
Un
triple suicidio en el Japón
al
Exmo. Sr. José Emilio Castel Branco
¿Por
qué será que en el Japón, el país
de la jovialidad de las cosas y de las gentes, por qué
será que en el Japón los suicidios se dieron
siempre y se dan hoy con relativa frecuencia, en comparación
con lo que sucede en Europa? Sería imposible para
cualquiera, incluso para el más versado en exotismo
japonés, responder satisfactoriamente a esta pregunta.
Entran aquí en juego diferencias múltiples
que no nos son fáciles de resolver; diferencias
de medios, diferencias de civilizaciones, diferencias
de creencias y sobre todo diferencias raciales. A pesar
de todo, es un hecho admitido que el japonés, más
que el europeo, encara la muerte con notable frialdad;
esta circunstancia, que explica en parte las maravillosas
cualidades de guerrero, de soldado, de que el japonés
ha dado constantemente tantas pruebas, viene también
a explicar en parte la relativa frecuencia de los suicidios.
Y llegamos así a la curiosa paradoja de tener que
admitir que esta gente, que vive sonriendo, que olvida
rápidamente los pesares y los reveses, que es sobria
como ninguna otra, que se deleita en puerilidades de florecimientos
de árboles y ornamentos de paisaje, que en definitiva
sabe encontrar en la vida, como ninguna otra, mil pequeñas
nadas que le encantan y le tornan la existencia despreocupada
y apacible, es al mismo tiempo la que más fácilmente
se desprende de este mundo por un acto voluntario, poniendo
término a sus días muchas veces bajo el
impulso de los más frívolos pretextos.
En
los tiempos del feudalismo japonés, el harakiri o seppuku, es decir, el suicidio en el que el samurai se rasga el vientre con su propio sable,
suicidio muchas veces impuesto, como castigo por una falta,
por un superior jerárquico, y también muchas
veces infringido de manera deliberada y espontánea,
era algo habitual. En los campos de batalla, el guerrero
evita por todos los medios verse cautivo del enemigo;
si se considera irremediablemente perdido, se mata. La
vieja historia japonesa está llena episodios de
estos. Pero en la historia de nuestros días no
dejan todavía de registrarse; en las recientes
guerras del Japón con China y del Japón
con Rusia, e incluso en la guerra del Japón con
Alemania, los ejemplos no escasean.
Dejando
ahora a un lado la guerra y sus guerreros, si se pretenden
recopilar en este Japón, entre todas las clases
sociales y entre ambos sexos, casos de pequeños
dramas íntimos que tengan como resultado el suicidio,
basta la simple lectura de los periódicos cotidianos
para conseguir una abundante cosecha de documentos interesantes.
La vergüenza después de una falta cometida,
la miseria de la existencia, los amores infelices, una
reprimenda sufrida, un suspenso en un examen escolar,
la pérdida de los derechos a la herencia familiar
y al cargo de representante legal de la familia, una enfermedad
incurable, un negocio fracasado, estas causas y mil más
constituyen frecuentes motivos de suicidio. Entre esposos,
los celos, o la vergüenza de un divorcio impuesto
por la voluntad del marido, o las regañinas domésticas
por parte de la familia del marido —particularicemos en
la terrible suegra— llevan no pocas veces a la esposa
a poner fin a su vida; en algunos casos, antes de matarse,
mata a sus hijos, o se mata con sus hijos, abrazándose
a ellos, corriendo a lanzarse al mar, o a un río,
o a un pozo, o a la línea férrea por donde
va a pasar un tren... Hay suicidios extravagantes, que
casi dan ganas de sonreír. Por ejemplo, hace todavía
pocos meses, cuando la epidemia de la gripe se propagó
con furia por el Japón, un individuo de Osaka fue
atacado por la enfermedad; convencido, justo después
de los primeros achaques, de que serias complicaciones
vendrían a poner término a su existencia,
se anticipó a lo que creía que debía
ser su destino: se suicidó.
Otros
suicidios, por las circunstancias particularmente enternecedoras
que los envuelven, conmueven a la multitud, permanecen
en la memoria del pueblo, son recordados en las conversaciones
y en los libros como documentos del alma japonesa. Así
ha sucedido, por ejemplo, con el caso de Hatakeyama Yuko.
