Entramos a La Casa de Yuelze un domingo de abril por la noche. El lugar no se asemejaba a un centro cultural ni mucho menos; más bien parecía un viejo vecindario deshabitado o, al menos, en desuso. Cruzando el pasillo de entrada que nos condujo al patio central, una escalera de dos tramos hacia arriba nos indicaba la dirección al "auditorio". En lo alto, un zumbido y una cantidad de redobles un tanto desprolijos se filtraban por la puerta de entrada. En ese momento reflexioné sobre mi pretensión —y la posibilidad de no poder cumplirla— de terminar el fin de semana de la mejor manera, disfrutando de un buen espectáculo y en excelente compañía; esto último no se discute.
En fin, continué hacia aquel espacio con el prejuicio y la esperanza que (casi) siempre tengo en este tipo de situaciones de ser impresionado por el "factor sorpresa". Cruzamos la puerta y el ruido aumentó considerablemente. Reparo en el grupo de personajes que se encontraba sobre el escenario haciendo lo suyo: cinco fulanos, cada uno con su instrumento a cuestas, poniendo mucha garra y mucha voluntad para unir aquellas notas que pretendían desunirse naturalmente de manera autónoma. La cuestión es que, a pesar de ello, tanto el bajista como el que custodiaba el micrófono buscaban vincularse con el público entre tema y tema; el resto de los integrantes parecía optar por no perder la concentración. El público respondía a través de palabras, gestos, sonrisas, alguna que otra cámara digital que sea asomaba por sobre las cabezas con el fin de retratarlos estáticos o en sonoro movimiento... En fin, más allá de la excusa que los convocaba, parecía reinar un clima familiar y amistoso muy íntimo, que desatendía cualquier desacierto vocal o instrumental bastante notorio. Pero debo rescatar algunos momentos de correcto sincronismo grupal, algo de buen ritmo y algunas agradables melodías que ayudaron a que la banda invitada terminara coreada por la subjetividad fraterna del gentío, que pedía a gritos un bis.
Luego de una breve espera disfrutando el detrás de escena con ambas bandas reorganizando sus petates, en la penumbrosa sala se presentaron tres personajes que nunca antes había visto y por los cuales, en definitiva, yo estaba en ese lugar: "Paddy", en voz y teclado; "Tutti", en batería y coros; "Fhú", en bajo y coros, únicos integrantes de 3 Patitos.

Seguramente el primer pensamiento sea que el nombre no cuadra con una banda de rock. Puede ser; es relativo. Lo cierto es que algo se filtró suavemente en mis oídos y mi estado anterior comenzó a mutar hacia una distendida relajación, provocada por esas primeras vibraciones: era música —voces e instrumentos—, audible, agradable...
Me resulta inevitable dejar de reparar nuevamente en el entorno: espacio, gente, ambientación, luces... En la geografía del lugar se asomaban unas figuras que me causaron cierta simpatía: 3 patos inflables de hule y de intenso color amarillo que la banda usa en cada presentación. Sigo recorriendo el recinto con la mirada y noto claramente que la concurrencia mermó: la parentela anterior se había retirado.
Me abstraigo lo suficiente para poder disfrutar. Pretendimos algún trago a modo de complemento: imposible. La barra apenas se limitaba al expendio de cerveza. En fin...
Volviendo al show, el trío continuaba tocando con sutil cadencia. Contrario a lo que habitualmente se piensa de que toda banda de rock "necesita" un guitarrista, 3 Patitos decidió demostrar que no siempre es así. Batería, teclado y bajo pareciera ser la fórmula que les resulta infalible a estos tres músicos. Y está bien que así sea. A pesar de ello, hay temas en los que la presencia de una guitarra con presencia, alejada de los dedos de cualquier novato improvisado y compartiendo el protagonismo que actualmente tiene el teclado, podría apuntalar aún más el firme repertorio de temas; quizás por esto, ciertos temas los comparten con algún virtuoso invitado. En definitiva, y después de haberlo vivido, creo en la convivencia de ambos instrumentos que podría potenciar aún más las virtudes de la banda.

La calidez y excelente dicción de la primera voz que refuerza el sentido musical del grupo, la interesante adaptabilidad del teclado que varía de un tema a otro, el buen trato ofrecido a la batería, evitando los destiempos propios de tocar en vivo, y la prolija ejecución de un bajo de seis cuerdas —atípico en la inmensa mayoría de las bandas—, dotan a este trío de un gran potencial y versatilidad.
A modo de conclusión, resta decir que delante de aquel negro telón y bajo los leves y descoloridos pigmentos de unas pocas luces direccionadas, 3 Patitos se mostraron sueltos, relajados, con una buena y sobria interacción con el público y gozosos de hacer música. El concierto no se extendió más allá de los 10 a 12 temas, más que suficientes para determinar las óptimas cualidades de la banda y terminar aquel domingo gustoso y sin ningún arrepentimiento de haber salido a probar cosas nuevas.
Para coronar su buena presentación, quiero destacar el detalle que la banda tuvo al cierre del show, obsequiando a cada persona 13 de sus temas en un CD de producción independiente, de sonido limpio y notablemente profesional. Asimismo, no dejaron pasar la oportunidad de vender sus propias remeras que algunos fanáticos vistieron luego de quitarse in situ la que llevaban puesta.
Finalmente, y aunque esté de más, quiero dejar en claro que mi deseo inicial fue concretado gratamente, disfrutando del buen espectáculo ofrecido por 3 Patitos y en excelente compañía. |