
Evaristo
Cultural: Quería empezar preguntándote
cómo fue el proceso de escritura de La intemperie,
cuándo fue que decidiste escribir y luego publicar
y cómo fue la selección que hiciste de lo
escrito para publicar, si quedó mucho de lo escrito
fuera...
Gabriela
Massuh: Nunca había pensado en publicar. Simplemente eso
se fue dando. Yo empecé haciendo una especie de
notas sobre la pérdida cuando estalló la
crisis, eran como como aguasfuertes y bueno, quedaban
ahí y nunca, nunca yo supuse que iba a terminar
en nada porque nunca hice ficción. El libro tampoco
es una ficción ficción. Lo que sí,
de repente empecé a sentir la necesidad de reflexionar
como en voz alta, en primer lugar por una cuestión
de soledad pero también por compartir ciertas cosas
que me estaban pasando y que, digamos, escribir era una
manera de creer lo que estaba pasando porque lo que realmente
sucedía a nivel del país era muy, muy fuerte
y había que seguir viviendo de alguna manera y
ese seguir viviendo a pesar de coincidió con una
pérdida, con la amorosa. Entonces se conjugaron
muy fuertemente las dos cosas. Y el momento en el que
empecé a escribir es el momento en el que empieza
la novela, es precisamente ese día, que creo que
es lo único real que coincide, en donde creo que
fue un 31 de diciembre cuando yo tenía la noche
de fin de año por delante y estaba absolutamente
sola en una ciudad terriblemente silenciosa, porque las
crisis tienen eso de bueno, que traen silencio, y la ciudad
empiece a reverdecer en sus ruidos, empieza a superarse.
En ese momento estaba haciendo esas notas, se me habían
acumulado y empecé a jugar con ellas como si fueran
un rompecabezas, a sacar de esas notas hilos de narración
que se fueron dando, conjugando y naciendo y así
se fue haciendo la novela y tardé como tres años
porque me costó llenar casilleros vacíos
que fueron apareciendo en el momento en el que yo decidí
publicarla. Y otra cosa que me resultaba difícil
durante la escritura era saber cómo semejante cantidad
de lamento iba a ser factible para llevárselo a
algún lector potable, sobre todo al lector joven,
porque también hay algo que tiene que ver con el
ridículo del lamento, ese no caer en ridículo.
Entonces la única manera de no caer en ridículo
era tomarle el pelo a la narradora y entonces entré
a jugar mucho con el humor y a no darle importancia a
todo lo que era ese sufrimiento por la pérdida,
es decir, no ponerlo en primer plano sino jugar con otras
cosas que iban sucediendo y así nació.
EC: Dijiste recién que no es un texto del todo de ficción,
concepto que aparece en el paratexto donde se lo define
como novela. ¿Pensás que te sirvió
la coartada de la ficción para poder escribir sobre
esa experiencia?
GM: En realidad no da libertad la ficción sino que
es un enorme desafío ante el cual casi te digo
que cedo. Escribir ficción me resulta sumamente
difícil porque tengo un trabajo principal de ocho
horas, un trabajo de oficina. Mi ritmo no es el de un
escritor que se sienta, se pone a ver, que tiene su tiempo
y un determinado entrenamiento. Digamos que yo escribo
desde los bordes, desde los bordes de mi propio tiempo.
Entonces era bastante difícil decirme a mí
misma "querés escribir una ficción".
De alguna manera pensé en novelar todo eso, en
hacer los personajes, pero lleva mucho tiempo porque si
vos vestís a un personaje de ficción tenés
que desvestirlo, tenés que volver a peinarlo, tenés
que hacer que hable siempre de la misma manera, esa secuencia
de la ficción a mí me resulta muy ficticia
para nuestra vida cotidiana actual, tan invadida por hechos
que parecen ficticios. Me parecía un desafío
casi insuperable. Pero, por otro lado, el hecho de saber
que eso no se iba a leer como un ensayo me permitía,
sí, todo lo que tiene que ver con la libertad poética
y reflexión sobre la música, sobre el lenguaje.
