En mi mesa de trabajo tengo un libro grueso que me sirve de oráculo o pisapapeles. Un martillo. Una planta de mandarinas, dos o tres videos —de ahí saco algunas cosas—, una bicicleta plegable y vieja en la que paseo buscando maderas, una licuadora y muchos papeles, y cola de carpintero. Una revista de moda —que cambio cada tanto—, un fichero con citas —el arte de escribir en serie—, un cenicero y una botella de caña de durazno vacía casi todo el tiempo, una espumadera, una escofina, jabón blanco y semillas de lino, harina y huevos, una muñeca, una salamandra y un calentador a querosén por si hace mucho frío, algunos recuerdos de mi padre...
Un malvón, un libro de poesía, la factura del gas, una laguna con gallaretas, el olor de Lupe, un flamenco dorado como un ídolo, una escopeta y la puerta entreabierta; de la alfombra crecen juncos (a veces sube el agua), el escritorio es fuerte, tiene sus años, y envuelve el vapor de los dulces cocinándose, en una balanza saturada de notas, equívocos hipostasiados en relatos de un nombre que desacierta en su idea mueven una pequeña carretilla.
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