evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 4
 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Germán Marín
Lliteratura, exilio y la maldición de Ava Gardner
* Entrevista a Carlos Sorín
Inoculado contra el engaño
* Entrevista a Marcelo Eckhardt
Silvio Astier y la Patagonia Rebelde
* Entrevista a Angélica Santa Olaya
De la mano de Alicia
* Rodolfo Walsh
Literatura, periodismo y militancia (tercera parte)
por Christian Lourido
* Carta Abierta
* Dylan Thomas
El príncipe de la oscuridad o el poeta de las palabras eternas
por Laura Mazzocchi
* Kandinsky & Stravinsky
por Bruno Gallo
* Ver a: Gus Van Sant
por Germán Kijel
* Delius: todo junto
por Rafael Cippolini
* Grandes amigos
por Roxana Artal
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* [ Evaristo de Buenos Aires ]
* La Fuga de Atalanta
por Michael Maier
* El romance de la doncella esquimal
por Mark Twain
* Intersticial
por Roxana Artal
* Pesadilla
por Marcelo Da Cunha
* Con todo respeto
por Osvaldo Gallone
* BLOGattis en su salsa
por José María Gatti
* Experiencia, el tiempo de la estadía
por Mauricio Rongvaux
* De sastre
por Amalia Sato
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* Reseñas
Editorial

Soy de los que tienen noción de una realidad más o menos diferente de este purgatorio devaluado en el que habitamos. Tal vez por esto, desde el momento en que cruzamos el séptimo círculo del infierno y hubo niños que comenzaron a comer de nuestra basura, me molestó que la gente se llevase a la boca conceptos que, desde mi humilde punto de vista, no comprende y le quedan grandes.
No soy un apóstol del socialismo ni me envolví en pancartas psicobolches cuando pasé por Puán pero, como ser humano, siempre me ofendió que la clase media de este país hablase de la dignidad de los cartoneros, simplemente porque el hecho de ver a un menor de edad hurgando en mi basura está ubicado a varias galaxias de distancia de lo que yo considero digno.
En los últimos años, mantuve esta conversación con infinidad de personas y creo que ninguna comprendió demasiado de qué estaba hablando. Y es que, evidentemente, hasta ahora no he podido explicarme bien dado que la sola mención de un escenario digno me encolerizaba lo suficiente como para perder de vista la semántica perversa de nuestra sociedad.

En estos días tuve ocasión de leer el libro Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, de Henning Mankell, editado por Tusquets editores. En un momento de la crónica, el autor sueco, suelta esta anécdota:

"Durante la larga y dura guerra civil que arrasó Mozambique desde principios de 1980 hasta 1992, hice un viaje a Cabo Delgado, la provincia del norte. Un día de noviembre de 1991, me encontraba justo al sur de la frontera con Tanzania. La zona estaba devastada por la guerra, muchos habían muerto o habían sido mutilados, cuando no ambas cosas, y reinaba la hambruna, pues habían quemado las cosechas. Era como visitar un infierno, un lugar donde la tragedia humeaba a ambos lados de las carreteras. Un día, seguía un sendero que conducía a un pequeño poblado cuando apareció un joven que caminaba en dirección contraria. Rodeado de luz, era como si hubiese surgido del sol. Vestía harapos. Tendría unos diecinueve o veinte años. Una vez que lo tuve cerca, pude ver sus pies. Y vi en ellos algo que no olvidaré mientras viva. También ahora, mientras escribo, puedo evocarlo con nitidez. Raro es el día en que no rememoro la imagen de aquel joven que surgió del sol. ¿Y qué es lo que vi? Sus pies. Se había pintado en ellos un par de zapatos con tintes naturales; había intentado preservar su dignidad. No llevaba zapatos, ni botas, nada, ni siquiera un par de sandalias fabricadas con restos de neumático. Y, puesto que no tenía zapatos, los creó él mismo. Es decir, se los pintó en los pies y, con ello, pintó en su conciencia la fortaleza, la certeza de que, pese al desastre, él era un ser humano que conservaba su dignidad. Entonces y después he pensado que, de los muchos encuentros con desconocidos que he tenido en mi vida, aquél ha sido seguramente el más importante. Pues, en efecto, lo que aquel joven me reveló con sus pies pintados fue que la dignidad humana puede conservarse y defenderse, aunque todo lo demás parezca perdido. Me reveló que todos debemos ser conscientes de que también a nosotros puede llegamos el día en que tengamos que pintarnos un par de zapatos en los pies. Y, en ese caso, es crucial que seamos conscientes de que tenemos la capacidad de hacerlo. Ignoro cómo se llamaba, pues él no hablaba portugués y yo no comprendía su lengua. Me he preguntado a menudo qué fue de él. Lo más probable es que esté muerto, pero no tengo modo de saberlo. Y la imagen de sus pies me sigue siempre a donde quiera que voy."

Estas líneas, y la lamentable postura de nuestra sociedad en los últimos meses, hicieron evidente la torpeza de mi confusión. Obviamente, sí se puede hablar de la dignidad de los cartoneros, de la dignidad de los pobres, de la dignidad del muchacho africano de los zapatos pintados en la piel.
La dignidad que se perdió de vista es la nuestra, la de las sociedades que favorecen este tipo de escenarios y la de los testigos que se llaman a silencio, porque, como bien sabe el señor Mankell, la obligación moral del testigo de una injusticia es denunciarla en todos los ámbitos en que sea posible hacerlo, con la esperanza de que la denuncia sirva para despertar alguna conciencia adormecida o anestesiada, para sumar voluntades, aunque sea difícil, aunque resulte incómodo, aunque vivamos todavía en un paisaje de colonos y terratenientes.

 

Damián Blas Vives
Director Editorial


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