En su debut como director, Pablo Fendrik persigue con su cámara a un
ladrón de guante blanco, que elige colegios como blanco de sus robos.
Rara, encendida y muy atractiva película que rompe con la novísima
tradición del (nuevo) cine nacional.
Primero roba un jardín de infantes, luego una escuela secundaria. No
es un delincuente común, no se trata de la banda juvenil descontrolada
de Pizza, birra y faso, ni del excluido profesional de Un oso rojo,
sino de un ser desdibujado, con sueños perdidos y sin perspectivas,
pero con una diferencia sustancial con casi todo el llamado Nuevo Cine
Argentino. Su protagonista es un sesentón educado; la acción no
transcurre en sitios marginales ni en pueblo chico, sino en plena
Ciudad de Buenos Aires, al mediodía, sin frío ni calor.
El asaltante no tiene nombre propio (sus apellidos de combate son
Williams y Schultz), no tiene familia, no tiene intereses y lo único
que sabemos que le gusta es el té, el mismo que lo hiere y determina
los sucesos que Fendrik cuenta casi en tiempo real; algunas elipsis hacen que la duración del filme sea menor que el tiempo que le lleva
al delincuente a completar el ciclo de sus acciones.
El método de seguirlo por parte de Pablo Fendrik es nervioso, pero
preciso, inquieto pero excesivamente minimalista, tanto en la puesta en
escena como en la ajustadísima interpretación de Arturo Goetz. Y todo
el filme bordea un camino sinuoso, un precipicio por el que podría
caer: el de la sobreexplicación, el de tratar al espectador como un
tonto, muy habitual en el cine de género, en donde la violencia le
gana al ojo preciso, a la mirada ajustada. Pero no, Fendrik no dice
nada y muestra absolutamente todo lo que hace su protagonista, desde
los dos robos hasta su sonrisa ficticia, con una sobreactuación
magnífica de Goetz, exagerando al extremo un gesto de un personaje que
pone cara de contento pero que está destruido y que no sabe qué hacer.
De a poco, y en sólo 70 minutos, El asaltante se constituye como una
verdadera radiografía de otra generación devastada, no por sueños
políticos inconclusos, sino por una perspectiva de éxito rápido que
Fendrik problematiza con un toque de rigor tan claro que obliga al
espectador a tomar partido, no tanto por la actitud delictiva del
asaltante sino por la construcción misma del final del film: un remate
estupendo, que impone una relectura de todo lo visto hasta el momento
pero sin convertirse en una vuelta de tuerca maniqueísta.
Sin embargo, El asaltante no es sólo un filme de múltiples lecturas;
también es entretenido, vibrante y posee una altísima dosis de
tensión, multiplicando el efecto por la cámara en mano, el estupendo
trabajo de Cobi Migliora en la fotografía (Los muertos de Lisandro
Alonso, Mundo grúa de Pablo Trapero) y el uso efectivo y pertinente de
larguísimos planos, de persecuciones con el ojo puesto en la nuca del
protagonista, no como la conciencia de los hermanos Dardenne sino
amplificando el efecto de encierro, de callejón sin salida que toda la
película produce.
El primer filme de Pablo Fendrik —de quien en breve se estrenará su
segundo largometraje La sangre brota— solamente se estrenó en la
nueva sala cinematográfica ArteCinema, inaugurada con la proyección de
El telón de azúcar, la ganadora del Oso de Oro en Berlín la peruana La
teta asustada y El asaltante. La pequeña pero prometedora sala está
ubicada a metros de la estación Constitución y cuenta con Virginia
Petrozzino (ex directora general del Festival de Mar del Plata y del
BAFICI) como programadora. |