evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 6

 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Horacio Vázquez-Rial
La lucidez de la palabra
* Entrevista a Mario "Pacho" O'Donnell
Pensar la cultura. Repensar la historia
* Entrevista a Daniel Sada
El arte de amar
* Entrevista a Carlos Alfieri
El arte de la conversación
* Entrevista a Iván Thays
Subjetividades del horror
* Entrevista a Marta Kapustin
A ambos lados del diván
* Entrevista a Daniel Calmels
La fuerza del cuerpo
* Perón sueña con la muerte
por Tomás Eloy Martínez
* Milagros de vida
por J.G. Ballard
* Artificio o verdad
por Paula Hoyos Hattori
* Viaje a París: Sarmiento y Cané
por Agniszka Ptak
* Espacio académico y contexto laboral...
por Candelaria Quesada y Mercedes Jáuregui
* Sobre la (im)posibilidad de la escritura
por Maricel Cordero
* Miguel Ángel Asturias
por Laura Mazzocchi
* Still Life
por Roxana Artal
* Con todo respeto
por Osvaldo Gallone
* BLOGattis CómicS
por José María Gatti
* Yo soy el pueblo
por Mauricio Rongvaux
* Cajón desastre
por Amalia Sato
* La manipulación de la libertad
por Luis Adrián Vives
* [ Evaristo de Buenos Aires ]
* Entrevista a Sergio Pángaro
Con el alma en los ojos
* Las seis décadas del Jefe
por J.L.
* Bob Dylan. Tarantula
por Ángel Alza
* Variaciones de una mula
por Jeremías Lynch
* Entrevista a Rafael de la Iglesia
Alta fidelidad... a la historieta
* La guerra civil y la muerte del "espíritu americano"
por Damián Blas Vives
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* El regreso de Mickey Rourke
por Luciano Villar
* Co Hoedeman y el inabarcable mundo de los animadores
por Germán Kijel
* Viernes 13
por Luciano Villar
* ¿Quién mira Watchmen?
por Luciano Villar
* Carta Abierta de EC a la mujer, y al hombre, que hacen política en Argentina

 

[ Entrevista ]

Marta Kapustin
A ambos lados del diván

por Jeremías Lynch

Inquietud es una novela curiosa, por su solidez narrativa, a pesar de ser una primera novela, y por el efecto que logra en el lector. Avanza ligera, como thriller de suspenso, sin perder el peso específico y el valor reflexivo de la alta literatura.
Desde Alemania, su autora —Marta Kapustin— nos cedió su tiempo para esta entrevista.

Evaristo Cultural: El núcleo de Inquietud está en la relación psicólogo-paciente. Más allá del caso extremo que plantea la novela, ¿realmente considerás, como profesional, una influencia bidireccional?

Marta Kapustin: Por supuesto. Después de tantos años de práctica clínica, aligerados ciertos miedos, permitiéndome la ironía y cortejando la autoparodia, me propuse exponer en una novela la influencia —oculta, ocultada— de los pacientes en la vida de su analista.
La mentada asepsia es una herramienta del trabajo fundamental, pero te privo de una intricada y académica explicación del motivo. Más entretenido sería contarte sobre su abuso, pero tampoco es éste el momento. La mítica asimetría unida a la necesidad de no mostrar la (des)hilacha, ha puesto en circulación la fantasía de que los analistas saldríamos indemnes de ese vínculo. Te encontrarás con vasta literatura sobre consultantes acuciados y/o redimidos. Idealizaciones sobre tratamientos exitosos, con pacientes agradecidos. ¿Dónde leer qué le pasó al profesional mientras tanto?
Lo digo en la novela, lo digo en la consulta: he aprendido mucho de mis pacientes. Traen ramalazos de la realidad a esa cueva donde abulonados pasamos gran parte de nuestra historia; me han dado las claves para hacerme y hacer las preguntas que todavía vale la pena hacerse. Ese trabajo cincela nuestra vida, como en cualquier oficio. Yo no sería la persona que soy si no me hubiese enfrentado a diario con la cobardía, aprensión, fantasía, indecisiones, pavor, y, en fin, con la locura —lo digo en el sentido coloquial del término y también en su sentido literal— de los pacientes.
Como paciente que fui, también sé que uno sueña con ser "especial" para tu terapeuta; que lograrás moverlo de esa posición, dejarlo con la boca abierta, enseñarle algo que no sabía o que se negaba a saber. Y sí, algo de eso puede suceder; con todo, es muy raro que se escriba o hable sobre ese pequeño asunto. Se teoriza sobre el tema, pero de ahí a mostrar abiertamente cómo tu vida está marcada por tus pacientes, es otra cosa.
Trabajé en clínicas psiquiátricas: conviví estando de guardia con los internados, tuve que amarrar a la cama, me han pegado. Asimismo, me desearon que me parta un rayo en la asamblea, me dejaron sin argumentos; me sacaron de quicio y grité y después me comieron a besos y me pidieron perdón. Quién no, alguna vez, terminada una sesión, se encerró (o quiso encerrarse) en el baño a llorar. Al menos, yo sí.
Aproveché a la terapeuta protagonista de Inquietud para contar alguna de esas cosas, usando un personaje lo más distante posible de la que creo ser. Si bien ella es discretamente inhábil, no deja de reconocer la insoportable similitud de duelos no resueltos. La fantasmática compartida. Rituales en espejo. Un llamado fuera de hora perturbará la relación con sus hijos. En un punto caótico de su existencia, una paciente llega por azar y después ‑perogrullando— ya ninguna de las dos vuelve a ser la misma. Tampoco ignora la terapeuta, por discretamente ingenua que presente, que si el caos es una forma de ordenación, el azar es un método de búsqueda. No quise trazar un alegato. Menos una ceremonia autoexculpatoria; nada de zorra, uvas y moraleja. Es meramente una novela
.

