
De "Druida" (1959)
3
En la mitad de la tarde los higos se entreabren y manan miel blanca, leche muy fina, y así acuden las abejas, los pájaros, las moscas, y hasta algún animal de cabello largo y sedoso, trepa e hinca en esos pechos ternísimos su diente agudo, y bebe y devora.
Y yo camino suavemente, por las sendas, sin rumbo, lejos de la casa, errando, hasta que el viento me señala las altas cañas, el cañaveral; y surges tú, inmóvil, de espaldas, galán de la muerte, mirando el cielo, no mirando nada.
Ya un colibrí de fijo temblor, te hipnotiza las cejas, los ojos. Y yo veo tus labios de amarilla cereza y me parece que una vez oí tu voz, que una vez oí tu voz gritando en el viento, cantando en el viento hacia las estrellas. Acaso ¿tu gallarda figura una vez pasó a mi lado, gallardamente, sin volverse?
Te pareces al doncel que custodia los ríos, los arroyos, al que guarda en la noche los predios del este y guía la blanca tropa de gacelas.
¿A qué hora se conmovió tu corazón?
¿Cuándo se te desgranaron las finas granadas de las venas?
Ahora, un azor invencible te imanta.
Ahora, hay que mirar tu edad en un horario de moscas y violetas.
Pero, yo me voy a olvidar de todo, de mi casa de allá, de la tarde fragante, de las frutas que atraen a los pájaros.
Ya el viento cierra las cañas, baja las banderas estrechas de las cañas.
Yo voy a oprimir tu mano.
Yo voy a tenderme a tu lado.
Déjame sentir el ritmo de tu sangre amarilla.
Haz nacer en mi entraña un pequeño cadáver, un niño inmóvil, igual a ti.
De "Historial de las violetas" (1965)
6
Aquel verano la uva era azul —los granos grandes, lisos, sin facetas—, era una uva anormal, fabulosa, de terribles resplandores azules. Andando por las veredas entre las vides se oía de continuo crecer los granos en un rumor inaudito.
Y en el aire había siempre perfume a violetas.
Hasta las plantas que no eran de vid daban uvas. Llegaron mariposas desde todos los rumbos, las más absurdas, las más extrañas; desde los cuatro rumbos, llegaron los gallos del bosque con sus anchas alas, sus cabezas de oro puro. (Mi padre se atrevió a dar muerte a unos cuantos y se hizo rico).
Pero salía uva desde todos lados. Hasta del ropero —antigua madera— surgió un racimo grande, áspero, azul, que duró por siempre, como un poeta.
De "Magnolia" (1965)
7
(Para un hombre muerto)
La luna estaba empollando; se le caen briznas blancas; vuelan seis grullas pequeñas. Y tú con esa nuca de nácar recién conseguida y que no puedes trizas, con esa madera que no se despega. Y nosotras vigilando tu muerte —las lejanas vecinas, la algarabía de los trineos, allá por los abedules y los sauces. Soñamos cosas imposibles, que estás más joven que nunca, que caminas, que tu hermosa virilidad conquista a las grullas, a las doce doncellas del bosque. Soñamos cosas imposibles —ya nos embriagan el rocío, el café— que echamos arroz de novio sobre tus cejas, leve jengibre por tu herida, un pastelillo hacia tus labios, una mariposa asada en sus propias plumas como menta de colores, y que lo devoras. Y hasta que llega el sueño y la noche cruza por su medianoche y pasa no sé qué tiempo, y vuelvo a abrir los ojos, y ya es muy temprano, ya vuelan las vecinas, los trineos, sobre las delicadas ovejas, y allá por el campanario, las pagodas, una lucecita dibuja el horizonte.
Pero, entonces, tú te estremeces, levantas la cresta roja, las negras alas, y haces oír tu canto.
De "La guerra de los huertos" (1971)
9
Cuando llovía mucho, a cántaros, y se formaba aquel río, debajo de aquel puente, y pasaba a lo lejos, el carro de las cartas. Y la abuela nos hacía venir junto al hogar, al leño ardiendo; allí las tres de pie, o sentadas, con los delantales a rayas, las tibias zapatillas, y ella nos servía dulce, miel, y nos hablaba jovialmente, como si nosotras también fuésemos viejecitas, o más pequeñas de lo que, en verdad, éramos. Y los gatos como lechuzones, hacienda menudísima. Y de las claras nubes caía agua, agua. Y alguna vecina —de las que moran en el pastizal, en la arboleda— empezaba a escurrirse hacia la casa, bajo las aceitunas, las locas magnolias, hasta llegar a nosotras, con el canastillo a cuestas, de huevos, de hongos, de papas recién hervidas. Entonces, nos reíamos todas juntas. Y de las blancas nubes seguía cayendo agua.
De "Está en llamas el jardín natal" (1971)
32
Ayer conocí el nombre secreto de mi casa.
Era ya el atardecer, y todos paseaban, por la huerta, el jardín, la calleja, donde las coliflores levantaban sus hermosas puntas y tazas de plata. Ya ardía alguna estrella, algún cometa y su cabello fatídico.