Hace aproximadamente veintiocho años, cuando Nicolás
I, el último y malogrado emperador de Rusia, vino
de visita al Japón, siendo entonces simplemente
zarevich —príncipe imperial y presumible heredero
al trono—, un agente de la policía japonesa que
tenía por misión, cerca de la ciudad de
Kyoto, acompañar y proteger a aquel alto personaje
desenvainó el sable y arremetió contra el
príncipe, hiriéndolo y casi matándolo.
El acontecimiento produjo, como bien se puede imaginar,
consternación general en el imperio; se sabía
que el emperador estaba abatido de tristeza. Fue entonces
cuando Hatakeyama Yuko, una simple muchacha japonesa,
criada de servir, afligida por la pena que sufría
su soberano, se suicidó, declarando en una carta
que dejó escrita que procedía así
para reparar en sí el oprobio de la nación
y restituir la tranquilidad al emperador. El túmulo
de Hatakeyama Yuko, aún hoy bastante visitado por
piadosos peregrinos, se encuentra en el centro del cementerio
adyacente al modesto templo de Makkeiji, en un barrio
solitario de Kyoto.
Otro
ejemplo que impresiona es el de un niño de tierna
edad —unos diez o doce años— sirviente en casa
de un cierto negociante de Osaka. Esto sucedió
hace unos veinte años. El pequeño tenía
por misión especial acompañar, vigilar y
entretener a un hijo menor del tal negociante.
Muere el niño, víctima de no sé qué
molestia y el sirviente se suicida enseguida con la cariñosa
intención de continuar allá, en el otro
mundo, ejerciendo el mismo menester, junto a su pequeño
amo...
¿Y
qué diría yo, si fuese mi intención
alargarme mucho en citas, de Noghi, el glorioso general,
el héroe de Puerto Arthur, venerado en todo el
imperio, que se suicida un año después del
fallecimiento del emperador por no poder habituarse a
aquella pérdida?... ¿Y qué diría
yo de su devotísima consorte, que inmediatamente
se suicida con el místico propósito de acompañar
a su marido en el viaje, el viaje tremendo, fuera del
espacio, de aquellos —todos nosotros— que parten de este
mundo para ir...? quién sabe a donde van...
***
Ocurren
repetidas veces en el Japón unos suicidios de carácter
muy especial, suicidios dobles, de un hombre y una mujer,
suicidios de amor, para los que los japoneses crearon,
con propiedad, denominaciones concretas. Les llaman shinju,
o joshi; cualquiera de estas dos palabras es
una palabra compuesta de otras dos, que quieren decir
"muerte" y "corazón". Shinju o joshi pueden traducirse por "muertes del
corazón", o, más libremente y menos
literalmente, por "suicidios de amor", como
ya he dicho.
Generalmente,
él, el protagonista del shinju, del triste
drama íntimo, es un joven, soltero, en la flor
de la vida y de los deseos, más o menos de conducta
irregular, goloso de placeres; ella, generalmente, es
una pobre muchacha, de clase baja, que habita con otras
muchachas un cubil de mala fama, a donde el destino las
empujó a todas, arrastradas por la miseria y el
deseo de reducir en cierto modo la penuria de sus familias
mediante el vicio. Pero se dan muchas excepciones a esta
regla; pudiendo él, o ella, o ambos, vivir en la
práctica de las más rigurosas buenas costumbres
y pertenecer a las clases superiores de la sociedad.
En
cualquier caso se habrían visto, se habrían
amado. Después habrían surgido grandes dificultades.
O el joven contrajo deudas exageradas, con las que ya
no pudo más, o son obstáculos de otra orden
los que se levantan, por ejemplo, la oposición
intransigente de la familia del joven a la realización
del casamiento. Entonces, deciden poner término
a su existencia. Me parece que es él, generalmente,
la voz deliberativa, el que manda, el que impone el sacrificio,
dolido en su auto estima y también en su orgullo,
rebelándose contra la idea de aceptar una ruptura,
de permitir a otro más afortunado el gozo de la
mujer querida. Ella, el insignificante ente pasivo, sin
voluntad, tal vez habituada desde la infancia a todas
las humillaciones y a todos los despotismos, se somete
sin un murmullo, sin rechazo, satisfecha de obedecer al
macho.
