evaristo cultural
revista virtual de arte y literatura
número 14

 
Indice
* Portada / Staff
* Editorial
* Entrevista a Horacio González
por Damián Blas Vives
* Néstor: el presidente militante
por Gabriel Pandolfo
* Entrevista a Marcio Veloz Maggiolo
Por Damián Blas Vives
* Entrevista a Carlos María Domínguez
Por Damián Blas Vives
* Entrevista a Mario Sampaolesi
Por Roxana Artal
* Entrevista a Alejandra Zina
por Rosario Cervera
* Entrevista a Adrián Ignacio Pignatelli
por Jeremías Lynch
* Arte poética
por Juan Arabia
*

Selección de poemas
por Rubén Valle

* Intersticial
por Roxana Artal
* Ser sola es un estado
por Paula Aníbal Aguirre
* Los BLOGattis en envase chico
por José María Gatti
* Pasajera en trance
por Laura Mazzocchi
* Casi mañana
por Lucía Sorín
* Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives
* [ Un lado olvidado ]
por Luis Adrián Vives
* [ Evaristo Urbano Club ]
* [ Eva Metalúrgica y el Niño Proletario ]
* Entrevista a Leonardo Oyola
por Ángel Alza
* Del trabajo como una de las bellas artes
por Jeremías Lynch
* Entrevista a Sergio Boris
por Roxana Artal
* El primero domingo. Versiones y Reversiones
por Ornelio Gamone
* Sister Marianne. Marianne Faithfull &Marc Ribot "An intimate evening"
por Marcelo Sonaglioni
* Cuando lo oído no alcanza a escucharte
por Laura Mazzocchi

 

Al pie de las letras
por Luis Adrián Vives

El viernes 2 de septiembre asistimos al debate que organizó la Casa Nacional del Bicentenario. En esta oportunidad el tema convocante fue “Crisis y transformación cultural”, en el marco del ciclo de exposiciones sobre “Economía y política-200 años de historia”.
Los panelistas fueron: María Pia López, Horacio González y Jorge Coscia. Se contó también con la presencia del consultor en temas históricos, Julio Fernández Baraibar, en su calidad de asesor académico y organizador de la exposición.
María Pia López comienza hablando de una dimensión cultural, marcando el punto de inflexión en 1976. Pone el acento en el crimen social que representó, para los derechos de los trabajadores, la transformación de las relaciones sociales en Argentina al tiempo de ser atacadas las tramas solidarias. Responsabiliza a la dictadura, a los cómplices y usufructuarios de aquel modelo económico que originó un daño social mediante una distribución del ingreso que, obviamente, fue determinante en la generación de una masa de excluidos –proceso entre 1976/2001-.
María Pia también hace referencia al golpe económico de 1989, que interpreta como una modificación de las lógicas del lazo social, cuando en los ’90 se cambia el sistema solidario de la previsión social por las A.F.J.P., con el auspicio de medios de comunicación en ejercicio del rol de operadores simbólicos.
En el año 2001 el modelo se manifiesta en crisis.
En 2003, las instituciones públicas inician un proceso de ruptura con el modelo anterior y se evidencia un conjunto de transformaciones orientadas a impulsar una reparación que permita atenuar el daño social.
Estas políticas públicas se apoyan sobre tres pilares: la idea de justicia, la idea de reparación y la idea de igualdad.
María Pia hace referencia a experiencias, creencias y discursos, para después destacar el impacto cultural que resulta de las transformaciones enunciadas.
El resultado sería la instauración de un consenso amplio sobre:

            -Verdad y justicia con relación a los crímenes de lesa humanidad.
            -La emergencia de un nuevo modo de entender la política: El compromiso político y la recuperación de ese discurso sin miedo a reconocerse en ese mismo plano de tensiones y conflictos.
            -La sensación de ser aceptado un nuevo modelo económico, político y social plebiscitado en las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias, cuyo resultado implicaría un reconocimiento, y un apoyo, a la gestión de un gobierno que pensó en la economía como instrumento de transformación social con un criterio solidario.

Por su parte, Horacio González relaciona la política y la economía con la cultura, entendiendo a esta última dimensión como un ámbito en el que se producen efectos.
González destaca que la cultura no es una segunda instancia, sino un lugar de certificaciones políticas y económicas y, así, nos habla de la capacidad de la cultura de definir “el ser de las cosas”.
El director de la Biblioteca Nacional se pregunta si la economía es un lenguaje que produce la cultura. Nosotros nos preguntamos, con relación a la industria cultural, si este concepto acuñado no implica, en sí mismo, una relación género-especie que, de alguna manera ubica e instala a la cultura en un segundo nivel. Pensamos que sí, que
la cultura queda expuesta en una segunda instancia, y no sólo en un plano simbólico. Esto se ve con mayor claridad si tomamos como ejemplo “el libro”.

