"La manipulación de la libertad"
El Preámbulo de la Constitución Nacional habla de "asegurar los beneficios de la libertad". Pero, ¿qué quiere decir esto? ¿Cómo se adjudican, cómo se calculan y cómo se aseguran los beneficios de la libertad?
Las palabras siempre evocan imágenes, pero muchas veces nada tienen que ver con el asunto en cuestión. Hay conceptos encerrados en un vocabulario abstracto y, entre ellos está el de "libertad".
Son palabras que a menudo tienen una significación variable según quién las pronuncie; cuándo y dónde se pronuncien y, ante quiénes se pronuncien estas palabras del vocabulario abstracto.
Bautizar con este tipo de palabras determinados hechos que no responden fielmente —con tal nombre— a la realidad histórica, genera la misma distorsión que se produce al ser eliminadas y reemplazadas estas palabras, por otras, en los casos en que, sí, deberían estar presentes.
Así como la revolución "Libertadora" del 55, apeló indebidamente al concepto de "libertad" en su bautismo de fuego; este mismo concepto es indebidamente desplazado y sustituido por palabras del vocabulario concreto, elegidas para evitar poner en evidencia la verdad; es así que, cuando tratamos temas relacionados con la trascendencia de la libertad en su lugar, hablamos de dinero.
Ahora bien, en una sociedad en la que las leyes del mercado rigen la interacción social y determinan el valor de todos los bienes —tangibles e intangibles— cada cosa tiene su precio y su incidencia. La libertad tiene su equivalencia en el poder; se vinculan en una relación recíproca, que resulta ser directamente proporcional —a mayor libertad, mayor poder y, a mayor poder, mayor libertad—.
Tanto el poder como la libertad son transferibles. La libertad no desaparece, se transfiere y, en esa transferencia, se acumula en otros destinatarios. Lo mismo ocurre con el poder.
Si todos perdemos una porción de libertad, algunos pocos recibirán esas porciones sumándolas en sus haberes.
Y, si todos perdemos o cedemos toda la libertad, esos mismos pocos la concentrarán para ser, ellos, mucho más libres y mucho más poderosos. Desde ese lugar podrán repartir, como una gracia, pequeñas o grandes libertades entre quienes, ellos, consideren merecedores de los favores de un poder con tal capacidad.
En un sistema político de libertades y poderes, dar el voto es dar poder y libertad.
En un sistema económico de "beneficios", calculados en términos de pérdidas y ganancias, otorgar poder implica afrontar los gastos de gestión y, por lo tanto, significa achicar los "beneficios de cada libertad individual.
Debemos entender que, cuando se habla del poder adquisitivo del salario, de la redistribución del ingreso o de la brecha que separa a los más ricos de los más pobres, si bien se habla en términos económicos —si bien se habla de dinero—, el verdadero tema es la libertad y sus beneficios —"los beneficios de la libertad"—.
Por ello pienso que, si a las escasas libertades de muchos se les deducen los gastos de una gestión política meramente recaudadora, estas libertades, lejos de estar aseguradas, estarían predestinadas a ser transferidas mediante un proceso burocrático orientado a confiscarlas —para reasignarlas— en función de un modelo "neoesclavista" de despojo y concentración de libertad.
Este binomio de poder y libertad, es el "libre poder elitista" en la sociedad del dinero.
Cuando la burguesía francesa reconoce, en América del Norte, la virtud de acunar un futuro de gloria y de poder, envía como presente aquella estatua que, erigida en ícono de su apogeo, custodia desde entonces la entrada del puerto de Nueva York y, desde esa isla, nos "ilumina" a todos mientras suma y resta libertades.

Las asechanzas y el envenenamiento de la libertad
Hoy nos preguntamos por la juventud, ¿porqué tanta violencia y descontrol?, ¿cuál es la causa de este fenómeno?
En general, los medios relacionan esto con el consumo de drogas, como si ésta fuera la causa y no la consecuencia de algo más profundo. Creo que el tema es mucho más complejo y que, en distintos sectores sociales, el fenómeno obedecería a una motivación común pero, en algún punto, la respuesta o la solución sería sólo parecida.
Se marca con insistencia una relación directa entre la droga y la inseguridad; entre los pobres "empacados" y el delito.
El paco no es como la marihuana; el paco es otra cosa porque hace que una acción privada derive frecuentemente en perjuicios de terceros; pero además, el paco mata a los "empacados".
Si vamos a encarar este debate, hagámoslo con honestidad y sin prejuicios.
Ninguna confrontación de ideas serviría, si se hace en un marco autoritario.