EC: En un momento uno de los personajes le pregunta a la narradora
cuándo es que la escritura deviene literatura y
entonces la narradora le dice que piensa la literatura
en relación a la música. En el texto tienen
un lugar importante tanto la poesía como la música
y se trabaja con esos fragmentos como pequeños
mojones sobre los que se va construyendo. ¿En qué
te resultaron útiles la poesía y la música?
GM: Yo vivo poblada por ritmos, son los ritmos del español,
son los ritmos del endecasílabo. Yo estudié
Letras, no puedo evitar una deformación profesional,
hay un sello muy fuerte de la poesía de Salinas,
de Cernuda, de Neruda o de Vallejo que siguen jugando
en mí como si fueran música y tengo una
especial veneración por la poesía, por esa
relación que se produce con el poema que no es
que uno busca el poema sino que el poema te busca a vos.
Cuando una poesía te busca es porque el poema te
fue a buscar, te agarró como una glicina te puede
agarrar un verano. Hay algo que te sorprende y te agarra.
Quería poder seguir trabajando sobre eso pero con
mucho goce ya que mi principal relación con la
literatura es el placer. No el ensayo o el vericueto al
estilo Aira o el encierro narrativo como Piglia sino el
goce, el rescate del placer de la literatura. Por eso
esas puntas. Y escucho mucha música, estudié
música de chica y la música vive en mí,
de hecho. Los momentos más grandes de placer artísticos
que tengo son con la música y con la poesía.
EC: Recién mencionabas a Piglia, a Aira, en la novela
también la narradora dice "basta de Borges"
y en una entrevista mencionabas que habría que
leer más a Puig. ¿Qué autores, qué
biblioteca pensás que estaría bueno recuperar?
GM: Yo creo que hay que recuperarlos a todos todo el tiempo
pero me parece que a Puig todavía no lo recuperamos
del todo. De Puig recuperamos un gesto que tiene que ver
con el pop, que tiene que ver con factores más
costumbristas pero Puig tiene una enorme dimensión
moral, es casi femenino en su afán por la cuestión
moral. Eso me fascina en este momento mucho más
que Borges. Y el "no, basta de Borges" tiene
que ver con una historia personal. Yo me doctoré
sobre Borges, entonces lo leí de atrás para
adelante, me lo sé de memoria, digamos, y a veces
hasta parece el único autor argentino. En ciertos
círculos, ¿no? Siempre se vuelve a él,
se lo usa, y siempre hay otro libro nuevo más,
hay otro libro de fotos más, hay otro lugar nuevo
que toma Borges, etc. Borges es el gran culpable también
de una literatura cerrada sobre su propio lenguaje, es
el gran responsable del gran oficio argentino por la literatura
pero también es el responsable de la ausencia de
narración.
EC: En relación a tu labor con los proyectos artísticos
sobre los que también hay una reflexión
en el texto, ¿pensás que puede llegar a
existir un arte comprometido desde la literatura?
GM: No creo, no en esta época. Como deseo se podía
postular todavía en los años 60 pero ahora
es muy difícil pensar siquiera no solamente un
arte político sino un arte de vanguardia ya que
no puede haber más vanguardias porque no hay vanguardias
políticas. Es decir, sí las hay pero no
salen a la luz, existen varias formas en el continente
de modelos políticos posibles pero no alcanzan
estado público. La experiencia de Chiapas no tiene
estado público, digamos, no es una utopía
posible. Es una utopía para Chiapas tal vez y tal
vez parte de la no aparición de Chiapas sea una
estrategia de Marcos, lo cual es absolutamente respetable,
pero si en el momento generó toda esa adhesión
era porque tenía los visos de aparecer como un
modelo probable. Pero enseguida fue ocupada por los medios,
por lo tanto, fue destruida por los medios.
EC: Y un modelo como el de Porto Alegre, que también
la narradora menciona, sosteniendo que hoy en día
no es posible hacer una reflexión de representación
política sin la referencia de Naomi Klein y el
foro de Porto Alegre, ¿eso como otra vía?
¿O los medios de comunicación obturan cualquiera
de esas experiencias?
