Soy
de los que tienen noción de una realidad más
o menos diferente de este purgatorio devaluado en el que
habitamos. Tal vez por esto, desde el momento en que cruzamos
el séptimo círculo del infierno y hubo niños
que comenzaron a comer de nuestra basura, me molestó
que la gente se llevase a la boca conceptos que, desde
mi humilde punto de vista, no comprende y le quedan grandes.
No soy un apóstol del socialismo ni me envolví
en pancartas psicobolches cuando pasé por Puán
pero, como ser humano, siempre me ofendió que la
clase media de este país hablase de la dignidad
de los cartoneros, simplemente porque el hecho de ver
a un menor de edad hurgando en mi basura está ubicado
a varias galaxias de distancia de lo que yo considero
digno.
En los últimos años, mantuve esta conversación
con infinidad de personas y creo que ninguna comprendió
demasiado de qué estaba hablando. Y es que, evidentemente,
hasta ahora no he podido explicarme bien dado que la sola
mención de un escenario digno me encolerizaba lo
suficiente como para perder de vista la semántica
perversa de nuestra sociedad.
En
estos días tuve ocasión de leer el libro
Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, de
Henning Mankell, editado por Tusquets editores. En un
momento de la crónica, el autor sueco, suelta esta
anécdota:
"Durante
la larga y dura guerra civil que arrasó Mozambique
desde principios de 1980 hasta 1992, hice un viaje a Cabo
Delgado, la provincia del norte. Un día de noviembre
de 1991, me encontraba justo al sur de la frontera con
Tanzania. La zona estaba devastada por la guerra, muchos
habían muerto o habían sido mutilados, cuando
no ambas cosas, y reinaba la hambruna, pues habían
quemado las cosechas. Era como visitar un infierno, un
lugar donde la tragedia humeaba a ambos lados de las carreteras.
Un día, seguía un sendero que conducía
a un pequeño poblado cuando apareció un
joven que caminaba en dirección contraria. Rodeado
de luz, era como si hubiese surgido del sol. Vestía
harapos. Tendría unos diecinueve o veinte años.
Una vez que lo tuve cerca, pude ver sus pies. Y vi en
ellos algo que no olvidaré mientras viva. También
ahora, mientras escribo, puedo evocarlo con nitidez. Raro
es el día en que no rememoro la imagen de aquel
joven que surgió del sol. ¿Y qué
es lo que vi? Sus pies. Se había pintado en ellos
un par de zapatos con tintes naturales; había intentado
preservar su dignidad. No llevaba zapatos, ni botas, nada,
ni siquiera un par de sandalias fabricadas con restos
de neumático. Y, puesto que no tenía zapatos,
los creó él mismo. Es decir, se los pintó
en los pies y, con ello, pintó en su conciencia
la fortaleza, la certeza de que, pese al desastre, él
era un ser humano que conservaba su dignidad. Entonces
y después he pensado que, de los muchos encuentros
con desconocidos que he tenido en mi vida, aquél
ha sido seguramente el más importante. Pues, en
efecto, lo que aquel joven me reveló con sus pies
pintados fue que la dignidad humana puede conservarse
y defenderse, aunque todo lo demás parezca perdido.
Me reveló que todos debemos ser conscientes de
que también a nosotros puede llegamos el día
en que tengamos que pintarnos un par de zapatos en los
pies. Y, en ese caso, es crucial que seamos conscientes
de que tenemos la capacidad de hacerlo. Ignoro cómo
se llamaba, pues él no hablaba portugués
y yo no comprendía su lengua. Me he preguntado
a menudo qué fue de él. Lo más probable
es que esté muerto, pero no tengo modo de saberlo.
Y la imagen de sus pies me sigue siempre a donde quiera
que voy."
Estas
líneas, y la lamentable postura de nuestra sociedad
en los últimos meses, hicieron evidente la torpeza
de mi confusión. Obviamente, sí se puede
hablar de la dignidad de los cartoneros, de la dignidad
de los pobres, de la dignidad del muchacho africano de
los zapatos pintados en la piel.
La dignidad que se perdió de vista es la nuestra,
la de las sociedades que favorecen este tipo de escenarios
y la de los testigos que se llaman a silencio, porque,
como bien sabe el señor Mankell, la obligación
moral del testigo de una injusticia es denunciarla en
todos los ámbitos en que sea posible hacerlo, con
la esperanza de que la denuncia sirva para despertar alguna
conciencia adormecida o anestesiada, para sumar voluntades,
aunque sea difícil, aunque resulte incómodo,
aunque vivamos todavía en un paisaje de colonos
y terratenientes.
Damián
Blas Vives
Director Editorial |