Entonces, tomé la lámpara, la más pequeña, y fui, en puntas de pie, hasta el armario. Busqué el libro, sigilosamente, pasé hoja por hoja; hasta que, todo empezó a temblar como si estuviera por llegar la muerte, y todo se quedó inmóvil como si ya hubiese llegado.
Y yo la vi, no la rosa encarnada que estás imaginando, ni rosa, ni amarilla, ni una efectista rosa negra. Sólo un pimpollo plano y claro, de pocos pétalos.
Parece de agua, una gema de mármol, parece un lirio.
Pero, Rosa es el nombre secreto de mi raza.
La tarde caía como si fuera un siglo.
De "Clavel y tenebrario" (1979)
15
Quisiera contar cómo nacían las cosas.
Cuando ocupábamos aquella vivienda, que no tenía nada de particular. Casi nada. Con sus numerosas alcobas en las que hacíamos representaciones, que los vecinos espiaban por todas las puertas y ventanas. En uno de esos habitáculos —pero, uno sin techo y sin piso—, desde la tierra, a veces, desde la noche hasta el alba, nacían las cosas: cubiertos, ralladores, platos, ollas, tazas. Todo allí, pulcro, tierno y casi tembloroso. Lo llevábamos a la cocina para utilizarlo, y nunca se nos ocurrió hacer negocio.
Y cuando nos mudamos a otra vivienda tampoco nadie comentó nada.
Lo cuento, ahora, que, ya, parece un cuento.
De "La liebre de marzo" (1981)
El aire puro, gris, oscuro, de la mañana.
Dibujo en un cuaderno mis primeras letras. El comedor está en sombras.
Mamá dicta por toda la casa, severas leyes.
Imprevistamente, surge un tulipán; de la maraña oscura, sale dorado, amarillo, anaranjado; por un minuto, es de color de rosa; y vuelve a ser dorado.
Tan grande y hermosísimo.
Quedo en suspenso, una sonrisa vaga; los roperos se entreabren; las muñecas descienden, lentamente.
Parece que mamá se fue.
Doy gritos que no se oyen.
Pero, todo, enseguida, retorna.
... A través de los años, tan largos, está la mañana aquella.
Del tulipán.
Los pequeños cocos, de oro y rosa, caen, a la caída de la tarde, sin cesar, como pimpollos, corazones; dentro, tienen un perfume, una perla, un gusano velludo, redondo, ¿cómo creció allí?
El viento de la selva hace bailar las palmas, y ellos, que están hechos de vivísimos hilos, caen hacia nuestros dedos ansiosos, repletos de licor.
Y van los santos, los terneros, las presencias de alabastro.
De "Mesa de esmeralda" (1985)
"El mar de Amelia"
1
Siempre, usé corona: las estrellitas eran tan finas que parecían de hilo. Los ángeles, en ese lugar, revoloteaban igual que pájaros, espontáneamente. Alas en colores violentos. Franjas rojas, azules, verdes; pero, angostas y largas, rígidas.
Como alas de loro; ellos eran adustos; nunca sonrieron. Uno pareció fijarse en mí. Y habló con Sean. O Sean habló con él. Y, cuando la fiesta, me hizo la primer visita. Que fue breve y embarazosa. Y prosiguió visitándome, todos los domingos y jueves. Tal hacían los jóvenes con las muchachas de ese sitio. Yo lo recibía de pie en la sala, y él estaba de pie enfrente. Se habló de boda. Él habló con Sean, o Sean habló con él, y preparé mi ajuar.
Mas, un día, desapareció.
En toda la comarca comentaban mucho; quedé como burlada y frustrada. Y escudriñando —por el monte— a la banda de sus congéneres.
Sin distinguirlo, ya.
De "La falena" (1987)
"Los ojos del gato eran celestes como vidrio y alhelí"
Al pasar me pareció que el árbol me llamaba, quería decirme algo. Me detuve; miré el tronco, largo, gris, un poco entreabierto arriba. Allí tenía metido un hongo, enorme, con un ala; parecía un animal o un sombrero, parecía una gallina. Eso era lo que quería avisarme el árbol. El hongo era gris, y a ratos, de un rosa morado. De tan rotundo, curvo, había echado hijos. En cualquier parte tenía numerosos muchachitos, huevos. Pude irme, entrar al bar; pero quedé. El árbol hablaba, me hablaba, sin hablar, que era su manera de hablar.
De " Membrillo de Lusana" (1991)
Yo soy siempre chica, mamá siempre joven, la abuela, dulce y viva.
Es el mediodía y me traen el plato con los huevos y las Muertes. Llamo Muertes a las perdices y pollos hervidos.
Pero, lejos en el cielo, pasan pájaros en auge, enormes, y como un puntito: buitres, halcones y caranchos.
Sus sombras forman sobre las cosas, cruces.
Ya voló el mediodía.
Los labradores van con la azada.
Los niños a la escuela; las matas son tan altas que ellos ni se ven.
Los jazmines están tiesos;
como si aguardaran algo,
como si fueran huesos.
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