Dulce y bestial
“Hay una inteligencia que sabe del amor
más
de lo que el amor resiste,
pensás,
si te mataba otra vez,
otra vez te encontraba
como ausencia.”
Susana Villalba.
Se había instalado esa noche entre mis sábanas. Lo vi venir, lo vi verme, lo vi entre sueños observarme desde la mañana temprano al acecho. Me despertó. Despertar es siempre morir un poco. La mañana, si no hay magia, es incomprensible; como si todo lo absurdo del mundo fuera a iluminarse ahí. Me despertó suave, dulce me guió hasta el baño, vi su gesto en el espejo, su sonrisa diurna. Me trajo el desayuno a la cama; con ternura y convicción, como quien sabe de los minutos esos, me ayudó a vestir. En el ascensor estuvo a punto de decir algo, pero calló. Lo hizo a propósito, imperceptible me desató la furia. En la calle se ocultó, pero ahí estaba, seguía exacto mi ritmo. Me acompañó toda la mañana sin mostrarse. Fuimos a trabajar, nadie sospechó nada. En el viaje en subte hizo brusco un movimiento que me golpeó la nariz; a dos cuadras del lugar donde íbamos a encontrarnos se me instaló en la sangre, lo sentí primero en el calor del cuerpo, lo sentí en la mirada, lo sentí en el sol que rajaba el mediodía. Era inútil luchar en la calle; llegué. Subí el ascensor y volví a verlo en el espejo. Supe que no iba a ser posible controlarlo y salir indemne; lo controlé. Puertas adentro el combate. Con el trazo justo dejé el ascensor y salí al pasillo. Siempre al borde de la perfección, ahí donde me quiebro, ahí donde sangro y miento. Ahí estaba. Lo controlé con el pulso indiscutible de un relojero que defiende la causa del tiempo, su pobre e incierta verdad. Y entonces pues, la violencia de la bestia agazapada en lo interior de pronto aulló, todo fue gris todo muerte, todo está roto y ya ni hay pedazos no hay piedad, está furiosa en su anemia la bestia. No seré yo quien la sacrifique en nombre del perdón. Pues sabe esconderse, sabe arder en silencio y anudar su pecho hasta la sequedad. Es bestia y padece ella misma el ahogo del sol en su sangre, vive en el útero de un mundo que ha perdido la magia. Se retuerce en el lagrimal de ese castillo que no será ya ojo del mundo no será nada, apenas sombra. Acuna el cuerpo un dolor niño, ha de irse a descansar a otro pecho. Mas también sabe la bestia del mundo de afuera talando, sabe también simular, correr las pestañas al margen, subir la frente, la mirada, tensar los labios, fijar la parada, y sonreír. Ha sido un largo recorrido por los caminos de la simulación para llegar hasta acá, para limitar al punto exacto el tenor de la gestualidad. Sin embargo: el pulso. La osadía buscando abrir los poros, la piel que resiste. No habrá instante, las aguas han de conservar su estado móvil. Ha de dormirse la bestia llorará. Lo justo y necesario le ha perforado los ojos le ha robado la esperanza la última ilusión. Llora y se deshace en su cuerpo pero ya no hay cauce. Hay grieta donde filtrar no vale la pena, donde allí latir equivoca el ritmo quién sabe cuál. Y algo hay, es un algo ínfimo al que abrazarse y llorar, pero es finito y se deshace debe morir demolerse frontera piedra pared: desengaño. Cada día la distancia será mayor, menor el miedo, menor la furia. Aunque el tiempo avance circular y traiga cada tanto ese latido, aunque la piel se haya convertido, aunque la astilla haya quedado allí, cada día la mañana será otra y amamantará una nueva bestia que no ha comenzado a gestarse y aún silba una canción de cuna para su viejo amor.
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