
Evaristo
Cultural: En la novela hay tres voces predominantes: la tuya como
autor, la de Cándido Olazábal y la de Chiquita...
Antonio
Orlando Rodríguez: Escamoteada detrás de una tercera persona...
EC: Esta confluencia de voces le da mayor verosimilitud al
relato. ¿Esas tres voces existen o es un artilugio,
una estrategia tuya como narrador?
OR: Todo es un artilugio de ficción, de pura ficción;
son engranajes. Toda la novela tiene la intención
de invitar al lector a caminar por una suerte de cuerda
floja en la que un extremo está atado en la investigación
histórica, es decir, en el dato real, preciso,
documentado, y el otro extremo está amarrado en
la fabulación pura, en una fabulación muy
libre. Es un poco un ejercicio lúdico que pretende
que el lector se cuestione cuánto hay de real y
cuánto hay de fantasía en la historia; y
en definitiva que acepte construir junto con el autor
esa ilusión de verdad.
EC: Entonces los cuadernos de Cándido Olazábal
no existen...
OR: ¿Te pareció que existían?
EC: La verdad que sí...
OR: Bueno, pues si te pareció que existían,
existieron en la novela; todo existió en el universo
de la novela...
EC: ¿Cómo tomás, entonces, contacto con
el personaje Chiquita?
OR: Una amiga que es fanática de internet y de descubrir
cosas sorprendentes me envió la fotografía
del personaje, la había hallado en el website de
una biblioteca que conserva todos los documentos de la
gran Exposición Panamericana que se hizo en Búfalos
1901, en esa exposición Chiquita fue una de las
grandes atracciones, y por lo tanto en la memoria de ese
evento están sus fotografías, la descripción
de su teatro; y ahí ella descubrió a Chiquita
y me hizo partícipe de ese descubrimiento.

EC: De hecho vos la incluís en tu ficción como
tu reencuentro...
OR: Sí, exactamente. Ese personaje me sorprendió
mucho, no tenía ni la menor idea de su existencia.
Hablé con varios conocedores de la cultura, de
la historia de Cuba, nadie sabía que hubiera existido
una liliputiense cubana célebre en los Estados
Unidos. Y empecé a indagar muy someramente y me
di cuenta con mucha rapidez de que ella reunía
todos los requisitos para ser la heroína de una
novela de aventuras, quizás no en el sentido clásico
de una novela de espías o de piratas o de detectives...
EC: Sin embargo, yo tengo que decirte que al leer el libro
me hizo acordar mucho a los folletines de Dumas, de los
cuales soy fanático...
OR: Me di cuenta de que la aventura estaba justamente en el
enfrentamiento de esa mujer con un mundo diseñado
a la medida de los gigantes, ya eso de por sí era
una gran aventura. Y sí, eso que comentas es cierto,
yo me inspiré y traté de nutrirme —aunque
obviamente no cumple los requisitos de un folletín
clásico—, yo creo que faltan, por ejemplo, esos
personajes villanos y la heroína frágil,
que son muy característicos del folletín
clásico...
EC: Pero están juntos los dos personajes en Chiquita...
OR: Es cierto. Y también traté de acercarme
mucho a aquellas novelas de carácter biográfico
que recorren el itinerario de un héroe, por ejemplo
Moll Flanders de Daniel Defoe, que también es una
heroína mujer a la que la novela sigue a través
de todas sus aventuras y desventuras, en ese caso una
suerte de rufiana, una tramposa por excelencia. Esos fueron
textos que me sirvieron de referente para buscar el estilo,
el tono.
EC: Hay un dicho que dice que lo bueno viene en frasco chico
y el veneno también...
OR: Este personaje lo ejemplifica por excelencia.
EC: Toda la novela está recorrida por un hilo de imaginación
muy particular, una especie de realismo mágico
más naive, pero que le da también
más credibilidad a todas las situaciones inverosímiles
que recorren el libro. ¿Vos creés que este
estilo de narrar parte de una influencia tuya como lector
infantil, como narrador infantil?