 

EC: Otra pregunta que se impone, conociendo el interés de los lectores, es ¿cuánto de autobiográfico hay en el libro? En este sentido cabe preguntar, ¿el Yo de una autobiografía es menos ficcional que el Yo de una novela?

MK: Ante todo, es preciso aclarar que la novela nació en Alemania, donde resido la mayor parte del año. Cerré mi consultorio de Buenos Aires por una larga temporada y ‑frente a esta ventana, en una ciudad de otro continente, rodeada de un idioma que no es el mío, en ese silencio que sólo otorga la nieve— me puse a escribir.
Por primera vez tenía tiempo, tiempo mental, para dedicarme exclusivamente a la literatura. Soy una lectora de atracón. Y, sin duda, como analista, una curiosa de la narración: la nombrada, la que se silencia, la que se insinúa o retacea; una buscadora de cuentos a construir y deconstruir. Traía conmigo, pues, el proyecto escritural y sus materias primas.
Inquietud es una autobiografía apócrifa; tan apócrifa como cualquier biografía. Y empedrada de ficción como cualquier historia real y vivida. Podrías catalogarla como autoficción apócrifa, pues oscila entre una la novela —regida por la libertad de imaginación en aras de resultar verosímil— y la autobiografía que quiere (¿debe?) ser veraz.
No tenía experiencia en qué forma se configura una primera persona en un espacio narrativo como ése; tampoco sabía de antemano cómo se enlazarían vivencias, identidad y escritura. Se me impuso. Ejemplifico: supuse que la experiencia del oleaje de pasillos en una institución psiquiátrica, o la posible recriminación implícita en una interpretación, era preciso contarlas así, desnudándome… lapsus: simulando que me desnudaba. Sí, estaba en esa frontera deslizadiza entre realidad y ficción.
Incertidumbre y ambigüedad son los ingredientes creativos de una autoficción, ya lo dije. Queda el trabajo de desentrañar al lector. Un lector es un voyeur, desde siempre; y en tiempos de "Gran Hermano", un votante. Leerían la novela —tal vez, tal vez— pacientes y ex pacientes. O colegas. Fui entonces muy estricta: inventar cada detalle de escenas o escenarios; cuidé que ningún nombre resonase a los de mi agenda. Que nadie conocido se sintiera caricaturizado, ni que el dolor de quienes han recurrido a mí apareciese como recurso literario. Incluso en la solapa del libro se consigna que soy casada y madre de una hija, en aras de dejar claro que esa novela es un artefacto ficcional.
Hay homenajes incluidos, por supuesto: al analista que cambió mi vida; a la que me enseñó a ser mujer que analiza. Enmascaré sus nombres. Hay venganzas también, aunque vaya a saber si llegaron a concretarse.
En cuanto a tu segunda pregunta —hablo siempre desde mi experiencia, carezco de formación en la materia— debería afirmar que el Yo de la novela es más ficcional, o podría arriesgarme a un "totalmente ficcional". Pero no te lo puedo asegurar. Escribí otra novela, con su narrador omniscente, en rigurosa tercera persona y sin embargo, para mi total sorpresa, en el final no quedará muy claro quién contó. Ya ves, sigo sin poder responderte.

