La herencia
"Porque así procede la muerte, mediante el hilo de una
angustia que el cuerpo no puede dejar de atravesar (…) La muerte tiene al
principio el rostro de lo que no pudo ser. Una desolación soberana da la
clave a esa multitud de sueños que sólo piden despertar."
Antonin Artaud
Acostada en la cama del hospital suplicaba morir; y resistía. Temblando de desesperación apenas balbuceaba palabras que nadie quería realmente oír. El miedo la acecha más que la muerte, es un miedo desgarrador; la desconfianza del mundo llevada al colmo de su extremo.
Siempre había sido incapaz de entregarse, incapaz de dar, en el sentido exacto de la palabra. Incapaz de dejarse atravesar por completo. Ahora la vida no le daba alternativa; y ella resistía. Se deshacía en el intento.
Los ojos semiabiertos, semicerrados, cerrados. Las pupilas latiendo furiosas detrás de los párpados. La piel aún tersa, blanca, abriéndose. Los labios desapareciendo en una expresión fatal, sedienta.
Sufre el desenlace como si existiera otra posibilidad, como si pudiera aún elegir. Decidir no estar cansada y aferrarse a su soga atada al cuello, a su política severa, al miedo de los días eternizando la contundencia de lo imposible, el rencor de los días. El juego del rencor es un juego sucio, contamina la sangre. Es un líquido espeso infiltrándose en las venas, derrocando las conquistas, nublando el paisaje hasta evaporar las plantas, los colores, la música. La sangre. Ella, que había sido una mujer tan puntual, ahora no sabía esperar.
No sabía morir, no había aprendido el agua. Se retorcía en su lecho de muerte padeciendo el peso de una existencia demasiado sólida. Salía de su vida insatisfecha. No se acaba hasta el final la muerte.
Es un enojo visceral que la atormenta y no la deja en paz, no la deja irse tranquila. Tiene calor, hierve, se hace pis. Intenta desvestirse, se lleva los dedos a la boca; se queja. Está insatisfecha y va a morirse. Así. Su cuerpo es una bolsa que las enfermeras manipulan, no sin esfuerzo, pero como quieren.
Alguien le pone la mano en el pecho, del otro lado, la sangre desesperada busca salir, derramarse hasta vaciarse. Afuera atardece, el cielo está atravesado por una franja naranja, luego rosa, ahora lila.
En la cama de al lado otra mujer espera, en paz. Llega un nene de doce años, gordito, morocho, sonriente, podría ser su nieto; le trae una botella de agua fresca. Ella agradece, bebe con ayuda de él, le pide que tome el libro que hay sobre la mesita, que elija un cuento al azar y se lo lea. El nene se sienta al borde de la cama, abre la primera página y comienza la lectura. Terminado el cuento, regresan; su abuela duerme; tiene la expresión de quien ha estado toda la tarde nadando en un mar muy calmo. El nene deja el libro en su lugar, la tapa suavemente, le besa una mejilla y desaparece al instante. Ya es de noche.
Hasta que se le pare el corazón seguirá escuchando el tren que pasa, que se va, la agudeza de la soledad más animal presionándole el pecho. La tortura de una certeza inmóvil. Respira, débiles sus pulmones respiran. Ni la fiebre logra alejarla de una conciencia demencial, completa; conoce demasiado bien el estado de la cuestión. Sangra. No se acaba hasta el final la muerte. |