Son las seis de la mañana. Como en
los últimos días, me desperté sobresaltado por algún sueño
que no recuerdo. Bah, más bien una pesadilla. Algo constante,
tanto cuando estoy dormido como cuando estoy despierto.
Me duele todo. El cuerpo, sobre todo la cara. No sé bien
por qué, pero hasta la nariz me duele. Creo que es de
llorar. Porque, cuando lloro, es como que hago una mueca. Como
que la cara se me deforma. Los ojos los tengo irritados. Me
miro en el espejo y me cuesta reconocerme. Veo a un extraño
que pareciera molestarle que lo observe. El cuello y la
espalda es como todo un gran músculo que se retuerce de
manera enloquecida. Y la cabeza, ¡Dios! Ya no sé levantarme
sin resaca. El estómago tampoco ayuda mucho. Hace ruidos
cuando como; y cuando no, también. Pareciera que quiere
decirme algo. De todas maneras, no entiendo su idioma y si
lo hiciera, poca bola le daría porque nada bueno tendrá para
decirme. Las piernas y los pies están cansados y sin rumbo
alguno. Están desesperados por ir a alguna parte pero hace
rato que no llegan a ningún lado. Mi mente, mierda. Es muy
feo comenzar con un razonamiento y descubrirte pensando en
nada. Es como el motor de un auto que
esta frío y no termina de arrancar. O no quiere. O no
sabe. O se olvidó. Pero lo físico seguramente sea pasajero.
Lo físico es terrenal, fácilmente engañable. Por ende, no
es lo que más preocupa. El alma es el problema. Grita,
patalea, reclama, solloza, recrimina. Es insoportable el
alma. ¡Qué bueno sería poder dejarla al lado de la cama, en
la mesita de luz, para poder, de una vez por todas, dormir
tranquilo! Pero no, es conciencia apareada a mi cuerpo de
manera indisoluble e insoportable. ¿Dónde hay un diablo que
me la quiera comprar, así me deja en paz de una vez por
todas? En estos tiempos que corren, en serio, ¿quién
necesita un alma?
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