OR: Primero hay una precisión que me gustaría
comentarte. Es cierto que algunos críticos y lectores
hacen referencia en relación a la novela al realismo
mágico. Verdaderamente, yo siento —es una impresión
mía—, que lo que es más notorio, más
palpable en la novela, no es tanto el realismo mágico
como lo real maravilloso, de lo que hablaba Carpentier,
porque es cierto que hay episodios que son pura inventiva
dentro de un contexto real, pero también hay episodios
que en gran medida son acontecimientos que aparentemente
son fantásticos o maravillosos pero que ocurrieron
en la realidad, lo cual es algo muy frecuente en este
lado del mundo, en América Latina. Y a partir de
eso fue que Alejo Carpentier esbozó su teoría
de lo real maravilloso. Es decir, episodios como el entierro
del gorrión, o la visita del hijo de un Zar de
Rusia a una pequeña ciudad de Cuba, pueden parecer
ejercicios de realismo mágico, pero en verdad se
insertan dentro de lo real maravilloso pues fueron acontecimientos
documentados, ese es una suerte de matiz que es bueno
precisar. Y por otra parte, yo creo que este libro, de
manera expresa, quiere explorar algunos motivos, temas,
registros, recursos, que son propios de la literatura
infantil y, particularmente, del cuento maravilloso, para
ponerlos en función de una historia concebida para
el lector adulto. Por eso hay un uso muy libre de la fantasía,
al que suele renunciarse cuando se escribe para adultos,
porque la fantasía suele moverse dentro de cánones
menos trasgresores. Y hay personajes como gallinas que
ponen huevos de oro, etc., es decir, hay toda una imaginería
que remite al mundo de los cuentos infantiles; de hecho,
me parecía apropiado ya que el personaje mismo
es, por así decirlo, la encarnación de esos
arquetipos de la mitología, de las leyendas infantiles,
esos seres diminutos que pueden ser duendes, que pueden
ser los enanitos que custodiaban a Blancanieves, Pulgarcito,
Almendrita, sólo que aquí pasan del terreno
de la ficción pura y reencarnan en un personaje
de carne y hueso, y además con pasiones muy humanas.
Entonces, creo que de ahí proviene esa voluntad
de explorar ese uso de la fantasía, esos recursos
composicionales que son propios de la literatura infantil
pero que a mi juicio no deberían ser exclusivos
de esa serie literaria.
EC: Cuando te sentás a escribir, ¿tenés
un método? Ese método, ¿es diferente
cuando escribís literatura infantil de cuando escribís
literatura para adultos?
OR: El método es el mismo, consiste en carecer completamente
de método. Yo soy un escritor muy intuitivo, a
veces vislumbro una idea muy general de la historia que
quiero contar. Me interesa más captar la esencia
de los personajes, sé dónde va a empezar
la historia, hacia dónde va, pero con mucha frecuencia
voy descubriendo sobre la marcha el itinerario. Admiro
mucho a los escritores que hacen sus croquis y que tienen
delineados los capítulos, las secuencias dramáticas
que va a tener la historia; yo voy descubriendo a medida
que los personajes se empiezan a mover, y los voy siguiendo.
En ese sentido eso hace que a veces dé muchos tumbos
para lograr una estructura equilibrada, pero también
eso me permite ir sorprendiéndome, renovando la
capacidad de asombro a medida que personajes inesperados
se suman a la historia, que la historia toma por caminos
paralelos y se suman historias paralelas, pequeños
relatos paralelos... Entonces eso hace más
trabajoso el trabajo; pero, por así decirlo, más
lleno de sorpresas, y en alguna medida más atractivo,
más retador.
EC: ¿Investigás mucho para escribir? Te lo pregunto
por esto de los personajes históricos que se mezclan
en la ficción...
OR: Sí. Los dos primeros libros para adultos que yo
escribí eran libros más cercanos a las parábolas,
sin una voluntad de enmarcar la historia en un contexto
o en un tiempo preciso. Sin embargo, curiosamente, cuando
empecé a escribir novela me sentí muy atraído
por toda esa puesta en escena histórica y descubrí
además que tenía una gran vocación
por la investigación histórica; no son novelas
históricas pero son novelas en las que la escenografía,
los pequeños detalles de la ambientación
histórica, están en función de darle
verosimilitud. Y sí trato de ser muy cuidadoso
con esa puesta en escena, y cuando uso personajes reales
me gusta ser consecuentes con sus ideas, con su psicología;
a veces los desacralizo, o puedo trasladarlos a un registro
de farsa, porque yo creo que a la larga mis libros son
farsas con trasfondo histórico. Pero sí,
la investigación está muy presente, y es
la etapa que más disfruto, porque a veces buscando
un dato o tratando de acercarte a una ciudad en determinado
momento, encuentras anécdotas, personajes que no
tenías previstos y que incorporas y pasan a formar
parte de la historia principal que vas a narrar; lo disfruto
muchísimo. Soy un ratón de biblioteca, me
encanta ver periódicos viejos, antes los veía
pasando las paginas, ahora que vivo en Estados Unidos
los veo en microfilm, pero de todas formas es el mismo
placer y me encanta usar las hemerotecas como fuente para
las novelas históricas, porque creo que a diferencia
de los libros de historia, que generalmente consigan los
grandes acontecimientos, en los periódicos está
el gran acontecimiento y también la minucia, el
día a día, y eso muchas veces es lo que
le da color a una historia, le da verosimilitud.

