Una crítica determinada se realiza en el plano conformado entre el misticismo y el personalismo, estrategias que se presentan como extremos absolutos de la posición. El misticismo vocea el avasallamiento cósmico sobre lo determinado; el personalismo sobredetermina lo particular como instancia por excelencia en la articulación con las fuerzas extrañas. Ambos atemorizan. En ambos movimientos la realización de las ideas pertenece a instancias lejanas, sobrehumanas o hiperhumanas. La crítica que llega tarde —como la lechuza hegeliana—, la que ha perdido la capacidad de ver en la noche es arrastrada por la historia a la que no puede más que describir. Aquella, por otra parte, que se adelanta, enceguecida por la luz del día, tiene de la noche nada más que un concepto a priori, cavidad donde resuenan los ecos del predicador. Una crítica determinada, atenta a la resistencia, mira al presente como los griegos y romanos consultaban las vísceras animales: sabiendo que el presagio es mirar desde el futuro y sabiendo, asimismo, que la anticipación es vana si el oráculo sustrae los signos.
La posición que mantiene este tipo de crítica es un ensayo táctico. En la coyuntura encuentra la verdad su realización a través de la crítica. La verdad que no la encontrara seguirá permaneciendo a merced de las estrategias de lo absoluto. La verdad que no encontrara su crítica y la crítica que no encontrara su coyuntura permanecerían ajenas a la historia. Este oportunismo significa o bien el funcionalismo de una operación, algo así como la interpretación de la equis en una ecuación o, por el contrario, la posibilidad de un despliegue, de una mediación. Las estrategias de lo absoluto aprovechan lo primero; las tácticas, en cambio, determinan la crítica en la falibilidad de la acción. La falla, en este caso, pone en su justa medida a la crítica. La falta es aquello ausente en las posiciones donde el ideal es parte de otro reino, realizable sólo por quienes se autopostulan como sus hacedores, sólo cuando llegue el poder...
La exterioridad de una crítica desanclada deja lugar para uno solo, enseña que defender una posición es parte del valor de cambio. El interés es la resultante de las variables, los individuos son esas variables, es imprescindible mantener esta configuración. En la función, la máscara es la vox populi, interpretada como el pueblo que así habla, a través de. Un yo que es el pueblo no puede ser más que una intencionalidad individual solapada.
En la crítica que habla desde dentro la intencionalidad nunca sobrepasa la determinación. Este abuso sobre las cosas y lo colectivo arruinaría la misma posibilidad de la crítica. La crítica que toma parte, aquella que no se sustrae a sus intentos, a sus faltas, hace de sí misma su propia determinación, en ésta se realiza y su realización implica la posibilidad de su crítica. El discurso de una oposición absoluta, en cambio, esquiva la posición y tanto se resguarda del error como se aleja de la verdad. La posibilidad del elogio permite la realización de las ideas, en la pura negatividad no encontraremos más que un ideal agarrado por las patas.