Le joie de vivre
"Compruebo
Que la más alta expresión
Del dolor
Consiste esencialmente
En la alegría."
Augusto dos Anjos
El vértigo esconde sus alas para no volar, yo lo sé. Bajo el amparo de una geometría en expansión que profetiza una respuesta todavía indescifrable, aunque absoluta, no hay manera de estrellarse. El tiempo ha roto sus redes, perforado a fondo el engaño hasta dejarlo desnudo en su cuna, como recién nacido, indefenso; queda el lugar, el espacio entero sosteniendo el peso de la incertidumbre. Pero las sombras en movimiento señalan la altura de lo real, y el deseo abre sus alas.
No es simple entregarse a la dicha, requiere de un esfuerzo tan inhumano como el dolor en su pura esencia. El sueño, en cambio, es más abrasador, incluso cuando es lo único que nos queda; incluso cuando párpados adentro el fuego quema. El confort de las sábanas. Soñarnos otro para despertar y que el espejo nos devuelva otra imagen. Instalarnos un paisaje nuevo en el iris. Del otro lado, la vigilia también luce sus disfraces: el pesar, la angustia, el miedo, la confusión, —aun la indiferencia—, prácticas tanto más entrenadas, que se hacen creer más cerca de una experiencia igual de intensa que su opuesto exponencial. Dar toda la vuelta, pero en sentido contrario, para llegar al límite del mismo mundo. Otro mundo. Sólo un paso o un suspiro y dejar de hacer, arrojarse al mar. La pérdida del sentido. O el reino del único sentido inalcanzable por el lenguaje humano, e incomprensible.
Pero el límite es tan difuso, tan próximo a la asfixia que presta a confusión. Regala confusión. Porque la ceguera aturde la piel. Pero. La vibración avisa, justo antes del estallido avisa. Para que abramos los ojos y dibujemos a gusto nuestro propio iris.
Y es que lo esperable es siempre mejor venido. Allí la ignorancia del que sufre. Pues no hay síntoma para la dicha, no hay aviso en el resplandor. No hay derecho. En cambio, los prólogos del dolor: puro prolegómeno. Constante regodeo. Eterno retorno al mismo barro. Que debajo. Esconde. Lo innombrable. Al igual que. Pero distinto.
No sólo pesa el dolor. El peso de la alegría es aún más específico, más denso. Traspasarse a uno mismo como se traspasa un bosque lleno de sombras y espinas para llegar al otro lado y encontrar lo que el entendimiento no puede asir. Silenciarse de veras para que estalle el sonido. Y sin embargo, la amenaza que acecha. Motherfucker. La sangre guarda las claves. ADN del dolor: ácido corrosivo. Desenganchar los vagones, tirarlos a la mesa como dados, abolir el azar, redefinir la herencia.
Porque la lucha con lo propio es la única lucha posible puertas adentro del mar. Y el mar en su inocencia desconoce el dolor, porque lo acuna como a un hijo al que no se cuestiona pues se le debe la vida, puente entre los sitios más desconocidos. Pero los puentes han de romperse y ahí nos estamos. Hay que elegir de qué lado quedarse, aunque los lados se hayan caído hace ya demasiado tiempo y sin embargo sigan creciendo hacia adentro mientras en otro lugar la alegría se expande incondicionalmente, como la verdad, y la piel se derrama sin preguntar. Así pues. La distancia irreparable entre yo misma y yo otra: no es posible, a ciencia cierta, vivir la propia vida. |