GM: El discurso dominante en general tiende a clausurar cualquier
forma de experiencia y no solamente el discurso dominante,
sino las elecciones. Y cuando se trata de acallar movimientos
enseguida se llama a elecciones. De hecho, acá
el 2001 termina con la convocatoria a elecciones. Hay
una cooptación de la política por todo aquello
que tienda a hacerle competencia. Por ejemplo, el florecimiento
de los movimientos sociales que de alguna manera formulaban
una nueva economía, el desafío no era para
la economía, era para los políticos y quienes
los ocuparon enseguida fueron los políticos. Si
yo fuera un inversor me preocuparía que existieran
fábricas autogestionadas pero como el capital ya
tiene una dinámica muy propia, ni siquiera lo toca.
Todas esas experiencias fueron cooptadas por la política
porque hay una especie de relación perversa entre
los políticos, la política y la población,
donde uno no puede vivir sin el otro. Entonces, enseguida
se trata de reestablecer ese orden que, dentro de lo que
fue el 2001, durante seis meses parecía que era
posible vivir sin Estado.
EC: Volviendo a la literatura, la narradora menciona que en
la literatura escrita en los 90 encontraba que no había
más narración o más novela. Ella
recupera, podemos decir, ese placer por la literatura
al encontrarse con El pasado de Alan Pauls. Hoy
en día, ¿podrías afirmar lo mismo?
¿Releíste algunos de los autores que comenzaron
a escribir en los 90 ó es algo que no te interesa?
GM: Me parece que la tendencia sigue. A pesar del 2001 ahora
estamos en una especie de reestructuración de los
años 90, de los emblemas que fueron los años
90. Esos emblemas ahora son mucho más sólidos
y más poderosos por eso creo que las crisis no
tienden a atentar contra un sistema sino a consolidarlo.
Porque la crisis de 2001 consolidó el sistema de
los 90 y te doy un emblema nada más, el emblema
Puerto Madero. Esta ciudad, este gobierno que quiere diferenciarse
tanto de Menem tiene su proyecto del bicentenario ligado
a Puerto Madero y el ex presidente tiene su oficina en
Puerto Madero. Entonces, están sentados sobre la
simbología de los años 90 y no puede ser
creíble que haya otro proyecto de país.
Es decir, puede haber otro proyecto de país con
otra retórica pero el capital sigue siendo el mismo
y la posesión del capital va a seguir siendo la
misma. Con respecto a lo que me preguntabas sobre arte
político, qué falta para el tema de las
vanguardias, falta una unión entre una forma política
probable, diferente, y los artistas y eso es lo que no
hay. Puede llegar a haber manifestaciones de intentos
políticos diferentes pero, al parecer, los artistas
no se quieren percatar de eso. Por eso no hay vanguardia.
Y por eso no puede haber un arte realmente político.
EC: Cuándo hablás de los artistas, ¿te
referís a los, locales, argentinos?
GM: Todos.
EC: Porque, justamente, en la novela están estos artistas
extranjeros que le brindan a la narradora una mirada diferente
sobre su ciudad, le permiten, ella dice "conocer
Buenos Aires", acceder a ciertas cosas que le estaban
veladas.
GM: Es una pareja muy excepcional. De hecho están haciendo
una carrera muy, muy especial y los sigo muy de cerca
porque soy muy amiga de ellos todavía. En primer
lugar, son unos artistas de muchísimo talento.
Son geniales en su manera de concebir el espacio, la luz,
combinar, pero, a su vez, no conciben el practicar o hacer
arte sin un estudio absolutamente riguroso de los condicionamientos
económicos. Y esa conjunción de enorme talento
y una enorme propensión a establecer, a descubrir
los lazos perversos que tiende el capitalismo, eso es
algo insólito, es algo único y, en ese sentido,
yo tuve mucha suerte. Yo los valoro mucho. El próximo
proyecto de ellos es para el Reina Sofía y nada
menos que para el bicentenario. O sea, entran al mejor
lugar de España para el 2010 con un proyecto que
va a partir de América Latina. Yo creo que son
bastante excepcionales en realidad, creo que hay toda
una serie de epígonos, sobre todo en las artes
plásticas, que es lo que más mercado tiene,
el más bastardeado donde es muy difícil
lograr ese estado de observación y de práctica.
EC: La narradora viaja bastante...
GM: En ese momento...