 

EC: Lo más sorprendente de Inquietud es la solidez estilística de la narración, siendo ésta tu primer novela. ¿Cómo te planteaste la búsqueda de tu voz literaria? ¿Cuánto te demoró el desarrollo de la obra?

MK: Te confieso que nunca salí "a la búsqueda" de una (mi) voz literaria. Hubiera sido incapaz, incluso, de definirla. Fue después, cuando hube de justificar el texto, que supe que la narratología asocia la voz con la instancia narrativa con el que habla y que no debe confundirse con el punto de vista que se refiere al que ve.
Podría referir, a lo sumo, que hubo una forma y no otra en que me calzaba narrar. Trufar con ciertos pasajes líricos se me imponía (resabios de la poeta que quise ser). No supe contar/me de otra manera. Octavio Paz (cito de memoria) sostuvo que cualquier escritor busca fijar su trascendencia personal con un "aquí estoy" o "aquí soy distinto".
Deseé entrar en el espacio público de la lectura, disponer yo también de la maquinaria ficcional, enfatizar lo pequeño sin caer en el tópico de la escritura femenina. El tema elegido me obligó a potenciar las estrategias "desestabilizadoras" para subrayar la ambigüedad, torpedear las fronteras tradicionales entre los géneros literarios.
Puesta a ficcionalizar lo que insistía en encuadrarse como autobiografía, situaciones, parrafadas, diálogos, se erigieron a sí mismos; personajes se entrometen, otros se retiran para siempre: como en cualquier novela. Me desconocí.
Luché contra las arborizaciones —bosquizaciones para ser justos— que caracterizan mi habla; abusé con descaro de neologismo y mexicanismo que también la caracterizan. Terror ante la alternancia de voces, los diálogos sabihondos, las citas (dejé que el lector elucide cuán apócrifas). Me vacuné contra la simultaneidad de diferentes registros lingüísticos. Forcejeé con lo que se-debería-hacer y se-debería-evitar en una primera novela.
Tenía, ah, que no saber. ¿Llamarías a eso mi voz literaria?
Durante dos años, pensé en la novela a toda hora y me la llevé conmigo a trotar. Cargué mi computadora en las vacaciones. Le hablé y la reté. La dejé en penitencia (24 horas cuando mucho) tratando en vano de tomar distancia y comprender qué es lo que no termina de gustarme. Apuntar, tachar, revolver los archivos del Word arrepentida por lo que borré. Trabajé en ella los siete días de la semana en mismo horario, entre las 8 y las 14 horas. A punto de entregarla, el horario se amplió sin límite.
Cuando la entregué a la editorial me aclararon que debía esperar hasta 2008 para su edición, advirtiéndome que la guardara, que no me lanzase a corregir hasta la náusea. En la espera escribí otra novela que está en gateras.

 

EC: Inquietud está organizada en dos partes. La primera, más reposada e intimista, profundiza en la personalidad, en el alma, de una protagonista que encontramos víctima de un exilio cuyo origen desconocemos. En esta primera parte, no sólo se repasa la línea vital de este personaje, sino que la prosa, anegada de metáforas y simbolismos, delinea en algún punto un aspecto de la conciencia humana que tiene que ver con la identidad, la resistencia, el dolor y la belleza. La segunda parte, en cambio, si bien mantiene tu voz, avanza más raudamente, casi al estilo novela negra, en la situación que da origen al exilio antes mencionado, al tiempo que, ajedrecísticamente, desarrolla y profundiza en la relación psicólogo-paciente. ¿Cómo surge esta estructura? y ¿cómo abordaste cada una de estas dos secciones? ¿Cuál de las dos te dio más trabajo?

