
Evaristo Cultural: Desde el comienzo de la novela trazás un paralelo, quizás más o menos leve pero existente, con la situación latinoamericana, a través de la figura del cocinero... Hay un momento en que el narrador, en una discusión con su madre y en una discusión con una abogada, habla de las dinámicas del olvido de este tipo de regímenes. A mí me dio la sensación durante mucho tiempo, tanto con lo que pasó en la dictadura argentina como en la Guerra Civil española, de que hay una especie de romantización del tema que no se condice mucho con la realidad. Por lo menos creo que acá pasa así, no sé en España cómo es. ¿Qué opinión te merece esto?
Benjamín Prado: Reconozco que es complicado avanzar sin dejarte cosas atrás, pero yo creo que es una obligación de los gobiernos de los países democráticos evitar que haya injusticias, que se perpetúen por las víctimas, los que más han sufrido el drama inexplicable de las dictaduras. Por eso, siempre se explica una diferencia muy importante en querer pasar las páginas de la historia y querer arrancarlas; son verbos distintos y significan cosas muy diferentes. Pasarlas está bien, no se puede llegar a la democracia, no se puede avanzar ni transformar un drama en una situación normal si no pasas las páginas de la historia, pero arrancarlas supone que con ellas arrancas muchas cosas, arrancas mucho dolor, mucho sufrimiento, y arrancas muchos derechos, los de las personas que por nada han sufrido el horror en sus carnes, y eso es lo que no puede ser. Yo creo que la historia y el olvido hacen muy mala pareja. No se puede hacer la historia a base de olvido, ni de sombra, ni de instituciones o personajes intocables, etc. En ese sentido, España ha avanzado mucho más despacio de lo que ha avanzado Argentina, Uruguay... la sociedad chilena es muy compleja... ha avanzado tan poco que estamos en el siglo XXI y sigue habiendo miles y decenas de miles de enterrados en pozos comunes; nadie los ha recuperado. Eso no ha ocurrido en ningún otro país de Europa, en ninguno. Estamos en el año 2009 y están ahora quitando estatuas de dictadores de las calles, pero están llenas de símbolos del franquismo... Y estamos en el siglo XXI y se están muriendo, por ejemplo, los niños robados de mi novela...
La audiencia nacional le prohíbe al juez Baltazar Garzón abrir una causa contra el franquismo, y en esa causa se le prohíbe también buscar a estos niños, hacer pruebas de ADN, intentar solucionar su historia... Es curioso que la misma audiencia nacional que manda a Garzón a investiga a Pinochet o a Videla, no lo deje investigar el franquismo. Un mismo concepto vale para investigar las dictaduras de Argentina o de Chile pero no para investigar la española. ¡Es tremendo e inexplicable! Yo creo que una de las cosas que debe tener una democracia es explicaciones para todo. Puedes acertar o no, puedes equivocarte, pero que haya una explicación; "vamos a hacer esto por esto", lo inexplicable y lo lógico suelen hacer mala pareja.
EC: Hablabas de pasar la página o arrancar la página. Recién en estos años —si bien Alfonsín hizo el juicio a las Juntas, etc.— empiezan a salir a la luz diferentes aspectos vinculados a la dictadura y a cómo se generó esa dictadura, que estuvieron maquillados, por así decirlo. Con la Guerra Civil española, a través de la literatura, por ejemplo, a mí me parece que pasa lo mismo, o algo parecido. ¿Por qué esta sociabilización de estos temas a través de una pseudo ficción?
BP: La palabra maquillaje está bien traída. Hay una cosa que se aprende, por ejemplo leyendo la última novela de Tomás Eloy Martínez, Purgatorio; se aprende que las dictaduras militares no acaban donde acaban los uniformes. En el armario de las dictaduras militares hay uniformes pero también hay trajes de alta sociedad colgados al lado. Ésa es una de las primeras cosas que se aprende. A mí mucha gente me ha preguntado: si se tomaron treinta y tantos miles de niños en España, ¿cómo es posible que no hubiera un movimiento reivindicativo como el de la Plaza de Mayo, por ejemplo? Y yo he tenido que explicar, con el calendario en la mano, que la dictadura argentina duró siete años y la española treinta y ocho. Esto multiplica la dictadura de los militares aquí por cinco, y ya ves lo que pasa: mucho más silencio, mucho más tergiversación de la realidad, mucho más lavado de cerebro de la población, mucho más criminalización del rival...