El
resto es fácil y a veces se resuelve rápido.
Si el mar está próximo, o un río
pasa cerca del lugar donde residen, allá corren
ellos a lanzarse al mar o al río, que los engulle,
abrazados el uno al otro, ligado un cuerpo al otro por
el obi, que es la larga faja que la japonesa
enrolla sobre el kimono alrededor de la cintura; o es
la línea férrea el lugar preferido, dándose
las manos, aguardando el paso del tren, que los aplasta.
Otras veces es una larga excursión que planearon,
casi un viaje de novios a algún sitio distante,
pintoresco; viajan en vapores y trenes, después
se hospedan en hoteles, como marido y mujer, usando nombres
falsos; pasean, visitan templos y lugares célebres;
se dan banquetes, descansan y charlan; en horas de descanso,
escriben largas cartas, a los parientes, a los amigos,
relatando sus proyectos, pidiéndoles perdón;
hasta que un día, tal vez cuando ya han gastado
todos sus recursos, o cuando temen que alguien los busque
y llegue a encontrarlos, el puñal, o el veneno,
u otro medio de destrucción cualquiera, ponen fin
a todo... Y allá van los dos entierros cuando hay
consentimiento de las dos familias, ambos forman un único
cortejo, y una única lápida guardará
los restos de los dos enamorados.
¿Y
después, después del entierro?... Porque
hay una glorificación a la espera, una apoteosis
del amor inquebrantable, que se levantó por encima
de todo, que vuela por encima de todos los intereses y
de todos los preconceptos sociales, que casi llega a burlarse
de los sufrimientos y de la muerte. El shinju no representa, como equivocadamente podría juzgarse,
un acto de profundo desaliento, de suprema desesperación.
Al contrario, simboliza una suprema esperanza, consoladora
y alegre. Es cierto que el budismo condena el suicidio,
pero ¿qué importa el budismo a dos amantes?
Otras creencias bastante más intensas exaltan sus
sentimientos. Ellos creen en una unión feliz en
el otro mundo, o incluso en este, durante una nueva existencia;
unión libre de obstáculos de cualquier tipo
discurriendo serena en un ambiente de afectos y de amores.
Ellos creen en muchas cosas más, ofrendas que una
extrañísima religión esotérica
les ofrece secretamente, y que nosotros, profanos, no
podemos comprender; porque, para poder comprenderlas sería
necesario ser japonés y, sobre todo, amar, amar
a una mujer, amar con la furia indómita, delirante,
que a veces exalta el sentimentalismo de estos terribles
impulsivos que son los hijos de Nipón.
***
He
hablado de los suicidios en el Japón. Particularmente
de una especialidad japonesa, casi desconocida en Europa:
el shinju, el doble suicidio. Y ahora, cuando
el lector tenía motivos de sobra para creer que
había llegado a su fin este lúgubre asunto,
le reservo una última sorpresa: un shinju a tres, un triple suicidio... ¡Un triple suicidio!
Tan exótico me pareció que lo escogí
como título de estas líneas.
El
caso es que hace poco tiempo, leyendo un periódico
inglés de Kobe (The Japan Weekly Chronicle),
me encontré con una noticia que paso a traducir
literalmente: "Un joven profesor de una escuela primaria
del ayuntamiento de Fukuoka y dos damas, profesoras de
la misma escuela, cometieron un shinju el día
10 del corriente mes (diciembre de 1918) en un hotel.
Una triple cuestión de amores y la imposibilidad
de matrimonio son las presuntas causas de los suicidios.
Semejante combinación es inhabitual incluso en
el Japón".
Se
lee un periódico, se tira en un rincón después
de la lectura y nunca más se piensa en ello. Las
hojas seguirán, con las cartas rasgadas, con las
colillas de cigarro, con toda la basura, su destino carente
de gloria. Yo tuve la idea de enviar a mi tierra, a los
curiosos del misterio del alma humana, la noticia mencionada.
Es este mi mérito —lo que no es poco—, y no les
conozco otro a estas líneas. No he tejido con los
datos recogidos la trama de un cuento cualquiera de mi
invención, lo que podría haber hecho. Dejo
al lector la posibilidad de aproximarse, si quiere, a
este abismo, y de reinterpretarlo y comentarlo como le
plazca; abismo de orden psíquica, comparable en
cierto modo a otros abismos de orden natural, como algunos
tenebrosos despeñaderos que se cavan a veces en
los declives de los barrancos y que nos dan vértigo
al mirarlos...
