evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 9

 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Antonio Colinas
Un puñado de luz
* Entrevista a Mercedes Giuffré
Crímenes pretéritos
* Entrevista a Diana Bellessi
El árbol de Diana
* Entrevista a Jacques Joset
Un gran escritor es el que le da la palabra a la gente
* Tarde de lluvia
por Alejandro Manzone
* Cuatro relatos cortos
por Marcelo Monzón
* Un encuentro
por Milan Kundera
* Aire
por Roxana Artal
* BLOGattis ecológicos
por José María Gatti
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* Al pie de las letras II
por Luis Adrián Vives
* [ Un lado olvidado ]
por Luis Adrián Vives
* [ Evaristo de Buenos Aires ]
* Entrevista a Carlos López Puccio
Fuera de broma
* La cinta blanca
por Martín Lo Coco
* La llave Marilyn
por Sergio Abel Célery
* Entre Discos
por Nicolás Prior
* Birome Kamikase
por Juan Martín Sigales
* El margen de la hoja
por Daniela Ruggeri
* About a boy. Robert Mapplethorpe en el MALBA
por Ana García Gibson
* Arqueología de la mirada
por Laura Mazzocchi
* Sala Guerrico. Tesoros del primer coleccionista argentino
por Ana García Gibson

 

Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives

El Bicentenario y el "DNU" de la discordia

Hace doscientos años, Europa había dejado de ser lo que antes era. Ya en 1810 toda América analizaba con inquietud y con dudas el avance de Napoleón —"El Emperador"—. El mundo cambiaba vertiginosamente desde la Revolución de 1789, generándose un escenario de reacciones armadas, en cadena, sobre el viejo continente.
Se producía una suerte de globalización monárquica para enfrentar aquellas ideas revolucionarias y para afrontar la agresión de Francia contra reyes; era un ataque orientado a instalar otro tipo de absolutismo mucho más fuerte, el del poder imperial de Napoleón.
José Bonaparte ya había hecho pie en España desplazando a Fernando VII. Aquellos acontecimientos de proyección universal repercutían en Buenos Aires; algunos se preguntaban: ¿pasaremos a ser súbditos del emperador francés? Otros vieron entonces el momento propicio para cuestionar la figura del Virrey, poniendo en tela de juicio su legitimidad; era una excelente oportunidad para desvanecer su autoridad.
En un marco de absoluta incertidumbre, el 20 de Mayo de aquel año, Cisneros convoca a los jefes militares para obtener certezas; les pregunta concretamente si contaba o no con apoyo castrense. La respuesta fue: No, no cuente con nosotros.
Al día siguiente, la voluntad popular se hizo sentir a gritos: ¡que se vaya!, ¡que renuncie!, ¡abajo Cisneros!, ¡Cabildo abierto!
El argumento es claro: la autoridad que nombró al Virrey ya no existe y, por lo tanto, el Virrey ya no tiene autoridad.
El Cabildo Abierto del 22 de Mayo culmina con el resultado de la votación: Baltazar Hidalgo de Cisneros dejaba de ser Virrey.
Se había discutido apasionadamente. Quienes se oponían al cambio argumentaban que el pueblo de Buenos Aires, por sí solo, no tenía ningún derecho a tomar semejante determinación; planteaban que, previamente, debían ser consultados todos los pueblos del Virreinato. Querían ganar tiempo para abortar la revolución.
Se les contestó con una especie de "DNU" —sería el primero de nuestra historia nacional—: se les dijo que si bien eso que reclamaban respondía ciertamente a "lo formal", las circunstancias y los riesgos habilitaban a tomar decisiones rápidas por razones de necesidad y urgencia; no se podía perder tiempo en consultar, luego se invitaría a todos los pueblos a sumarse y a participar activamente, pero Cisneros tenía que renunciar en ese mismo momento y se debía nombrar, en su lugar, una Junta de Gobierno. Los timoratos se retiraron sin votar.
El 23 de Mayo se formaliza el acta, asumiendo el Cabildo el mando hasta que se integre la Junta que lo ejerza. Asimismo se anuncia que se convocará a los representantes del interior para que se congreguen y decidan sobre la forma de gobierno que estimen más conveniente.
Esta decisión unilateral de Buenos Aires abría un interrogante: ¿qué reacción generaría esta postura en el resto del Virreinato?
