
LA CEGUERA
La ceguera. Parece una desgracia peor que la muerte, ¿verdad? Algo capaz de dejar a un crío hecho polvo, de aterrorizado, de volverlo medio loco y deprimido. Pues bien, puedo asegurar que no es así. Al menos en mi caso.
Eso se debe seguramente a que tardé dos años en quedarme ciego del todo. Perdí la vista poco a poco. Supongo que por eso no llegué a estar muy asustado.
Empecé a ver las imágenes borrosas, y cada vez más desdibujadas. Al despertar, tenía los ojitos bien cerrados, como una puerta, cubiertos con una costra tan pegajosa que me dejaba los párpados pegados y apelmazados. A veces, mamá humedecía un trapo y me lo pasaba suavemente en torno a los ojos. Al cabo de cinco o diez minutos, yo comenzaba a parpadear y a acostumbrarme a la luz de la mañana.
Pero pronto mis horizontes se estrecharon. Los objetos más lejanos se desvanecían. Yo era como un tipo en la cima de una montaña que un día alcanza a ver a una distancia de veinte kilómetros, que una semana después se reduce a quince, y la tercera semana a diez. Al principio, todavía reconocía los objetos grandes, después sólo los colores, y después únicamente podía distinguir la noche del día.
Sólo había dos médicos en Greensville: el doctor McCloud y el doctor King. Este último era el que cobraba más, y sólo visitaba a los blancos. El doctor McCloud —que era blanco— atendía a todo el mundo. Él puso la mejor voluntad en ayudarme, aplicándome pomadas y gotas a los ojos, pero poco podía hacer en realidad.
Al final, nos sugirió que fuéramos a una clínica en Madison, un pueblo cercano. Y allí fuimos. Mamá y yo solos. Entramos en la consulta y el doctor me examinó los ojos desde todos los ángulos.
—¿Hay alguna esperanza? —preguntó mamá.
—Bueno... —respondió el doctor con expresión sombría y la cabeza gacha—. No lo creo. Me temo que el chico se está quedando ciego.
—Entiendo —dijo mamá. No tenía miedo; no rompió a llorar ni a implorar a gritos la misericordia del Señor. Mamá era una mujer fuerte, además de lista, y sabía lo que había que hacer.
Mamá siempre quiso que yo aprendiera cosas. Aunque ella misma apenas tenía estudios, me enseñó todo lo que sabía: los números, el alfabeto, ortografía, y a sumar y restar. Así que cuando empecé a perder la vista, ella se preocupó de encontrar una escuela para mí. Recuerdo que yo era el único ciego de Greensville; la gente no sabía qué hacer conmigo.
Mamá trató de asesorarse. Le pidió consejo a la señorita Lad, que trabajaba en la oficina de correos. Consultó al gerente del banco y al señor Reams, el dueño de la tienda del pueblo. Al poco tiempo todos los vecinos estaban enterados de mi problema.
Fueron los blancos quienes le hablaron a mamá de la Escuela Estatal para Ciegos, en Saint Augustine. Supongo que algunos de ellos veían algo de bueno en mí y querían asegurarse de que cultivara esas aptitudes. Tal vez sabían que no era tonto, o a lo mejor les habían contado que tenía algo de talento para la música. No lo sé, pero el caso es que le dieron buenos consejos a mamá, y estoy convencido de que muchos blancos la animaron a que me mandara a la escuela.
Ella no tardó mucho en tomar una decisión: yo tendría que ir al colegio y vivir en Saint Augustine.
Mary Jane , por su parte, no estaba de acuerdo. No quería que yo me apartara de su lado. La ignorancia y el amor a veces se mezclan de formas extrañas, y yo creo que ella simplemente tenía miedo de dejarme marchar.
Sin embargo, mamá sabía lo que más me convenía, y se empeñó en que yo recibiera una educación, de un modo u otro. No le gustaba la idea de que yo creciera sin saber leer ni escribir. Era consciente de que algún día yo tendría que apañármelas solo.
En cuanto a mí, reaccioné ante la noticia con un NO rotundo. No quería alejarme de mamá y de Mary Jane. Era así de sencillo. Quedarse ciego era una cosa: empezaba a acostumbrarme a ello. Pero dejar a estas mujeres era algo muy distinto. Eran todo cuanto conocía. Eran todo mi mundo.
Daba igual. Mamá había decidido que tenía que irme, y no había vuelta de hoja. Tuve un par de meses para hacerme a la idea, y durante estos últimos días que pasé en casa me trataron como a un niño normal. Lo cierto es que me obligaban a realizar las mismas tareas que cuando todavía veía.