Yo me he dado cuenta de que los historiadores eso no lo van a hacer, por eso lo tenemos que hacer los novelistas; no van a hablar de eso, porque es evidente. También es curioso un fenómeno que se produce en España que se ha producido en todos los sitios donde ha habido una dictadura, para eso no somos originales, y es que siempre suelen ser los nietos los que reivindiquen la historia de sus abuelos, más que los hijos, que están demasiado salpicados por el horror; no es una casualidad. Yo he publicado esta novela, pero gente más o menos de la misma edad... Almudena Grandes publicó El corazón helado: Javier Cercas publicó Soldados de Salamina; Dulce Chacón, La voz dormida; Manolo Rivas publicó La lengua de las mariposas, etc., etc. No puede ser una casualidad porque, desde luego, yo no me he puesto de acuerdo con nadie ni hemos hecho una asociación de novelistas para recuperar esta historia. A mí me interesa mucho más la transición y la posguerra que la Guerra Civil en sí; la Guerra Civil, por fortuna, está muy atrás en la realidad del país. Yo creo que las guerras civiles y los dictadores siempre salen de la renta per cápita, en el fondo. Tú súbeles la renta per cápita de un país y se acaba la dictadura, súbele siete puntos a la renta per cápita a los cubanos y la dinastía Castro desaparece en diez minutos; ya harán ellos lo posible por que no suba la renta per cápita. En España no hay condiciones para que eso vuelva a suceder, y seguramente no volverá a suceder, esperemos. Entonces, ¿por qué le tienen tanto miedo los poderes públicos a los mismos a los que les tenían miedo en el año 36? Que son la Iglesia, con la que el Estado firmó unos acuerdos preconstitucionales, de prisa y corriendo, antes de que se aprobara la Constitución, que están absolutamente fuera de la ley. ¿Por qué se firmó de prisa y corriendo una ey de amnistía que se ha vendido cuando sacaron a los comunistas de las cárceles, cuando esa ley, como se recuerda en la novela, lo que dice es que quedan amnistiados todos los delitos de sedición y rebelión militar, y todos los hechos derivados de ellos, y todos los actos cometidos por agentes del orden según la legalidad vigente. Eso es una ley de Punto y final, por lo menos díganlo, y además, en las dictaduras no existe la legalidad; la legalidad es asesinar gente, arrojarlas desde un avión... ¿De qué legalidad me están hablando? Eso no es legalidad, eso es terrorismo de Estado, son crímenes contra la humanidad; la palabra "legalidad" no cabe en el argumento. ¿Cómo hay gente que puede equiparar la legalidad de una democracia con la legalidad de una dictadura? Yo creo que todo eso hay que contarlo, y yo cuando me enteré de esta historia, dije: "voy a contarlo". Y es la primera vez que he tenido la sensación de que escribía un libro, entre otras muchas razones, por obligación. Porque pensé "y si no lo cuento yo, ¿quién lo va a contar?".
EC: ¿Los personajes del libro son reales?
BP: Hay muchos personajes reales, y otros que no. Yo estoy muy orgulloso de la escritora, sobre la que se inicia la investigación del libro, llamada Dolores Serma.
EC: Era ésa mi pregunta...
BP: Porque el 90% de los periodista me han confesado que fueron a Google a buscarla, lo que he considerado un triunfo (risas). Un personaje de una novela no tiene que ser una persona, no tiene que ser verdadero sino verosímil, que es distinto; y no tiene que ser una persona sino un arquetipo, atesorar los modos de vida, las experiencias, las expresiones, los acontecimientos que le ocurrieron a muchas personas, que han vivido situaciones parecidas a las suya. Ésa es Dolores. Dolores Serma es así, por eso sale en los libros citada. Miguel Delibes me mandó una carta diciendo que después de leer la novela había empezado a tener recuerdos muy bonitos de su infancia con Dolores Serma (risas)...
EC: Ayer estaba leyendo una nota sobre Guantánamo, que salió en el diario El País, donde habla de la tortura y de los diferentes procesos o las diferentes etapas de la tortura, que tiene que ver con la despersonalización primero, y con la deshumanización. En algún punto, a todos estos chicos de tu novela los están despersonalizando... Es como una tortura encubierta, una tortura sin dolor...
