Las elecciones legislativas argentinas del año 2009 ya tienen su resultado y, aunque parezca mentira, el mundo sigue su curso, no ha variado la rotación astral y los argentinos ya nos hemos hartado de los recaudos a tomar con motivo de la gripe A. Con todo, y rápidamente, no parece inoportuno esbozar alguna rápida reflexión en torno a las consecuencias discursivas de los resultados electorales.
Con la reinstauración democrática de 1983, el doctor Alfonsín anunció el arribo de una tercera república y un reordenamiento de carácter institucional-administrativo con la nueva capital emplazada en el Sur; más concretamente, en Viedma. Su sucesor en el Poder Ejecutivo, el doctor Menem, anunció el advenimiento de una nueva era, la de la revolución productiva, y la imperiosa necesidad de una reforma constitucional. El breve gobierno de coalición de la Alianza asumió con una promesa de clausura e inauguración, gesto que, en términos pedestres, podría ser traducido como: se acabó la fiesta y comienza el país en serio. Tras el interinato en el poder del doctor Duhalde, el período kirchnerista se abre con otro fervor inaugural: la abolición del tradicional verticalismo justicialista a favor de una difusa transversalidad. Los flamantes ganadores de 2009 ya lo han anunciado: son los portadores de la nueva política.
Argentina no parece —para retomar el célebre concepto del doctor Duhalde— condenada al éxito, sino a una serie de nuevos e indefinidos amaneceres, a una inauguración permanente, a un estreno minuciosamente reiterado; un país que no deja de amanecer y que jamás puede llegar al mediodía. Amanece, amanece de nuevo, como la desesperante reiteración de la pesadilla.
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