¡Un
triple suicidio! Un hombre enamorado de dos mujeres, dos
mujeres enamoradas del mismo hombre. No hay secretos entre
los tres; imposibilidad, es evidente, de efectuar el casamiento
en armonía con las leyes del país y con
los deseos de cada uno de los interesados. Solución
—tres suicidios— adoptada de pleno acuerdo después
de una reunión amistosa en un hotel, tal vez festiva,
ruidosa, de animada conversación y de risas...
¡pero es asombroso!
El
caso, en mi opinión, no merece nuestro escarnio,
ni tan siquiera la pequeña nota sarcástica
con la que el periódico acaba, veladamente, la
información. Merece, por lo contrario, nuestra
franca piedad. Nosotros, los viejos, los experimentados
de la vida, debemos disponer de una fuente inagotable
de piedad con la que poder ungir a todos los grandes desgraciados,
o su simple memoria. Y aquellos tres seres, amándose
sin duda profundamente, rechazando cualquier combinación
menos honesta que les conservase las existencias, evocando
los tres el suicidio como única tabla de salvación
y soñando no sé qué complicadas compensaciones
futuras en existencias siguientes, fueron muy desgraciados...
¿Acaso
se os ocurre calificar como aberraciones morales los ejemplos
que he citado? No exageréis. Notad, buenos amigos
que me leéis, que la moral convencional que rige
las acciones de los individuos en las sociedades civilizadas
no coincide con la moral de las conciencias y de los sentimientos.
Moral de las conciencias y moral de los afectos, ¿quién
las procura? ¿Quién puede adivinar secretos
que se guardan en el interior del misterioso sagrario
de cada uno, que no se divulgan a nadie, ni tan siquiera
a los amigos más íntimos, ni tan siquiera
muchas veces a uno mismo, y que sólo circunstancias
rarísimas, fortuitas, como ésta de un triple
suicidio, pueden ocasionalmente revelar?... El individuo
moral está por definir y así seguirá
siempre. Aquello a que podemos llamar el Yo psíquico es comparable a un bosque virgen, salvaje, impenetrable,
donde se desatan al azar, sin sombras de disciplina, sin
obediencia ni preceptos, todas las fuerzas de lo extraño,
de lo exótico, de lo inesperado, de lo sorprendente
y de lo inverosímil. Y sucederá que los
más celosos moralistas de palabra, los más
severos críticos de los desmanes contra la normalidad
de las costumbres, serán muchas veces los que,
en su sentir íntimo, se encuentren en un mayor
desacuerdo con las teorías que profesan. Lo que
sucede es que, por timidez, o por vergüenza, por
modestia, por miedo, por orgullo, por conveniencia, por
hipocresía, por maldad, o incluso por el simple
motivo de desconocerse a sí mismo, el ser humano
se priva tanto como puede de mostrarse como en realidad
es. Aplaudamos la moral cívica, de convención,
que rige las sociedades llamadas civilizadas, pues es
por ella por la que se mantienen el orden y la disciplina,
tan necesarios para la conservación y la evolución
de la familia humana; pero no queramos medir por ella
el torbellino de impulsos que agitan nuestra pobre individualidad
de seres aislados e independientes.
***
Finalizo
las divagaciones. Aquí tenéis el suceso
de los tres cadáveres tal y como es, rudo, sangriento.
Y adornad ahora la novela al agrado de vuestra fantasía.
Yo no lo adorno, sufro solamente ante el trágico
incidente. Y por enredados procesos de mi mentalidad de
solitario, me viene a la cabeza la triste idea de que
también yo, en este último capítulo
de existencia, poseo mi novela, aunque muy diferente.
En mi novela, figuran también tres protagonistas,
dos mujeres y yo; ellas muertas ya, una muerta aproximadamente
hace dos años, la otra muerta hace aproximadamente
seis. A pesar de todo, en el fondo negro del cuadro de
mis recuerdos, destacan todavía, nítidos,
los espectáculos dolorosos de sus dos grandes agonías...
TOKUSHIMA,
febrero de 1919. |