MK: Planifiqué desde un principio esas dos partes, con sus tiempos, sus tempos. Se debían diferenciar (y construir) como islas tonales, unidas por el Yo que las narra; desde los dos escenarios diametralmente opuestos: la anomia de la extranjería forzada versus las sesiones en un consultorio al que la terapeuta define como "… (el lugar donde) tengo la posición del que está en su territorio, que detenta alguna forma de ingenio; digamos de poder".
En la primera parte, la analista nos alerta en las primeras páginas que está escribiendo sobre su vida —a pedido— y que nunca antes lo hizo. Hube de encontrar una primera persona atrevida e imprudente, pues la protagonista está perpleja ante su propia capacidad de construir islas tonales. Ella debía sofrenar el peligro de caer en un discurso edificante sobre la desgracia humana. Y qué decir de la autocompasión: encontrar los medios técnicos para no sucumbir a ella, tan lúbrica, tan insidiosa.
Supe que esa mujer manufacturará un texto amnésico, retaceado. He allí la madre muerta joven. Y el padre que escapó. Un ex marido que también la dejó, urgido "de comprar una moto porque lo asfixiaba el cochambre de la comida casera". Y sus amores. Y sus mellizos. Escribe en esa pequeña ciudad innombrada de Europa, con su historia y la Historia encima. Sola. A lo sumo en contacto con un vecino misterioso, un sabedor de "… qué es puro y espurio mahlerianamente hablando". Es una inocente. La candidez de sus recuerdos la delata ‑candor calculado, para seducir. Le espera la mazmorra intelectual. Vive recordando para olvidar; no es simple exploración de la memoria: es búsqueda en el sentido búsqueda de la verdad; búsqueda del tiempo perdido, como algo que se perdió o se está a punto de perder.
La cotidianeidad tenía que pasar despacio. Y los recuerdos también. Era un reto —espero haberlo logrado— que el pausado presente unido a ese rememorar, no resultase aburrido. Meché nostalgia con mordacidad.
A cambio, la Segunda Parte, apura una a una las sesiones de Mora, la paciente. Resalté hay mentiras u omisiones que sólo los lectores conocen: la analista trastabilla, desoyendo las advertencias de un colega. Para abordar la intocada intimidad de la paciente, me costó atenuar el tono y acertar con la discreción. La que cuenta debe preservar la confidencialidad: aunque le "convendría" destapar secretos que le han revelado, se abstiene como es su deber.
¿Cómo describir al dolor sin melodrama o aspavientos? ¿Cómo conducirme con el estorbo de mi saber, mostrar(me en) errores del tratamiento, guardar el sarcasmo, la hipérbole, el bisturí que disfruté en la Parte Primera? Correspondía describir decisiones estratégicas, dudas diagnósticas o los criterios de alta, sin caer en el informe profesional. Cada pormenor será fundamental para la vida posterior de la terapeuta: se esfuerza en mostrarlos muy claramente… y muy a su favor, sin que se note. Puse al lector a mirar por el ojo de la cerradura, pero a no dejarse engatusar.
Me preguntás cuál me dio más trabajo. Ante todo te diré —parafraseando a Augusto Monterroso— que no escribo, corrijo. También yo desoí advertencias: no perseguir la perfección; la creatividad germina en las hendeduras de lo imperfecto. Concreté capítulo a capítulo, en el orden que ahora se leen, con una providencial salvedad: el final apareció temprano, cual exhalación. En un solo día, de un tirón, sin pausa, marcó como habría de sonar la Segunda Parte.
Además, pensé visualmente a la novela. Para ese texto nostálgico de arranque, y para —usando tu imagen— mover alfil, peón o torre, hube de configurar espacios tipográficos o signos de puntuación disímiles, abusar de la distancia entre fragmentos, acudir a blancos textuales.

 

EC: ¿Cómo llegás a publicar tu primera novela en una editorial como Mondadori?

MK: Inquietud fue leída por un sólo editor: Luis Chitarroni (canonizable). Para saber cuáles motivos tuvo para editarla, te remito a la contratapa que es de su autoría. Cuando recibí ésta antes de la impresión, le envié un mensaje de bolero: Luis, no te merezco.
Fue él quien me sugirió que guardase la novela en su momento; él quien apremió —soltala— cuando me lancé a correcciones febriles a punto de entrar en imprenta. Ya sabés, escribir no es lo mismo que editar; allí pagué todos los precios de la novata. Aprendí a cortar, pero sobre todo cuán difícil es decidir qué dejar. En la editorial me trataron con increíble deferencia, como si mi libro fuese algo especial que cuidarían en cada detalle. Me condujeron a distancia, paso a paso, como inexperta que era. Quise saber y opinar sobre todo, y siempre encontré una respuesta, amable, paciente.

 

EC: En la solapa de Inquietud leemos que has publicado poesía y cuentos y que supiste incursionar en diversas disciplinas artísticas. ¿Podemos tomar contacto con alguna de estas piezas literarias? ¿Cuáles son esas otras disciplinas que cultivaste?