No se podía correr el riesgo de provocar una eventual disgregación; esta fue la excusa que se invocó para que Cisneros, a pesar de haber reunido en favor de su permanencia en el mando menos de un tercio de los votos emitidos, pudiera ser la figura propuesta para garantizar la unidad política durante la transición. En estos términos, se dispone el nombramiento de una Junta provisoria presidida por el Virrey destituido pero, horas después de haber prestado juramento sus integrantes, los mismos se vieron obligados a devolverle el poder al Cabildo para calmar el malestar que crecía por la designación de un Cisneros que, por razones obvias, sólo inspiraba desconfianza.
Sin embargo, el 25 de Mayo el Cabildo rechaza la renuncia presentada, amenazando con hacer uso de la fuerza en caso de persistir la resistencia. Pero varios vecinos influyentes desconocen el temperamento adoptado e insisten en sacarlo definitivamente al Virrey.
Finalmente, bajo presión, se acepta nombrar un nuevo cuerpo colegiado presidido por Cornelio Saavedra —quien había asumido antes como vocal—. Así se instala, con mayor entusiasmo y adhesión, la Junta Provisional Gubernativa —el primer paso hacia la independencia—.
En mi opinión, hoy celebramos aquellos hechos ocurridos, hace doscientos años, en Buenos Aires, al ritmo de los acontecimientos europeos.
La Revolución de Mayo sería entonces consecuencia directa, o indirecta, de la caída de España en poder de Bonaparte. Fue algo así como un rayo reflejo, casi un movimiento natural en respuesta a un estímulo externo; Napoleón golpeaba en la Península y ello rebotaba, acá, de manera espontánea.
Algunos podrán pensar que todo fue "de carambola"; pero nadie puede negar que la reacción fue rápida e inteligente, aunque tan resistida por los representantes del Virrey, como condicionada por los enemigos de la verdadera revolución que proyectaban Mariano Moreno, Juan José Castelli y otros hombres que soñaban con declarar la tan postergada independencia.
Esta breve reseña de la Semana de Mayo, en su conmemoración bicentenaria, nos permite intentar hacer un ejercicio: En 1810 discutían, entre otros, Azcuénaga, Belgrano, Beruti, Castelli, Chiclana, Donado, French, Gorritti, Incháurregui, Larrea, Leiva, Matheu, Monteagudo, Moreno, Olmos, Ortiz de Ocampo, Paso, Rodríguez Peña, Ruiz Huidobro, Saavedra, Sarratea, Tagle, Viamonte, Vieytes, Villota y el obispo Lue y Riega.
Si hubieran estado ahí Aguad, Alfonsín (h), Artaza, Bullrich, Carrió, Cobos, de Narváez, Duhalde, Estenssoro, Giustiniani, Juez, Lozano, Macri, Menem, Mestre, Morales, Pinedo, Puerta, Reutemann, Rodríguez Larreta, Rodríguez Saa, Sanz, Solá, Solanas, Stolbizer y el rabino Bergman, ¿qué hubiera pasado durante aquella Semana de Mayo?, ¿qué postura hubiera tornado cada uno de los políticos que hoy lideran la benemérita oposición?, ¿quiénes hubieran puesto el primer palo en la rueda?, ¿cuáles hubieran sido los argumentos esgrimidos para intentar frustrar la Revolución?: ¿la inseguridad jurídica?, ¿la imagen en el exterior?, ¿la pérdida de los valores tradicionales?, ¿la falta de respeto a las instituciones monárquicas?, ¿el atropello a la nobleza?, ¿la irreverencia antes los títulos y honores preexistentes?, ¿los derechos adquiridos?
¿Cuál hubiera sido entonces el vaticinio, seguramente enigmático y oscuro, en boca de Misia Lilita? ¿Cuál hubiera sido el resultado de una votación inducida por el elenco estable de Doña Ernestina? ¿Quiénes hubieran tocado el clarín, con tanta fuerza, como para llegar a impedir que se pudiera escuchar, con claridad, un inminente y sostenido grito sagrado? Y, por último, ¿cuántos de ellos hubieran apostado, en serio, a la soberanía política y a la independencia económica?
Tenemos más preguntas que respuestas pero, por seguro que para algunos, aquella decisión que se tomó hubiera sido calificada con máxima severidad porque, a juzgar por sus manejos de hoy, hace doscientos años hubieran visto aquello como un verdadero escándalo, como una provocación, como un delirio, o como un afán desmedido por querer ejercer el poder, cruzando límites.

 


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