Hoy me desperté con la idea (a veces sucede así, al fin de cuentas Coleridge también es una función) de que deberíamos pensar en ensayo (cómo género, o mejor, como práctica) desde dos perspectivas: una que me gustaría llamar mítica; y otra, digámoslo así, científica.
La primera remitiría, como no podía ser de otra forma, a su escena de origen: a Michel de Montaigne escribiendo en su torre. Al clima Montaigne (temperaturas medias de montaña). Viéndolo así, cada ensayista, cada vez que se dispone a entregarse a la escritura, en verdad estaría ejecutando un rito, una invocación al Origen. Una reactualización de aquellas potencias que dispararon una forma, un estado de acercamiento.
Por supuesto, no se trataría (no sería posible) de un rito uniforme. Más bien lo pienso como la urgente actividad de un jongleur, de un artesano de la forma que cuida su voz haciendo ejercicios, del mismo modo que un tenor resguarda sus cuerdas vocales en interminables escalas. Necesito subrayar la condición de urgencia: un ensayista no espera. Es el giro que lo emparenta (lo acerca y a la vez lo distancia) de un cronista, de un ejecutor de bitácoras. Un rito, no deberíamos olvidar, es un trabajo también sobre uno mismo. Mito del escritor, como pedía Aira, singularidad de una voz diseminada en letras.
Tengo que decirlo: me encantaría escribir un libro de breves relatos-ensayos a mitad de camino entre los relatos-río de Giorgio Manganelli y del tan patafísico Ermano Cavazzoni, a quien sin pudor plagiaría. El libro de los ensayistas inútiles me gustaría titularlo, y cada entrada sería una nunca extensa descripción de ese afiebrado rito de proponer formas para entender el mundo tal cual lo vemos.
Vayamos a la segunda perspectiva.
Al segundo escorzo debería llamarlo científico aunque, sin dudas, no es la palabra adecuada. Digamos que el ensayista científico sabe que debe disimular (mejor digamos, adecuar) su voz en una serie de restricciones que podríamos enumerar del siguiente modo: la elección de un campo de investigación (¿acaso no existe un antropólogo apenas disimulado en todo ensayista?), la determinación de un método y la exposición de una tesis (un objeto bien plantado).
Queneau demostró (al menos, me demostró) que este tipo de ensayo puede ser absolutamente más arbitrario y excedido que el configurado por la (por nosotros bautizada) perspectiva mítica. Tiendo a pensar que los peligros del método y la espontaneidad se revelan muy pronto parientes, más parecidos que diferenciados —Oulipo lo dejó en claro hace casi cinco décadas—, y que los protocolos resultan siempre más tributarios del orden (de un orden del que siempre deberíamos sospechar) que del saber.
Ojalá ya resulte evidente uno de los aspectos que me interesa resaltar: tanto en una perspectiva como en otra, la emergencia del tándem urgencia y saber resulta inexcusable. Un ensayo ("con su pata renga" como me dijo hace unos años Eduardo Stupía) posee distintas velocidades, pero en tanto intervención jamás se permite importantes dilaciones. Un ensayo sufre (y mucho) cualquier dilación.
Los ensayos envejecen, como todo, pero como su oportunidad los resignifica, su irrupción certera los califica invariablemente de otro modo.
De más está decir que mi inclinación me arrima a la primera perspectiva, sin jamás (jamás) desdeñar la segunda. Sigue siendo un imperativo para mí cultivar eso que ahora se me ocurre nominar Chip Montaigne, al cual pienso como un motor de emulación.
Es una pregunta que todo el tiempo me hago: ¿de qué forma los ensayistas que me atraen participan de Montaigne?, ¿de qué modo conectan (voluntaria o involuntariamente, me da lo mismo) con la fabulosa exigencia y libertad que el escritor galo se inventó para terminar de definir un género, una práctica?
Ya sé: voy a imprimirme una remera con la cara de Don Michel. Claro que es un recurso imbécil, pero también una declaración de principios.
Al fin de cuentas, ¿no se trata acaso de principios?