MK: Ya desde muy joven escribí poesía y participé en actividades relacionadas con la literatura. Publiqué con otros poetas, libros, plaquetas, poemas ilustrados. Formé parte de la Editorial El Alto Sol y de la redacción del periódico de cultura El Contemporáneo.
Gané un premio en un concurso de cuento convocado por la revista que iniciaba Jorge Luís Borges (un número resistió). Mediando los 80, aparecieron cuentos míos en Pagina/12, en la revista Puro Cuento, y en la Revista de la Casa de las Américas.
Formé para de un conjunto de música folklórica (bombo y primera voz), y no quiero confesarte cuándo nos presentamos en Guitarreadas Crush porque no habías nacido todavía.
Estudié teatro con Juan Carlos Gené, mi Maestro. Lo amo donde esté. Me conminó a elegir entre la carrera de actriz o la académica y ¡ay!, elegí la segunda. Parte de esa formación era la expresión corporal. Después continué por mi cuenta con danza-teatro.
Viví doce años en México. De regreso a Buenos Aires comencé a pintar expresionismo abstracto que, después de todo, es una trama donde el espectador busca contarse un cuento, un capítulo de su folletín personal (así, nunca me alejé de la escritura). Tras dos exposiciones individuales, mis cuadros son adquiridos por coleccionistas privados. En Alemania expuse en muestras colectivas.
Me encantará destelarañar mis poesías en una próxima entrega de vuestra publicación. Y los cuentos allí están, en papel, pues fueron hijos de la Remington.

 

EC: ¿Seguís ejerciendo como psicoterapeuta? ¿Cómo repercutió la publicación de la novela en tus pacientes?

MK: Sigo ejerciendo. En los dos meses que paso en Argentina (supervisiones, parejas, emergencias) y en Frankfurt, atiendo ex pacientes que han retomado por teléfono o video conferencia.
En cuanto a la repercusión, te diré que pululó el silencio. Destaqué ‑remaché, confieso— que se trataba de una autobiografía apócrifa. Recibí comentarios al pasar, sobre estilos en plural, la tapa, cierto adjetivo, tal rincón del consultorio ficcional que se asemeja al mío. Algunos esperaban leerme en vacaciones y las vacaciones se resisten. Es todo. Y lo comprendo muy bien.

 

EC: ¿Estás trabajando en alguna nueva ficción?

MK: Sí. Como te adelanté, a la espera de la edición de Inquietud, escribí una novela coral: La Sed. Me encantaría hacerte llegar uno de sus capítulos. Y en este mismo momento estoy enviando al editor las cien primeras páginas de una ultimísima novela. Caí de nuevo en la tentación de una primera persona, pero no tiene visos de autoficción. Si bien la mujer que habla ha perdido un hijo adicto...; al mundo de las adicciones lo conozco muy bien, con esos padres azorados preguntándose para qué y cómo sus hijos llegaron hasta allí. Esta novela que recién arranca, lleva el título provisorio de Nada Menos. Nada más.

 


De La sed: El rabino
Por Marta Kapustin

Olor a sopa. A compota de ciruelas. A pan casero. Olor de almohadones viejos. Y polvo de biblioteca, como en la suya, con libros demasiado viejos para ser tocados. Con un silencio definitivo. Con una tenuidad a la que no se llega fácilmente. El sofá cruje cuando se sienta y cruje en cuanto el rabino se acomoda.
El rabino lo ha recibido en la puerta, vestido de jeans y un viejo cardigan. Después de saludarlo con mucha efusividad lo hizo pasar a su pequeñísimo escritorio, a un costado del comedor familiar. En tanto busca un cigarrillo que nunca encontrará, lo instruye sobre el significado del nombre Aarón —iluminado, fuerte– burlándose de su propio comentario: los nombres ya no signan ni el oficio cincela a los individuos.

—Usted ha de tener un oficio.

Lector. Lector de tiempo completo. Leer es una negociación eficaz entre loimaginario y lo real, un refugio todavía intacto de la subjetividad.

—Ajá.

La ficción —explicará Aarón— empuja hacia tejidos profundos de un pueblo a los que jamás se llegará como turista. En tanto la filosofía es la que nos des-ilusiona al enfrentarnos al impostergable pero irresoluble tema de la finitud que…
El rabino bosteza mientras limpia, concienzudo, sus anteojos.

‑ Es abrumador lo que usted dice… pero innecesario. Mejor hábleme de su mamá.

