Still Life

Hay trece personas sin torso ni cabeza ni brazos. Caminan todas hacia mí. Me culpan por presencia de su infeliz delicadeza, me culpan en silencio. Los oigo. El viento trina, parece decidido a destruir todos los vidrios. Los vidrios tiemblan. En el piso número siete los árboles recogen el viento y lo anidan. Lo centrifugan y lo privan del escape. Todas las hojas nacen secas, el otoño las va volviendo hacia dentro. Nadie se queja. Todos duermen en la debilidad de sus ojos. Los golpes del viento son caricias inertes.
En los pasillos la luz permanece encendida durante cinco exactos minutos, si nadie transita se apaga, si no hay movimiento se apaga. Los lugares de tránsito están siempre vacíos; las paredes transcurren al margen, del otro lado del ruido. Mis ojos pestañean.
Por definición, algo muerto no se oye. Por definición, algo muerto permanece inmóvil. Salvo que el agua. Y aunque así fuera: un muerto en movimiento todavía espera algo. Trece personas esperan.
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