Insulares, remotos, más o menos ignorados, tan ávidos de reconocimiento como un adolescente sin abuela y sin espejo. En términos generales, grosso modo y con las excepciones del caso, de tal manera se podría caracterizar a los escritores argentinos. Hambrientos de convalidación. O de fama. O de resonancia. O de las tres cosas juntas de modo simultáneo y efusivo. Son los problemas que se derivan de sobrevivir en los márgenes, tan lejos de Barcelona o de New York como imaginar se pudiera. Sé de un novelista tan prolífico como descolorido que en una reciente edición de la Feria del Libro se acercó al stand editorial donde se exhibían sus obras y le preguntó a la vendedora en un tono serio y reconcentrado: "¿Estoy entre los top five?" Resulta patético, pero también conmovedor. Acaso por ello uno de los afanes más empecinados entre gran parte de los integrantes de la literatura argentina es el de entronizarse como "escritor nacional", lugar que, en su tiempo, ocuparon Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Eduardo Mallea y que, con proverbial sabiduría, Borges desdeñó a fuerza de boutades y genuino talento. El lugar, precisamente, que ocupa Ernesto Sábato: ese escritor permanentemente angustiado, políticamente ubicuo, mediocre sin interrupción. Acaso por ello se están aunando esfuerzos, por enésima vez, para postularlo al "Premio Nobel de Literatura". Muertos Borges y Bioy Casares, se trata de que la Academia Sueca pose su mirada consagratoria sobre el templo de Santos Lugares y su ínclito vecino. Aún no es hora, empero, de cantar victoria y entonar aleluyas, pues existe la posibilidad de que la Academia estime la obra de Sábato en su justa medida. En tal caso, tampoco hay que desesperar: siempre habrá margen para postular, en un futuro mediato, a Mempo Giardinelli.
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