Aarón no sabe hablar de su mamá.
Siempre se ha referido a su padre, el científico, la cabeza pensante. Su padre, el morisquetas, el inventor, el ajedrecista. Ni judío era. Ni se consideraba creyente. Escudado en Goethe, el viejo decía que tal vez Dios deje de querer a sus criaturas y deba una vez más aniquilar al mundo y comenzar de nuevo. Se da por descontado que se refería a la URSS, donde supo en los tiempos grises pasar como incauto.
A Luva, su madre, no sabría describirla. Algunos confundirían discreción con timidez. No era tímida. Fue una arrogante muchacha que llegó desde Dolskoya, una población apenas a doscientos kilómetros de Moscú, que en aquel entonces era como venir de otro continente. Se hizo chica del Partido y consiguió un lugar para estudiar y un grupo de amigos que fumaban puritos cosacos en las noches de poesía. No volvió jamás a su pueblo ni visitó a sus padres ni a sus seis hermanos. Así se estilaba.
Como hijo, nunca se interesó en preguntar por su vida anterior y ella se cuidó mucho de informarlo. Recién accedió a retazos y medias verdades con relatos de velatorio y algunas cartas que encontró en el batifondo del ropero.
Dicen que Luva tuvo un primer amor temporal y accidentado porque el hombre partió a África y nunca supieron más de él. Guerrilla, suponen. Una amiga de la infancia asegura que de esa relación Luva concibió un varoncito que murió a los tres años por una neumonía mal diagnosticada. No se permitió llorarlo. No quiso llorarlo sola. Dicen. Otros secretos: problemas con la policía por divisas y trabas en el Partido por ese tema. Otro más: un hermano menor purgado de las Juventudes. ¿Tema?: mercado negro.
En casa de una pariente que albergaba estudiantes conoció a G. Muchacho despabilado de origen humilde que consiguió una beca gracias a los servicios del padre a la Duma. Una luz del ajedrez. Y se casaron y cosió ropa y cuidó ancianos y atendió enfermos mientras él hacía su carrera. Al año siguiente que nació Aarón (lleva el nombre del abuelo) se recibió de enfermera. Y al otro consiguió una vivienda para los tres.
Ahora que sería importante ser hijo de Luva Gurkia —como Gorki pero con u, decía ella— ya no está para presumirlo. Falleció. ¿Cómo? Después de su marido, apenas unos meses. ¿Cuántos? En una lápida del cementerio judío de Viena escribieron que Aarón, el hijo, ruega por ella. Aarón, el hijo, no olvidará jamás. Estuvo, por supuesto que estuvo allí, pero no puede recordar en qué mes, en qué año, con quién fue. Logró desocupar ese departamento, venderlo incluso. ¿Quién lo ayudó? La biblioteca del padre se donó al Instituto y los objetos de valor se guardaron para los nietos. En la caja fuerte, algunas joyas y acciones ¿cuáles? El dinero que Luva solía esconder entre su ropa nunca apareció. Las cuentas bancarias estaban a nombre de Aarón: las vació y no volvió a pensar en ellas.
Lo que había sido la vida errante de sus padres cupo en dos bolsas, una caja y tres órdenes al banco.
De regreso buscó las fotos, las pocas fotos en familia que tenía. En una de ellas, su madre de vestido a lunares y cuello almidonado, erguida, mirando con cierto desafío a la cámara, con su vieja y enorme cartera colgada del brazo; a su lado, él, pequeño cejijunto, al que ella toma la mano. Y lo toma de la mano con tal delicadeza que Aarón tuvo que gritar. Gritó el diminutivo con que su madre lo despertaba y los sobrenombres entre burlones y cariñosos con que los padres se llamaban entre sí. Después se agazapó en su estudio. Hizo un pequeño corte en la solapa del saco, gesto que no había aceptado en el entierro mismo, ni en el de su padre, pero que ahora consideraba como una deuda contraída con ambos. El desgarro creció a medida que otras fotos aparecieron: funicular, el viaje a Chile, su hijo pequeño paseado en un pony en un parque irreconocible, madre sentada en el malecón, padre comiendo uvas con un gesto pícaro, los tres abrazados. Y los lloró.

Tiene todo el tiempo del mundo. Es capaz de escuchar historias tengan la extensión que tengan, y a este visitante hay que ayudarlo a que se pronuncie. Está confundido, se nota. Dice el rabino: las Escrituras enseñan que para acometer buenas acciones, no debemos olvidar las malas.
Aarón no sabe cómo desenmascarar esas cosas malas o cómo describirlas. El calor sofocante de ese cuarto no ayuda; desearía tomar agua pero no se atreve a pedirlo. El rabino deposita anotador y lapicera en otro lugar, ofrece agua.

