Esbozo para un decálogo del aspirante a escritor
1º - Comprenda que la mera confección de un decálogo es poco menos que una humorada: ¿por qué no doce, o cinco, u ocho, o veinte ítems? Crasa arbitrariedad, supersticiosa fe en los números redondos o divisibles por dos.
2º - Lea la Correspondencia de Gustave Flaubert; Contra Sainte-Beuve de Marcel Proust; Un arte espectral de Norman Mailer y la entrevista realizada por Jean Stein a William Faulkner en 1956 y publicada por The Paris Review. Luego de ello, es probable que comprenda en toda su magnitud el valor de la disciplina, el sentido del empecinamiento y la absoluta inutilidad de los talleres literarios.
3º - Escriba y corrija, escriba y corrija, escriba y corrija, repita el proceso hasta el agotamiento, y recuerde que cuando uno no puede más, siempre puede un poco más.
4º - Lea cualquier reportaje a Ricardo Piglia, lea cualquier reportaje a Federico Andahazi, lea cualquier reportaje a César Aira (los tres nombres son impersonales, intercambiables, simbólicos; reemplácelos por los que desée). Advertirá, luego de ello, que la notoriedad no neutraliza la idiotez; la notoriedad es, simplemente, notoriedad.
5º - Recuerde que, realmente, Cervantes escribió la primera parte del Quijote en la cárcel, gran parte de la Comedia humana de Balzac fue escrita para levantar deudas, Dostoievsky escribía con los acreedores pisándole los talones. Moraleja: no sea patético, no diga que hoy no escribió porque tuvo un problema técnico en la notebook; para decirlo en términos políticamente incorrectos y sexistas: no sea maricón.
6º - Lea a los clásicos pretéritos y contemporáneos, especialmente en lengua castellana, vale decir: Cervantes, Quevedo, Lope, García Márquez, Juan Marsé, Marco Denevi, Vargas Llosa, Borges, por nombrar sólo a algunos. Existen, por lo menos, dos razones para ello: una, la invocada alguna vez por Onetti —la lectura de los clásicos neutraliza deslumbramientos posteriores (y, generalmente, vanos)—; dos: se aprende a escribir leyendo.
7º - Lea la poesía de todo el Siglo de Oro español. No hay cosa más desdichada que un escritor sordo. La poesía del Siglo de Oro enseña la música de las palabras, y si hay una práctica que se emparenta con la escritura es la música.
8º - Es probable que un escritor se constituya y se trame a sí mismo en el transcurso de los días malos, aquéllos en los que nada sale. Si aun en esos días avanza una línea, reemplaza un adjetivo o corrige un párrafo, va por buen camino. Trate de ser un obsesivo a tiempo completo; una buena página es el fruto de una larga paciencia.
9º - Si uno escribe, resulta irremediable que, por lo mismo, forme parte integrante del ambiente literario. Pero trate de no frecuentarlo. No hay ambiente —el de los escritores, el de los arquitectos, el del espectáculo o el de los psicoanalistas— que resista un primer plano. No debe haber cosa más indigente que una reunión de escritores.
10º - Es probable, sólo probable, que Argentina sea "un país de mierda" incrustado en un continente periférico e insular. Pero no olvide que aquí y desde aquí se forjó y se difundió la obra de Borges, Cortázar, Octavio Paz, Felisberto Hernández, Horacio Quiroga o Roberto Arlt (la lista, por cierto, no se agota con estos nombres, pero basta con ellos). La mediocridad, la carencia de rigor o la inclinación al abandono son características personales que nada o muy poco tienen que ver con el ámbito social. |