EC: Vos sos narrador, periodista, y también sos ensayista,
casi académico, ¿cómo surge tu vocación?,
¿a qué te dedicaste primero?
OR: Yo soy esencialmente un contador de historias, me encanta
la investigación literaria y me encanta compartir
mis hallazgos, divulgarlos, pero si bien estudié
en la universidad teoría y crítica literaria,
y tengo una formación de periodista, no me considero
un académico ni un ensayista ni un dramaturgo ni
un poeta, porque son términos que respeto mucho.
Yo soy un contador de historias, y descubrí esa
vocación muy tempranamente, me di cuenta de que
me gustaba imaginar ficciones y después de ensayar
distintos medios para expresar esas ficciones, como los
títeres, los juegos, la pintura, me di cuenta de
que el medio en el que me sentía más cómodo
y con el que tenía más posibilidades era
la palabra escrita.
EC: ¿Sos un hombre religioso?
OR: No, digamos que tengo una relación muy peculiar
con dios, que solamente nos involucra a él y a
mí, no hay intermediarios, ni ritos, ni nada.
EC: Te lo pregunto porque la novela tiene todo un costado
esotérico, en varios capítulos...
OR: Sí. Pero fíjate que ese acercamiento a lo
sobrenatural o a lo esotérico yo creo que no parte
tanto de un conocimiento sino de una curiosidad, y muchas
veces en un registro paródico...
EC: Los versos que reproducís de Chiquita terminan con el epígrafe: "Viva Cuba libre,
Cuba será independiente", así como
también lo clama a viva voz cuando termina sus
funciones. Ese trasfondo histórico de la liberación
cubana, ¿lo pensaste como correlato del proceso
que vive Cuba hoy, esta desarticulación del castrismo?
OR: Fíjate, yo generalmente soy un escritor que trata
de contar sus historias de la manera más cándida,
con la mayor pureza, porque me interesa privilegiar la
acción, los personajes las peripecias; sin embargo,
muchas veces después que termino de escribir un
episodio descubro las resonancias que puede tener, las
asociaciones que pueden tener, o me las descubren mis
lectores, porque a veces yo no soy conciente, no tengo
la perspicacia necesaria, y me dan interpretaciones que
me llaman la atención. En el momento en que lo
escribí, no tenía, en este caso, ese ánimo;
sin embargo, a posteriori me di cuenta de que efectivamente
hay puntos de contacto interesantes entre la curiosidad
que despertaba Cuba a los ojos del mundo en el momento
en que se desarrolla la acción, es decir, un momento
definitivo para dejar de ser una colonia y pasar a ser
una República independiente, y el momento que se
vive actualmente y la curiosidad y expectativa que existe
sobre qué sucederá con el destino de la
isla. Entonces, sin proponérmelo, creo que hubo
una conexión, un paralelo interesante entre dos
momentos alejados por un siglo en los que, sin embargo,
la curiosidad y la expectativa eran muy similares, como
también los antagonismos y las posiciones encontradas
sobre el futuro de la isla.
EC: Esto te lo pregunto no como escritor sino como persona,
y en verdad como cubano, ¿vos ves un proceso orientado
a la democratización de Cuba?
OR: Yo quiero pensar que en el futuro de la isla llegará
ese momento en que se inicie ese proceso. Hoy, en este
momento, no veo ningún indicio ni voluntad de que
el gobierno actual de Cuba tenga interés por iniciar
un proceso de esa índole; más bien me parece
lo contrario, me parece que hay una voluntad de permanecer
en las posiciones esenciales, sin mutación; permanecer
detenido en las posiciones fundamentales. Yo creo que
se podrá hablar de un proceso de apertura a la
democracia cuando empecemos a ver signos de libre opinión,
libre asociación política, que la población
pueda gozar de derechos humanos elementales como la posibilidad
de entrar y salir libremente de su país sin necesidad
de que le concedan un permiso. Entonces, no veo en este
momento indicios de eso sino más bien una voluntad
de aferrarse en lo esencial a las mismas posiciones dogmáticas
de siempre. Sí hay en el ambiente pequeñas
transformaciones, pero que no apuntan a esos derechos
esenciales, que no se vinculan con los derechos esenciales,
son pequeñas transformaciones de carácter
económico o social pero que no van a la raíz
del asunto.