—Usted quizá desearía contarme algo.

En principio sólo ha venido Aarón a describir y encontrar el sentido de sus impresiones en el museo judío de Berlín. Ante los dibujos de los niños en los campos de concentración quedó pasmado; una loca, espuria e inconfesable fascinación le impedía seguir adelante. Los turistas lo empujaban: también ellos querían detenerse a mirar horrorizados. Salió de ese maldito museo, salió corriendo. Ninguna otra cosa que repulsión. Anduvo sin rumbo buscando un motivo, humano, divino, pero un motivo.

—Usted es de los que cree que Dios disfruta con el sufrimiento de los hombres. Que nos creó para echarnos del Paraíso y parir con dolor. Y que como aún nos considera en falta con él, cada tanto nos envía a la Historia a darnos nuestro merecido —el rabino sube la voz— mientras nos observa desde su escritorio de nubes.

Aarón sonríe. Una sonrisa socarrona. Hombres como el rabino, con certezas incluyendo las religiosas, le subvierten por un lado y por otro le dan pena. Para contestar con ironía Aarón necesitaría tener a disposición palabras dignas y suficientes. Del mismo modo él podría elevar la voz y mostrarse indignado, pero sólo sabría hacerlo en inglés y su interlocutor ya le advirtió que a lo sumo habla en castellano, su lengua natal. Del campo soy, precisó el rabino en cuanto se presentaron. De hecho, pues, hay dos forasteros presentes en ese cuarto.
El rabino también sonríe. Puede controlarse. Sabe controlar el sarcasmo propio y ajeno.

—Usted me adelantó que acaba de regresar de Jerusalén. ¿Algo lo sorprendió allí?

Difícil decirlo. Allí se sintió confundido y tironeado; estar solo le resultaba insoportable. Necesitaba hablar con ella y hacerle una propuesta razonable que ella aceptase. Al momento no cree necesario entrar en esos pormenores, jamás hace confidencias. De unas simples vacaciones —ese viaje a Berlín— salió disparado, hambriento, dispuesto a comprender a cualquier precio qué andaba buscando, atropellándose consigo mismo. Partió de apuro. Y de apuro llegó a Jerusalén.
¿Qué lo sorprendió?
un molino de viento y un McDonalds en una vieja casa de piedra.
racimos de viviendas colgadas del monte en el sector árabe, niños en la calle, graffitis y consignas de odio y de guerra en las paredes
en un puesto de mercado, montañas colorinches de caramelos pegajosos: allí compró una bolsa y perdió o le robaron la cámara de fotos.
¿Qué vio allí?
la vereda sombreada por cientos de árboles que llevan de Yad Vashem; jardines que honran a los justos que salvaron personas que salvaron textos que salvaron narraciones.
vidrieras de Chagall: luz convertida en cuentos orientales, ventanas al cielo buscando contacto con el Cielo.

—Mire Aarón: usted estuvo pero no estuvo —el rabino se reacomoda el kipá y quita una pelusa inexistente de su manga—. Es obvio que usted iba a refrescarse (digamos) a esas tierras; usted pretendía zambullirse en su identidad echando un vistazo. Y, por supuesto, en el apuro desatendió lo esencial: con lo nimio que estaba dispuesto a conformarse ponía de relieve la magnitud de lo que le falta.

Tocado, piensa Aarón. Tocado, le avisa al rabino.
Están sentados demasiado cerca, ya que no hay otra forma. El calor, el calor de Buenos Aires. Aarón se da vuelta para mirar de frente al rabino y descubre que después de todo, aquél es mucho más joven. Se gustan. Acaban de conectarse mejor. Podrían incluso declarar que se conocen desde críos; que patinaron juntos en el hielo a pesar de las advertencias maternas, que robaron cerezas una primavera cuando la tarde no llegaba nunca y que en el río, en calzoncillos, debían zambullirse por turno para cuidarse la ropa. Dos hombres inteligentes descifrando por cuáles caminos uno de ellos salió en búsqueda del otro. Y dado el cariz que ha tomado esa búsqueda, no imaginan aún como lograrán saldarla.
El rabino se disculpa, regresará enseguida. Lo deja solo.

