Quevedo alude
Quevedo alude, en un poema memorable, al "tiempo que no vuelve ni tropieza". En nuestra recortada ínsula cultural, el tiempo es cualquier cosa, menos quevediano: vuelve, retorna, se reitera y tropieza, generalmente con la misma y empecinada piedra (piedra de molino enlazada al cuello del bíblico pecador).
De manera tan puntual que acaba por resultar exasperante, cada año tiene su término y, por inerte consecuencia, su comienzo. Ese es el punto de inflexión —una inflexión que reconoce su principio en la cronología— que los suplementos culturales argentinos (si se me permite el triple oxímoron) eligen para dar a conocer a sus lectores una sólida lista de los mejores libros del año.
Tiempos hubo (se dice, pero el rumor se puede confirmar fatigando oscuras —o luminosas, que para el caso es lo mismo— hemerotecas) en que los susodichos suplementos eran un espacio donde se cultivaba el saludable ejercicio de la ponderación; "tiempos hubo": ya no los hay ni son éstos. El concepto de "lo mejor" es fatal, irremediablemente, de carácter comparativo: es "lo mejor" en tanto y en cuanto se pueda contrastar con "lo peor", "lo meramente bueno" o "lo simplemente mediocre", según el caso y la evaluación de cada cual. Nadie peca de audaz iconoclasta si declara que una fuga de Bach es más rica en matices que una cumbia villera (chocaría, tal vez, con el disenso de Washington Cucurto, pero eso es lo de menos).
El sorprendido lector advierte que "los mejores libros del año" son todos los libros publicados desde la primera quincena de marzo hasta la última semana de diciembre del año en curso; el ensayo convive con la ficción, la novela histórica con los aforismos y el Horóscopo chino de Ludovica Squirru con una reedición del Decamerón. Cabe sospechar que si hay alguna omisión, es porque el autor (o la editorial) ha olvidado comunicarse telefónicamente con el suplemento para solicitar su inclusión en la generosa lista. Algo similar suele ocurrir con los programas culturales que se emiten por televisión: el o la conductor/a muestran a cámara una nueva traducción de Rojo y negro y recomiendan su compra al eventual televidente calificando la obra de "maravillosa"; después de la tanda comercial realizan lo propio con el más reciente libro ejecutado por Paulo Coelho y concluyen que es "maravilloso".
Ante semejante indiscriminación fomentada por aquellos que deberían discriminar con ojo crítico caben, creo, dos posibilidades: o alguien nos está mintiendo, o estamos atravesando una Edad de Oro cultural y aún no nos dimos cuenta. Vaya uno a saber. |