EC: Y en ese momento afirma que Europa dejó de ser
el futuro, que el modelo somos nosotros, la Argentina,
ese despojo...
GM: Sí, pero no pienso lo mismo. Ahora tengo otra sensación.
En ese momento me parecía que nosotros podíamos
señalizar a Europa lo que ellos podían llegar
a perder. Toda la ola privatizadora menemista no fue solamente
argentina ni fue solamente latinoamericana. En ese momento
también se privatizó un Estado que fue Alemania
Oriental. Fue una ola privatizadora mundial. El tema es
que Europa va a seguir defendiéndose, va a aprender
pero lo va hacer consolidándose. Yo creo que va
a terminar construyendo un muro alrededor y techándose
toda entera, dejando al resto del mundo afuera. Y acá
seguiremos con el tema de las minas, contaminando los
ríos, liquidando a los indios, a los que quedan
y molestan, a los que se oponen al progreso, y seguiremos
construyendo torres. Pero los europeos van a mantener
su espacio público y su modelo de vida coherente
y civilizado. En ese momento creo que éramos un
probable futuro pero aprendieron. Entre tanto limpiaron
todos los ríos mientras que acá están
todos contaminados, pusieron todas las fábricas
de papel en el Cono Sur, todas las industrias contaminantes
están en países en desarrollo, y ahora aprovechan
el ascenso de la China y la India. Vamos a ver qué
les depara más allá.
EC: En la novela Europa también aparece como un lugar
donde muchos personajes cercanos a la narradora quieren
irse y la representación, tan presente en la literatura
argentina, de la Argentina como país expulsor,
como un lugar donde no se puede construir. Contrariamente,
la narradora parece bastante cómoda, no sé
si en la Argentina, pero nunca se lo cuestiona. ¿Alguna
vez quisiste irte de la Argentina, alguna vez dudaste?
GM: Obviamente yo pasé por todos esos procesos de querer
irme, de no soportar más la Argentina y me fui,
en 1975 yo me fui a Alemania, con una beca y pensaba quedarme
allá. Con el paso del tiempo pensé que yo
no quería perder una lengua. Para mí hubiese
sido imposible tener que expresarme a la larga solamente
en alemán, eso por un lado. Y me sentía
deudora con la geografía, con una geografía
personal que estaba en la Argentina. Y creo que uno puede
escaparle a la geografía pero no le podés
escapar a tu origen. Y como mis abuelos son inmigrantes
y perdieron su origen, yo no quería perder ese
poco de raíz que me había crecido. Además,
creo que sufrir o gozar se puede en cualquier lado. Ahora,
es mejor tener cerca lo que a uno le resulta entrañable,
¿no? Y a mí me resultan entrañables
muchos modos de ser que tienen que ver con cierta calidez,
que tiene más que ver con el interior que con Buenos
Aires. Y tal vez sea eso a lo que yo no quiera renunciar.
Y me cansa mucho, toda esta gente que va y viene, con
sus problemas vocacionales, pero creo que ya es una cuestión
de edad. Casi te diría que no lo soporto.
EC: En cuanto a los medios masivos de comunicación,
hay una anécdota interesante en la novela, donde
a la narradora la invitan a un programa de televisión
para que hable sobre la "movida cultural" de
Buenos Aires y ese programa nunca sale al aire debido
a sus declaraciones. Lo relaciono con lo que decías
sobre el capital y que sus dueños controlan los
medios masivos. Hoy en día, ¿te siguen llamando
para programas?
GM: No hay más programas. Antes había programas
en cable, hoy ya no hay más. De todas maneras eso
no fue así tal cual. Podría haber sido porque
era muy verosímil. Ninguno de los personajes que
están ahí son de verdad. Esa es la historia
de una nota sobre el movimiento cultural de Buenos Aires
que resultó muy fuerte. Se esperaba que yo festejara
los cuatrocientos millones de personas en los museos,
los quinientos millones en las Gallery no sé
qué, la Feria del Libro y el Colón. A los
porteños les encanta decir que acá hay mucha
cultura. Y yo salía con todo lo contrario, les
resultó muy negativa porque desde la cultura no
se puede ser pesimista, está prohibido. La cultura
tiene que dar buenas noticias sino no aparece. Y yo, a
propósito, insistía en señalar ciertas
cosas, que no se puede hablar de la Feria del Libro cuando
no hay rescate o apoyo de editoriales chicas. Bueno, y
no salió la nota. Aparecía la nota entera
en la novela y alguien me dijo que era muy heavy, que
porqué no le armaba algo y entonces fue ahí
que le armé un programa de televisión.