Aarón aprecia ese desorden. Él jamás se atrevería ni se lo permiten en su casa. Y las fotos de los hijos paradas así, sin marco. Él ni siquiera las tiene a la vista. Y el pequeño reloj cuyo minutero salta de número romano al otro. Un bote de monedas, otro de lapiceras y un niño de porcelana con el puño levantado…
El motivo original de su visita se está desdibujando. Pretendía conversar sobre eso que llaman la diversidad y como en otras ocasiones no llegará más allá de lo evidente: la diversidad resulta ser el precipitado de impresiones y aprehensiones que conforman las identidades. Eso es todo. No va a pulsear con el rabino, tampoco desea convertir su viaje a Jerusalén en el gran descubrimiento de obviedades. Odia la obviedad.
No creyó necesario mencionar que el recorrido por Jerusalén no lo inventó. Lo llevaron. Aceptando la sugerencia de su guía de viajes, contrató en una empresa de turismo cultural a un intérprete, baquiano/entrenador en una sola persona. Un muchachón despierto, estudiante de antropología. Multilingüe, se sobreentiende. Nada de recorrer museos, nada de santuarios: conocer a la gente, dónde y cómo viven, qué queda en pie. Lo arrastró por la maraña de callejuelas. Olores y escándalo. Eludieron moscardones vendiendo souvenir y rutas santas. Lo hizo trotar de arriba abajo por barrios cuarteados; metralla en las paredes le iba señalando mientras arrojaba cifras de escaramuzas, muertos y heridos… Cinco horas de sacudidas, hasta que lo depositó, extenuado, en el acceso del Muro de los Lamentos. Ese era el lugar para mirarse en el espejo —aconsejó su cicerone y le regaló la botella de agua mineral.
Se sentó en esas horribles sillas de plástico a pensar en ella —de golpe pensaba mucho en ella— y a mirar. Imágenes: en el sector para mujeres, preciosas muchachas del ejército retirándose sin dar la espalda al Muro como está prescripto. Chicos con ropa deportiva a la moda cubierta por el talit, meciéndose. Viejos apenas apoyados, suspendidos en los atriles, musitando al firmamento. Turistas y mucha policía. Como otros escribió un deseo y lo embutió entre las grietas. Antes de abandonar el recinto miró a los hombres de su edad y comprendió que había llegado con cinco mil años de retraso.
Tendría que decirlo. Ahora. Al rabino.
Siendo un ruso con pasaporte inglés viviendo en Buenos Aires con miedo a ser demasiado viejo para lo que ahora se propone, no le queda más que mostrarse tal cual es. Si no lo hace ya, no se lo mostrará a nadie, nunca. Es un hombre confundido: eso es todo lo que es.

El rabino entra y se sienta a su lado. Apoya una mano en el hombro de Aarón y allí la deja mientras se observan. Ambos traspirados. El rabino se ha quitado el suéter. Lleva la camisa a cuadros, azul, juvenil, salida del pantalón. Sandalias ya sin medias.
Ha dejado que el sujeto exhale y expire. Que inspeccione sus cosas, que olfatee. Siempre es así. El visitante está haciendo un esfuerzo por desamarrar algo atorado y el abecedario se le escabulle. Siempre es así. Empero, éste no podrá desatorarlo porque es un hombre sin fe que entrevista un rabino para comprarse una. Una fe al contado.

—Usted ha regresado de Jerusalén, pero Jerusalén no ha venido con usted. Lamentablemente no puedo ayudarlo.

Se levantan. Lo acompañará el rabino hasta la puerta. Un sol de justicia acordona al patio y a las hortensias del zaguán. Debe estrecharle la mano y darle las gracias, pero Aarón está enojado: tendría varias cosas para decirle si ese hombre aprendiera la lengua de otros semejantes, y pudiese discernir que él buscaba un simple interlocutor para sus descubrimientos. Además, carajo, además se equivoca el rabino: Jerusalén ha venido con él. Ante todo para recordarle que adonde vaya será judío. Aunque se declare no creyente, en la mente de los demás (¿de sí mismo?) está marcado por esa pertenencia. Bien. Lo acepta. Segundo hallazgo: reconciliación con quién ha venido siendo y aceptar que el misterio de dónde provenimos los humanos continúa intacto.
Y deja para lo último la revelación: salió a buscar un nombre propio, una filiación, la historia de su origen y se topó con lo que ya tenía: un amor. ¡Qué sencillo era! Aceptar que la necesita. Que ni sabía que la necesitaba y —aunque sea un pecado irredimible sentirlo e incluso pensarlo— que podría llegar amarla más que a sus hijos. Lograría necesitarla más que al niño que fue en su Moscú dorado. Y la tendré, se lo juro que la tendré. Adiós Rabino. Adiós.


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