EC: ¿Cómo ves el panorama literario actual cubano?
OR: Bueno, el hecho de ser cubano y de ser escritor no me
convierte en un especialista en la literatura cubana,
y sobre todo después de dedicar cinco años
a la escritura de Chiquita; casi todo ese tiempo
leí en función de esta novela, eso hizo
que me dedicara casi todo el tiempo a leer historia, etnografía,
arquitectura, sobre tradiciones, mitos... Pero lo que
sí puedo comentar es que tanto la literatura cubana
que se hace por autores que están en la isla como
los que viven fuera de la isla denota una magnífica
salud, a juzgar por la cantidad de nombres que están
circulando, y sobre todo por la variedad temática
y estilística. Por supuesto yo estoy más
al tanto de la literatura que se escribe fuera de Cuba
porque es la que circula a través de las grandes
editoriales, lamentablemente es muy difícil acceder
a los libros que se publican dentro de Cuba. Pero aún
así, me puedo percatar de que hay grandes nombres
en Cuba que siguen escribiendo, hay nuevas figuras que
se dan a conocer. Si tomas una revista, encuentras muchos
nombres, textos más interesantes, menos interesantes,
pero hay cabida a muchos lenguajes, a muchos estilos;
está desde el texto más clásico hasta
lo más experimental, y esa variedad siempre la
he visto como un signo saludable de la literatura cubana.
Y hay de todo, obviamente, como en la viña del
señor.
EC: ¿Y en la literatura latinoamericana?
OR: Sucede un poco lo mismo. Ahora estoy aprovechando esta
gira promocional un poco para ponerme al día, y
ahí la cosa se complica, porque los mecanismos
de distribución cada vez se vuelven más
complejos. Entonces sucede que un magnífico autor
argentino de primera línea no llega ni siquiera
a Colombia, mucho menos a Estados Unidos o a España;
y a veces obras de autores de países limítrofes
no llegan a las librerías vecinas; pues eso complica
más. Estoy empezando a descubrir una serie de autores
de los que no tenía idea. Cuando llego a los países
me hablan con mucho entusiasmo, voy cargado de libros
de un país a otro, eso me va a permitir tomarle
el pulso a las nuevas voces. Me encanta la literatura
latinoamericana y tengo autores que disfruto extraordinariamente.
En el caso de Argentina, mis clásicos son María
Elena Walsh, Julio Cortázar, y un autor por el
que siento una extraordinaria admiración, que creo
que es un autor excelente en el arte de llevar al papel,
de construir mundos, que es Manuel Mujica Láinez;
me sorprendió mucho cuando estuve en México
y conocí a Fernando Vallejo saber que él
comparte esta admiración por Mujica Láinez,
pero además la proclama con una pasión desmedida
que por supuesto excede mucho mi admiración.
EC: ¿Y cuales son tus otros referentes?
OR: Yo creo que casi todos mis referentes principales están
en la literatura cubana. Me siento un autor muy ligado
a esa raíz de la literatura cubana. La literatura
cubana tiene una larga tradición de narrativa de
carácter fantástico con elementos imaginativos
y yo me siento muy vinculado a esos antecedentes. Cuando
empecé a escribir, cuando era un joven escritor,
para mí fue paradigmático el universo creativo
de Virgilio Piñera, yo quería insertarme
en esa órbita, en esa impronta de él dentro
de la literatura cubana, marcada por el uso de la fantasía,
del absurdo, de un humor a veces muy corrosivo, muy irónico,
pero siempre vinculado a la realidad. Y creo que en mis
primeros libros sobre todo se siente mucho el ascendente
de esa voluntad de respirar dentro de ese planeta Piñera,
que es un mundo, una isla dentro de la literatura cubana.
Pero del mismo modo me siento muy ligado a la obra de
autores como Eliseo Diego o Dulce María Loynaz.
Y esto puede resultar curioso para alguien que lea mis
libros y diga 'pero bueno, tu universo narrativo no tiene
nada que ver con el de la Loynaz o el de Eliseo Diego';
es así, efectivamente; sin embargo, son autores
en los que yo siempre he admirado la vocación de
orfebres de la palabra, la búsqueda de la perfección
estilística; y en esa medida son mis referentes,
porque yo también aspiro a eso inalcanzable que
es la perfección en la prosa. Y en alguna medida
ellos son mis modelos, mis paradigmas en esa aspiración.