BP: Mira, eso es muy importante. La dictadura de Franco fue una tarea de exterminio. Toda la novela comienza, como has visto, contando las locuras de un chaval, un militar coronel del ejército y psiquiatra llamado Antonio Vallejo-Nájera, defensor de la eugenesia, es decir, de la regeneración de la raza. Toda persona con minusvalía psíquicas o físicas, según ellos, tenía que ser aislada en granjas, se les tenía que prohibir reproducirse y demás. Por otra parte, tenía la teoría de que el Socialismo es una enfermedad mental transmisible a los hijos. De allí, esa terrible idea de separar el grano de la paja, es decir, quitarles sus hijos a las personas de izquierda y reeducarlos dentro del nacional sindicalismo, meterlos en seminarios, etc. Franco estaba haciendo una tarea de extermino que consistía en ir de pueblo en pueblo asesinando y asesinando... Hay gente que dice que también los comunistas mataban. Sí, claro, pero una cosa es que unos incontrolados asesinen a un cura o una monja, y otra cosa es que haya un terrorismo de Estado, un grupo terrorista como la falange, y nada más que un grupo terrorista, un grupo paramilitar que asesinaba, fusilaba, violaba, entraba en las casas, en las cárceles, con absoluta complicidad por parte de los militares, ¿no? No se ha querido en España darle la categoría de genicota y a sus actos la categoría de crímenes contra la humanidad, porque si fuera así no prescribiría; esto es un punto muy importante, se considera prescripto. Entonces, la palabra peor de todo el diccionario sin duda es la palabra impunidad; la más terrible, la más espantosa, habla de crímenes sin castigo, habla de actos espantosos que pasan a la historia sin tener su castigo. Por supuesto que es una tortura robarte tu identidad, separarte de tus orígenes, es una tortura educarte en el odio a tus propios padres. A lo mejor, mucha gente luego piensa lo contrario a lo que piensan sus padres y me parece estupendo. Y hay que reflejarlo. En la novela yo creo que es muy importante el personaje de la madre, es el Sancho Panza de la novela. Yo creo que una de las obligaciones de la ficción es la de no dejar fuera ninguna de las partes de la realidad. Me refiero a una novela como esta, ¿no? Tú no puedes obviar el hecho de que en España, como esa madre, mucha gente todavía seguirá pensando y desde luego ha pensado por muchos años que Franco nos salvó del Comunismo, pero ¿y las víctimas? Pero bueno, hay que recoger eso también, porque sino estás contando la realidad de una manera muy manipulada. Ayer publiqué un artículo en el suplemento dominical de El País, que son entrevistas a seis o siete de estos niños robados que he encontrado; cada historia es una novela en sí misma. ¿Cómo se ha dejado a esa gente tan sola? No se ha hecho nada por ellos. Es tremendo. Y lo que tú decías, la despersonalización, la cosificación del rival, fue una de las fases del exterminio franquista, los rojos eran gente despreciable, asesinos, violadores de monjas, quemadores de iglesias... Y así han pasado treinta y ocho años.
EC: Hace unas semanas falleció nuestro primer presidente del actual periodo democrático. ¿Cómo se vivió su gestión del otro lado del "charco"?
BP: Muy de cerca. Argentina, de alguna manera, es también mi país, mi casa. Yo cojo un avión y aterrizo en mi propio idioma, eso no está nada mal. Para los españoles que estamos mucho más contentos de encontrarnos entre los nuestros en Argentina, o en Uruguay, o en Cuba, y no caemos en esa excentricidad de querer ser alemanes o suizos —cosa que parece una especie de epidemia que se ha extendido por el país, la gente quiere ser suiza—, pues entonces seguimos muy atentamente lo que pasa. Y yo creo que Alfonsín era un presidente muy respetado también allí; no podemos decir lo mismo de otros que lo han sucedido, que no son nada respetados. Y la muerte de Alfonsín ha tenido una trascendencia muy grande.
EC: Te lo pregunto por el tema del juicio a las Juntas. ¿Cómo lo vivió un país que...?
BP: Pues con envidia. En mi caso, con envidia. Creo que se ha sido más valiente y más consciente, porque la revisión de la historia, aparte de ser una obligación, es un acto de inteligencia. Si no, vas a tener allí toda la vida un problema enquistado. Yo publico esta novela, y tú no te imaginas, la gente llamándome, diciéndome cada cosa, que reabría heridas... Están absolutamente equivocados, es justo al revés de cómo lo dicen. Y además, insisto: que España no sea original en eso, que lo sea en otras cosas, pero que no sea original en una cosa que en todos los otros países de Europa es impensable, es impensable otro país de Europa con 40.000 muertos enterrados en carreteras y cunetas, empezando por Lorca y acabando por el último, es una cosa tremenda, que no se puede tolerar de ninguna manera. Entonces, eso se ha vivido realmente con mucho respeto y pensando, pues, que los argentinos han sido en eso mucho más valientes y mucho más maduros. Además, incluso los tiempos en los que se hizo el proceso pues están bien. Primero se hizo una ley de Punto final, luego se abolió... Claro, pero es que siempre tiene que caer en el punto clave del que hemos hablado antes, que es el de considerarlos crímenes contra la humanidad. Y así, entonces, no hay prescripción que valga, no hay Ley de Punto final que valga, y no hay inmunidad ni impunidad... de inmunidad a inmundicia hay muy poca distancia en el lenguaje, por algo será que están tan cerca, ahora que lo pienso. |