Una experiencia tiene cierta densidad y espesor, colores, perfumes...un tempo propio y uno prestado que, silbando sin querer, es asentado para ser oído. La experiencia muda la palabra de relato en relato, pero estos nunca enmudecen, si faltan las palabras habrá huellas en el cuerpo. La ausencia de experiencias, o la ausencia del reconocimiento de una experiencia tanto como la pérdida del sentido narrativo nos atascan en una esquizofrenia ordinaria. La imposibilidad de restaurar el sentido de las relaciones entre los seres humanos y entre estos y la naturaleza en una historia que sea, al menos, el indicador de nuestra experiencia, nos convierte en algo así como una marioneta dialéctica de ojos largos y andar taciturno. Entre el dolor y el sinsentido, prefiero el dolor. No recuerdo quién dijo esta frase, o quién la inventó citando a otro, pero seguramente sea posible pensar desde aquí la necesidad de rearmar algo, una pequeña historia, cotidiana, para testificar que también nosotros estamos.
Aquellos que reniegan del mito, confiados en la existencia de alguna posibilidad, siquiera alguna, fuera de él, andan caminando por ahí amargados, el ceño de la realidad los mueve al odio y no encuentran conciliación posible. No es posible escapar a la violencia. Sin embargo, creer y pensar que aquella consiste sólo en un deseo destructor es escatimar su definición. Los más versados en eslóganes de la última hora menosprecian cuanta creación existe, adosándole el descrédito —en una pirueta dialéctica— a su origen. Cercenan así una nueva definición del mito y con ella toda una nueva mitología. El origen, al carecer de dimensión histórica, mantiene a distancia la experiencia, la cual se presenta en la forma de un acceso divino sin pasado y direccionada a un futuro vacío del que el ser humano no podrá formar parte. Es necesario que la idea escolarizada del mito sea remitologizada. Hacia una nueva mitología escribía un surrealista desde las trincheras del siglo pasado. Hacia una nueva mitología política —la política es más que falsas dicotomías morales—, a buscar la experiencia perdida en el caos inducido por quienes dicen disfrutar de la pérdida del fundamento.
El elogio, del que hablamos en el número anterior, es una experiencia en el sentido que intentamos aclarar. Rafael Cippolini, en el mismo número, reclamaba un elogio de la lentitud, no pude pensar más que la lentitud es una de las magnitudes del elogio y, si la experiencia tiene al elogio como una de sus formas, la lentitud, entonces, es una de sus dimensiones. La experiencia se conforma en estas variaciones, en estos movimientos que se ralentizan en el mismo instante en que la experiencia comienza. En este punto la experiencia connota su humildad y su falta de ingenuidad, la experiencia irrumpe como un comienzo, con la violencia y la arrogancia de su darse y su saberse parte de una y otra historia. Irrumpiendo la experiencia, irrumpe la mitología; de los gajos humanos, de las uñas de las cosas y de las esencias mudas de la naturaleza. |