría de los talleres)
suelen ser lamentables. En Los libros de los otros —compilación de cartas remitidas por Italo Calvino
a diversos escritores en su calidad de asesor editorial—,
Calvino le reprocha a un autor interpolar "continuamente
en tu narración referencias a literatura, libros
y autores, cosa que va en contra de todas mis sacrosantas
reglas"; reglas en virtud de las cuales, se podría
agregar, sería del todo coherente rechazar de plano
un manuscrito de Borges. No es menos memorable otro dictum de Calvino: "Si no, lo que usted escriba, por bueno
o malo que sea, no entra en el discurso general, es decir,
no sirve"; cabe preguntarse: ¿Beckett, Clarice
Lispector, Rimbaud o Guimaraes Rosa, por mencionar sólo
a algunos, entran en “el discurso general”
o meramente se los puede desechar por inútiles?
Algún resultado, con todo, han tenido los talleres
literarios: aquello que podría denominarse una
"escritura de taller" y que es la sustancia
de muchos de los libros publicados en los últimos
años: una escritura correcta. Vale decir, lo que
los españoles traducirían con una frase
del refranero popular: un canto que no abriga ni despierta.
El novelista norteamericano John Barth —autor, entre otras,
de Quimera y La ópera flotante—
sostiene: "Tanto para escribir como para hacer el
amor se requiere mucho más que una técnica;
desafortunadamente, sólo se puede transmitir la
técnica". A fuer de ser sincero, se puede
pensar que acaso no valga la pena ni el tiempo asistir
a un taller literario para aprender una técnica,
puesto que lo esencial (por serlo) es constitutivamente
intransmisible. |