Jorge Coscia agrega otra pregunta ¿En qué modo el arte actúa redefiniendo y despertando el pensamiento?
El secretario de Cultura nos lleva al dilema de “el huevo o la gallina” en lo que hace a la relación dependencia económica-dependencia cultural. Señala que la capacidad cultural está siempre relacionada con la democratización de la cultura.
En otro orden de ideas, Coscia entiende al peronismo como una consecuencia de la crisis global del ´29; como un producto de la segunda Guerra mundial. Pasa revista al fenómeno de la inmigración argentina, deteniéndose luego en la crisis del modelo agro exportador.
Coscia describe la realidad de una hegemonía cultural, como construcción de un modelo impuesto por algo más de diez mil familias encumbradas; un proyecto de educación inspirado en la antinomia que propone “civilización y barbarie”; La Prensa, La Nación, El Mundo, serían todos elementos constitutivos de esa hegemonía estructurada con la finalidad de ejercer la dominación cultural.
Coscia recuerda el estribillo popular de diciembre de 2001, “…que se vayan todos”; reflexiona sobre el tema y asegura que aquello no fue una muestra de consciencia política, sino un gesto de desesperación que evidenció una crisis; pero fue esa misma crisis la que posibilitó una nueva expresión, “la expresión K”.
De manera recurrente los expositores invocaron a don Arturo Jauretche, como un ícono inspirador del pensamiento político que acompaña una gestión cultural comprometida en seguir transformando una realidad que se puso vieja aunque se resiste a ser desplazada.
Julio Fernández Baraibar recordó aquella frase de don Hipólito Irigoyen: Un mundo que se derrumba es como un taller de forja… por el ruido se advierte que nace otro mundo.
En síntesis: si unificamos los discursos de los panelistas, encontramos un punto de partida -1976- y una posterior descripción de hechos y circunstancias que, finalmente, desembocan en una crisis inédita del sistema –en 2001-, generándose un escenario ideal para el inicio de una transformación positiva – previa rendición de cuentas sobre un balance que comprende 200 años de historia.
El discurso unificado relaciona la política y la economía con la cultura y, desde ese lugar, se advierte una relación más íntima que liga y condiciona el nivel de capacidad cultural con el grado de evolución que alcance la democratización de la cultura.
Ahora bien, hoy todo parecería indicar que no estamos en riesgo de padecer el asedio, antes constante, de alzamientos militares contra el orden institucional y el sistema democrático. En la actualidad, la silueta del peligro es otra, radica en una concentración económica y en un dominio particular que se ejerce sobre las industrias culturales; todo ello como resultado del poder en manos de la dictadura y sus amigos, y de la subordinación del paradigma político bajo el económico en los años ´90.
Pero más allá de esta realidad está la esperanza. Habiendo recuperado este gobierno el eje institucional y el ámbito propicio para el debate, ya es tiempo de orientar las naves con rumbo hacia las contradicciones, para poner en claro que la cultura es mucho más que un negocio entre particulares; es un universo de valores que se resiste a cotizar en Bolsa.
Desde Evaristo Cultural hemos acompañado siempre el mismo criterio: el libro es un “bien público” que merece ser apoyado desde su embrión. Como toda otra obra de la inteligencia puesta al servicio de la integración social, debe ser reconocido por su significación y considerado un trasporte de cultura.
El libro merece ser reconocido por su valor artístico, por su valor informativo o aún por tratarse, en todo caso, de un canal imaginado para el entretenimiento del lector.
Cuando hablamos de industrias culturales, necesariamente, hablamos de economía y de cultura; por lo tanto hablamos de dos dimensiones superpuestas, cuya unificación de ningún modo escapa a las eternas relaciones de poder.
Esta doble dimensión, a su vez circula entre otras dos dimensiones –la política y la social-.
Es un hecho, que los intereses económicos –dimensión económica- condicionan cualquier proyecto de desarrollo cultural al privilegiarse las ganancias de las empresas, limitándose así el derecho de transmitir contenidos simbólicos. Desde ese lugar, la industria editorial le reconocería al libro una dimensión única –la económica- y una única naturaleza; así el libro es considerado un mercancía más, por lo que la dimensión económica se impone sobre la cultural, sacrificándola –dimensión cultural afectada-.
Por ello, debe ser responsabilidad del Estado –en su dimensión política- impulsar políticas públicas orientadas a evitar que los intereses económicos, e ideológicos, de los grandes grupos empresariales que ejercen de hecho el control de las industrias culturales, puedan ejercer también de hecho una especie de censura previa que conspire contra la función natural de integración social –dimensión social afectada-.
Son los organismos de cultura, sus autoridades, quienes deben trabajar por una verdadera democratización de la cultura, asumiendo que para democratizar, en serio, no alcanza con no prohibir.
Frente al mercado cultural que contiene a las mercancías culturales como meros productos de una industria enmarcada en la globalización, que masifica las tendencias, los organismos oficiales deben seguir creando espacios que contemplen la real participación de agentes culturales interesados en el diseño de políticas públicas destinadas a garantizar la democratización cultural que Jorge Coscia relaciona, íntimamente, con la capacidad cultural. Porque cuando hablamos de capacidad, implícitamente hablamos también de algo más, de algún margen de incapacidad y, en este caso, como hablamos de cultura, el tema de fondo termina siendo “la incapacidad cultural”, un déficit a tener en cuenta.

 


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