El aroma del cielo
“Todo está en orden. Desordenado.
El sol cubre mi cuerpo. Tengo frío.
Me busco desesperadamente”
Perla Rotzait.
Preferirme otra es un ejercicio ya gastado; preferirme así, en cambio, una novedad blanca sin gérmenes. Y sin embargo, si la voz de la tragedia -sutil y hermosa- no me envolviera con su manta de gasa, si no me encontrara siempre a destiempo el disparo, si esta torpeza mía no me hablara desde cada objeto, incitándome al quiebre y a la costura, si no me contuvieran los colores de mis telas en el puro simulacro de una grandeza, si de pronto tuviera un lugar al que volver y no tantas paredes esperando, tanta magia atada al picaporte, si no murmurara ya palabras de esas difíciles de creer, si no tuviera que llenar tanta mochila cansada de vagar sin saber dónde. Si nada de aquello, entonces sí.
Pues uno contra uno es peor aún que uno contra todos; todo otro también muere mientras mata, cae, es definitivo al menos en el sentido de las agujas del reloj. Pero. Defender con uñas y dientes al uno del uno no es sólo lastimarse, sangrar lo que mitad o cualquier parte, es amordazar al enemigo que todo lo sabe y masculla, sostenerle la mirada. No hay frente de combate, no hay enfrente más que espejos; la estúpida pluralidad agrega ladrillos, el maldito cemento irreversible, la eternidad del azogue.
Y en ese pasaje -que es camino hacia ningún lugar-, renazco; con el dolor divino de instalarme en el centro de la queja. En el centro de la pelea de todos los dioses que han caído. Patear allí el techo. Pues hay herencia. Hay féminas mascullando en la cocina. Hay hombres que soportan. Hay los que creen soportar y se deshacen. Y hay pasado torciendo el destino. Y hay esperanza.
Aunque haya sido tan susceptible a la mínima indiferencia. Aunque lo siga siendo: en el lugar del solo nombre del vacío el amor se me vuelve traición, tragedia. Aunque mi cuerpo arrumado; aunque mi cuerpo frío; aunque el invierno.
Y a pesar de todo y lo demás, no hay como birlar los confines del tiempo y del espacio, ir contra la naturaleza, o más bien deslizarse en ella hasta el límite de lo imposible. Orfeo vive. ‘Dejá la música en el espacio y olvidáte’, me dijo. Nada puede ser peor que ser un fantasma dentro de tu propio yugo, y que sea regla en el aire la esclavitud, por los siglos de los siglos.
Las luces iluminan el puente, detrás la ciudad. Del miedo a la osadía. No hay palabras para nombrar la distancia pues es preciso callar la corriente que carboniza el aire, seguir la flecha que indica: continúa. Y sin embargo, alguien trae de la mano el aroma del cielo. Nadie puede ser tan pequeño de acallar al mismo tiempo todos los sentidos. Ficticias o reales, qué importa ya a esta altura, hay jaulas por todas partes.
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