Mamá era una mujer de pueblo con un gran sentido común. Entendía lo que a la mayoría de nuestros vecinos se le escapaba: que yo debía crecer sin depender de nadie más que de mí mismo. "Algún día te voy a faltar", me machacaba constantemente. Mientras tanto, me mandaba fregar suelos, cortar leña, hacer la colada y jugar fuera como todos los demás críos. Se aseguró de que aprendiera a lavarme y vestirme solo. No relajó la disciplina sólo porque me hubiese quedado ciego. No estaba dispuesta a dejarme pasar ni una tontería.
Así pues, yo seguí gozando de cierta libertad para valerme por mí mismo en el mundo exterior. Eso me hacía feliz. Aunque no veía muy bien, no me daba miedo corretear por ahí. Conocía cada palmo de Greensville, y no perdí la fe en mi sentido de la orientación; iba a donde quería.
Algunos vecinos le hacían pasar malos ratos a mamá. Se metían con ella cuando me veían trabajando en el patio trasero o ayudándola en casa.
"Está ciego —replicaba mamá—, pero no es idiota. Ha perdido la cabeza, no el seso."
Mamá tenía mucha visión de futuro.
La ceguera no me quebrantó el ánimo, pero tal vez contribuyó a aumentar mi timidez. Para muchos de los juegos de los chicos la vista era indispensable, lo que me impedía participar. Por otro lado, yo tenía mi propio círculo de amigos y todavía armaba jaleo con los otros chavales.
Seguí pasándome por el local del señor Pit para encaramarme al taburete del piano. Para entonces, con sólo seis años, ya era capaz de improvisar un blues de ritmo rápido estilo black-bottom que daba bastante el pego.
Empecé a hacer el tonto con las niñas y a tomarles el pelo a la misma edad que los otros chicos, tal vez un poco antes. Me divertía con ellas como todos los demás, y me metía en más líos de los que debía pero en menos de los que me hubiera gustado. Por suerte, mamá me ataba corto, y a mí me habían enseñado a obedecer a mis mayores. De lo contrario, el trasero me habría ardido durante días.
Tampoco quiero que nadie piense que yo era un niño modelo. Por ejemplo, a veces se presentaba algún amigo y me convencía de irme con él, justo antes de la hora de la cena.
"Vamos, R. C., venga, tío."
Yo era tonto, era imbécil, y, a pesar de que mamá me había pedido que limpiara la casa, me iba de todas maneras. Regresaba dos horas más tarde y encontraba a mamá echando humo por las orejas. Aun así, no me zurraba de inmediato. Era lo bastante sensata para saber que no hay que pegarle a alguien cuando estás lleno de rabia. No, esperaba hasta que se le pasaba un poco el enfado —una o dos horas después— y luego venía a por mí.
Pero la disciplina no me molestaba. Llegué a darla por sentada. No, amaba la vida hogareña, amaba a mi madre, amaba a Mary Jane y amaba la sensación de vagar por el bosque con mis amigos. De modo que, cuando me subieron a ese tren con destino a Saint Augustine, me quedé hecho polvo.
La idea de alejarme de mamá y Mary Jane me resultaba insoportable. ¿Qué sabía yo de Saint Augustine y de esa dichosa escuela para ciegos?
—Mamá —me lamentaba—, no me obligues a ir, mamá. Quiero quedarme contigo.
Pero ella se mantuvo firme.
—Tienes que ir, hijo. ¿Cómo si no vas a aprender a leer y escribir? Yo no puedo enseñarte todo lo que necesitas saber.
Yo era consciente de que no podía ir al colegio de Greensville como los chicos normales. Pero, al mismo tiempo, cuando pensaba en que tendría que embarcarme en un enorme tren que me llevaría muy, muy lejos, lejos de todas las personas y los lugares que me eran familiares, se me caía el alma a los pies y ya no se levantaba. No hay que olvidar que yo no conocía más que el campo, y ahora me enviaban a otro sitio, solo.
Mamá y yo siempre habíamos estado muy unidos. Como ya he dicho, incluso dormíamos en la misma cama. Me parecía imposible que mi vida pudiera continuar sin ella. Yo no era más que un chaval de siete años. Me parecía imposible que me obligaran a partir. Todo me parecía imposible. Pero les diré una cosa: a pesar de todo, sucedió.
La verdadera esposa del padre de Ray Charles, quién para él fue como una segunda madre.
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