Quisiera
ensayar un elogio, un elogio del elogio como forma, como
género y como crítica. Quisiera ensayar,
digo, porque tal vez en el ensayo esté contenido
el elogio como una de sus variaciones, si es que puede
hablarse de variaciones sobre lo que ya es de otra manera,
cada vez. Y si el ensayo encarna la posibilidad de arriesgarse
en un tanteo; el elogio hace lo suyo, que no es otra cosa
que emprender el rescate de lo que sobre un fondo vertiginoso
había sido puesto como una cosa más.
La falibilidad del elogio está no tanto en la respuesta
que ensaya sino en la elección previa que establece,
aunque ésta no se encuentre realizada hasta el
momento en que el rescate es ensayado como salvamento,
como elogio. El elogio aporta así algo que lo rescatado
tenía sólo en estado latente, y lo hace
en cuanto lo afirma como relevante, en cuanto afirma su
posición, es decir, en cuanto lo nombra y nombrándolo
lo introduce en la historia, lo humaniza.
El elogio, como nombramiento de una elección, compromete
enteramente a quien lo ensaya, en el elogio los sentimientos
y los pensamientos son indisociables, quien elogia es
un amante. Tal vez por eso Gorgias haya escrito uno de
los más bellos elogios, a Helena, para salvarla
de la palabrería, justamente él —a quien
acusaban de charlatán—: lo escribió para
devolvérnosla, para que nosotros la amemos.
El elogio no es la banalidad del que adula por conveniencia
o porque la confrontación lo atemoriza. Tal vez
en esta indistinción se apoyaba Platón para
acusar a Gorgias de adulador. Platón que tanto
se esforzó en ridiculizar, en nombre de su maestro
—que a su vez ridiculizaba porque el oráculo así
se lo había mandado—, no entendía nada sobre
elogios. Más preocupado estaba en hacerse una trinchera
desde la cual disparar contra todo enrededor. Michel De
Certeau aporta, en este sentido, una distinción
fundamental, y lo hace, nada más y nada menos,
que refiriéndose a los sofistas y filósofos
de la antigua Grecia. Los filósofos, dice, a partir
de distintas estrategias luchaban por ganar un territorio
propio, como en el arte de la guerra, la ocupación
de un lugar era el primer paso para el éxito de
la campaña. Esta idea contradice el sentido común:
no es el saber el lugar desde donde se construye el poder
sino que desde este se construye aquel (por supuesto que
esta alternativa se encuentra enmascarada en la mayoría
de los filósofos del canon occidental). Fue necesario
inventar un enemigo, fue imprescindible, también,
construir un cuartel que, a diferencia de los cuarteles
militares, debía ubicarse dentro de la ciudad porque...
¿qué otra cosa iba a ser la filosofía
sino un asunto público, una política? Claro
que hay distintas maneras de entender la política
y los sofistas tenían la suya propia. Su arte,
a diferencia de las estrategias símil militares,
consistía en una serie de tácticas que,
a diferencia de aquellas, no buscaban la apropiación
de un lugar como propio sino que operaban en un espacio
ya constituido, interviniéndolo y, en el mejor
de los casos haciéndolo estallar desde dentro de
sí mismo. La operación táctica es
una práctica alegre, sin sufrimientos ni demasiados
cálculos, se esfuerza menos en señalar a
sus enemigos que en enaltecer a sus amigos. Ninguna casualidad
es que los sofistas hayan hecho de este accionar táctico
su leit motiv, ninguna casualidad es tampoco
que el elogio haya sido su forma.
El elogio es ágil y preciso, es un arte del presente,
su posicionamiento es coyuntural, quien elogia jamás
se arrogará el derecho de que su palabra permanezca
—para la eternidad— como solución. Precisa
una clarivendencia superlativa: la verdad del elogio no
está en la correspondencia del nombre con la cosa,
sino en la relación de los nombres entre sí;
por eso pregona el respecto a la cosa y a los nombres
ya dados. Quien se sustraiga a la visión del presente
jamás podrá ensayar un elogio capaz de favorecer
otros elogios.
El elogio ensaya una crítica positiva. No se detiene
en los errores, se desarrolla como elogio sabiéndose
existente únicamente en esta disposición.
Su fuerza no proviene de la humillación sino del
desarrollo de los poderes. El elogio como crítica
no se pierde en la referencia exegética, acumulativa
y autocomplaciente de quién ataca defendiéndose.
En el elogio se mantiene una posición, indudablemente,
pero su fin no es obturar la posibilidad de otros elogios
—de ahí su carácter multiplicador—
sino hacerla posible, porque el elogio no puede hablar
de sus propios aciertos sino de los ajenos.
En la alegría de elogiar, en fin, se pierde quien
elogia para entrar en la historia y humanizarse. |