EC: Sin embargo, tenés una prosa límpida que
no cae en el barroquismo de otros autores cubanos.
OR: Bueno, quizás de manera conciente todos tratamos
de escapar de referentes muy notorios, con mucho poder
de marcar; y yo he tratado de evadir concientemente ese
barroquismo recargado, me gusta que mi prosa sea fluida
y que el lector la transite sin muchos obstáculos.
EC: Sos especialista en literatura infantil, o por lo menos
has escrito varios textos...
OR: Digamos que soy conocedor...
EC: ¿Cuál es la importancia, la función
y los resultados de la literatura infantil en Latioamerica
y cuáles son las diferencias en estos tres puntos
(en la importancia, la función y los resultados),
con la narrativa infantil estadounidense, quiero decir,
con la narrativa infantil del primer mundo?
OR: Esa es una pregunta muy difícil de responder, porque
dentro del primer mundo hay tendencias muy diferentes
y resultados y objetivos muy distintos. Está el
libro más comercial y el libro más sutil
y más experimental, parabólico; desde lo
más explícito hasta lo más susceptible
de múltiples lecturas. Yo creo que a la literatura
infantil latinoamericana todavía le queda un largo
camino de desarrollo; incluso dentro de los países
latinoamericanos hay distintos niveles de desarrollo.
Yo prefiero la literatura infantil cuya primera función
es de carácter estético y expresivo, es
decir, prefiero la literatura infantil que es resultado
de una necesidad de expresión, de compartir por
parte del autor, y no aquella construida con el ánimo
de divertir o de complacer a los niños, aún
cuando dentro de esta tendencia hay obras muy notorias
y de mucho valor. Pero prefiero aquellas en las que tú
reconoces la individualidad y el mundo interior de un
autor que intenta tender un puente hacia los niños.
Creo que dentro de los géneros igual hay un desarrollo
muy desigual de la literatura infantil en América
Latina. Por ejemplo, la poesía que se publica me
parece que está, en términos generales,
muy por debajo del nivel que ha alcanzado la narrativa,
sobre todo la más contemporánea. Pero dentro
de eso hay paradojas, por ejemplo, si revisas la literatura
infantil cubana, encontrarás que probablemente
la zona más valiosa sea justamente la lírica
para niños, o la que ha ofrecido resultados más
sorprendentes o más singulares dentro del mundo
hispanoamericano. Entonces, es un mundo muy complejo;
creo que todavía los autores europeos, sobre todo,
desde el punto de vista temático y del tratamiento
de la historia a veces van a años luz de nosotros.
Sin embargo, también siempre está presente
el peligro del comercialismo y de subordinar el arte a
intereses de mercado. Es un fenómeno muy complejo;
yo creo que la función principal de la literatura
infantil en América Latina es atraer a la lectura
y formar lectores, seducir, ser un anzuelo para acercar
a los niños, a las generaciones más jóvenes,
al gusto por la palabra escrita y por los libros. Pero
es muy difícil hacer todas esas precisiones que
me pides, es un campo muy complejo, que cambia de país
a país y que, por supuesto, de Europa o de Estados
Unidos a acá también. Incluso entre Europa
y Estados Unidos hay diferencias muy grandes, muy notorias,
y es muy difícil hacer precisiones. Pero, obviamente,
si ves la literatura infantil de hoy y la comparas con
veinte años atrás en América Latina,
el salto es tremendo, tanto en volumen como en una voluntad
de actualizarse y de hacerla más auténtica.
EC: Me decías que el objetivo sería llevar a
los chicos a la lectura, ¿se cumple ese objetivo?
Yo creo que los chicos sí leen; me sorprendió
muy gratamente cuando se empezó a editar Harry
Potter, para mí era impensable ver a chicos
de diez años leyendo mamotretos de seiscientas
páginas; me parece que de repente ese tipo de productos
movilizaron más las inquietudes de los pibes que
la literatura nacional que se está publicando —que
es muy buena— pero que por ahí no consigue...
