Martes 24 de febrero,
17.40 hs.
Un grupo numeroso de personas, hacia el lado de la avenida General Paz, atrae mi atención. Al acercarme, compruebo que se trata de una banda de músicos bolivianos, referencia ésta corroborada inmediatamente mediante la ostensible bandera que enarbola la puerta de la remisería en la que está concentrado el grupo. La procesión se pone en marcha y con ella los sonidos de bronces, tambores y platillos. Más adelante un par de parejas intenta algún paso de baile, todavía tímido, para así avanzar por la línea recta que dibuja la calle José León Suárez hacia la avenida Rivadavia.
Cada uno de los negocios que conforman esta calle serán las posibles postas de la comparsa, la que adentrándose en ellos conmina a los comerciantes y clientes a sumarse a la propuesta. En unos segundos aquello se transforma en una verdadera fiesta inmersa en un paisaje cotidiano que se transforma en marco y contexto tan poco habitual a tales fines. Las caras se vuelven rojas por contacto con pinturas que las tiñen de ese color; otros se animan con baldes de agua que arrojan al tumulto amorfo. La timidez parece haberse escurrido por entre el reguero de agua que se evapora en el contacto con el asfalto y las miradas se buscan para intercambiar sonrisas que sellan el vínculo instantáneo del momento compartido. Es el martes previo al miércoles de ceniza, el entierro del carnaval. En una esquina del umbral de uno de los comercios un brasero sorprende con una inmensa bocanada de humo espeso y blanco y el riquísimo aroma que desprende evoca los perfumes de la tierra, mezcla de mirra y coca. Todavía el sol está alto y la calzada abrasa a unas cuantas parejas de baile más que al principio, con un fragor de pirotecnia mezclado con sudores y serpentinas.
Jueves 26 de febrero, 18.40 hs.
Voy en busca de aquellos datos que me permitan avanzar más allá de la emoción. La misma calle es la calle de todos los días, salvo en la exacerbación de colores, más profusa que la habitual, que perdura como resabio y sedimento en las guirnaldas de plástico que adornaron la fiesta. En el primer local al que concurro, dos muchachas —una regordeta y otra más delgada— se muestran parcas y reticentes ante mis preguntas, salvo frente a la mención de lo que advierto, se transforma en una palabra mágica: "carnaval". Y esa mirada rígida y desconfiada troca en una sonrisa, como única respuesta.
Avanzo en mi búsqueda, lo que se traduce en repetir la escena en otro local, esta vez de la vereda de enfrente. Un joven aimara me sugiere buscar en Internet. Le refiero que mi intención es recavar información de manera directa, de primera mano, digamos. No mediatizada, aprovechando la proximidad de los acontecimientos.
Sigo recorriendo la cuadra y en una "tienda" cercana a la esquina, desde una TV las imágenes del carnaval en distintos puntos de Bolivia parecen retardar el evento y duplicar de manera velazqueña la escena, en un gesto de legitimación de fondos y formas que no tuvo tan definido el acaecido de este lado de la pantalla.
No se trata precisamente de pensar los hechos bajo la mirada de lo que algunos han dado en llamar pop latino, mote dado a partir de la influencia que las recientes corrientes migratorias de los países limítrofes han ejercido sobre diversos artistas plásticos y diseñadores de moda, sino de pensar las condiciones de posibilidad que otorgó el marco carnavalesco para que lo alto descienda, el atrás cobre un primer plano, y lo cotidiano mute para dar paso a un inventario de rituales que se manifiestan cada año como nuevos, a través de lo festivo.
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