Primero hay que saber amar. A esperar no se aprende, cada cual espera como puede. Revolcándose en un vaso de vino o nadando en una cama que rebalsa de agua. Primero hay que saber amar. La tristeza murmulla para adentro, la tristeza no tiene letra. La espera es sólo del enamorado, quien no ama no espera. La espera tiene su propia palabra, es el presagio. Esperar es mirar desde el futuro lo inexorable, sólo hay que saber amar. Las infinitas formas de la espera desconocen de tristezas y de angustias, desconocen qué espera le arrebatará la muerte. Cuando el pesimismo tiñe la espera es mejor volver amar. Los que organizarán el pesimismo serán los enamorados. Primero hay que saber amar. Después viene la espera. Los amantes del dolor trazan una espiral infinita, la soledad de la que hablan, la que va ahondándose, la de los versos y tratados, es el terreno baldío en el que sólo cabe uno. El centro de la espiral es siempre el sí mismo. La espera conoce así una de sus formas más patéticas: el aplazamiento. Es el pesimismo del presente, o el presente pésimo que en el maltrato de sí busca que su amante, una vez más, se diluya. La soledad atrofiada incumple su determinación de enfrentarse al malestar con alegría. La desesperación puertas adentro es el cumplimiento de un desbalance en el que el reproche viene de fuera. El dolor cósmico llega a convertirse en enemistad del mundo, la enemistad del mundo se trastoca en juicio condenatorio. Sobrevive, así, una tranquilidad aparente. La música suena en otra parte. Será un día en que el pánico y la fiesta, encontrándose como hermanos tras una larga separación, se abracen en un movimiento revolucionario.
Después partir. Después partir, primero saber amar. El partir es un preparativo, un chorrear desgajándose. Un amante ha partido, sólo partiendo sabrá amar. Explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome. Alejandra, siempre tan afectada, escribe después de haber partido. Los enamorados elogian, gozan la alegría de elogiar. Helena es, quizá, el único amor imposible y sin embargo nos ha enseñado a amar. Algunos aún la esperan. Yuyú comienza a esperar cuando sonríe. Es el último gesto, viene de otro lado. Alguien le había susurrado, por lo bajo. Ya no soy yo quien te ve partir. Después partir, primero saber amar. Después viene la espera. Es necesario después partir, el partir es siempre después.
Y al fin andar sin pensamiento. El que parte para saber amar, el que después parte para primero saber amar, el que ya no es él mismo, el extraviado, el que se pierde de sí es el enamorado. Lo difícil es perderse, el ganarse no es más que un aplazamiento del amor. La siguiente alternativa, el ganar, no es más que otras de las formas del dominio. El sufrimiento del que piensa, si no ha partido, si no ama y no espera, se convierte en miedo a lo inconmensurable de sí mismo. Ha perdido o ganado a su amante, pero en ningún momento ha partido, amado y esperado. El sufrimiento, cuando se convierte en concepto —si no ha partido—, queda mudo y estéril . En un charco de vino se caerá el Narciso del nuevo milenio. El amor es la alegre incertidumbre del andar sin pensamiento. Pero el pensamiento no se pierde en la ausencia, primero hay que querer amar.
* Sobre algunos motivos de Tripa corazón de Alfredo García Reinoso y Pablo Klappenbach. [
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