OR: Justamente se trata de un fenómeno de una gran
magnitud, que algunos consideran exclusivamente un fenómeno
mediático —yo no lo comparto, yo creo que Rowlling
logró magistralmente fusionar dos tradiciones muy
importantes dentro de la literatura inglesa; por una parte,
todo el universo de la magia y de la fantasía,
y por otra parte, las historias de grupos de niños,
de escuelas internadas, de clubes, dos vertientes muy
fuertes que nunca se habían integrado, y lo hizo
con mucha gracia y con una maestría para contar,
para estructurar su historia. A mí me parece que
ese efecto puede ser positivo, que puede ayudar a que
los niños se interesen por otros libros. Ahora,
lo que sucede también es que hay algo cierto, la
mayor parte de las veces los niños leen voluntariamente
los libros que les interesan, que se relacionan con su
mundo, donde ellos encuentran respuestas a sus preguntas,
y a veces pretendemos imponerles libros que pueden estar
muy bien escritos, que a nosotros nos pueden parecer muy
bien, pero que a ellos les resultan indiferentes. Yo creo
que hay que conciliar ambas cosas, la calidad literaria
y la capacidad de cautivar, de resonar con el niño.
EC: Teniendo la experiencia de estos dos mundos, de Norteamérica
y de Latinoamérica, el rol o la figura de los intelectuales,
¿varía de un escenario a otro?
OR: Eso es algo que depende de cada individuo, pero yo creo
que obviamente en Estado Unidos el escritor se ve más
sometido —quizás la palabra sometido no sea la
más exacta, porque a veces es algo totalmente voluntario—
se inserta más en un juego de mercado, su imagen
misma se convierte en una marca, en un producto. No es
que eso esté ausente en América Latina,
creo que aquí en un nivel más tímido
se empieza a ver. Pero quizás en América
Latina el escritor en los últimos años ha
ejercido un liderazgo político y una función
de conciencia crítica más notoria.
EC: Para terminar, la última pregunta que me queda
es con respecto a la novela. Exploraste de una manera
muy extraña, que todavía no termino de descifrar
como lector, la sexualidad o el erotismo del personaje,
que linda con lo morboso, ya por el personaje en sí,
incluso más allá de la diferencia de lo
liliputiense, es algo que tiene que ver con el perfil
del personaje, y lo narrás desde un lugar muy cándido,
hay una confrontación muy interesante ahí...
OR: Yo pienso que a veces el morbo lo aporta el lector, pues
yo efectivamente lo trabajo con mucha candidez. Lo que
sucede es que estamos hablando de personajes que tienen
la estatura de un niño de un año pero tienen
las apetencias, los sentimientos, las pasiones de un adulto...
EC: Pero también tiene las respuestas de un niño,
o sea, la primera vez de Chiquita es terrible...
OR: Sí, pero eso también responde —pienso yo—
a una filosofía de la supervivencia. Y por eso
se hace la analogía con el cuento de Pulgarcito.
Cuando se trata de sobrevivir, hay que acudir a soluciones
extremas que a veces van en contra de los principio éticos
más elementales. Pero volviendo a lo que dices,
yo trato de contarlo con mucha candidez, —yo no soy un
autor al que se le den las escenas eróticas con
facilidad, porque a veces cuando creo que estoy logrando
envolver al lector en un entorno erótico aparece
el humor o aparece lo hiperbólico y entonces se
rompe la magia de lo erótico y entra el registro
del humor—. Siempre he pensado que erotismo y humor son
muy difíciles de conciliar, y esto sucede aquí.
A veces todo apunta a una escena erótica pero de
pronto una frase, una observación, un comentario,
introduce un matiz humorístico. Me parecía
que tratándose de una mujer caribeña, sensual,
muy independiente, su sexualidad debía ser plasmada
de esa misma forma en el libro; y eso lo deduzco de acontecimientos
que investigué. Si bien la novela no respeta fielmente
la vida de Chiquita —porque yo estaba haciendo una novela
no una biografía—, sí saqué deducciones
de sucesos que están documentados. Entonces, si
una mujer de treinta y cuatro años es capaz de
casarse en secreto con un jovencito al que le dobla la
edad —en aquella época, en 1901—, te das cuenta
de que es una mujer de armas tomar, que vive su vida sentimental
de una manera muy intensa, sin prejuicios, y eso es lo
que intenté recrear en el libro. Yo sé que
a veces puede resultarnos desconcertante, sobre todo cuando
intentamos poner en escena las acciones; pero de hecho
hay algo innegable, esas parejas integradas por liliputienses
y por personas de estatura normal existían, están
documentadas históricamente dentro de este universo
tan peculiar de lo liliputiense —que para mí ha
sido todo un descubrimiento, yo no sabía nada sobre
ese universo; entré a él pensando que Chiquita
había sido una excepción y descubrí
todo un mundo, me sentí como Gulliver cuando llegó
a la isla de Liliput—. |