El estado invadió la privacidad de las personas, imponiendo sanción penal y desconociendo el ámbito de autonomía individual, con relación al consumo de la marihuana. Desde ese lugar, cualquier debate público sería disimulado, sería una especie de simulacro.
Por eso, el único debate posible es el jurídico sobre la base del artículo 19 de la Constitución Nacional, que consagra un ámbito de exclusión en que el Estado no tendría cabida alguna en democracia.
Estamos hablando de acciones privadas y, por lo tanto, el único control reservado a la autoridad pública sería —o debería ser— en este caso, el control de calidad; pero es justamente esta omisión del Estado, encubierta en la prohibición, lo que permite el envenenamiento y la locura de chicos que solo pueden acceder a residuos del negocio clandestino.
A casi nadie le preocupa que estos pibes coman mierda; lo que indigna a casi todos es el efecto secundario que provocan al eructar encima de otros —es lo que ocurre con el paco—.
Ahora bien, en las décadas del 60, 70 y 80, la marihuana se fumaba en diversos ámbitos y, sin embargo, la inseguridad pasaba por otros lados; pero los tiempos han cambiado, todo cambió.
Si se advierte ahora que la famosa hierba mezclada con otras sustancias genera otro efecto, o inclusive, si por cualquier otro fenómeno o hecho social que se pueda observar y comprobar, se determina ciertamente que su consumo afecta o pueda afectar, claramente, derechos de terceros, la intervención estatal debería pasar, en todo caso, por el análisis de la cuestión y, de ser necesario, por la consecuente regulación poniendo el foco, sin represión, en el sector social generacional proclive a explorar todo terreno.
Los adultos que han consumido y consumen marihuana desde hace años, sin haberse convertido en "delincuentes", no deberían ser "objeto" de prohibición alguna.
Si en la década del 80 la señal emitida por los tribunales fue la tolerancia de la tenencia para consumo personal, y en los 90 cambia el temperamento, el estado no debería reprocharle nada al ciudadano que se limitó a hacer lo que entendió que no estaba prohibido y lo incorporó a su vida como parte de sus propios usos y costumbres, sin perjudicar nunca a terceros.
El argumento de la adicción no alcanza para justificar la aplicación de una pena.
Pero otro argumento sería el que se orienta a esquivar, deliberadamente, el límite que el artículo 19 de la Constitución le ha impuesto al estado, límite que se transgrede con el pretexto de proteger, de sí mismos, a quienes han optado por "bajarse del colectivo indicado", para hacer su propio recorrido respondiendo a su propia conciencia y a su ética personal, sin que por ello se les pueda imputar daño alguno contra terceros. El argumento sería: "atentan contra su propia lucidez, tenemos que impedirlo".
Pero si hacemos un relevamiento de los antecedentes legales y pronunciamientos judiciales en la materia, tomando como punto de partida el año 30, año del primer golpe contra el estado de derecho, veremos que son casi ochenta años de autoritarismo, de contradicciones y de interpretaciones forzadas, rebuscadas, tortuosas y retorcidas que, queriendo o sin querer, fueron mellando el principio de reserva y libertad consagrado en el artículo 19 de la Constitución que es —o quiso ser— la garantía de esa libertad individual inherente a cada ciudadano.
Las marchas y contramarchas, las posturas encontradas, como así también las señales contradictorias, generan siempre mucha más confusión y desconcierto que un arsenal de "porros encendidos".
Si frente a un eventual proyecto de despenalización o desincriminación, el dilema es prohibir o permitir que alguien corra el riesgo de alterar su propia lucidez, vas a ver que, así te enroles en una u otra postura, terminarás por admitir que, según los antecedentes, es el Estado el que sólo puede exhibir de manera pendular algunos pocos "intervalos lúcidos".
Si quienes ocupan lugares de privilegio por su "clarividencia", ya llevan ocho décadas tratando de dilucidar un tema, sin tenerlo claro y sin convencer a nadie, y si además ese tema guarda relación con uno de los preceptos constitucionales que, por ser tan claro, lo vieron transparente y siguieron de largo, ya no tendrían que preocuparse tanto por la lucidez ajena —"la caridad bien entendida empieza por casa"—.
Art. 19.-"Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados...".
Pero además todos sabemos que más allá de la legislación represiva, el narcotráfico cada vez pesa más en Argentina. La ley ha sido inútil, o por lo menos, el objetivo perseguido en el discurso no ha sido alcanzado.
El resultado obtenido es el que podemos ver y, el único logro: "la estigmatización de ciudadanos".