EC: La narradora menciona que en la Argentina la memoria crítica
del pasado sólo se atiene a lo sucedido durante
a la dictadura militar y no, justamente volviendo al tema
de los años 90, a lo sucedido en ese período.
GM: Sí, concretamente me refería a cierta actitud
de ciertos movimientos de derechos humanos pero atendiendo
a lo que pasó y pasa, por ejemplo, con cierto sector
de Madres de Plaza de Mayo, no es así, tengo que
desdecirme. La memoria no está ligada solamente
a la época de la dictadura sino que tiene puesta
la misma presión en todas las injusticias actuales
como son el tema minero, el tema sojero, situación
de los trabajadores de Wal-Mart. Por ejemplo, hoy Hebe
de Bonafini está en la presentación de Wal-Mart.
Eso es muy actual y reciente. Pasa que yo trabajaba con
gente muy joven para hacer el proyecto Vivir sin Estado y ellos prácticamente reducían su aparato
crítico a las condiciones de entonces, que no está
mal, pero no les resultaba tan acuciante lo que pasaba
en ese momento.
EC: Al mencionar a la generación joven y a cuento de
la poesía de Cecilia Pavón, la narradora
sostiene que esa generación no tiene qué
recordar porque no tiene contenidos. Hoy, ¿podrías
sostener lo mismo?
GM: No, no de Cecilia porque precisamente ella es un personaje
que yo he seguido bastante, todo lo que hace y cómo
va modificándose pero sí me parece muy importante
en la manifestación de los chicos que quedaron
pegados al 90 es una especie como de receta absoluta de
no incurrir en ninguna retórica. Y la memoria siempre
es retórica, la memoria siempre es una construcción
del pasado que tiene mucha carga no histórica sino
de nostalgia. Y ahí en estos chicos, en esa generación
de Cecilia, de Fernanda Laguna, Gabriela Bejerman —también
entra Federico León, etc., etc.— hay una absoluta
renuncia a todo lo que pueda ser énfasis, terror
al énfasis, terror al patetismo y en ese sentido
hay casi más una apariencia de vacío que
un vacío en sí mismo.
EC: En una entrevista comentaste que en un momento en que
se te hacía difícil la escritura encontraste
una salida al leer Carta al padre de Daniel Link.
¿Qué cosas encontraste ahí?
GM: Seguro que Link va a citar lo que vos publiques en su
blog porque no se puede decir nada de Link que el no releve
para su blog. Así que lo digo para el blog de Link.
Se lo dije a él personalmente, él instauró
como un permiso, abrió la puerta para ir a jugar
porque fue un libro que mezcla de manera tan desfachatada
la ficción con la biografía, con el ensayo,
que a mí me señaló "Ay, pero
caramba, esto es posible". Eso fue el gran permiso
que para mí instauró Link y que tal vez
yo, sin haber leído en ese momento Carta al
padre, no hubiese podido, no hubiera ni siquiera
armado el texto, esos apuntes.
EC: La narradora menciona que el zambullirse en la escritura
la hace sentir como un nadador en busca de corales. Hay
relatos dentro de la novela que provocan ternura y son
muy verosímiles como, por ejemplo, la historia
de Basilio o la de Isabel. ¿Pueden pensarse como
pequeños corales?
GM: Sí, por supuesto. Pero también ese encontrar
corales tiene que ver con que en general en la escritura,
en ese tipo de narración, ésta nunca preexiste
sino que se va conformando a medida que se escribe y ese
es el gran miedo antes de escribir, el pensar que no voy
a encontrar nada. Y, finalmente, no es que uno se ponga
a escribir una historia porque uno la tenga sino que la
historia se escribe sola, si se encuentra, y ese proceso
es lo que genera pavor de la escritura, la famosa página
en blanco de Mallarmé. |