La "ley seca", tal como está diseñada sólo le sirve a los mafiosos que lucran cada vez más, gozando de una suerte de "exención impositiva" que "pesa" sobre el negocio prohibido, haciéndolo más rentable cuando no son descubiertos.
Ahora, volviendo al tema del descontrol y la violencia, si enfocamos en la juventud de las capas medias, una explicación posible podría encontrarse en el hecho de ser concientes algunos jóvenes —a nivel individual y colectivamente— de la tragedia que implica una existencia incierta y, para muchos de ellos, sin sentido ya que fatalmente deviene en un dejar de ser, para dar paso a la nada. Obviamente, esta misma percepción también afecta a los chicos de clase baja, aunque agravándose la situación por asumir, éstos, su condición de "ignorados" por la sociedad de consumo.
Frente a este panorama angustiante, anteriores generaciones depositaban sus esperanzas en los misterios de la fe. Luego, con el tiempo, aquella fe ha ido mermando y la generación que precede a esta juventud desconcertada optó por la trivialidad, por aturdirse y desvelarse buscando el placer en el confort y la seguridad en el status, por tratar de olvidar una sentencia inapelable, por tratar de no pensar en la cruz que pesa sobre cada uno de nosotros, como condenados que estamos a vivir la muerte ajena y la propia muerte.
Una opción posible hubiera sido —y fue— ampararse en ideales políticos y sociales; ésa fue la experiencia de los años 70, pero también generó violencia —otro tipo de violencia; otro sentido—.
Lo cierto es que aquella fe, el sacrificio, la solidaridad y el romanticismo, hoy cotizan en baja. La posibilidad de entretenerse en una interacción social para olvidar el destino último de la existencia, es limitada, porque al haber conflictos sociales en tensión cruzada, la muerte parece estar presente en todos lados. Esta angustia existencial es resultante del "callejón sin salida".
La razón y la fe debilitada, envueltas en la "teoría de las dos verdades" o al margen de ella, se han enfrentado y siguen enfrentadas neutralizándose entre ambas, aniquilando sentimientos y haciendo de la razón un presente irracional armado con impulsos.
Una parte de la juventud de clase media exhibe una tendencia a evitar todo aquello que no quiere afrontar, incluyendo en ello la propia vida. Es la juventud del "escapismo" y, en este punto, su reacción es parecida a la de muchos jóvenes desposeídos o excluidos que también son escapistas como sus semejantes de las capas medias, aunque escapen de más cosas y a veces de otra manera.
Vemos que cada vez son más los jóvenes que llevan una política escapista que conduce a nada pero es, la nada, lo que advierten de un lado y del otro de la vida. Posiblemente sientan que su estadía en este mundo esté de más, y el mundo también.
Si estos jóvenes no pueden encontrar un sentido a su existencia, habrá que ayudarlos a encontrarlo, o habrá que crearlo y compartirlo. Tendremos que hacerlo. Si no lo hacemos por ellos tendremos que hacerlo por nosotros, por el bien de ellos y por el bien de todos, por amor a otros o por egoísmo, por solidaridad o por defensa propia, por la razón que más te cierre, pero hay que hacerlo.
Y, si todo el presupuesto nacional hay que ponerlo a disposición en tal sentido, también habrá que hacerlo porque, nos guste o no, parece ser la mejor alternativa.
Esta violencia está creciendo en una proyección que asusta, pero no podemos paralizarnos ni quedarnos a esperar una solución que se perfila, porque seremos responsables.
Si escuchamos atentamente algunos discursos que circulan, veremos el riesgo que conlleva avanzar en determinada dirección. En la década del 70, frente a otro tipo de violencia, desaparecieron las puertas de las casas y el Estado entró en todas las que quiso. Por eso creo que si no hacemos algo razonable, y si no lo hacemos pronto, el escenario será el propicio para ensayar cualquier política autoritaria, pensada sin garantías de impedir las barbaridades que después llaman "excesos".
Si aparecen escuadrones en los barrios con el propósito de ejercer control sobre la juventud, terminarán por meterse en cada casa, acosando a las familias.
Hay que tomar una decisión urgente y hay que tomarla pensando en cada hijo.
Hay que evitar que los "herodianus camuflados" se junten para envenenar la libertad, y la única manera de evitarlo es con el voto del día de las urnas.
Según Susana, la inseguridad se arregla con la pena de muerte. En fin, no hay nada tan peligroso como un dinosaurio con micrófono.
—Papi, ¿cómo es un dinosaurio?
—Es un reptil gigantesco con una cola grandota y una cabeza pequeña, que se traga autos envueltos en alfalfa y arroja ceniceros con violencia.
- Herodiano: del latín herodianus. Relativo o perteneciente a Herodes.
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